No lo conozco, no lo conozco, no lo conozco, me dije varias veces.
De la misma forma me respondí varias veces, ¿Qué importa?
¿Desde cuándo para ver a alguien se necesita de conocerle?
Lo único que quería era conocerle, saber de él, verlo en persona.
Coincidimos en gustarnos de forma digital. Yo lo había agregado a Facebook. Él me había aceptado. Yo le había hablado. Él me había respondido. Entonces habíamos quedado en vernos.
Me repetí de nuevo, no lo conozco, me pregunte ¿Qué importa?
Esto había sido una interacción a las cuatro de la mañana, por lo que vernos a esa hora me era imposible.
Me quede dormido, entre pestañeos pensé que ya no volvería a tener la oportunidad de verlo, que había sido la emoción del momento. ¿Quizá estaba ebrio y quería algo a esa hora? Descargar su euforia nocturna con un desconocido que le mando solicitud de Facebook.
A la mañana siguiente decidí mandarle un mensaje, me respondió, no era solo la euforia de la noche lo que le hizo aceptarme y responder a mis mensajes, seguía interesado en desenmascarar a este extraño.
Nos pusimos de acuerdo para vernos en media hora después de los mensajes que habíamos intercambiado por la mañana, me había pasado su ubicación. No lo pensé varias veces, me decidí y comencé a cambiarme. Cheque varias rutas en Google Maps hasta encontrar la más rápida y adecuada para llegar a donde él se encontraba.
Nunca había recorrido esa ruta en bicicleta, ni siquiera en carro, pero eso no importa.
Seguía pensando en que no lo conocía, no sabía lo que encontraría al verlo, ¿Qué tal si no me gustaba? O yo no le gustaba a él. Todo el camino recorrido iba a ser en vano, no recorremos muchas veces caminos en vano y aprendemos algo. Bueno, yo no sabía que iba a aprender de este camino si resultaba en vano.
Lo único que sabía de él era por sus fotos, cheque varias veces su carpeta de fotos de perfil, donde a simple vista me sentí bastante atraído. Ese rostro varonil tapizado de una barba obscura y tupida que contorneaban sus labios simétricamente, resaltando el color obscuro de sus ojos, me cautivo. Pero sin duda lo que más me gusto fue su piel, su piel color canela. Un tibio color canela.
Me había atrapado, era clara la urgencia de ambos por vernos, un encuentro casual, donde descargaríamos la tensión sexual acumulada quizá por unas horas, días o semanas ¿Quién sabe?
La urgencia era tenernos, comernos, devorarnos uno a otros hasta que ese deseo carnal se acabase.
Yo ya iba en camino, me había pasado su ubicación y tenía ya la ruta perfecta para no demorarme más de 35 mín. Es que pensaba mucho en no demorarme, ¿Qué tal si pierde el interés de un momento a otro? No quise aventurarme a esa cuestión.
Sentía una urgencia por tenerlo de frente, por palparlo, por besarlo. Es curioso cómo podemos
sentir ya cosas desde un principio por un extraño. Es fuerte la necesidad de amar y ser amado de
vuelta. Al final, ese es el santo grial, sentirnos amados y deseados por otras personas, poder
amarlos y desearlos tan intensamente como se pueda amar y desear a alguien en los pocos
minutos que dure el encuentro.
Me apresure en llegar, creo no demore demasiado, para la distancia que había recorrido.
Al llegar al lugar donde marcaba el mapa me comunique con él, demoro unos segundos más de lo
esperado, quizá estaba recostado y le tomo ese tiempo en responder. Al escuchar su voz comencé
a sentir nervios, me dio santo y seña de donde estaba ubicado, yo estaba un tanto desubicado, las
ubicaciones digitales no son siempre las más exactas. Me dijo que bajaba y me hacía una seña para
saber quién era.
Pedalee a la nueva ubicación, una cuadra más de donde me encontraba.
Vi que alguien se acercaba a la esquina de la calle donde me encontraba, vestía unos short gris y
una top tank, no recuerdo el color. Alcé mi mano y respondió de la misma forma, me acerque con
la bicicleta de mi lado derecho, el frente a mí. Me recibió con una cálida sonrisa, pude ver que era
más atractivo que varias de las fotos que había visto antes.
Me comento que teníamos que subir hasta el cuarto piso, lo dijo por mi bicicleta, le respondí que
no había problema, que podía subir con ella hasta el cuarto piso.
Lo seguí hasta la entrada del departamento, lo seguía analizando, lo había analizado ya antes en
las fotos, ahora me resulto imposible no seguir haciéndolo, el color de su piel era mucho más
bonito viéndolo en vivo y a todo color.
Vi sus piernas, sus brazos, su rostro, su mirada, sus ojos. Todo me gustaba, me preguntaba ya si
habría química ente nosotros, me moría por saberlo. Esto solo lo iba a averiguar si nos besábamos,
ya quería hacerlo.
Entramos a su cuarto, no tiene caso que describa el lugar, me dijo cuándo cruce la puerta que
disculpara el desorden. Lo que menos me importaba era el desorden, yo lo único que quería era
lanzarme sobre él y comerlo todo.
No hablamos mucho cuando ya estaba sobre él, sintiendo su cuerpo, su temperatura, sus labios,
su barba obscura y tupida que resaltaba sus ojos y labios de forma simétrica.
Pude por fin sentir su piel, saborear esa piel color canela, tocar su masculinidad, sentir la
temperatura de esta, tan ajena a la de todo su cuerpo, era como lava, lava caliente y firme.
Lo bese, por donde podía y hasta por donde no podía, ya me encontraba nervioso para ese
entonces, lo sentía en mi masculinidad, no quería decepcionarlo. No lo hice.
Se puso sobre mí y me susurro que me quería dentro de él, no lo dude ni un segundo y puse mi
masculinidad a trabajar, no batalle. Estuve dentro de él, me lo dijo su cuerpo, me lo dijo su
temperatura, sus gemidos al son de mi movimiento de caderas, sus ojos abiertos como herida
recién hecha, está herida no sangraba, emanaba placer. Lo veía por sus ojos, tocaba su piel y era
todo poro abierto, temperatura, aromas, sexo.
Me vine unos segundos después que él, yo no quería terminar, quería que el placer fuera infinito,
que no hubiera finito, pero bueno, sabemos que eso es imposible. La pasión tiene que terminar. Es
cuando esa pasión tiene que alimentarse de algo más. En este caso siendo dos extraños, la pasión
término ahí se necesita de más que solo sexo para poder alimentar la pasión que sigue después
del deseo carnal.
Nos limpiamos el deseo expulsado por nuestros cuerpos y nos recostamos uno al lado del otro, yo
continúe tocando su cuerpo. Me encanto ver como se erizaba su piel al rose de mis manos, su piel
color canela. El olor que desprendía me tenía embriagado. Su figura desnuda me tenía anonadado.
Era sin duda un hombre que podría seguir queriendo tener al lado, despertar y saborear
meticulosamente cada uno de los rincones de su cuerpo, hacer chocolate con esa canela de su
piel.
Pero no lo conozco, no lo conozco, me dije de nuevo.
Me cambiaba cuando se abalanzó sobre mí y me dio un beso, de esos que ya no estaban
planeados en el escrito del deseo carnal, este más bien fue como despedida, para tenerme unos
minutos más después de mi partida.
Eso a mí me gusto.
Despedirme de esa forma fue un detalle que me gusto, espero poder pronto saber de ese hombre
de dulce piel canela y poder hacer con ella chocolate. Chocolate del bueno, del amargo, del que
puedes convertir en dulce y salado cuando te plazca.