❝Chapter 7❞
; Emily
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Nunca se peinaba con una coleta. Jamás. Pero esta vez era preciso ocultar su identidad o cualquier indicio de su sexo para completar la misión, así que eso hizo; amarró su oscuro cabello. No necesitó, de hecho, cambiarse de ropa, su gran abrigo negro parecía ocultar toda su demás vestimenta y este, por su parte, era parte del disfraz. Había tenido que aprender a bajar la mirada cuando alguien le hablaba o a evitar el contacto visual para ser capaz de actuar su papel a la perfección. Y ahí estaba, en el asiento del piloto de la gran limusina negra de un pobre pendejo.
No le había costado trabajo llegar ahí. El automóvil se había estacionado justo encima de la cloaca de donde ella estaba a punto de salir, así que sólo necesitó esperar a que Eliad, el empresario, bajara del auto en dirección a su destruido edificio para abrir la puerta y golpear al hombre con la base de su sable. Aquel empleado perdió la consciencia de inmediato y la joven sólo necesitó arrastrarlo hasta la alcantarilla y dejarlo caer. Aún desde esa altura pudo observar cómo el cráneo del hombre se abría por el impacto y salpicaba todo a su alrededor con sangre y parte de su cerebro. No pasó ni un minuto cuando las ratas se habían abalanzado a él para comerse parte de sus órganos antes de la descomposición.
Y así, con un movimiento más, estaba dentro del automóvil, vestida con un traje que era sorpresivamente similar al del antiguo conductor; el mismo color y el mismo sombrero. Y para que se lograra por completo, uno de los clones se había encargado de replicarlo. Y lo habían hecho encajar increíblemente. De no ser por su complexión demasiado delgada, sus rasgos afeminados y su cabello, podría fingir ser realmente su estúpido conductor. Pero mientras Emily pudiera explotar los recursos que tenía para el engaño, eso parecía ser lo de menos.
Su objetivo tardó alrededor de seis horas en regresar a su automóvil, aturdido por la pérdida de la información de su empresa, corriendo de un lado hacia otro con la intención de encontrar rastros del autor de ese ataque, o sobrevivientes o algo que indicara que su investigación seguía intacta. Aunque se sentía aliviado por saber que la información estaba en el servidor. Pero, claro, Emily lo había destruido por igual. Pero mientras no lo supiera era suficiente. Igual, la única información restante era él mismo.
Con un tono de desprecio, como alguien a quien el empresario consideraba bajo, indicó que se dirigiera a su casa. En hebreo, claro. Y ella había conseguido un software de idiomas de uno de los juguetes de su gemelo, para ser capaz de comprender. Así que no tardó en arrancar el vehículo y comenzar su recorrido.
Llevaba meses aprendiéndose ese recorrido. Las calles. La velocidad. Las paradas. Todo debía ser perfecto. Él no podía darse cuenta de la trampa. Llevaba mucho tiempo en la misma lectura de actividades que sería una novatada meter la pata. Y, afortunadamente, no pasó.
Aunque estuvo a punto de arruinar su actuación cuando el empresario preguntó por la familia del chofer muerto. Emily negó con la cabeza y giró una calle antes, con el pretexto del tráfico. Sólo así se quitó al tipo de encima.
Llegando a su mansión y después de pasar los puntos de seguridad exagerados que había hackeado con uno de los aparatos de Jude, Eliad bajó y entró en su casa. El momento había llegado.
Su primera acción fue dejar una pequeña bomba en el automóvil después de estacionarlo en la parte de atrás, en uno de los garages que, definitivamente, no eran para ese vehículo. Pero al fin de cuentas no le importaba en lo absoluto. Todo terminaría reducido a cenizas. De eso ella se haría cargo. La bomba estaba instalada en el volante, lista para explotar si alguien arrancaba el vehículo (cosa que esperaba no pasara o la ventaja de la sorpresa terminaría arruinada).
La mansión estaba custodiada por, al menos, treinta hombres, distribuidos en la entrada de su terreno, alrededor de toda la casa (fungiendo como sirvientes comunes y corrientes) y su cuerpo principal de seguridad que monitoreaba todo el lugar desde un despacho a un lado del lugar donde había estacionado el automóvil. Por lo que su primer deber era deshacerse del cuerpo de seguridad. Habían, al menos, diez personas metidas en aquel cuarto; no habían ventanas bajas por donde meterse, no habían alcantarillas por donde escurrirse y, por supuesto, tampoco podía meterse por la puerta. Por ello, su único movimiento era entrar en la casa por las pequeñas ventanas que se encontraban a una gran altura, entrar por la puerta principal o hacer un hoyo en la pared. Sin embargo, el elemento sorpresa era su ventaja y no podía desaprovecharlo. Por unos minutos, deseó que Jude estuviera con ella, él podría, simplemente, manejar la tecnología para que fuera una ventaja. Pero ahora era su maldita desventaja.
