El primo de mi madre me contó que en el pueblo había un viejo que veía cosas de ultratumba allá en sus dominios. Era dueño de cierta tapera en los campos cercanos; ahí vivía y se decía que estaba asombrada (o ensombrada, que en lengua local se traduce a embrujada o maldita: un lugar donde las sombras de los muertos se manifiestan con fuerza). Era la década del ‘70, dos primos de mi madre trabajaban ahí para el viejo esclavizando ganado y dando una mano en el tambo dentro de las 5 mil hectáreas, junto a dos peones más, el viejo y la vieja.
En la tapera había una habitación donde se habían matado dos gauchos en una pelea en tiempos de Saravia, el viejo mostraba con orgullo el piso de madera donde aún se veía la mancha de sangre seca que nadie limpió jamás.
El peón más temeroso de estas historias dormía siempre afuera, a pocos metros, bajo un eucaliptus, con la radio sintonizada en CX 25. Los primos de mi madre decidieron asustarlo así una noche:
Juntaron piedras, tiraron una bien alto al árbol donde dormía el cristiano, y esta cayó rebotando entre las ramas haciendo un ruido misterioso y sistemático: pac, pac, pac, pum. Luego tiraron otra sobre el techo de zinc de la tapera, la piedra deslizándose hizo primero rrrrrrr y luego pac. El peón apagó la radio y prestó atención. Repitieron el protocolo fantasma: piedra-árbol/piedra-zinc, el peón agarró sus cosas y se metió corriendo en la tapera, esa noche le pareció más seguro adentro que afuera.
Al otro día se despertó antes que nadie (si es que durmió), y cuando los primos de mi madre llegaron a la cocina, el hombre ya estaba desayunando y contándole a la patrona que había visto soldados muertos luchando, animales fantasmas o en modo zombie, y alguna mujer flotando vestida de blanco. Nunca supo el origen de los ruidos pero el hombre vio cosas. La patrona sabía de la broma y el dueño también pero nadie dijo una palabra para refutarlo, ni ese día ni nunca.
El viejo, aunque sabe perfectamente identificar bromas y trucos de quienes quieren asustarlo, nunca pudo ser engañado. Cuando se le preguntaba cómo hacía para descubrir los engaños, él respondía que “cuando estoy solo veo cosas”. Solo decía eso, a diferencia del peón engañado no contaba sus historias, solo decía que vivió experiencias raras. Jamás pudieron sacarle más información que esa.
El primo de mi madre me contó que un día el viejo abandonó aquella casa para siempre, nadie sabe qué fue lo que pasó que lo llevó a esa decisión rápida y precipitada. Dejó todo donde estaba: muebles, herramientas, todo. Aquello quedó para los trabajadores, él no pisó nunca más la tapera, se construyó otra en en el extremo opuesto de sus tierras: derribó árboles, hizo un aljibe y un trabajo titánico para levantar de cero su nueva casa, a 5 mil hectáreas de distancia de lo que sea que vió y jamás contó.
Mientras tanto el peón que creyó ver lo que nunca pasó siguió contando su historia el resto de su vida a hijos y nietos, hasta el fin de sus días.