The shadow of someone -Ishakan x fem!reader
synopsis. two years have pass since she was promised to the King of Kurkan and married him. However, even if she is the consort queen of the most wealthy kingdom around the continent, she is only a shadow of the death Princess Leah.
contents. period piece, nothing of love, fem!reader, angst (eventual comfort), unfaithful man, arrange marriage, he loves the former princess of Estia, hurt and damage
El silencio del trono era más pesado que el oro que lo adornaba. En lo alto del salón real de Kurkan, donde el mármol rojo reflejaba la luz del amanecer como si el mismo palacio sangrara recuerdos, Morgana se sentaba recta, serena. Su corona pesaba más con cada día, no por el metal, sino por lo que representaba. Aunque el pueblo la llamara por su título real, aunque los consejeros del reino la llamasen "Majestad", había una enorme diferencia, una enorme brecha, que perduraba con el tiempo. Ella podía ser la esposa del rey, ostentar el título, pero nunca sería más diferente que una piedra a una montaña.
Pero nunca la había llamado "mi amor". Ninguna promesa de amor o lealtad más allá de los votos que recibieron en la capilla de su reino el día de su boda, una promesa vacía en un tono que no dejaba indiferente a ninguno.
Morgana cerró los ojos unos segundos, saboreando la brisa cálida que entraba por los ventanales. El desierto más allá del palacio rugía como un mar de fuego, infinito y salvaje, igual que los kurkanos. Igual que Ishakan. Pero dentro del salón, todo era mármol, eco, y ausencia.
Habían pasado dos años desde que se convirtió en reina. Dos años desde que la corona cayó sobre su cabeza como una jaula dorada. Ishakan la había elegido por estrategia, por necesidad política, y lo había dejado claro desde el principio. "Kurkan necesita una reina fuerte -le dijo-. No una muñeca de porcelana". Ella había aceptado sin romanticismo, creyendo que podría tallar su lugar entre aquellas murallas, incluso si el amor no era parte del trato. Su padre, que ansiaba una cercanía al reino de Kurkan más por ambición y apertura al comercio, firmó el decreto de esa alianza matrimonial a sabiendas de lo que significaría de cara al exterior. Un reino aliado con los Kurkan sería temido, respetado incluso.
Ella pensaba que no iba a ser diferente a su primer matrimonio. Su antiguo marido, que solo duró tres años, un duque del reino de la costa, querido por sus vasallos y respetado por ella. A su manera, le había amado. La respetaba, e incluso en alguna ocasión habían salido a cazar juntos. Hasta el día en el que las fiebres se lo llevaron y ella quedó viuda solamente con veintiún años, y sin hijos. Entonces, poco después le llegó la noticia de que su padre la había propuesto en matrimonio con el rey de Kurkan. Ella aceptó. Morgana sabía que su papel ahí era importante, así que se quitó el luto y dejó ver la mejor faceta de ella de cara a los embajadores. Pero entonces llegaron los rumores.
Susurros de la princesa de Estia. Estia, un imperio decadencia que ya poco tenía de imperio. Sus sucesores se habían ido dejando hasta caer el título en el actual emperador. La alianza con Kurkan les habría beneficiado y vuelto a llevar a la gloria de no ser por su pensamiento interno frente al resto de culturas del continente. El príncipe heredero era el peor; decían que era un niño mimado que poco entendía de política, solo de placeres carnales y hechicería. La Flor de Estia, como la llamaban, era hermosa; con rasgos de la familia real, pelo plateado y piel blanquecina y perfecta. Pero fue rechaza como candidata a reina de Kurkan por presiones internas de Estia, y obligada a casarse con uno de los marqueses más adinerados. Todos conocían el resultado de ese enlace; la historia de cómo en la noche de bodas la princesa se clavó el cuchillo en el pecho y los galenos apenas pudieron hacer nada para detener la hemorragia, la vergüenza que asolaba Estia desde entonces, los continuos choques que existían entre el pueblo, el consejo y la legitimidad del príncipe.
El mismo día que la pricesa se quitó la vida, Morgana estaba caminando hacia el altar para casarse. Cuando la noticia llegó, después de la ceremonia, ella misma vivió una humillación. En vez de elegir el suicidio, fue su esposo el que la catapultó a ello.
Morgana la había visto solo una vez, en un retrato robado que uno de sus sirvientes le mostró con torpe compasión. Una belleza etérea, con ojos como cielos sin tormenta y una sonrisa que parecía conocer secretos que nadie más sabía. Morgana no era así. Ella era sombra y acero. Más útil que deseada.
Ishakan entró al salón sin anunciarse, como siempre. Su presencia era imponente, incluso cuando no hablaba. El silencio entre ellos se estiró como un puente quebrado.
-Majestad -dijo él, con su voz baja y áspera.
Morgana lo miró, sabiendo que esa palabra la empujaba más lejos de él, no más cerca.
-¿Ha llegado el emisario de Estia? -preguntó ella.
Ishakan asintió. No agregó nada. El corazón de Morgana latió lento, helado. Si Estia volvía al tablero...
-¿Y qué quiere? -preguntó, con más firmeza de la que sentía.
-Negociar una tregua. Una alianza.
-¿Se atreven ahora a buscar una alianza con Kurkan? ¿Tan desesperados están que no tienen otro aliado más cercano? -aclaró él, dejando sonar el tono de burla frente a la rabia que había por debajo de sus palabras. Morgana lo conocía demasiado bien a aquellas alturas-. Deberían haberlo buscado hace cuatro años, ese mocos engreído.
Morgana lo miró sin pestañear. Y por dentro, sintió que algo se desmoronaba. Ella era la reina. Por título. Por papel. Por estrategia. Pero no por amor. No por él.
Y en ese instante, sentada en su trono silencioso, supo ver las palabras por encima de la verdad. Solo un título. Solo una alianza comercial. Y ella tenía que ser perfecta; nunca quejarse, nunca decir nada de más, incluso si él la sometía a continuas humillaciones. Con disimulo, ignoró las miradas de algunos de los líderes de las tribus del desierto y se centró en el contenido de la carta.
-El príncipe heredero pide una audiencia en persona con el rey de Kurkan. Deja claro que sus intenciones son buscar un vacío legal para introducir su comercio en el resto del continente a través de Kurkan.
Morgana deslizó el trozo de papel hacia el centro de la mesa, donde los demás pudieran verlo. El líder de la tribu de los osos murmuró algo entre dientes, algo ininteligible, que ella prefirió ignorar. Kurkan no era tierra para corazones débiles. Su sol caía sin misericordia, su viento traía consigo el polvo de siglos y su gente solo respetaba el poder. Y Morgana, la reina por nombre pero no por amor, era una figura decorativa en un reino que nunca la quiso.
