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Tatiana Țîbuleac, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes. Traducción de Marian Ochoa de Eribe.

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Julius Bistrom: Bueno, en lo que respecta al canto, señor Berg, la música atonal está recorriendo nuevos caminos. Definitivamente tiene algo que nunca antes se había escuchado, sí, casi diría, algo, por ahora, inaudito. Alban Berg: Sí, en relación con lo armónico. En eso, estamos de acuerdo. Pero es completamente erróneo describir esto como un nuevo camino, como usted afirma, y, dadas las otras peculiaridades de la conducción de la línea melódica, mucho menos como algo inaudito y único. Ni siquiera en la parte vocal, aunque, como no hace mucho alguien escribió, se caracterice por intervalos instrumentalmente cromáticos, distorsionados, irregulares, de saltos largos, así como no contradice todas las necesidades vocales de la voz humana. JB: Yo no he dicho eso, pero este tratamiento de la melodía vocal y de la melodía en general, me parece, nunca antes había sucedido. AB: Eso es a lo que me resisto. Por el contrario, para mí, la melodía vocal, caracterizada –incluso caricaturizada con estas palabras– siempre existió, especialmente en la música alemana. Y sostengo que esta llamada música atonal, al menos la vienesa, se apegó, por supuesto en este sentido, a las obras maestras de la música alemana y no, a pesar de toda la reverencia, al bel canto italiano. (...) Este arte de la construcción melódica asimétrica [de la música atonal] continuó desarrollándose a lo largo del siglo posterior (pensemos en Brahms y sus famosas canciones, como “Vergebliche Ständchen”, “Am Sonntagmorgen” o “Immer leiser wird mein Schlummer”), y aunque en Wagner y sus epígonos prevalece la estructura de cuatro compases (este carácter primigenio se mantuvo por sobre otras innovaciones, especialmente en el ámbito armónico), en esta época, la tendencia a abandonar la regularidad de dos y cuatro compases es muy evidente. Existe una línea directa que va desde Mozart, pasa por Schubert y Brahms, y llega a Reger y Schönberg. Y quizás no sea menos interesante mencionar que tanto Reger como Schönberg, al hablar sobre la construcción asimétrica de sus conducciones melódicas, señalaron que podría equipararse a la prosa del lenguaje hablado, mientras que la melodía estrictamente regular se asemejaría más al discurso controlado (del verso). Pero al igual que la prosa, la melodía asimétrica no está menos estructurada de manera lógica que la simétrica. También posee sus periodos, sus cadencias medias y completas, momentos de tranquilidad y clímax, cesuras y transiciones, momentos introductorios y conclusivos, y se los puede comparar fácilmente con modulaciones y cadencias debido a su tendencia deliberada. Reconocer todo esto equivale a percibirlas como melodías en el sentido más estricto de la palabra…
—Alban Berg, ¿Qué es atonal?, entrevista por Julius Bistrom (1930). Traducción de Enrique Salas, editaba y liberada por Buchwald, disponible en el sitio web de la editorial.
Mercedes Sosa, Cantora («Barro tal vez»). Canción de Luis Alberto Spinetta.
Aunque solo quede tiempo en mi lugar.
Las Condes (Santiago de Chile).
