Narayama – Terra Suja Vista Imunda https://cenaindie.com/album/narayama-terra-suja-vista-imunda/

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Narayama – Terra Suja Vista Imunda https://cenaindie.com/album/narayama-terra-suja-vista-imunda/

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La Casa del Dinero, así era como se conocía a la que estaba junto a la de Orin. A los aldeanos el dinero no les era de ninguna utilidad y nadie lo tenía, pero uno de aquella casa había ido una vez hasta Echigo y había vuelto con una gran moneda de cobre. Desde entonces a aquella casa se le quedó la del dinero. Matayan, el viejo de la familia, cumplía setenta aquel año. Orin y él, vecinos y coetáneos, eran conocidos de mucho tiempo. Pero al contrario que Orin, que llevaba años planeando su subida a la montaña, el patriarca de la Casa del Dinero, que era el mayor tacaño del pueblo, no parecía dispuesto a gastar en el convite de despedida y no había preparado nada todavía. Corrió el rumor de que el viejo tenía previsto subir antes de la primavera, pero ya se había venido el verano, y ahora se decía que seguramente se escabulliría el invierno entrante sin decir nada a nadie. Pero Orin lo tenía calado. Ella sabía que aquel mandria no tenía valor para subir a la montaña. «¡Qué majadero este viejo!», pensaba siempre Orin, que tenía previsto partir tras Año Nuevo, nada más cumplir los setenta.
Junto a la Casa del Dinero estaba la del Pino Quemado, llamada así por un gran pino que había al fondo. Muchos años antes un rayo cayó en el árbol y sólo dejó un tronco seco y roqueño.
Luego venía la Casa de la Lluvia. Al sudeste del pueblo había un monte llamado sencillamente del Sueste. En el pasado alguien de aquella casa subió allá, se topó con una víbora de dos cabezas y la mató. Y desde entonces llovía sin falta cada vez que alguien de la casa subía al Sueste. De ahí el nombre.
La siguiente era la Casa del Nogal de la copla. De las veintidós casas que contaba la aldea ninguna tenía un árbol del porte de aquel nogal:
Esa Ginyán la pazpuerca de la casa del nogal cargó hijo, nieto y bisnieto como rata con lechigá.
Cuando Orin llegó al pueblo la tal Ginyan, una vieja sonsa cuyo desaliño llegó a ser proverbial, todavía vivía. Con lo de la lechigada se aludía a sus biznietos, dando a entender que la familia había criado como los roedores. En aquel pueblo donde la comida era tan escasa se escarnecía a quien llegaba a conocer a su biznieto, porque eso significaba que tres generaciones seguidas de la misma familia se habían apresurado a traer al mundo más bocas que alimentar. Ginyan había parido a sus hijos, criado a sus nietos y finalmente cargado a sus biznietos, así que era vilipendiada por originar una casta tan rijosa.
Fukazawa Shichirō
Narayama-bushi Kō (1958)
The Ballad of Narayama
En Monterroble moraba un dios. Nadie lo dudaba, porque todos los que allá peregrinaban lo habían visto. Y este dios de probada existencia era venerado en su fiesta con mayor diligencia que ninguna otra deidad. De hecho, cuando la gente hablaba de festival se refería propiamente al de Monterroble. Sus cantos y los que acompañaban a los bailes del Bon, que venía justo después, habían acabado fundiéndose inadvertidamente y ya valían sin distinción para ambos.
El Bon duraba del día trece al dieciséis del séptimo mes. El Festival de Monterroble se celebraba la noche de la víspera. La gente pasaba la velada regalándose con los frutos otoñales de la sierra: castañas, uvas silvestres, piñones blanqueados y tostados, setas y, lo más preciado de todo, vino de arroz nuevo sin refinar. Allí llamaban al arroz Señor Trébol Blanco por la semejanza con sus granos. En aquella pobre aldea se cultivaba arroz, pero había tan poco terreno llano que la cosecha era escasa. Vivían fundamentalmente de mijo, maíz y otros granos recios que se daban mejor, y el arroz no se comía más que en el festival o cuando alguien estaba enfermo de gravedad.
Había una copla que se cantaba en el Bon, criticando el despilfarro:
Es la plaga de mi casa este viejo comilón, pasa tres días en cama y vuelta a pedir arroz.