-Si buscan eso, deberían saber que Kurkan no se inclina ante nadie -dijo, en voz alta, una sonrisa burlona en los labios gruesos del hombre-. Y menos ante un imperio que caerá en dos días cuando el emperador muera.
-Incluso si eso ocurre, continua siendo un aliado poderoso. Su comercio interno de joyas y materiales podría ser una ventaja.
-O un problema -expuso ella-. Lo único que buscan es fomentar su economía sin dar nada a cambio. El príncipe heredero es demasiado orgulloso para haber escrito esto. Lo habrá hecho alguno de sus consejeros.
Ishakan, ahora de pie, ni siquiera la miró cuando habló con ese veneno en sus palabras.
-Tendría que haberte avisado de que este consejo requiere inteligencia.
Alguna risa apagada de los hombres de su alrededor sonó, pero no de todos. Ninguno la miraba a los ojos. Morgana, con una calma cruelmente ensayada por los años de humillaciones y desprecios, mantuvo su postura.
-A veces la necedad puede ser más útil que la fijación.
Uno de los hombres tosió incómodo. Ishakan se volvió, por fin, para clavar en ella una mirada afilada.
-No confundas tolerancia con estima -respondió-. No eres parte de esto. Solo estás aquí porque yo lo permito.
Un látigo habría dolido menos. Ella no respondió. No lloró. No retrocedió. Porque ya lo había hecho demasiadas veces. Ella era la reina que él nunca había querido. La que había tomado cuando la princesa de Estia lo dejó con las manos vacías. Un repuesto. Una sombra.
Pero incluso las sombras saben esconder fuego.
Y en los pasillos del palacio, donde los sirvientes bajaban la mirada y los rumores flotaban como moscas, había un mensaje oculto que durante años ignoró por el bien de su estabilidad en el palacio. Donde los asesinos se escondían, las sombras podían hacerse fuertes. Incluso a costa de la princesa muerta.
-El emisario de Estia llegará mañana. Querrá hablar contigo a solas, como es lo previsto, supongo.
-Yo estaré atento por si el hombre está manipulado por algún conjuro -habló Morga, el líder de la tribu de las serpientes. Sus ojos afilados la miraron brevemente, como si todavía hubiera una pizca de respeto en ese lugar hacia ella. Morgana sabía que no era así.
Durante segundos que parecieron eternos, ningún hombre se atrevió a romper el silencio con su partida. El rey aún no los había despedido, y la presencia de la reina era una mancha incómoda en la sala.
Ishakan alzó apenas una ceja. No contestó. Su desprecio era tan pulido, tan constante, que ni siquiera necesitaba esfuerzo. Morgana inclinó ligeramente la cabeza, como si ofreciera una reverencia. Pero sus ojos estaban fijos en él, sin parpadear.
-Te dejo entonces...con los hombres de inteligencia.
Se dio la vuelta con la gracia de una reina que aún se aferra a su corona, y salió del salón. Su espalda erguida no mostraba el temblor de sus manos ni el sabor metálico en su boca. Humillación, sí. Dolor, sí. Pero también algo más… De la humillación se podía escapar en ese lugar siendo más inteligente, pero del dolor y la rabia unidos, solo quedaba hueco para la venganza. Una lenta y dolorosa. Una que ella no estaba dispuesta a hacer por el bien de su reino.
En el pasillo, las columnas proyectaban sombras largas que se cruzaban sobre el mármol como grietas. Morgana caminó sin rumbo, hasta llegar al jardín interior, el único lugar del palacio donde nadie la seguía. Un espacio que era para ella, para su único exclusivo. Un regalo de cortesía por el viejo rey antes de que abdicara por su boda. La poca amabilidad que tuvo en todos esos años. Las rosas negras de Kurkan, cultivadas con sangre y desierto, florecían en silencio.
Ella se arrodilló frente a una de ellas.
-¿Sabes qué se siente? -susurró al pétalo oscuro-. Ser elegida solo por conveniencia. Ser usada. Ser ignorada.
El viento no contestó. Las flores no escuchaban. Pero había algo en el aire que parecía aguantar la respiración con ella.
Se agachó frente a un rosal en particular, uno que llevaba años cultivando con sus propias manos. Sus dedos, suaves pero firmes, rozaban los pétalos con cuidado. El aire estaba lleno del aroma dulce de las flores, que parecían ofrecerle consuelo.
Sus ojos, fijos en la planta, mostraban una intensidad que Ishakan nunca había visto en ella. Era en esos momentos cuando su alma parecía encontrar algo de paz, aunque fuera solo por un instante.
Las rosas eran la única cosa que aún la hacía sentir que podía controlar algo en su vida. Ellas, como ella, eran hermosas y delicadas, pero también poderosas en su capacidad de sobrevivir. Las espinas que las rodeaban no solo protegían sus pétalos, sino que también eran una advertencia: la belleza y la fragilidad siempre coexistían con el dolor.
-Hoy debes ser más fuerte -murmuró Hope a una rosa especialmente grande, mientras con cuidado le cortaba una rama seca.
El sonido del metal del cuchillo al cortar la rama resonó en el aire, casi como una declaración de guerra contra la monotonía de su vida. Un pequeño acto de control, un momento de desafío silencioso, tan pequeño y frágil como sus rosas, pero con un poder oculto.
A lo lejos, el viento comenzó a soplar, moviendo las hojas de los árboles cercanos, pero Hope permaneció allí, como una estatua en el centro de su jardín. El palacio, con todo su esplendor y vacío, seguía lejos, y por un momento, ella era simplemente una mujer, una reina que no existía para nadie más, pero que al menos se pertenecía a sí misma en este pequeño rincón de Kurkan.
Cada rosa que cuidaba, cada espina que retiraba, representaba un pequeño acto de resistencia. Era su manera de sostenerse, de no ser arrasada por la indiferencia de Ishakan ni por la sombra de Estia que se proyectaba sobre ella.
A la mañana siguiente, mientras el sol apenas despuntaba sobre los muros de Kurkan, Morgana ya estaba despierta. Como siempre.
Desayunaba sola. Servida en vajilla de oro, pero sola. El banquete de frutas exóticas, pan caliente y leche especiada sabía a nada. Un enorme manjar para una mujer que apenas comía para mantenerse a dieta. Por cada trozo que daba, la soledad se mantenía a su alrededor, pesada, un recordatorio a lo que ella nunca tendría acceso; no al amor, sino a la compañía de alguna persona en ese lugar. A lo lejos, escuchaba el entrenamiento de los soldados en el patio norte. Ishakan estaría allí. Donde los gritos eran órdenes y los cuerpos, herramientas. Un mundo donde ella nunca fue bienvenida.
