Te agradezco, Dios, por darme la capacidad de, incluso en medio de las dificultades, reconocer que tengo muchos motivos para ser agradecido. Ayúdame a no permitir que el desánimo me robe aquello que es más valioso para mí: el amor propio. No un amor vano o altivo, sino ese amor necesario que debemos tener por nosotros mismos, el amor que sirve como medida para amar al prójimo, el amor que me impulsa a cuidar y valorar la vida que he construido, sin perder de vista todo lo que aún tengo la plena capacidad de conquistar.
El desánimo intenta quitarme ese amor propio, el deseo de vivir, el don de agradecer en toda y cualquier circunstancia, la visión de que en la vida nunca pierdo: o gano o aprendo algo valioso. Ninguno de nosotros está libre de ser alcanzado por el desánimo, pero que sea solo un visitante y no un huésped permanente, que tenga fecha para irse y que, al partir, no me robe nada. Dios, que nada sea capaz de entristecer mi alma. Sé que Tú siempre estás conmigo, y eso me basta.




















