❝Preludio 8❞
; Emily
━━━━━━━◦┊❀┊◦━━━━━━━
Emily jamás ha conocido el amor. Quizá el amor fraternal, para con su hermano... Pero no de otra clase de amor. En realidad, quizá el vínculo que tiene con su gemelo va más allá de la palabra denominada amor. Porque, en realidad, ¿qué es?
Quizás jamás lo comprenderá. Quizás jamás lo hizo. ¿Sentía amor por su madre? Era respeto... ¿No?
Pero, finalmente, ese no es el tema.
Emily conoció a Manuel en un bar unos meses atrás. Estaba en España con Jude y con Jaden. Ellos, por supuesto, traían sus líos amorosos, los cuales creían ocultar bien pero la chica siempre se daba cuenta de todo. Eran demasiado indiscretos. Había veces en las que Jude no podía parar de comerse con la mirada al otro chico y otras veces en las que Jaden no controlaba esas ansias que su gemelo le provocaba. Incluso se encerraba en su habitación para que los chicos pudieran tener privacidad. O coger. Le daba igual.
Volviendo al bar, lo primero que vio cuando entró fueron sus labios. Una rápida mirada a un par de labios que por mucho tiempo no podría olvidar. Se veían rosados, húmedos por el alcohol y las veces que les pasaba la lengua. Pero ella no era de las chicas que se pasmaba ante alguien; Emily era desdeñosa y altanera, orgullosa y soberbia. Y así evitó cualquier contacto por más de dos segundos. Pero, sinceramente, no pudo dejar de pensar en él.
Su salida se debía al escándalo en su departamento, con dos chicos demasiado entusiasmados el uno con el otro como para prestarle atención a su alrededor y para, en realidad, conseguir su propia “cita”.
Ahí fue cuando todo comenzó.
— Un whisky con hielos, por favor —dijo Emily con un perfecto español. No necesitaba los aparatos de Jude. No para un idioma que le parecía fascinante.
— Que sean dos, por favor.
El muchacho se sentó a su lado, en un banco que llevaba, como máximo, un minuto desocupado. Quizá había estado cazando el asiento para comenzar una conversación con ella. No lo sabía. Lo que sí sabía era que él era el hombre más hermoso que había visto en su vida. Su cuerpo era grande, musculoso y de espalda ancha. Los músculos marcados se atravesaban por su camisa, en la zona de sus brazos y pectorales. Sus ojos eran cafés oscuros, su cabello largo y negro y una pequeña barba adorable. El tono de su piel era más oscura que la de ella. Pero todo era demasiado hermoso en él.
Posó la mirada en él de reojo, intentando no parecer demasiado indiscreta y estúpida, mientras llegaba su bebida. Su plan era agradecerle al mesero y largarse, pero Manuel no lo permitió.
—Yo invito —su voz fue baja, acercándose a ella y entregando el dinero con la mano. Qué sensual pareció.
— ¿Es esa una manera de coquetear? —preguntó Emily, cogiendo el vaso con una mano e inclinando la cabeza para observarlo. Sus facciones no eran delicadas, eran marcadas y le daban un toque de masculinidad que no era capaz de resistirse. En ese momento, sintió las ganas de llevárselo a la cama.
—Sí —se encogió de hombros, regresando la mirada a su bebida antes de tomar—. No puedes negar que fue irresistible.
—Entonces dime tu nombre.
Emily sonrió y tragó de su bebida, antes de colocar una mano en su brazo, delicadamente, para deslizarla poco a poco hasta su hombro y acercarse al oído a susurrarle su nombre y, sólo unos segundos después, dejarle una muy suave mordida.
Eso fue suficiente para terminar juntos a las tres de la mañana en el departamento de Manuel.
Él estaba sentado en el sofá, con las manos en el trasero de la chica, arrimándola a él. Mientras tanto, ella tenía ambas manos en sus hombros, enterrando las uñas en su piel, con la cabeza inclinada hacia atrás mientras danzaba sobre su cuerpo. Emily gemía por lo bajo. Manuel procuraba no hacerlo.
Y era perfecto. Él tenía un poder sobre ella que jamás admitiría. Quería llegar a su departamento, saltar sobre él y coger toda la noche. No se cansaría. No se aburriría.
La cuestión era que Emily no había nacido para amar. Emily era mera destrucción. Solamente eso.
Unos pocos meses después, la chica Solo conocía a la perfección cada parte del cuerpo del chico, cómo satisfacerlo, cómo hacerlo suyo.
Era uno de esos días en los que Hux se comportaba insoportable, en los que Jude y Jaden discutían debido a la tensión sexual. Ella estaba sola, así que sería buena idea buscar al chico. Era lo único que la calmaba por lo general.