103.3 La vulnérabilité est l'admirable contrepoint du courage. 245 «Escribir como forma de oración», leemos –impresionados– en Kafka. También eso significa primeramente no orar, sino escribir: no se puede hacer con las manos plegadas. 263.6 El poema no tiene, como el hombre, ningún motivo suficiente. De ahí su específica oscuridad que tiene que aceptarse el poema debe ser entendido como poema. Tal vez también: el poema tiene su base en sí mismo; con esa base descansa en lo que no tiene. 242.2 El poema quiere, como he dicho, ser comprendido, se ofrece para una versión interlinear, invita a ello; no es que el poema esté escrito con vista a esa o aquella versión interlinear, más bien el poema aporta como poema la posibilidad de la versión interlinear, realiter y virtualiter; en otras palabras es, de una manera que el es propia, ocupable. (1) *** «La atención» –permítanme ustedes citar aquí, del ensayo sobre Kafka de Walter Benjamin, una frase de Malebranche–, «la atención es la oración natural del alma». El poema se convierte –¡bajo qué condiciones!– en poema de uno que percibe –que todavía sigue percibiendo– vuelto hacia lo que aparece, que interroga e interpela a esto que aparece; se convierte en diálogo –a menudo es un diálogo desesperado. (2)
*** 90 Dos posibilidades: hacerse infinitamente pequeño o serlo. Lo segundo es consumación, y por tanto inactividad, lo primero comienzo, y por tanto acto. 106 La humildad da a cada cual, también al que desespera en soledad, la más fuerte relación al prójimo, y de inmediato, pero en todo caso cuando es una humildad total y duradera. Puede hacerlo, porque es el verdadero lenguaje de la oración, al mismo tiempo que devoción y finísimo vínculo. La relación al prójimo es la relación de la oración, la relación a sí mismo, la relación del esfuerzo; de la oración se extrae la fuerza para el esfuerzo. 109 «Que nos falte fe no puede decirse. Solo que el simple hecho de nuestra vida no puede agotarse en su valor de fe». «¿Habría aquí un valor de fe? Pero es que no se puede no-vivir». «Precisamente en este "pero no se puede" es encuentra la fuerza demencial de la fe; en esta negación cobra figura». No es necesario que salgas de casa. Quédate en tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera no más. Ni siquiera esperes, quédate totalmente en silencio y solo. Se te ofrecerá a ser desenmascarado el mundo, no puede evitarlo, extasiado se hará un ovillo ante ti. (3)
(1) Paul Celan, fragmentos de Microlitos. Traducción de José Luis Reina Palazón. (2) Paul Celan, El meridiano. Traducción de Pablo Oyarzun Robles. (3) Franz Kafka, El camino verdadero. Consideraciones sobre el pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero. Traducción de Pablo Oyarzun Robles. Este libro, en realidad, corresponde a una sección del Cuaderno G, considerado uno de los más relevantes de Cuadernos en octavo.

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Sui Generis, Confesiones de invierno («Cuando ya me empiece a quedar solo»).
Un escenario vacío, un libro muerto de pena.
Luces, música, personas haciendo de pretzel y Kung Fu panda (Parque Metropolitano, Santiago de Chile).
Las Condes (Santiago de Chile).
El exceso aventurado de una escritura que ya no es dirigida por un saber ni se abandona a la improvisación. El azar o la tirada de dado que «abren» determinado texto no contradicen la necesidad rigurosa de su disposición formal. El juego es aquí la unidad del azar y de la regla, del programa y de su resto o de su exceso. Ese juego no se llamará aún literatura o libro más que exhibiendo la cara negativa y atea (fase insuficiente, pero indispensable del vuelco), la cláusula final del mismo proyecto que se apoya ahora en la encuadernación del libro cerrado, cumplimiento soñado y conflagración cumplida.
—Jacques Derrida, «Fuera de libro (prefacios)» en La diseminación. Traducción de José María Arancibia.
Entre mallas de alambre, palos y ramitas (Molino de Pañul, Chile).

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Pedacitos.
Tenemos aquí — «La escena solo ilustra la idea, no una acción efectiva, en un himen (del cual procede del Sueño), vicioso pero sagrado, entre el deseo y la consumación, la perpetración y su recuerdo: aquí la preceden, allá la rememoran, en lo futuro, en lo pasado, bajo una apariencia falsa del presente. Así opera el Mimo, cuya representación se limita a una alusión perpetua sin romper el cristal: instala, así, un ambiente, puro, de ficción.»
—Stéphane Mallarmé, «Mímica» en Divagaciones seguido de Prosa diversa. Traducción de Ricardo Silva-Santiesteban.
Endre Székely, Die letzten Gesange («Abglanz», 1983). A partir de poemas y fragmentos de Ingeborg Bachmann. Adrienne Csengery, mezzosoprano Elek Tihamér, flauta traversa Kodály Quartet
Hallazgo increíblemente curioso. Me pasan muchas cosas con esta manera de leerla, sobre todo pensando en las imposiciones con las que la autora lidió a propósito de la recepción de su obra. Cosa de ver su timidez e incomodidad en esta entrevista.