Después del desayuno, recorría las salas de los tejedores del palacio, verificando que las túnicas ceremoniales para los sacerdotes estuvieran listas. Revisaba los jardines con el maestro boticario para preparar infusiones medicinales para los niños del orfanato. Leía los reportes de abastecimiento del mercado interior y aprobaba las nuevas raciones para el hospital.
Un trabajo sin aplausos. Sin gloria.
Un trabajo que nadie veía.
Cuando una joven criada se desmayó por el calor mientras lavaba los tapices del templo, fue Morgana quien la llevó hasta los curanderos. Cuando un grupo de ancianas pidió audiencia para hablar de los pozos envenenados por una tormenta de arena, fue Morgana quien las escuchó. Nunca Ishakan. Él gobernaba para los guerreros. Ella para los invisibles.
Al final del día, regresaba a sus habitaciones sin que nadie se lo agradeciera. Ni lo notara. Ni siquiera él.
Esa tarde, mientras observaba desde su balcón cómo el séquito del emisario de Estia cruzaba las puertas del palacio, sintió cómo la calma que había construido comenzaba a resquebrajarse. Lo vio desde la distancia: Ishakan descendió los escalones con su capa negra ondeando, saludando con una expresión que Morgana no había visto en años. Quizá nunca.
Esa sonrisa que guardaba solo para ella. Para su recuerdo. El brillo del emblema que cortaba el aire por donde pasaba, el emblema de aquel maldito reino que solo le daba problemas. Y aún así, ella la esposa, la reina, la mujer maldita- tenía que recibir al emisario en la cena oficial. Estaría a su lado en la mesa imperial. Sería ignorada, sin duda. Ridiculizada, tal vez. Pero sonreiría igual. Como lo ha hecho siempre.
Porque eso era lo que hacía una reina que no era amada. Vivía entre ruinas sin permitir que nadie notara que estaba hecha de cenizas.
El Gran Comedor brillaba bajo la luz de cientos de lámparas suspendidas. El mármol pulido del suelo reflejaba las llamas, haciendo que el aire pareciera ondular como un espejismo. La mesa imperial, larga y adornada con oro y gemas, estaba preparada con esmero. Todo debía ser perfecto.
Con un vestido de seda azul bordado con hilos dorados, el cuello alto y las mangas largas. Un atuendo regio, sobrio. Invisible, como ella misma. Demasiado alejado de la tradición del desierto, como si quisiera dejar claro que ella también sabía que su lugar no era ese. Sino otro, al lado de otra persona que debería haber vivido y aún así, de los dos, ella es la única que guarda silencio respecto al pasado. La tiara de plata simple, pero con un diseño que cortaba respiraciones, estaba sobre su cabeza, sobre la trenza que cruzaba su cabeza y sujetaba el peinado.
Los presentes se levantaron por respeto. No por devoción. Ishakan no lo hizo. Ella se sentó a su lado, como la costumbre dictaba. Lo miró de reojo, en silencio. Él no le devolvió la mirada. Al otro extremo de la mesa, el emisario de Estia, un joven elegante, de sonrisa fácil y modales estudiados, alzó su copa en cuanto la vio.
-Majestad. Un honor al fin conocerla.
Las palabras flotaron en el aire como algo fuera de lugar. Todos miraron hacia Morgana, como si se preguntaran por qué alguien se dirigía a ella. Ella inclinó la cabeza con suavidad.
-Bienvenido a Kurkan, emisario Aurel.
-He oído que los jardines reales florecen gracias a su mano -añadió el hombre, con sincera cortesía-. Los he visto al pasar con el resto de la delegación y, permítame decirlo, tiene una mano excelente para las flores.
-Los jardines crecen donde no hay guerra -respondió ella-. Es lo poco que puedo ofrecer en esta tierra, mis flores.
Una sombra cruzó el rostro de Ishakan. No por celos, claro. Morgana no despertaba en él emociones tan vivas. Pero quizás le disgustaba que alguien más la notara, que hablara de ella como si tuviera valor.
Aurel sonrió, sin comprender la tensión que lo rodeaba.
-La paz también requiere valor, Majestad.
Ishakan soltó una risa breve, como un cuchillo lanzado al aire.
-¿Paz? Estia siempre ha hablado de paz, pero sólo cuando ha perdido fuerza.
Aurel se encogió de hombros, diplomático.
-Quizá. Pero algunos aún creemos que hay más poder en una palabra bien dicha que en una espada desenvainada.
-Eso lo dice alguien que nunca ha sangrado por su patria -espetó Ishakan.
El silencio cayó, incómodo, como un velo. Era una referencia al suicidio de la princesa, una vergüenza que todavía atormentaba a Estia y sobre todo a la familia real por no haberlo visto venir. Porque de haberlo hecho, habrían cancelado el matrimonio y vendido la mano de la princesa a otra persona. Su muerte no solo le trajo vergüenza, sino también una enorme deuda con los bancos reales porque el marqués pidió de vuelta el dinero entregado por la mano de la princesa. Y eso, en simples palabras, era el motivo por el que los embajadores estaban ahí. Morgana no miró a nadie. Solo observó su copa. El vino rojo como la sangre, espeso como el resentimiento. Morgana no movió un solo músculo. Solo tragó el vino como si fuera veneno. Y quizá lo era.
El embajador, entonces la miró de nuevo con una sonrisa.
-Es usted igual a su madre, Majestad -comentó con amabilidad, pero también veneno en sus palabras. Una indirecta a que nunca sería una kurkana de verdad. Sin embargo, más que ofenderse, Morgana levantó la copa de vino en su honor.
-Guardo buenas memorias de mi madre, embajador Auriel.
Ella permaneció en la cena hasta el final. Saludó a los invitados. Mantuvo la compostura. Nunca rompió. Nunca gritó. Nunca lloró. El Gran Comedor resplandecía como un templo al poder. El oro, el cristal, los perfumes, todo hablaba de un reino indomable. Y en medio de esa opulencia, se sentó en su trono designado, al lado de un rey que no la amaba.
No hubo bienvenida. Ni una palabra. Solo el roce seco de su falda contra la silla y el sonido del vino sirviéndose en copas de cristal fino.
El emisario de Estia, Aurel, se mostró amable desde el primer instante. Habló con tono fluido, contando historias del clima en las montañas, de los nuevos templos de Estia, de viejas alianzas rotas por guerras que nadie recordaba del todo. A veces miraba hacia ella, quizá esperando incluirla en la conversación.
