Helgoland, un día de brisa marina
Es domingo y te levantas pronto, pero no te importa, hoy te vas de excursión con M, R y J. El día anterior ya has quedado con M en qué comida llevar y a qué hora levantaros para que os dé tiempo a prepararlo todo. Con R y J habéis quedado en la esquina para ir a coger el tren. Les esperáis allí, les llamáis por teléfono, os dicen que ya van, que ya están listos. Al final vais corriendo a la parada de autobús. Todos tenéis mucho sueño pero, por alguna razón, no podéis parar de reír. Llegáis a la estación de Bremen, subís a vuestra vía, cogéis el tren y os dejáis llevar. No, no tanto tiempo, solo durante 35 minutos.
Ya está, ya habéis cumplido con la primera parte del recorrido hasta Bremerhaven. La segunda será una miniaventura. Tenéis que llegar al puerto para coger un barco. Hasta aquí todos pensáis que será algo muy fácil. Sin embargo, cuando habéis dado varias vueltas por el puerto, habéis mirado varios mapas informativos, no habéis visto a nadie a quién preguntar y habéis visto que pasa el tiempo y se acerca la hora de embarcar, entonces, por fin veis vuestro barco y pensáis que sí, que todo hubiese sido mucho más fácil si hubieseis girado a la izquierda en lugar de seguir recto al bajar del autobús que os ha dejado en el puerto.
Por fin subís al barco y ahora sí, os dejáis llevar durante unas tres horas. Son las 9:30 de la mañana y lleváis levantados casi tres horas. Os da tiempo a todo: a buscar un sitio, buscar otro porque en el primero había mucho viento, a dormir tumbados al sol, a redesayunar, a comer gominolas, a ver dos focas tumbadas en un banco de arena, a ver barcos a lo lejos e imaginarte que son piratas de parche en el ojo y espada, a ver medusas y a gritar ¡tierra a la vista!
El Mar del Norte en esta zona es muy poco profundo. Es más, cuando llegáis, os hacen subir a un bote que os remolca desde el barco a la costa, ya que vuestro barco se encallaría al intentar llegar hasta allí. Los tripulantes os cogen cada uno de un brazo y os ayudan (casi os lanzan) a subir al bote. Cuando llegáis os recibe (bueno, a vosotros no, a otro barco, pero lo oís como si fuera para vosotros) un gaitero con falda escocesa. No entendéis nada.
Solo tenéis cuatro horas en la isla, tiempo suficiente para rodearla andando y ver el monumento Lange Anna, la gran atracción de la isla.
Cruzáis el centro de la ciudad y veis en un mapa que tenéis que subir a la zona más alta para tomar el camino que tenéis que tomar. Subís las infinitas escaleras y simplemente andáis mientras disfrutáis del paisaje: a la izquierda verde hierba y a la derecha azul intenso. A la izquierda veis algunas ovejas tomado el sol y a la derecha, la inmensidad.
Os llama la atención ver un cartel de la maratón de Helgoland. Los corredores tienen que acabar mareados en una isla tan pequeña. Tenéis que pasar una pequeña zona residencial, casas pequeñas con jardín. Hay bastante gente visitando la isla pero, sobre todo, hay alcatraces. Están por todas partes. Los ves volar, los ves posarse, los oyes, están lejos de los turistas, pero también están cerquísima. Y no podéis parar de pensar que si se pusieran a volar todos a la vez saldríais todos volando con ellos. Tienen cara de malos, pero os gusta mucho verlos y mirarlos.
R y J se adelantan, esperan sentados en un banco, llegas y buscáis a M. Está detrás de vosotros mirando la roca rojiza que compone la isla. Todos seguís juntos adelante hasta que llegáis al punto más alto de la isla, donde decidís parar un rato para disfrutar de la brisa marina. Mientras hacéis bromas sobre la cumbre. Es el Himalaya de Helgoland, decís. Estáis a 61,3 metros sobre el nivel del mar.
Seguís vuestro camino, puesto que ya casi es la hora de coger el barco de vuelta, pero aún hay tiempo para comer un bocadillo de pescado y dar una vuelta. Parece que estáis en la terminal de un aeropuerto, casi solo hay tiendas de duty free donde comprar ropa de montaña barata, paquetes enormes de chocolatinas y perfumes.
Llega el momento de hacer cola para subir al bote que te lleva al barco. Para subir te ayudan esta vez cuatro personas, dos desde el bote y dos desde el barco. Os esperan otras tres horas de barco que ocupáis, claro, en comer gominolas, dormir, mirar el mar y jugar con una niña que viaja a vuestro lado. Más bien juega ella con R, pero al final acabáis jugando todos juntos.
Llegáis a Bremerhaven sobre las 19:30 y, esta vez, cogéis el camino rápido hasta la parada de autobús para ir a la estación. Una vez en el tren pensáis que ya habéis llegado a casa. Cansados del madrugón y de pasar un día entero fuera de casa, llegáis a Bremen y vais juntos hasta la esquina donde quedasteis esta mañana. M y tú os despedís de R y J. Ha sido un día estupendo.