A contrapelo de Agamben, pues, podría afirmarse que lo mesiánico resistiría a la plenitud pleromática tanto como la huella resiste a su constitución plena. En este registro, el sentido de la perdurabilidad tiene que ver con el «aquí-ahora», como la apertura del instante y de cierta afirmación del advenimiento o la acogida a lo que viene. En estos términos, la sobrevida no es la vida eterna, ni el eterno presente sino el exceso en la significación. Hay cierta insistencia en Derrida alrededor de la sobrevida, insistencia que se rastrea en la oración fúnebre que escribió para ser leída en su muerte, hasta su primera publicación, su Introducción a «El origen de la geometría» de Husserl, de 1962, donde muestra que las condiciones de la supervivencia de la idealidad se hallan implicadas en el encadenamiento de la escritura que la posibilita, o bien que la verdad para ser ideal precisa de la escritura como condición de supervivencia, lo que, finalmente, es otra manera de decir que la verdad no vive sino a condición de sobrevivir. Incluso, en un texto de 1971, que pone en escena a Valéry, Derrida localiza intensivamente aquello que, bajo el nombre de escritura, imprime «una duración de supervivencia necesariamente discreta y discontinua». A propósito, pues, de aquella duración, discontinua y débil, podríamos retomar la complicación de la letra y el espíritu en De la gramatología, en la impronta del espaciamiento de la justicia y de la promesa del porvenir, para subrayar, como escribe Daniel Bensaid, que «a diferencia del mesianismo teológico, esta mesianicidad se presenta no como una categoría religiosa, sino como una estructura profana de una experiencia histórica». Bensaid entiende que la forma revolucionaria del mesianismo sin mesías evoca la urgencia y la inminencia, pero también –«paradoja irreductible»– «una espera sin horizonte de espera». De esta manera, sin desatender a esta irreducible aporía, lejos de lo que escribe Agamben, es que «el porvenir», en palabras de Derrida, «no significa el alejamiento o el retraso indefinido autorizado por alguna idea reguladora. Este porvenir prescribe aquí ahora tareas apremiantes, negociaciones urgentes». Que la promesa pueda no tener lugar propiamente, que pueda no alcanzar su cumplimiento –destinerrancia–, no implica, entonces, lo que se podría denominar un «no habrá tiempo». La diseminación del sentido, más bien, sería el espaciamiento de la vida espectral como perdurabilidad, y, a la vez, como la apertura de la historia. En este registro, más allá de la distinción pléroma/kénosis, dicho abruptamente: la kénosis colma. La kénosis colma el ahora de mesianicidad. Se trata, así, de un ahora sin presente viviente, por lo tanto, del porvenir que no se reduce a la forma presente futuro.
—Javier Pavez, «Vida espectral: deconstrucción y biopolítica» en Actuel Marx. Intervenciones, n. 28, primer semestre 2015. Disponible aquí.
*En general me preocupo que la extensión de los fragmentos que comparto no sea excesiva, incómoda para este medio de difusión. Hay casos en que es un error cortar, un equívoco en esto de compartir momentos valiosos de escritura. Este es uno de esos momentos valiosos. Hay varios más en este escrito que recomiendo prestar atención, junto con otras aristas que atraviesan todo el artículo.
Agamben, al parecer, no s0lo plantea una crítica que supone una distinción entre lo vacío y lo pleno, sino que reduce el movimiento de la différance a una «auto-significación pura», al mismo tiempo que parece exigir que la huella dé acceso a un «evento cumplido de significado». Pareciera que la exigencia, de derecho, radica en dejar de suspender la kénosis para que conozca su cumplimiento. Si esto es así, podríamos preguntar: ¿en qué consistiría un acontecimiento pleromático? ¿En qué consistiría una huella que deje de lado una pretendida insignificancia? ¿La insignificancia es vacía y lo significante pleno? Con todo, siguiendo nuestro epígrafe de Blanchot*, se podría decir que Agamben intenta emprender el camino de cierta curación, o de corregir el pensamiento de la huella y de llamar, pues, al pan pan y al vino vino. En esta gramática podríamos inquirir: ¿A la huella la desgarra el equívoco? ¿La falsea el malentendido? ¿La invade el vacío? ¿Acaso no es ese vacío, su posibilidad?, y por lo tanto, ¿emprender el camino de la curación y de la sinceridad no es más mistificador que nunca?