No levantaba la mirada de su plato.
Estaba presente como un adorno caro, una estatua que servía para mantener el equilibrio visual en la mesa. Cada tanto, algún sirviente pasaba detrás de ella y dejaba un nuevo platillo. Ella probaba todo, sin prisa. Sin gusto. Masticaba como quien repite una tarea aprendida.
Cuando los postres llegaron, aún no había probado el vino que se le había servido. Su copa permaneció intacta, como su voluntad.
Ishakan se reclinó en su silla, relajado, disfrutando de la conversación. Un comentario de Aurel sobre la belleza de los paisajes de Estia hizo que el rey se animara a hablar, su voz llena de ese tono especial que solo adoptaba cuando se refería a lo que había perdido.
-Estia tiene sus maravillas. Pero no hay nada como el corazón de Kurkan. Las dunas, el desierto, sus guerras... Son las únicas verdaderas pasiones que conozco.
Ella escuchó en silencio, sintiendo cómo su corazón se cerraba más, como un libro olvidado en una biblioteca oscura. La guerra era su amante. La tierra árida, su única compañera. Y ella... solo era la esposa a su lado, un adorno, una sombra.
"Nunca me amaste. Solo me tomaste por necesidad."
La idea le quemaba la mente. Y, sin embargo, nada en su rostro dejaba escapar esa furia interna. Nada. Solo un vacío profundo y calculado.
-Es cierto que el desierto tiene algo que conquista el alma... Aunque, debo decir, la vida en la Corte tiene también su propio encanto -comentó el embajador, mirándola a ella con una sonrisa ligera, como si intentara incluirla en la conversación.
Pero ella no respondió. Ni una mirada. Ni un cambio en la postura. Ishakan, como si la presencia de ella fuera solo un accesorio que poco importaba, levantó la copa y brindó con el emisario.
-Kurkan ofrece lo que muchos buscan. Y mucho más, claro -dio un sorbo y luego, con tono aún más relajado, añadió: Pero Estia tiene algo que nunca pude olvidar. Su princesa.
La sonrisa de Ishakan, que antes había sido ligera, ahora era una sonrisa llena de nostalgia, de algo que se había ido y jamás regresaría. Un brillo inalcanzable en su mirada.
No necesitaba hacerlo para saber a qué se refería. Había escuchado esas historias demasiado. Él nunca había hablado de ella como de una mujer, sino como de una imagen perfecta, una promesa rota. El tiempo pasó, pero las palabras de Ishakan seguían flotando en el aire. La princesa de Estia. La que lo rechazó. El amor no correspondido que siempre había sido la raíz de su desdén hacia Hope.
Hace no mucho, de vivir esa escena tan humillante, no habría dudado en coger con disimulo el cuchillo de cortar la carne y esconderlo debajo de la mesa, comenzar a hacerse daño hasta que el líquido rojo empapase su vestido y alguien se diera cuenta. Se preguntaba si alguien en ese lugar le importaría que de repente ella muriera, y más de esa forma, delante de todos. Sería una humillación para la nación, por supuesto, pero no un daño para su reputación. Los kurkan no tenían nada que perder por una princesa extranjera que se quita la vida.
Una de sus doncellas, una kurkana de pelo rubio y mechas oscuras, pero ojos juguetones que le servía fielmente, se acercó a ella por detrás.
-Majestad, tal vez un poco de aire os iría bien.
Morgana no dijo nada. Se levantó, en silencio, sabiendo que nadie iba a prestarle atención más de la necesaria, pero la sensación de vacío era más fuerte que nunca. Caminó hacia la salida, sabiendo que, una vez más, su presencia había sido irrelevante. Su vida continuaba, pero no había un propósito real. Solo una sombra que caminaba por los pasillos del palacio.
La luna aún no asomaba, y el cielo ardía con el último oro del atardecer cuando Morgana se dirigió hacia el pabellón más antiguo del complejo real. Con suelos de mármol y paredes del mismo material, viejos tapices cubriendo a lo largo del espacioso pasillo decorado con armas, trofeos y trofeos de guerras más antiguas que el palacio propio.
Allí solo vivía una persona. El viejo rey, el padre de Ishakan. Un hombro solitario pero que todavía influía en la corte como si fuera el verdadero rey. Todo lo que ocurría en palacio, él ya lo sabía por su larga red de espías. No tenía nombre entre los cortesanos. Le decían solo eso: el viejo rey, como si los años lo hubieran despojado de su identidad pero no de su leyenda. Había gobernado con mano férrea y, según los murmullos, había matado más hombres con su espada que con decretos.
La doncella que iba con ella se quedó a las puertas del pabellón en señal de respeto. Solo la familia real por invitación podía entrar ahí, y alguna que otra persona con el permiso del viejo rey. Pero ella, en ese mundo de crueldad y traiciones, siempre había sido buena persona. Un buen hombre que le dio la bienvenida no con un abrazo, pero sí con el respeto que se merecía.
La encontró en el jardín, donde las enredaderas crecían libres y la piedra estaba cubierta de musgo. Él estaba allí, sentado sobre un banco bajo, afilando una espada que debía ser más antigua que cualquiera de los dos. La hoja susurraba contra la piedra de afilar.
Y el humo de su pipa dibujaba espirales en el aire de color magenta, el tabaco especial de Kurkan.
Morgana no dijo nada al llegar. Se quedó de pie, esperando.
-Pensaba que vendrías más pronto -dijo él, sin alzar la vista de lo que estaba haciendo con su arma-. La gente empieza a romperse mucho antes de lo que cree.
El sonido de la piedra contra el metal volvió, rítmico. Calmante.
-Los embajadores de Estia han venido a negociar. Me estaba sofocando entre tanta habladuría.
-Bueno, esa gente del norte tampoco tiene mucha idea de lo que quiere. Un día quieren expandirse, otro replegarse y conceder ciertas independencias... Así son.
Morgana se sentó frente a él, en el otro extremo del banco. Por un momento, solo escucharon el canto de los insectos y el susurro del acero siendo afilado. Por extraño que sonase, le traía buenos recuerdos. Paz, incluso. A cuando su hermano entrenaba en el campo de entrenamiento con su instructor y ella lo observaba desde el ventanal.
-Hoy he puesto flores en la tumba de la antigua reina. Sé que no es lo tradicional, pero sabía que hoy era un día importante para ustedes. Y es la única manera que tengo de alejarme de la Corte: rezar.
