UN PEQUEÑO AHORCAMIENTO PRIVADO
Era un acontecimiento de lo más selecto.
No había una atmósfera festiva. No había multitudes de plebeyos rebuznando. Desde luego no había presente ninguna fulana soltando risitas. Era un pequeño patio adoquinado tras el Pabellón de Interrogatorios, en vez de alguna de las amplias plazas públicas del centro de la ciudad. Hay que decir que el tono era sombrío. Pero que Orso animara el ambiente parecía mucho pedir.
- Odio los putos ahorcamientos -dijo, frunciendo el ceño hacia el cadalso.
Habían retirado todas las innovaciones. No había poleas, ni grúas, ni maquinaria. Habían desaparecido igual que Risinau, que la Jueza, que la Rotonda de los Comunes, que la Inspección Popular y que el Gran Cambio en conjunto. Solo estaban el patíbulo, una cuerda, una trampilla y una palanca para abrirla.
Y un prisionero al que ahorcar, claro. Sería un acontecimiento de lo más pobre en caso de no contar con uno.
Un viento suave recorría el patio y apenas había humo en el aire, que olía bien. Quizá los últimos alientos siempre lo hicieran. Orso no tenía miedo. Ni siquiera al ver cómo se balanceaba con suavidad- el nudo corredizo. Pero, claro, siempre había tenido la mal costumbre de ponerse valiente en los momentos menos adecuados. Había ido dando tumbos a tientas de un error al siguiente, zarandeado por fuerzas que apenas percibía, no digamos ya comprender, como un ciego en un combate a pueñatazos de los bajos fondos. En cuántas cosas había fracasado. Cuán a menudo había decepcionado. Esto último, al menos, estaba decidido a hacerlo bien.
- Para qué esperar más, ¿no creéis? -dijo, y dejó atrás a los guardias para subir los peldaños a un brioso trote.
Había intentado hacer lo que debía, en su opinión, a su manera, más bien ineficaz, pero era curioso que las circunstancias raras vez le permitieran a uno ser el héroe, por mucho que anhelara serlo. Por mucho que mereciera serlo. Aun así, seguro que todo el mundo se creía con derecho a recompensas. Al Joven León no le cabían dudas al respecto, eso era evidente.
Aún tenía un cierto aspecto leonino, si lo mirabas bizqueando un poco, pero lo de "Joven" ya era estirar mucho la definición. Tenía un encanecimiento prematuro en aquel pelo y aquella barba dorados. Se le había escurrido todo el color de la tez. En sus rasgos se distinguía una bien merecida satisfacción mientras veía a Orso subir al cadalso. Podría haberse culpado de ella a una carencia absoluta de empatía o imaginación, pero lo cierto, como todo el mundo sabía, era que Leo dan Brock sabía exactamente lo que se sentía al afrontar el nudo corredizo.
Había gente, supuso Orso, que jamás podía perdonar que lo perdonaran.
El lord regente miró de soslayo a su esposa, como el ganador de una partida de cuadros a su adversario derrotado.
Pero Savine no cruzó la mirada con él. La mayoría de los observadores podrían haber pensado que estaba relajada, como una espectadora adinerada en su palco del teatro. Pero Orso la conocía lo suficiente para no creérselo. La conocía mejor que nadie, tal vez. Vio que tensaba los músculos de la mandíbula. Vio sus nudillos blancos de apretar la barandilla. Supo de un solo vistazo que aquello la estaba afectando como al que más.
Le sonrió, y ella le devolvió la sonrisa. Fue una sonrisa pequeña, en la comisura de la boca, pero él la vio. Supo lo que significaba. Tal vez todo el mundo estuviera solo, al final. Pero, en ese momento, Orso tuvo la impresión de que ellos dos se entendían. Se perdonaban. Se amaban todavía, tal vez, incluso entonces. No creía haberla decepcionado nunca. No en nado que de verdad importara. Eso ya era algo. Entonces Savine tragó salivá y miró al suelo, y el momento pasó.
Orso dudaba mucho que fuese a compartir una última mirada profunda con nadie más de los asistentes. Lord Isher y lord Heugen parecían estar regodéandose, pero si uno permitía que lo enfadara el regodeo de los demás, se pasaría el día enfadado. Los hombres de Brock, Jurand y Glaward, tenían sendas expresiones adultas. Habrían sido personas bastante decentes, con toda probabilidad, de haber tenido un amo distinto. Había gente decente en todos los bandos, al final y al cabo, como le había gustado decir al padre de Orso. Lo sorprendió ver allí a Selest dan Heugen, vestida con más sobriedad de la que acostumbraba, pero hay quienes siempre acaban flotando arriba del todo. Luego estaba un hombre huesudo que a Orso le sonaba de algo vestido con el blanco de archilector. Y estaba Curnsbick con aspecto algo enfermizo, y aquel hombre de los carrillos caídos, y el tipo de la nariz puntuaguda que había estado en la Gurdia Real, ¿cómo diantres se llamaban?