El padre de la copla es denostado por zascandil o majadero: nada más pilla un catarro ya quiere que le sirvan arroz. También valía de refrán en ocasiones; por ejemplo, cuando un muchacho era holgazán su padre o sus hermanos se la cantaban. Advertía de que cuando un chico era regalón y penco, lo siguiente era pedir arroz. También se usaba con los niños desobedientes y contestones.
La única canción que podía propiamente denominarse del festival de Monterroble era aquélla de los brotes de las castañas, pero los aldeanos componían muchas variantes satíricas. La casa de Orin quedaba en el confín del poblado, en el camino que la gente solía tomar para subir a la sierra. Sólo quedaba ya un mes para el festival. Después que Orin escuchó la canción por primera vez, pasaron muchos otros que la retomaron en varios modos.
Mira la suerte que tuvo Otori la salinera; nevaba seguido y recio cuando subiera a la sierra.
Los de la aldea daban a la expresión subir a la sierra dos sentidos muy diferentes. Aunque la pronunciación y tono eran idénticos, nadie podía dudar de a qué se referían en cada caso. Se subía a la sierra a por leña o a hacer carbón, pero también para ir a Monterroble. De siempre se había dicho que alguien era afortunado si nevaba el día que subía a Monterroble. Ya no vivía ninguna Otori la salinera, pero aquella persona había existido realmente muchas generaciones atrás. Ahora se la celebraba como ejemplo clásico de quien era tan dichoso de que nevara el día de su subida. Y no es que la nieve fuera rara en absoluto en esta región del país. En pleno invierno nevaba incluso en el poblado a veces, y las laderas se ponían blancas. Lo extraordinario del peregrinaje de Otori era que empezaba a nevar justo cuando ella llegaba a Monterroble. Es más, que nevara durante el viaje era de mal agüero. Por eso el caso de Otori era ideal.
La copla también entrañaba otra noción. Daba por hecho que el verano no era buena época para ir a Monterroble y la peregrinación debía emprenderse en invierno siempre que fuera posible. Quienes preparaban su subida debían elegir un momento en que fuera probable que nevara. Pero una vez que la nieve había cuajado, la senda de la montaña quedaba cerrada y ya nadie más podía subir aquel invierno. Monterroble, donde moraba el dios, quedaba lejos de la aldea y había que atravesar siete collados y tres vaguadas. Atendiendo a la lección de la copla, el periodo para efectuar la peregrinación era en verdad muy restringido.
Orin llevaba ya mucho tiempo preparándose para su subida a Monterroble. Tenía apartado el vino que ofrecería a los huéspedes antes de su partida y hacía tres años que guardaba la estera para sentarse allá arriba en la montaña. Acababa de resolver otra tarea pendiente al encontrarle una nueva mujer a Tatsuhei. Ahora que ya estaban asegurados vino, estera y mujer, quedaba una última cosa.
Siempre que estaba segura de que nadie podía verla Orin cogía un pedernal, abría la boca, y se pegaba en los dientes de delante con la piedra: toc toc. Trataba de romperse sus recios dientes. Con cada golpe un dolor terrible le vibraba dentro de la cabeza, hasta el cogote; pero perseveraba con la esperanza de que si seguía golpeándolos antes o después acabarían cayéndose. Estaba tan ansiosa de que llegara ese día que últimamente estaba empezando a tomarle gusto al dolor.
Los dientes de Orin estaban cabales y perfectos a pesar de su edad. Siempre habían sido su orgullo desde que era muchacha; eran tan fuertes que se hincaban fácilmente hasta en el maíz seco. Pero a estas alturas la avergonzaba que todavía no le faltara ni un diente. Su hijo Tatsuhei ya había perdido unos cuantos, pero la dentadura perfecta de Orin parecía pregonar que estaba dispuesta a zamparse lo que fuera. En una comunidad donde la comida era tan justa y escasa, resultaba bochornoso.
Los del pueblo le decían: «¡Con esos dientes qué no te vas a comer! ¡Hasta piñas y frijoles pedorros podrías roer y no dejar nada!». No era sólo un chascarrillo, era patente que la zaherían. Así llamaban a una variedad de frijoles duros como una piedra que cultivaban en la aldea. Quienquiera que los comiera podía dar por hecho que estaría pediéndose sin parar y la gente se burlaría diciendo: «¡Eso es que comiste frijoles pedorros!». Por lo general todo el mundo se refería a aquellas legumbres como rompehielos o chícharos duros, y que la gente escogiera a posta aquel nombre para echárselo en cara demostraba a las claras que se burlaban de ella. Pero ella se resignaba, pensando que era inevitable que escarnecieran a una mujer lo bastante vieja para peregrinar a Monterroble y que tenía todavía aquellos dientes intactos.
