Ayer en la mañana vi a una jovencita contorsionar su cuerpo con aros a su alrededor, en una vía principal de un bello municipio llamado Zipaquirá, un arte de la gimnasia que solo se le ve bien a las curvas femeninas y que en este caso es usado como fuente de trabajo, algo que no esta mal que nosotros quienes tenemos la oportunidad de ver, paguemos lo mínimo por la distracción que genera este tipo de espectáculo fugaz, en calles tan ruidosas, donde el sonido ensordecedor de los pitos y los motores contaminantes, destruyen la belleza del valle de la sal.
También vi a un señor que desde su automóvil miraba el semáforo con desespero, mientras fumaba un cigarrillo, con gestos de exasperación y sin poner cuidado al espectáculo artístico que al frente suyo pasaba.
No hay duda de que el ruido, los trancones y el estrés ya no es cosa exclusiva de Bogotá, las demás ciudades que la rodean empiezan a tener el mismo comportamiento, la contaminación en el aire, la basura en las calles, las personas en sus vehículos sin control y con afanes, los accidentes por donde uno vea y la pérdida de cultura ciudadana, es algo que si bien el trabajo de un artista, puede ayudar para apaciguar los ánimos desbordados de un grupo de conductores, no es en realidad lo que al final nos dará la paz en las calles.
Nuestro problema en las ciudades nos incluye a todos, pues como personas debemos dejar el comportamiento bestial que contamina el ambiente de los demás, las empresas deben buscar modificar sus horarios de trabajo, haciendo que las personas tengan mayor tiempo para evitar afanes, pero además potenciando sus políticas de sostenibilidad y cuidado del medio ambiente; obviamente no podemos dejar por fuera de esta discusión al estado colombiano.
De los tres actores del problema que plantea este escrito, quienes la tienen fácil para empezar el cambio son las empresas, pues no deben consultar con tantas partes sus decisiones y no hay duda de que si se lograra tener grupos pequeños de personas llegando a su trabajo, en horas parecidas, pero no a la misma hora, el problema de los trancones y los accidentes, disminuiría tremendamente, pero también ha llagado el momento de que las empresas implementen las jornadas laborales de seis horas, pues de seguro sus empleados serán más efectivos y productivos en su labor, de paso tendrán mejor calidad de vida.
El estado colombiano no la tiene tan fácil, las promesas de los políticos en campaña, se convierten en solo palabras cuando llegan al cargo, no solo por esa horrible maña de los seres humanos de ilusionar a los demás y luego olvidar sus ofrecimientos, sino también porque el diseño de la administración pública hace difícil lograr los objetivos, pero no esta de más que cada alcalde sea capaz de cumplir una meta de obras de interés publico que perduren en el tiempo y además generen armonía entre gente y naturaleza, con espacios seguros y con controles serios para quienes no tienen cultura del cuidado.
El tercer actor somos todos y es la parte más difícil en poner de acuerdo, por eso los científicos deben vernos como si fuéramos una manada de fieras, pues es el comportamiento que profesamos algunas veces en los espacios comunes, lo cual de verdad debemos cambiar, diría yo que por la conciencia de cada persona, pero es difícil, así que el estado también deberá implementar verdaderos incentivos para que se mejore el comportamiento de los ciudadanos, con aire limpio, con seguridad integral, con reglas claras para el manejo de basuras y multas para quienes incumplan, con controles de velocidad y ruido de los vehículos y buscando que dentro de las ciudades se usen medios de transporte amigables, como la bicicleta.
Si logramos esto que digo, tal vez algún día la jovencita que ayer vi contorsionando su cuerpo con aros en un semáforo de Zipaquirá, tenga un mejor espacio para desempeñar su trabajo, en frente de muchos transeúntes que felices por tener más tiempo para disfrutar su vida, con un aire más limpio, sabiendo que la prosperidad y la paz es una realidad, pagaran por arte como su nuevo distractor y no por cigarrillos, como estúpidamente muchos intentan desaparecer el estrés.