A las mujeres griegas de los periodos arcaico y clásico no se les animaba a proferir llantos de ningún tipo, sin regulación, dentro del espacio cívico de la polis o al alcance del oído de los hombres. De hecho, la masculinidad en una cultura como esa se define a sí misma por su uso diferente del sonido. La continencia verbal es un rasgo esencial de la virtud masculina sophrosyne («prudencia, sensatez [soundness], moderación, templanza y autocontrol»), que organiza la mayor parte del pensamiento patriarcal acerca de cuestiones éticas o emocionales. Frecuentemente se ha afirmado que la mujer en tanto especie carece del principio ordenador de la sophrosyne. Freud formula sucintamente el doble estándar en un comentario a un colega: «El hombre pensante es su propio legislador y confesor, y obtiene de sí su propia absolución. La mujer, sin embargo… no posee en sí misma la medida de la ética. Solo puede actuar [correctamente] si se mantiene dentro de los límites de la moralidad, siguiendo aquello que la sociedad ha establecido como adecuado». Así también, las antiguas discusiones acerca de la virtud del sophrosyne demuestran claramente que cuando esta palabra se aplica a las mujeres adquiere una definición diferente que cuando refiriere a los hombres.
—Anne Carson, «El género del sonido», originalmente publicado en Glass, Irony and God. Traducción de Javier Pavez, publicada por Bellas Letras. Semanario político-cultural. El escrito íntegro se puede descargar en el sitio web, al final de la entrada.