Lo único que quedaba era meditar la respuesta. Así que soltó un fuerte suspiro, con los ojos cerrados y ladeó la cabeza de un lado a otro, dejando que su cuello tronara. A pesar de la energía que había usado esa noche para escurrirse dentro del edificio y matar a todos, Emily sentía que una nueva energía la embargaba; una energía nueva de odio y deber. Estaba a nada de convertirse en Sith y con esta misión probaría que no necesitaba de la estúpida vigilancia del imbécil de Hux.
La chica Solo había aprendido a valerse por sí misma con y sin la Fuerza, siendo tan capaz de luchar y enfrentarse a algo o alguien sin depender de esta, tal como se lo recordaba en ese preciso momento cuando corrió contra al edificio y saltó contra este, impulsándose con los pies hacia arriba hasta que sus manos se aferraron a la ventana. Pero no era suficiente; se impulsó de nuevo con los pies hacia arriba hasta una viga que sobresalía de la mansión y sus pies quedaron exactamente a la altura de la pequeña ventana. Fue de esa manera que la pateó y abalanzó su cuerpo dentro de la ventana, metiéndose y cayendo al suelo de cuclillas. Los hombres tardaron segundos en comprender qué sucedía, pero ella no estaba dispuesta a explicárselos. Al instante, un hombre corrió contra ella, apuntándole con un cuchillo. La chica levantó un brazo hacia él, sin tocarlo, y salió disparado para el lado contrario, golpeándose contra una pared. Inconsciente, cayó al suelo. Fue en ese momento en que los hombres comprendieron lo que sucedía. Pero era muy tarde. Ella había aventado hacia dos de ellos un par de cuchillos: a uno le impactó en una mejilla y al otro en uno de los ojos y cuello. Pésima puntería. ¡Chingada madre!
En silencio, contó a los hombres. Adiós a tres. Faltaban siete.
Emily se levantó y corrió hasta la puerta, donde un hombre de baja estatura estaba intentando escapar. La puerta estaba cerrada, así que la muchacha tuvo que estampar un pie contra su abdomen y retenerlo ahí mientras otro más de abalanzaba contra ella, con patadas altas. Emily se inclinó hacia un lado y el hombre perdió el equilibrio mientras intentaba golpearla. Fue así como logró sacar su sable y lo atravesó. Sin ser capaz de retenerlo más, bajó la pierna, sin embargo, lo sostuvo son una mano y la Fuerza, apresándolo contra la puerta. Pero era muy tarde. Quedaban cinco hombres y todos la apuntaban con pistolas o rifles. Uno hasta tenía una escopeta.
Fue ese momento en que ella supo que sería difícil proseguir. Incluso su mente ideó un plan para escapar pero todo pasó demasiado rápido. Emily sabía que no le convenían los estruendos de las armas. Así alertaría a los demás pero no era su elección. En realidad, aquellos salvajes guardaespaldas ya habían tomado su decisión. Uno de ellos comenzó a hablar en hebreo, con un tono bastante grosero y alterado. Y sólo unos segundos después, todos dispararon.
La única reacción posible de la chica fue dejar caer su sable y levantar ambas manos hacia ellos; su repentina frustración la había ayudado, creando una ligera capa de Fuerza que prevenía que las balas la tocaran. Había sido lo suficiente rápido para salir ilesa aunque estuviesen demasiado cerca de ella, sin embargo, el hombre a su espalda aprovechó para enterrar un cuchillo en su espalda baja, cerca de su espina dorsal.
El dolor comenzó a corroerla desde la herida hasta todas sus extremidades, de la manera en que un calambre se hacía con los miembros de una persona, o cuando te quemas y el dolor se esparce por todo tu cuerpo. Fuego. Ardía. Todo su cuerpo ardía en ira y frustración. Nadie la tocaba, jamás. ¡Nadie tenía el derecho de hacerle daño! ¡Ella era Emily Solo, una de los más poderosos portadores de la Fuerza! No gritó, no formó ninguna mueca de dolor. Ni siquiera intentó sacarse el objeto punzo cortante de la espalda en ese momento. Solamente dio un paso hacia adelante y las balas salieron disparadas en dirección contraria, contra ellos. Por otro lado, con aquellos hombres muertos y desangrándose en el suelo, se dio la vuelta, con la mandíbula dura, los ojos fruncidos en ceño y su mano izquierda alcanzando el cuchillo en su espalda. Lo sacó y dio otro paso hacia adelante.