-Eres sincera de corazón, y eso es algo que tu dios te agradecerá cuando tu cuerpo se entierre con las demás reinas de este sitio. Tendrás un buen lugar en el sitio que vosotros consideráis que vais al morir.
Morgana miró al suelo unos instantes, vacilando sobre lo que se le pasaba por la cabeza. El viejo rey la observó durante un largo rato.
-Cuando llevé la corona, todos me odiaron por no ser mi hermano. Él era el preferido, el más muerte y el más amado, pero murió en batalla y no dejó descendencia que pudiera honrar su memoria. Y la corona entonces cayó sobre mi cabeza como un castigo. La odié y rechacé, pero nunca la dejé caer.
-El odio no se soporta. Se convierte en filo a través de la memoria. Es más útil que el llanto y quedarse inmóvil.
Guardaron silencio. El viejo rey era claro en lo que decía. Y sabía por qué ella estaba ahí, no enteramente por huir de la cena con los embajadores y el resto de la Corte. La espada brillaba con la luz moribunda que le daban.
-Tu no eres Leah -comentó entonces él, con suavidad, pero sin perder el tono firme-. Y eso es lo mejor que tienes a tu mano. Si fueras la princesa de Estia, él te amaría, sin duda, pero no iba a respetarte. A ti puede llegar a temerte, y sería tu primer triunfo.
Ella bajó la vista, sus dedos rozando una rosa caída en el suelo.
-Entonces no puedo ganar -se rió, amarga.
-No, niña. Tu ya ganaste el día que decidiste no quebrarte. Los kurkanos no respetan la debilidad, pero confunden el silencio con debilidad. Ese ha sido tu mejor escudo, y el que muchas reinas usaron antes de ti. Eso que tiene s dentro, que guardas, es más fiel que cualquier consejero tonto del que se rodeé mi hijo.
Ella asintió muy despacio, sintiendo por primera vez en semanas que su espalda se enderezaba no por orgullo… sino por propósito. Pero no pudo evitar apretar los labios.
-Él me odia. Solo por existir.
-No -respondió con solemnidad-. Te odia porque no puedes desaparecer. Porque, a pesar de todo, sigues sentada en su trono. Porque no eres ella, pero estás viva. Los recuerdos de los muertos nos persiguen a todos, incluso a los viejos como a mí, pero con el tiempo algunas veces ese miedo se transforma.
Le extendió algo envuelto en tela oscura.
Morgana lo tomó con cuidado. Al abrirlo, vio un pequeño cuchillo curvo, bellamente trabajado, de acero kurkano con inscripciones antiguas a lo largo del filo.
-Yo no me arrodillo ante reinas, pero tampoco olvido a quien no se rinden. Es lo mejor de ser viejo.
-El primer cuchillo que me entregaron cuando fui nombrado comandante. Antes de reinar, te lo dan cuando diriges tu primer ejército. Úsalo como símbolo, no para matar -hizo una corta pausa- a menos que sea necesario.
El pabellón de la reina estaba en la penumbra absoluta, iluminado solo por la tenue luz de las lámparas de aceite. Era un enorme recinto privado solamente para ella, y para los invitados que quisiera acoger en ese espacio. Al otro lado del palacio estaba el pabellón del rey, al que nunca iba. Estaba construido en mármol, decorado con tapices de brillantes colores y cómodos muebles. Al final, el dormitorio privado de la reina.
El aire olía a resina y a metal. Estaba sola, como siempre, con una copa intacta en la mesa y un libro abierto que no leía. Sus ojos revisaban cada cuenta en silencio, con el chasqueo de la vela a su lado como compañía. Su doncella, una mujer robusta como gran parte de las kurkan, sujetaba la puerta del dormitorio cuando las dos salieron.
La contabilidad del palacio era un asunto del que la reina debía ocuparse. Como una buena reina, debía revisar las cuentas y los gastos de cada semana y distribuirlo en cada necesidad que el palacio tuviera que invertir. Ese día fue uno de los más largos, en los que no podía dormir por la noche y se quedaba despierta haciendo las cuentas y revisando los cálculos que los contables hacían antes de darle el libro.
Frente a ella, colgado sobre la repisa de mármol, el cuadro. Un majestuoso cuadro hecho de madera oscura, sólida, y perfecta. Con extraños símbolos grabados, símbolos de protección kurkanos, los más antiguos que recordaba haber visto en la clasificación que los externos al reino estudiaban. Ella había aprendido de ellos en libros para comprender la cultura, las supersticiones y la mentalidad en la que los kurkan se apoyaban. En el centro, el cuadro retraba a una persona. A una mujer, con un hermoso vestido blanco y la banda diplomática de su reino, color azul.
Leah. La mujer que lo había sido todo para Kurkan sin llevar la corona. Todo para Ishakan, sin haber estado casados. Todo para el pueblo, para los soldados, para los consejeros que aún pronunciaban su nombre con reverencia, incluso si en sus mentes solo estaba la figura de una mujer que no tenía derecho a ser recordada más que como una invasora.
Una mujer muerta que seguía viva en los corredores, en los suspiros que no se decían en voz alta, en la forma en que todos miraban a Morgana como si no fuera suficiente. Ella lo había tolerado. Meses. Años. En silencio, para demostrar que ella era más que un mar de celos y rabia por una muerta. Se acercó al cuadro. Leah la miraba desde la pintura con esa expresión serena, ojos brillantes, cabello suelto recogido en la pequeña tiara que llevaba sobre la cabeza, como si incluso desde el óleo le recordara a Hope que no pertenecía a ese lugar.
Alzó la mano y tocó el marco. El relieve de los grabados bajo sus dedos eran una extraña situación. Lo hubiese soportado un poco, en silencio, si no fuera porque esa mujer era una intrusa en algo que ni siquiera le pertenecía.
-Que saquen este cuadro del pabellón -ordenó, sin subir la voz.
Los ojos de la mujer se posaron brevemente sobre el enorme cuadro que decoraba el medio de esa estancia. Un frío recordatorio, un dolor que no iba a dejar de perseguirla hasta que su presencia fuera bien vista en una Corte llena de caras extrañas.
-Solo deshaceos de él -no dio más instrucciones al respecto. Tal vez debería haberlo hecho.
Un par de horas después, el cuadro ardía. Las llamas devoraban el lienzo mientras las brasas estallaban bajo el marco tallado con símbolos kurkanos. Nadie se atrevía a intervenir. Los pocos testigos solo miraban desde lejos.
Hope observó el fuego desde la galería del segundo piso.
No dijo nada. Solo se quedó allí, mirando cómo la mujer que la había eclipsado incluso desde la muerte, se convertía en cenizas.