—Javier Pavez, «Vida espectral: deconstrucción y biopolítica» en Actuel Marx. Intervenciones, n. 28, primer semestre 2015. Disponible aquí.
*En estos tiempos, con frecuencia se habla de la enfermedad de las palabras, incluso hay irritación contra los que hablan de ella, se sospecha que enferman a las palabras para poder hablar al respecto. Es posible. El problema es que esta enfermedad también es la salud de las palabras. ¿Las desgarra el equívoco? Feliz equívoco sin el cual no habría diálogo. ¿Las falsea el malentendido? Pero ese malentendido es la posibilidad de nuestro entendimiento. ¿Las invade el vacío? Ese vacío es su propio sentido. Como es natural, un escritor siempre puede fijarse como ideal llamar al pan pan y al vino vino. Pero lo que no puede obtener es creerse entonces en camino de la curación y de la sinceridad. Por el contrario, es más mistificador que nunca, pues ni el pan es pan ni el vino vino, y quien lo afirma solo tiene en perspectiva esta hipócrita violencia. (Maurice Blanchot, «La literatura y el derecho a la muerte»)

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Tú me entiendes, no pregunto por lo que aquella época nos ha legado, no pregunto por la materia muerta, sino, si quieres, por la forma en la que ello aconteció, por aquella energía y resolución que parecía perderse en el infinito pero que, incluso en lo más alejado, concordaba con el punto central, que conserva, en cada variación, el sonido de la melodía original; la forma en ese sentido es lo único que puede ofrecernos un punto de comparación en nuestra situación, puesto que la materia es siempre algo dado; la forma es, empero, el elemento del espíritu humano en el que la libertad opera como ley y la razón se hace presente; ahora, compara aquel tiempo y el nuestro, ¿dónde quieres encontrar una comunidad?
—Friedrich Hölderlin, «Comunismo de los espíritus» en Comunismo de los espíritus. Traducción de Clara Ramas San Miguel y Antonio Sánchez Domínguez. Esta publicación, accesible aquí, incluye una serie de estudios y anexos que, en realidad, conforman casi la totalidad del libro. Como se puede comprobar en el vínculo, el escrito que da título al libro es de cuatro páginas.
La publicación de este breve escrito reviste importancia no tanto por el texto en sí mismo, sino por el uso de la palabra «comunismo» (Communismus) en sentido moderno. Según los traductores, Hölderlin pareciera ser quien primero acuñó el término.
A las mujeres griegas de los periodos arcaico y clásico no se les animaba a proferir llantos de ningún tipo, sin regulación, dentro del espacio cívico de la polis o al alcance del oído de los hombres. De hecho, la masculinidad en una cultura como esa se define a sí misma por su uso diferente del sonido. La continencia verbal es un rasgo esencial de la virtud masculina sophrosyne («prudencia, sensatez [soundness], moderación, templanza y autocontrol»), que organiza la mayor parte del pensamiento patriarcal acerca de cuestiones éticas o emocionales. Frecuentemente se ha afirmado que la mujer en tanto especie carece del principio ordenador de la sophrosyne. Freud formula sucintamente el doble estándar en un comentario a un colega: «El hombre pensante es su propio legislador y confesor, y obtiene de sí su propia absolución. La mujer, sin embargo… no posee en sí misma la medida de la ética. Solo puede actuar [correctamente] si se mantiene dentro de los límites de la moralidad, siguiendo aquello que la sociedad ha establecido como adecuado». Así también, las antiguas discusiones acerca de la virtud del sophrosyne demuestran claramente que cuando esta palabra se aplica a las mujeres adquiere una definición diferente que cuando refiriere a los hombres.
—Anne Carson, «El género del sonido», originalmente publicado en Glass, Irony and God. Traducción de Javier Pavez, publicada por Bellas Letras. Semanario político-cultural. El escrito íntegro se puede descargar en el sitio web, al final de la entrada.