Claramente, el miedo hizo presa al hombre, que comenzó a retroceder con una cobardía inigualable. Había levantado las manos y sollozaba muy fuerte. Emily perdió el control de sí misma cuando se abalanzó contra él y enterró aquella arma una y otra vez, gruñendo con odio, arremetiendo contra él con tanta rabia como su fuerza le permitía.
Y de no ser por la misión, ahí hubiera permanecido ahí mismo por unos minutos más.
La sangre había manchado su abrigo y había salpicado su rostro, sus manos estaban cubiertas de aquel líquido cálido y sus ojos cada vez más parecían muertos. Con un suave movimiento, el sable volvió a su mano y Emily emprendió el camino hacia la parte de arriba de la mansión, donde Eliad se refugiaba. Seguramente ya sabía de su visita, por lo que debería estar totalmente custodiado.
Tardó unos segundos en proseguir. A su mente venía toda clase de planes acerca de cómo lo aniquilaría. Cómo mataría a cada uno de sus guardias. Cómo lo sacaría de su patético refugio. Y tenía tantas buenas ideas. Pero...
La mansión comenzó a verse borrosa, como si fuese un sueño o estuviera observándola desde un estanque de agua. Estaba ahí, se lograba visualizar, pero al mismo tiempo era como si tras sus ojos se extendiera un velo que hacía imposible que todo fuera claro. Incluso veía con más brillo todo. ¿Sería obra del Lado Luminoso de la Fuerza?
Pero no. Ante ella, a su lado, Jude apareció. Vestía su típica gabardina negra y larga. Un cigarrillo en sus labios y sus claros tatuajes. La miró y sonrió. Cierta tranquilidad la inundó, pero al mismo tiempo sintió como si estuviese consumiéndola. Como si se tragara toda su energía y la desapareciera. Poco a poco iba apagándola.
Jude miró hacia el techo y luego lo señaló con un dedo, mientras el cigarro se iba deshaciendo entre sus dedos con las cenizas. El suelo, bajo sus pies, era una pila de escombros y cenizas, mientras que su gemelo señalaba hacia la nada misma. Un pedazo de entorno negro y sin vida.
Ahí, Emily supo qué debía hacer.
No iba a negar que sentía que estaba cometiendo una locura, pero sentía como si la fuerza de su hermano se uniera a ella, se volviera una sola. Y era como si aquello la cegara y la obligara a hacer cosas de las que no estaba nada segura. Pero obedeció a ese instinto dentro de ella. En silencio, salió por el mismo lugar por el que entró; sangre caía por su herida pero ella no le prestaba atención, mejor dicho parecía que ignoraba que estaba herida. No sentía dolor, al contrario, sentía más ira y poder.
Pateó la puerta por la que se suponía debió haber entrado y salió hasta unos metros de donde había dejado el vehículo con la pequeña bomba. Pero ahora no recordaba la bomba. No recordaba haber matado a esos hombres. En su mente sólo estaba vivo el recuerdo de la visión que tuvo acerca del fin.
Sin prestar atención al resto, a su entorno ni los gritos de algunos hombres a su espalda, levantó ambas manos hacia el edificio. Sus ojos estaban totalmente fijos en su objetivo, sus manos marcaban una presión en el aire y sentía el esfuerzo en sus piernas y su abdomen. Tras unos segundos, paró. Tuvo que respirar con fuerza antes de volverlo a intentar y volver a fracasar. Se sentía muy tranquila. Necesitaba más Fuerza. Se concentró. Se concentró en todos los sentimientos que experimentó con la Fuerza desde niña, todo el odio contra su padre, contra Luke. Todo el odio que sentía ahora por Hux y el hombre de aquella mansión, por la herida en su espalda que parecía comenzar a arder. No supo cómo pero todo comenzó a volver a ella. La razón por la que estaba ahí, matando a ese hombre, por la que deseaba la extinción de los Jedi, de la Rebelión. La razón por la que quería ser libre del Lado Luminoso.
A través de su vista periférica, logró ver a un pequeño Jaden, luchando contra todo, siendo presa del odio parecido al que ella sentía. Aquel chico levantó las manos hacia la casa y se concentró como ella.
Sólo un par de segundos después, comenzó a moverse. Era como un pequeño temblor, algo ligero y poco peligroso. Lo cual no era suficiente para ella. Dio un paso hacia adelante, apretando su puño, su cuerpo, gruñendo bajo. Y todo comenzó a tambalearse más fuerte.