Morgana caminaba lentamente por el corredor hacia el comedor, sus pasos casi inaudibles sobre los suelos de mármol. El palacio estaba en silencio, como si el aire mismo supiera que no era su lugar. Desde que ordenó que el cuadro ardiera, su pecho dolía menos, como si el recuerdo de esa princesa muerta no fuera más que eso, un recuerdo fugaz. Al llegar a la puerta del comedor, entró con la cabeza erguida, a pesar de lo pesado que se sentía cada paso. La mesa estaba decorada, pero los platos y copas que rodeaban a los demás parecían vacíos de todo lo que realmente importaba.
Ishakan ya estaba sentado en el centro de la mesa, acompañado por algunos consejeros, y la cena estaba en pleno desarrollo. Como siempre, se encontraba rodeado de hombres, discutiendo sobre asuntos de guerra, política y estrategias de expansión. Ella, la reina de Kurkan, permanecía a un costado, su figura casi invisible en la dinámica.
Se sentó sin ser invitada, en el extremo de la mesa, donde la comida estaba servida ante ella, pero no era más que un accesorio en la escena. A su alrededor, los murmullos de la Corte fluían como agua corriente, pero ninguno de esos sonidos la alcanzaba realmente. El reino que había jurado gobernar junto a Ishakan le era ajeno. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió libre en un mundo ajeno al suyo.
Uno de los consejeros, un hombre de voz profunda y gesto severo, fue el primero en notar su llegada, aunque su atención no era para ella.
-Majestad -dijo inclinando la cabeza, dirigiéndose a Ishakan-, debemos asegurar que las fronteras estén bien custodiadas. La reciente actividad en las regiones del este podría estar presagiando algo más que simples incursiones.
Morgana escuchó las palabras, pero su mente no estaba allí. Su mirada flotaba entre las copas de vino, las flores decorativas en la mesa y las manos de los hombres que hablaban, siempre tan poderosos, siempre tan decididos. Las voces pasaban por encima de ella, como si no existiera. Los embajadores todavía estaban ahí, escuchando asuntos que no les incumbían, pero la debilidad interna del gobernante de Kurkan les permitía esa osadía.
Ishakan asintió, tomando un sorbo de vino. Su rostro permanecía impasible, tan lejano de lo que alguna vez había sido su esposo, el hombre con el que compartió promesas y sueños que nunca se cumplieron
-Lo veo -respondió él con su habitual tono distante-, pero las fuerzas en el este no son una amenaza inmediata. No podemos arriesgar nuestro poder para defender fronteras que aún no están en peligro directo.
El consejero frunció el ceño, visiblemente desconcertado por la calma con la que Ishakan trataba el asunto.
-Pero, Majestad, el equilibrio en esa zona podría cambiar rápidamente. Si Estia y esas tribus rebeldes se unen, las consecuencias pueden ser devastadoras. Hay que actuar antes de que sea demasiado tarde.
En ese momento, uno de los sirvientes se acercó a ella, ofreciéndole un plato de carne, pero ella apenas lo miró, tomando un pequeño bocado de pan en su lugar. Sin embargo, el gesto no pasó desapercibido para los demás presentes.
Ishakan, con una mirada fugaz, la observó como si solo entonces recordara que ella estaba en la mesa.
-¿No tienes nada que añadir? -preguntó, aunque su tono no tenía ni una pizca de verdadera curiosidad.
El silencio que siguió fue denso, pesado, como un recordatorio de lo que realmente era su lugar en esa mesa. Los consejeros callaron, esperando su respuesta, pero en su interior todos sabían que no había nada que ella pudiera aportar que no fuera ignorado al instante.
-La diplomacia -dijo finalmente, su voz apenas más que un susurro-. Podemos enviar emisarios a las tribus, intentar negociar una tregua antes de que cualquier cosa empeore. La guerra solo debería ser la última opción.
Ishakan la miró de nuevo, pero solo por un instante, como si estuviera probando algo que ya había decidido. Un leve resoplido escapó de sus labios.
-La diplomacia no salva imperios -replicó con desdén-. Solo la fuerza garantiza la supervivencia. Y ya sabes que, como reina, tu consejo no tiene mucho peso en este tipo de decisiones.
Un escalofrío recorrió su espina, pero se obligó a mantener la compostura. Estaba acostumbrada. Las palabras de Ishakan no eran nuevas para ella, pero seguían desgarrándola por dentro. La humillación, como siempre, era sutil, pero efectiva.
-Cierto, los hombres inteligentes que hablan y tienen razón, pero que sin embargo hablan de sus planes delante de quienes están amenazando el comercio.
Dos de los consejeros se miraron con incomodidad. La tensión en la sala solo se disparaba a cada segundo, y ellos no hacían nada más por evitarlo.
-Aquí no hay enemigos. Somos aliados.
-¿Y qué tiene Estia que pueda ofrecer, embajador Auriel, aparte de las deudas que los bancos internacionales se niegan a liquidar?
Morgana posó sus ojos brevemente en el embajador Auriel, cuyo rostro blanco se había puesto rojo hasta las orejas, del mismo color de la banda diplomática que le cruzaba el pecho ese día. El símbolo imperial de Estia resplandecía, un símbolo del poderío de ese enorme imperio. O lo que fueron en su momento. Asumía que el príncipe heredero estaba en contra de mantener la alianza con Kurkan y se lanzaría a una alianza con un rico reino vecino y civilizado, no al desierto que ellos pensaban que era pobre.
-¡Suficiente! El único enemigo que hay aquí eres tú misma culpando a los demás reinos de sabotearnos -dijo, casi escupiendo las palabras por su osadía llamar traidores a los hombres que se sentaban con él en esa mesa.
-Nunca he dicho que nos saboteen. Pero su presencia, majestad, aquí es innecesaria. Comentar nuestra administración interna y externa delante del embajador de otro reino es una insensatez.
Los ojos de Ishakan se posaron por primera vez sobre ella, dos afiladas agujas que amenazaban con destruirla. Morgana intentó aguantarla, pero el escalofrío que le recorrió la espalda fue justo lo que menos necesitaba.
-Estás más paranoica que nunca. En vez de seguir asistiendo a las reuniones del consejo deberías centrarte en otras cosas, como ese vestido -la mirada que le dio fue tan dura, tan alejada del desinterés que solía darle, que una parte de ella casi se sintió real, existente, pero a la vez despreciada-. No sé si sería prudente cargar más peso del necesario sobre los caballos cuando salen del palacio o entrenarlos.
El silencio que siguió fue absoluto.