Hasta su nieto Kesakichi se mofaba de ella en su cara: «¡Abuela, tienes treinta y tres dientes!». Orin una vez los fue contando uno a uno con un dedo y eran sólo veintiocho entre todos, arriba y abajo. «¡No seas tonto! Sólo tengo veintiocho.» Pero el chiquillo contestó malévolo: «¿Sí? ¡No me digas! Eso es porque nada más sabes contar hasta veintiocho. ¡Tienes muchos más!», disfrutaba pretendiendo que su abuela tenía treinta y tres dientes. El año anterior había hecho revolcarse a los chicos del pueblo en los bailes del Bon con esta copla:
Esa que está en la cocina es la vieja de mi abuela: ¡treinta y tres dientes de bruja, todos en una cabeza!
Tal era a adaptación que hizo Kesakichi de la más procaz de las coplas del pueblo. En el original, que denigraba a la madre de alguien, se contaba cómo ésta se metió en un rincón a peinarse los treinta y tres pendejos de cierta parte. Kesakichi no hizo más que substituir los pendejos por dientes de bruja, lo que fue muy celebrado. Por eso seguía dando la vara con lo de los treinta y tres dientes, si no la broma no habría tenido sentido. Hasta había sembrado el rumor a propósito.
Cuando Orin llegó al pueblo a casarse se la tuvo por la más linda del lugar, y ni siquiera cuando murió su marido se corrió ninguna hablilla desagradable como solía ocurrir con las viudas de buen ver. Nadie había tenido nunca una falta que ponerle a Orin y no estaba dispuesta a que la humillaran ahora por tan poca cosa. Sería una desdicha que no llegara a deshacerse como fuera de su dentadura antes de subir a la sierra, de manera que cuando se montara en el tablón a espaldas de Tatsuhei pareciera una vieja desdentaba, como tenía que ser. Por eso, cada vez que se veía sola, se tabaleaba los dientes con el pedernal.
Fukazawa Shichirō
Montaña sobre montaña y nada más que montañas. Allí vivía Orin, en la provincia de Shinano, a las afueras de una aldea conocida meramente como las casas de arriba. Ante la suya estaba el tocón de un gran olmo, liso como un tajo, muy apreciado como asiento por los niños y viandantes. Era por eso que los moradores de la aldea se referían a la casa de Orin como el tocón.
Hacía cincuenta años que Orin había llegado allí a casarse. Su aldea natal era otra tal casas de arriba, pues así se llamaba en cada pueblo al vecino, a falta de nombre, aunque sólo los separara un cordal de colinas. Orin cumplía sesenta y nueve aquel año. Su marido había muerto veinte años antes y la mujer de Tatsuhei, su único hijo, se mató el año anterior al caerse a un barranco mientras recogía castañas. Aunque le resultaba muy duro atender a los cuatro hijos que dejaba su nuera, lo que más preocupaba a Orin era no haber encontrado todavía una nueva mujer para su hijo. No había ninguna viuda adecuada en la aldea ni en las casas de arriba.
Aquel día Orin escuchó dos voces que esperaba hacía tiempo. La primera por la mañana, cuando alguien que pasaba camino del monte cantaba la canción del las fiestas:
Festival de Monterroble: cuando haga la tercera, de los frutos del castaño nacerá la yema nueva.
Con este son se hacían los bailes del Bon en la aldea. Ya era hora de escuchárselo a alguien. A Orin la había tenido consternada lo retrasado que venía aquel año. El meollo de la copla era muy simple: cada tres festivales somos tres años más viejos. Su finalidad era recordarles a los viejos del pueblo que se acercaba la hora de emprender la peregrinación a Monterroble una vez cumplidos los setenta.
Orin aguzó el oído para captar el canto del hombre que se perdía a lo lejos. Miró de reojo a Tatsuhei, de pie a su lado. Escuchaba atento, sacando el mentón. Pero cuando vio sus ojos vidriosos comprendió que Tatsuhei se atormentaba ya pensando en el día en que tendría que llevarla a la montaña.
«¡Qué hijo tan tierno me ha tocado!», pensó, con un nudo en la garganta.