"Deshazte únicamente de los cimientos y todo se vendrá abajo", la voz de su hermano la invadió y Emily lo volvió a intentar.
Algunos hombres a su espalda se acercaron y planearon disparar, pero la proyección de Jaden que provenía de Emily se acercó a ellos y rompió sus cuellos con sólo mover una mano. Mientras ella seguía concentrada en los cimientos.
Poco a poco, a través de las paredes, lograba darse cuenta del movimiento de estas y como, poco a poco, comenzaban a quebrarse y entrar en peligro. Un hombre, en pánico por el movimiento, se lanzó de una ventana y murió apenas tocó el suelo.
Mientras tanto, los demás planeaban cumplir la voluntad de proteger a su "dueño".
De un instante a otro y debido al esfuerzo de la joven, la mansión quebró en dos; el cimiento terminó colapsándose y todo a su alrededor reaccionó de la misma manera. Al final, todo se reducía a escombros. Pero no era suficiente.
Necesitaba fuego. Abrasarse. Arder.
Sabía que habían varios hombres ahí, vivos, en crisis y moribundos, algunos enterrados entre tanto escombro. Pero eso no le importaba, todo ese dolor la alimentaba. Pero estaba exhausta. Cayó al suelo mientras respiraba con fuerza y levantó una mano, queriendo alcanzar algo imposible. Algo que había estado ahí segundos antes.
—Jude... Jaden... —susurró con dolor, no dolor físico sino por el tiempo en que no los había sentido con ella, el tiempo en que su fuerza se había reducido a la nada por no tenerlos a su lado. El tiempo parecía llorar ante la extrañeza de aquellos cuerpos vacíos. Era como si le faltara un brazo, o el corazón mismo. Sin ser capaz de respirar. Sin ser capaz de caminar. Sin ser capaz de hacer nada. Pero ellos no estaban ahí. Aunque los había visto... No eran reales.
Repentinamente, tosió con fuerza, la herida en su espalda pedía atención y la sangre brotaba en el suelo sin piedad. La herida había sido bastante profunda, quizá incluso había perforado algún órgano. Pero no podía rendirse ahí. No podía. Y entre su frustración y la necesidad de terminar aquello, golpeó el suelo con una mano, sintiendo un dolor acalambrarla. ¡No podía llegar tan lejos, tan cerca del fin, para que acabara a la mitad! ¡No podía permitirlo! ¿Pero entonces que...?
—Emily...—La voz de Jaden se alzó contra sus oídos.
Pero él no estaba ahí. No estaba a su lado. Tampoco Jude. Estaba sola. Como siempre... La habían acompañado tantos años para terminar abandonándola como todos hacían.
Como su madre había hecho.
La furia recorrió su cuerpo tan fuerte y ardiente que no pudo seguir respirando ni conteniéndose. Tan fuerte sentía aquella furia en su pecho que desgarraba todo a su alrededor, incluso parecía quebrar toda su fuerza y voluntad. Y le fue imposible contenerlo más, por ello gritó. Uno de esos gritos tan fuertes y descomunales, azotadores como un huracán mismo. Había colocado las manos en sus oídos, intentaba acallarse de esa manera pero no pudo, no había manera de parar. Y así como ella misma comenzó, un pequeño incendió también lo hizo. Primero desde el fondo de los escombros, quizá había comenzado en un hombre. No lo sabía. Pero continuó por varios minutos hasta que todo se fundió en llamas. Desde el rincón más pequeño y escondido. Era totalmente imposible que alguien saliera vivo de ahí.
Emily, aún encogida en el suelo, sintió el mismo calor invadirla, como si ella misma hubiera empezado a arder. Con furia, se quitó la gabardina y se examinó para apagar un fuego que no existía. Repentinamente, vio como una pequeña llama se deshacía en su brazo, justo donde le habían disparado antes. Luego la sintió en el rostro, sobre algunas pequeñas cortadas y, finalmente, en la espalda, justo sobre la herida que el hombre la había causado. Y entendió que estaban curando. Pero ¿por qué...?
Pero no era tiempo de preguntarlo. Las sirenas comenzaban a hacerse audibles y los hombres que custodiaban la puerta se acercaban, así que tenía que huir. De todos modos, la misión estaba cumplida. El empresario estaba muerto. No podría sobrevivir a esa llamarada que cada vez iba creciendo. Por unos segundos se quedó inmóvil, apreciando todo. Deseando estar ahí y sentir el calor. Sentirse arder. Sí... abrasarse.