Un golpe seco, invisible. Una bofetada pública disfrazada de broma. Los consejeros intercambiaron miradas incómodas. Algunos fingieron no haber entendido. Otros bajaron la cabeza. Nadie osó reír.
El dolor en las palabras de Ishakan era más fuerte que cualquier enemigo externo. Y el odio, una sensación que se hacía cada vez más prominente tanto en su cabeza como en la boca del estómago, donde llegaban las palabras y los menosprecios continuos. Por primera vez, le dieron ganas de clavarle el cuchillo en la mano, en el pecho, verle perder esa sangre de la que se enorgullecía tanto lentamente y en dolor. Él nunca la vería como algo más que una pieza inútil en su vida, una sombra de un amor que nunca fue suyo.
"Y tú más débil. La sangre de la que presumes está más seca que el agua del desierto", le hubiese gustado aportar, pero sabía que eso era una sentencia de muerte. Morgana tragó el bocado de pan, tratando de mantener su expresión impasible. No valía la pena luchar. No valía la pena esperar.
Morgana sintió cómo el estómago se le encogía. No por vergüenza. Ya no. Sino por esa rabia callada que nace cuando te clavan una lanza… y no puedes sacarla. Ella no se inmutó, sin embargo. Permaneció enderezada y con los hombros erguidos, sin achacarse. Le devolvió la mirada sin emoción, sin titubear.
La conversación alrededor de la mesa seguía fluctuando entre temas de guerra y política, pero las sombras de la princesa de Estia seguían siendo la presencia más pesada en la sala. Los hombres, sin embargo, eran lo suficientemente astutos como para desviar la atención de ella de vez en cuando, como si quisieran, por un breve instante, evitar que todo girara en torno a lo que ya sabían.
-Bueno... Hemos recibido informes sobre el estado de los cultivos en las regiones del norte -dijo uno de los consejeros, Lord Malvik, interrumpiendo el flujo constante de comentarios sobre Estia y las fronteras-. Hay escasez de grano, y la temporada de cosecha ha sido peor de lo esperado.
Levantó lentamente la vista al escuchar la mención de los cultivos. Aunque su voz nunca sería la primera en ser escuchada, este tema la interesaba. Era un problema tangible, un asunto que podía afectar al pueblo de Kurkan. Pero, como era de esperar, la atención de los demás rápidamente volvió a centrarse en la guerra.
-Es un problema menor comparado con lo que enfrentamos al este -respondió el General Radek, sin mirarla, como si las palabras de Lord Malvik fueran insignificantes-. Lo que debemos centrarnos ahora es en los movimientos de Estia.
Ella sintió cómo las palabras le quemaban en la lengua. Sabía que los recursos del reino debían ser gestionados con cuidado, pero al parecer, los temas más relevantes para los demás eran siempre aquellos que implicaban poder y guerra. Todo relacionado con ese imperio muerto de Estia. Así que se quedó en silencio, mientras el murmullo de la mesa seguía sin darle espacio.
En la esquina opuesta, Ishakan parecía escuchar todo sin intervenir. Su mirada se deslizaba entre los consejeros con la indiferencia de quien tiene la certeza de que su decisión final siempre prevalecerá. Pensó en lo que podría ser si tan solo pudiera decir algo que importara, si tan solo su voz fuera escuchada.
-El suministro se puede asegurar si reforzamos las rutas comerciales con los reinos vecinos. Si la situación empeora, podría haber más escasez.
-Los acuerdos comerciales podrían ser una opción, pero debemos asegurarnos de que nuestras rutas sean seguras, no solo comerciales. Las amenazas internas también deben ser gestionadas. Kurkan no puede permitirse estar dividida en facciones o pueblos, tenemos que estar unidos -su voz era tranquila, pero cada palabra estaba cargada de lo que ella sabía que era una verdad incómoda.
Un leve cambio en la atmósfera. Los consejeros miraron hacia ella, sorprendidos por la interrupción. Ishakan, al parecer, no tenía interés en lo que acababa de decir. Miraba a un punto en la mesa sin expresión, los ojos afilados y dorados clavados en otro punto de su mente. Sin embargo, uno de los consejeros, el joven y algo arrogante de Eamon, se inclinó hacia adelante y la miró.
-¿Y qué propone, mi reina? -preguntó con una ligera sonrisa que no alcanzaba sus ojos-. ¿Una paz duradera?
Hope sintió el desprecio en su tono, pero aún así, no retrocedió, dándole una vaga mirada que no pasó desapercibida en la mesa de discusión. Sabía que su papel en la corte no le permitía más que una pequeña contribución, pero aún así, valía la pena luchar por ello. Al menos para ella.
-No se trata de paz, mi señor. Se trata de mantener el orden interno del pueblo. La división solo lleva al desastre, y si el desorden crecen, será difícil de controlar. Hay que asegurarse de que todo el reino funcione como uno. Propongo vigilancia interna en las ciudades. Aunque nadie robe el comercio interno, siempre hay infiltrados en las zonas de las fronteras que aprovechan su mestizaje para beneficiar al reino vecino del que provienen. Si logramos mantener el orden dentro de nuestras fronteras, las amenazas externas perderán fuerza.
Hubo un silencio incómodo, y la mirada de Ishakan, aunque fugaz, se posó sobre ella por un momento. Morgana no podía leer lo que pensaba, pero lo que sí sabía era que su consejo nunca tendría el mismo peso que el de los hombres poderosos que la rodeaban. Aun así, insistió, no porque creyera que podía cambiar su destino, sino porque, de alguna manera, era lo único que le quedaba: su voz, por pequeña que fuera.
-Lo discutiremos más tarde -dijo, con un tono tan definitivo que no dejaba espacio para más debate. Luego, se volvió hacia el embajador y retomó su conversación sobre las estrategias militares.
Morgana, sintiendo que nuevamente su presencia se desvanecía en la sala, guardó silencio. No había logrado mucho, pero al menos había hablado. El momento pasó, y los consejeros continuaron discutiendo los planes para la guerra, mientras la figura de ella permanecía silenciosa, siempre en las sombras, siempre olvidada.
En su interior, sin embargo, algo en ella se resistía a sucumbir completamente a esa invisibilidad. A pesar de la indiferencia de Ishakan, de la humillación constante, algo seguía ardiendo en su pecho: la necesidad de ser escuchada. Aunque la Corte nunca lo notara, ella sabía que, de alguna manera, aún tenía algo que ofrecer a Kurkan. Si tan solo pudiera encontrar la manera de que lo vieran.
-Así que sigues aquí -comentó ella con calma, inclinando ligeramente la cabeza-. No quería interrumpir...
