«Dios estĂĄ muy lejos de odiar en nosotros esa facultad por la que nos creĂł superiores al resto de los animales. Ăl nos libre de pensar que nuestra fe nos incita a no aceptar ni buscar la razĂłn, pues no podrĂamos ni aun creer si no tuviĂ©semos almas racionales. Pertenece al fuero de la razĂłn el que preceda la fe a la razĂłn en ciertos temas propios de la doctrina salvadora, cuya razĂłn todavĂa no somos capaces de percibir. Lo seremos mĂĄs tarde. La fe purifica el corazĂłn para que capte y soporte la luz de la gran razĂłn. AsĂ dijo razonablemente el profeta: Si no creyereis, no entenderĂ©is. AquĂ se distinguen, sin duda alguna, dos cosas. Se da el consejo de creer primero, para que despuĂ©s podamos entender lo que creemos. Por lo tanto, es conforme a la razĂłn el mandato de que la fe preceda a la razĂłn. Ya ves que, si este precepto no es racional, ha de ser irracional, y Dios te libre de pensar tal cosa. Luego si es razonable que la fe preceda a cierta gran razĂłn que aĂșn no puede ser comprendida, sin duda alguna antecede a la fe esa otra razĂłn, sea la que sea, que nos persuade de que la fe ha de preceder a la razĂłn.»
San AgustĂn: «Carta 120: A Consencio», en Obras completas de San AgustĂn, VIII. Biblioteca de Autores Cristianos, pĂĄg. 892. Madrid, 1986.
TGO
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