La otra voz que Orin había estado esperando era la de un mensajero de su aldea nativa. Traía la noticia de que una mujer acababa de enviudar en las casas de arriba. Tenía cuarenta y cinco años, la misma edad de Tatsuhei, y hacía sólo tres días que habían enterrado a su marido. Él trujamán decía que se había acercado nada más que a avisarla, pero dado que la edad de la viuda cuadraba con la de Tatsuhei, el casamiento era cosa hecha. Antes que se fuera ya habían hasta fijado el día en que llegaría la nueva esposa. Tatshuhei estaba trabajando en el monte cuando llegó el mensajero y Orin tuvo que decidir sola sin darle cuentas de nada. O quizás sea mas justo decir que la cuestión se resolvió por sí misma nada más exponer el recadero su asunto. No tenía más que comunicárselo a su hijo cuando éste volviera.
En aquel pueblo los casamientos se arreglaban sencillamente, sin tener en cuenta a las familias. Un muchacho y una muchacha que se gustaban disponían los particulares a su conveniencia. No había boda ni ceremonia alguna; la muchacha simplemente se iba a vivir con el muchacho. Lo único que tenía que comprobar el medianero era que sus edades se avinieran. Y con eso el matrimonio quedaba decidido. Al principio la muchacha iba de visita a la casa del chico de tanto en tanto, pero sus visitas se iban prolongando cada vez más, hasta que quedaba inadvertidamente asimilada a la familia.
Los aldeanos guardaban las festividades ordinarias del Bon y Año Nuevo, pero como no había ocasiones de diversión en los contornos, las fiestas sólo significaban que nadie trabajaba. Únicamente para el festival de Monterroble se hacían preparativos extraordinarios.
Orin siguió con la mirada al recadero que volvía a su aldea. Decía que venía en representación de la familia de la viuda, pero ella suponía que sería seguramente un pariente cercano. «¡Mira que salir corriendo a concertar el matrimonio ni tres días después de morir el marido! ¡De veras que tiene ganas de quitársela de arriba!» Pero a ella le venía muy bien que tuviera esas prisas. El año que viene cumpliría setenta y le tocaría peregrinar a Monterroble. ¿Qué hubiera hecho entonces de no haber encontrado una mujer para su hijo? El asunto no la dejaba dormir, pero por fin se había dado aquella estupenda ocasión... y una mujer justo de su edad. En breve llegaría del otro pueblo la nueva esposa acompañada probablemente de su padre u otro deudo. Orin se sintió tan aliviada como si le hubieran quitado una gran carga de los hombros. Estaba contenta de que su hijo tuviera una nueva mujer, pero sobre todo de que alguien la ayudara en las faenas de la casa. Sintió que su mayor dificultad ya estaba resuelta.
El mayor de sus nietos —Kesakichi— tenía dieciséis años; luego venían otros dos chicos y la niña de tres. Habían tardado tanto en encontrar una esposa para Tatsuhei que éste parecía ido últimamente, como si ya hubiera abandonado la esperanza de volver a casarse. Tanto su madre como los demás aldeanos habían notado su desgana, pero Orin estaba convencida que pronto sería otra vez el de antes. La misma Orin se sentía ya más repuesta.
Aquella tarde cuando Tatsuhei volvió del monte y se sentó en el tocón Orin le gritó desde dentro de la casa a sus espaldas: «¡Va a venir una nueva mujer para ti desde las casas de arriba! Su marido se murió anteayer pero vendrá nada más pasen los cuarenta y nueve días del luto». Muy satisfecha le anunció el hallazgo como si fuera su gran logro. Tatsuhei se dio la vuelta: «¡No me digas! ¿De las casas de arriba? ¿Qué edad dices que tiene?». Orin salió aprisa: «Se llama Tamayan. Tiene cuarenta y cinco, como tú». Tatsuhei se echó a reír: «¡El tiempo de los amores ya pasó...!». Parecía tan contento como Orin con el nuevo plan, aunque quizá sólo quería tapar su bochorno. Orin barruntó, como vieja que era, que Tatsuhei tenía la cabeza en otra cosa que no era su nueva esposa, pero estaba tan exultante que no le dio más vueltas.
Fukazawa Shichirō

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De Overrimpeling
Hans Dorrestein.Wat een stem.Wat een man.Enkele weken geleden was hij bij Pat Donnez op bezoek.Op Klara Radio.In Berg en Dal.Zoals eenieders leven dat soms wel eens is.Ze hadden het samen onder andere over een van zijn boeken, Het Rimpelperspectief.Hoe hij ooit oudjes was beginnen observeren.Om er uiteindelijk zelf eentje te worden.En hoe we misschien beter af zouden zijn zonder. Wat me meteen…
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