Salió de su departamento sólo para dirigirse al de Manuel, sin desviarse ni para comprar refresco o condones. Ella ya tenía su llave; quizá las cosas habían ido muy rápido, pero es que Manuel estaba enamorado. ¿Y ella? Jamás admitiría que sentía algo por él.
El hombre estaba jugando videojuegos cuando ella llegó, no se sorprendió de que la puerta se abriera y ella aventara su abrigo a la mesa. Lo primero que la chica hizo fue quitarse sus botas y dejarlas a medio pasillo mientras se acercaba a él, con un hambre carnal demasiado latente. El español se sorprendió pero no dijo nada cuando se le fue arrebatado el control y, posteriormente, se viera inundado en besos y mordidas. Emily siempre, o casi siempre, estaba encima. Era algo que ambos disfrutaban. Ella colocó las manos en su cuello, apretando con suavidad, apropiándose del poco espacio que les restaba. Las manos masculinas se enroscaron en su cintura, apresándola a él. Y no quería detenerse, deseaba permanecer en él y con él toda la vida.
La ropa no tardó en volar, ambas camisas, ambos pantalones, solo la ropa interior permaneció. Algo que Manuel disfrutaba era colocar las manos en su pequeña cintura y arrancar la prenda a partir de ahí. A Emily le provocaba jugar por encima del pantalón ajeno, restregar su cuerpo, sentir cómo le apretaba las prendas debido a su erección, cómo gruñía en enfado.
El hombre no tardó en colocar ambas manos en su trasero, apretando sin piedad, mientras llevaba los labios a su cuello, mordiendo con maña, dejando marcas solo para indicar que era suya, que la poseía.
Sin ser capaz de preverlo, se levantó del sofá con ella en sus brazos, con el plan de llevarla a la cama, sin embargo, tanta impaciencia de la chica lo obligó a detenerse a medio camino, recargándola en un mueble a medio comedor.
—Emily... —gimió por la bajo, separándose un poco de ella para ser capaz de mirarla. La respuesta de la muchacha fue un sonido vago, mientras pasaba una mano hasta su sexo, frotándolo. Después de unos segundos (y varios gemidos), la besó con suavidad—. Debo mudarme a Estados Unidos.
Casi como si hubiera recibido un balazo, se detuvo. ¿Qué?
No podía quedarse sola, no otra vez. No.
Todo dentro de ella comenzó a dar vueltas, todo comenzó a deshacerse en su interior. No, otra vez, no... ¿Por qué? Sintió que el aire le faltaba, sintió que el edificio temblaba, había horror en sus facciones, dolor, ira, decepción. Sintió todo lo que había sentido los últimos años. Todo. Primero lo empujó lejos de ella, mientras se bajaba del mueble. En un intento de acallar todo dentro de su mente, colocó ambas manos en sus orejas y presionó con fuerza. Algunos objetos comenzaron a volar en el departamento. Manuel parecía aterrorizado. Y eso sólo causaba más dolor en ella. ¿Tenía miedo de ella?
— ¡Planeas abandonarme como todos! —explotó de repente, con lágrimas de ira en los ojos, con los puños apretados.
—No, Emily, no es eso. Yo...
— ¡¿Entonces qué es?! ¡¿Tienes otro nombre para eso?!
—Emily, basta. Déjame hablar.
—Eres un bastardo como todos los demás. Hux tenía razón... No pertenezco a ningún lado.
— ¡Basta! ¡Perteneces a mí! Yo te amo.
Amor. Eso fue lo que la destruyó. El amor... El amor no existe. Menos para alguien como ella.
Todo el odio, todo el abandono, todo el dolor se situaron contra ella, como un remolino contra su alma. Recordó todas las veces que Luke huía de ella, el rechazo, el miedo. Los demás aprendices en el tempo jedi. Su propio padre.
Sin sentido ni razón, levantó el brazo y Manuel dejó de respirar, llevando ambas manos a su cuello, jadeando, alterado, aterrorizado. Emily no quería hacerlo. Estaba ciega, estaba iracunda. No era ella. Y mientras el miedo inundaba su cuerpo, poco a poco Manuel dejaba de respirar. Sólo hasta que las lágrimas inundaron sus ojos y la luz lo abandonó. Pasaron unos segundos cuando ella comprendió lo que había hecho.
Con un sollozo más fuerte y desgarrador, lo soltó y corrió hasta él, abrazándolo con fuerza mientras repetía una y otra vez, una y otra vez: “¿qué he hecho?”.
Pasó toda la noche abrazándolo, llorando con fuerza y odio.
Era para lo único que era buena. Para destruir y odiar. Emily no sabía amar.