Habría sido imposible predecirlo seis meses antes, pero aquellos, al parecer, eran los ganadores. Serían quienes timonearan la Unión hacia el futuro. Cada cual con sus talentos, sus rivalidades, sus ambiciones. Lo más seguro era que no serían peores que su propio Consejo Cerrado. Lo más seguro era que no serían mejores que los Consejos Cerrados de su padre, del rey Guslav, del rey Casimiro, del rey Arnaulti, y así hasta remontarse al primer harod, tocayo del nuevo.
- Debo reconocer que la concurrencia es algo decepcionante -proclamó Orso-. Pero lo comprendo. Yo mismo he odiado siempre los ahorcamientos. ¡Y este es uno al que soy particularmente reacio a asistir! -Ladró una carcajad. Nadie lo imitó-. Madre mía. ¿Quién iba a decir que yo sería el único que conservara el sentido del humor?
Fue complicado con las manos atadas, pero se las ingenió para dar un codazo al verdugo en las costillas.
- Por lo menos hace un día bonito. -Miró el cielo azul entornando los ojos. Unas pocas nubes, moviéndose despacio-. Parece que saldrá un buen verano. -De repente, le entristeció muchísimo pensar que no iba a verlo. Lo encubrió con una risita-. Para vosotros, por lo menos.
El verdugo, como disculpándose un poco, le ofreció un capuchón.
- Gracias, pero no. He asistido a unas cuantas cosas de estas. No finjamos que el capuchón es por mi bienestar. -Mierda, quería rascarse la nariz, pero tenía las manos atadas a la espalda. La arrugó un poco, pero solo lo empeoró. Qué ridículi, morir mientras tle picaba la nariz. Levantó las cejas con un gesto significativo-. Supongo que no serías tan amable de...
El verdugo escrutó a través de los agujeros de su propio capuchón mientras rascaba con suavidad el borde de la fosa nasal de Orso.
- Ah, qué bien. Un poquito más a la derecha... Perfecto.
El hombre levantó el brazo, hizo bajar el nudo y lo ciñó en torno al cuello de Orso.
- Bien apretado, así me gusta. -Orso le guiñó un ojo-. Qué difícil es encontrar un buen ayuda de cámara en estos tiempos.
El Joven León parecía algo irritado.
- ¿Tienes algo que decir? -espetó.
- Demasiado, por lo general -entonó Orso-, pero procuraré ser breve, sé que tienes un país que llevar a la ruina. -La trampilla crujió bajo sus pies cuando dio un paso adelante.
- "¡No lloréis por mí!" -Paseó la mirada por el público, alzando las cejas-. ¿No?, ¿nadie? La verdad es que, incluso en mis mejores momentos, apenas he estado a la altura. Desde luego, soy hijo de mi padre, podría decirse. No obstante, permitidme que me enorgullezca un poco de mi victoria contra todo pronóstico en Stoffenbeck. Ya es mala suerte llegar al trono no con una, sino con dos putas revueltas en camino, pero en realidad tampoco es excusa. Siempre hay algo en camino, a decir verdad. Ya lo veréis. No es que os desee lo peor a nadie de vosotros, entendedme. Los resentimientos son algo demasiado pesado para cargar con ellos toda la vida, no digamos ya para subirlos a un patíbulo, y de todas formas no valen para nada en una pelea. -Por el rabillo del ojo vio que el verdugo rodeaba la palanca con ambas manos.
- "¡Buenos!" Creo que me están haciendo la señal de que vaya terminando. Quiero decir algo a mi hermana Savine. -Le sonrió. Igual que hacía antes, cuando estaban juntos, en el despacho de Sworbreck. Cuando se le acababa de ocurrir un chiste buenísimo, uno que sbía que iba a encantarle. Así era como quería que lo recordara. Tal y como había sido. Tal y como habían sido los dos-. Me consuela un poco saber que serás mucho mejor gobernante que yo en toda mi vida. Hemos tenido nuestras discrepancias, pero sigues siendo la mujer a la que más admiro. Y, seamos sinceros, la única a la que he amado jamás. -Lo satisfizo ver resbalar una lágrima por la mejilla de Savine. No era que todo hubiera merecido la pena por una lágrima, claro, pero algo era algo. A continuación sonrió de oreja a oreja mirando al lord regente-. A su marido, Leo dan Brock, solo puede decirle... ¿Qué tal la pierna?
Soltó una última risita-, que se convirtió en un suspiro.
- Venga, que es para hoy -dijo.
La trampilla traqueteó al abrirse.