Antes de que pudiera acabar la oración, Ishakan se levantó de golpe, las patas de la sillas rasgando el eco del salón, y cruzó la sala hacia donde estaba ella.
-¿Qué es lo que pretendes? -espetó, avanzando hacia ella. La mirada de Morgana se ensombreció, pero no hubo un retroceso. Ella se mantuvo ahí-. ¿Crees que no lo veo? Te sienta en su lugar, hablas con su tono, tratas de gobernar donde nunca tuviste derecho. ¿Es que no te basta con haberla reemplazado, ahora quieres profanar su recuerdo también?
Morgana no comprendía el repentino cambio de humor. Las palabras la golpeaban con una dureza más cruel, más intensa,
-No he dicho nada que no fuera por el bien del reino -respondió ella, con voz baja, como si tuviera miedo de romper algo delicado. De romper la fina líneas que los separaba de los animales-. No he hablado de ella.
-¡No tienes que hacerlo! -gritó Ishakan, y de pronto la distancia entre ellos se deshizo. La tomó por el brazo con violencia, sus dedos apretando hasta hacerla tambalear. Morgana jadeó al sentir la fuerza, el dolor, con las garras que atravesaban su piel como lava ardiendo-. ¡Todo en ti es una burla a Leah! ¡Tus vestidos, tu silencio, tus flores ridículas, tus sonrisas huecas...!
-¡Suéltame inmediatamente! -le gritó, intentando apartarse, salir de su agarre, de él, pero su fuerza era superior a la de ella. Más fuerte, más grande, más bestia-. Si crees que intento parecer a ella, estás más que equivocado. ¡No necesito parecerme a ella para ser más que una sombra de esa mujer!
La ira que cruzó su rostro fue suficiente para hacerla, esta vez, retroceder. Pero no sirvió de nada.
Intentó apartarse, pero él ya había perdido el control. En un instante, su mano se enredó en el cabello de ella, arrancando en el proceso el recogido en la trenza que sujetaba alguna joya, y la arrastró fuera del salón con fuerza brutal, como un loco ciego de rabia. Morgana gritaba de dolor, arañando con las uñas en su piel para liberarse, pero era imposible. La fuerza con la que la agarraba era muy diferente a la que solía ver. Era como ver a un depredador cazar a su presa, torturarla, someterla... Y ella era la presa.
Escuchó gritos, aparte de los suyos. De las sirvientas. De los guardias que veían esa escena como una ruptura a lo que acostumbraban a ver. Una pequeña parte de ella, a pesar de lo difícil que le era en ese momento pensar, deseaba que alguien acudiera en su ayuda. Que la salvara. Pero ahí nadie iba a interrumpir al rey, ni siquiera si la acababa matando como prometía.
Ella apenas alcanzó a soltar un suspiro ahogado cuando su cuerpo fue arrastrado por la fuerza descomunal del rey. El suelo parecía desvanecerse bajo sus pies. Trató de seguirle el paso, pero fue imposible; el tacón se le trabó en una alfombra y cayó con fuerza. El golpe fue seco, sonando por todo el espacio por encima del crepitar de las llamas. El crujido sordo de su brazo estrellándose contra el suelo de mármol heló la sangre de los sirvientes que observaban desde los rincones.
Gritó, no de miedo, sino de un dolor blanco y punzante que la dejó sin aliento. Su rostro golpeó también el mármol, y de su nariz comenzó a brotar sangre, cálida y espesa que le cubrió la parte delantera del vestido.
-¡Voy a matarte con mis propias manos! -rugía-. ¡Voy a borrar esta farsa, esta mentira! ¡No permitiré que te burles de ella ni un segundo más!
Se quedó allí, en el suelo, temblando, con el cabello desordenado pegado a su rostro, los ojos muy abiertos y la respiración agitada. Las lágrimas comenzaron a caerle sin permiso. Era un llanto que no podía controlar, mezclado con sollozos entrecortados por el dolor, la humillación, y la impotencia.
Ishakan aún la miraba como si fuera una amenaza. Una enemiga. Como si su mera existencia fuera una afrenta. Ya no era una reina respetada o en la sombra, ahora estaba en el foco, en el centro. Ahora era el problema que debía solucionarse, eliminarlo. Iba a matarla, lo comprendió por primera vez, y no le estaba temblando el pulso.
Los cortesanos del consejo, reunidos en la sala contigua, salieron corriendo al escuchar el alboroto. Se congelaron al ver la escena: el rey, con la túnica abierta, jadeando de ira, y la reina en el suelo, con el rostro bañado de sangre, el brazo colgando como trapo roto.
-¡Majestad! -gritó Lord Gavril, interponiéndose junto a varios guardias-. ¡Deténgase ya!
Los hombres lo rodearon. Ishakan forcejeó, empujó, trató de liberarse de las manos que lo sujetaban, pero al final fue contenido. Respiraba con dificultad, como si la rabia lo estuviera devorando desde dentro. Ishakan giró como una bestia herida, los ojos rojos de furia. Uno de los consejeros más jóvenes se adelantó, temblando.
-Por favor, su majestad… ¡Ella no ha hecho nada! ¡Es la reina!
-¡No es nada! -bramó-. ¡Nada más que una sombra miserable que intenta devorar lo que queda de Leah!
Los cortesanos formaron una barrera entre él y Hope. Uno de los guardias, con más valor que juicio, se atrevió a tocar su hombro.
Mientras tanto, yacía sobre el mármol. No se levantó. No podía. El brazo roto le colgaba de lado, inútil. Su vestido estaba manchado de sangre cerca del rostro, y sus lágrimas se mezclaban con ella, formando ríos de rojo y sal que resbalaban por su mentón. Nunca se había sentido tan humillada. Ni en su primer matrimonio habían vivido una situación como esa, ni antes de eso cuando vivía en su reino natal. Aquello era diferente. Era real.
Él iba a matarla de verdad. Iba a destruirla, aferrándose a la memoria de aquella mujer, solo por ella. Y, aún así, esa pequeña parte de ella deseaba que fuera una muerte rápida. Sin dolor. Sin más sufrimiento.
Tal vez en otra vida podría reunirse con su madre, la que murió al dar a luz. Con su primer esposo, el que murió por defender su honor y no someterse a un tratamiento desconocido para las fiebres de otro continente. Con su pequeño, el niño que murió en su vientre poco después de decretarse el luto en el ducado. Su niño, su pequeño milagro... Por un momento, pareció que Ishakan iba a romper a golpes esa barrera. Su pecho subía y bajaba con violencia, como si estuviera al borde de estallar.
Luego, lentamente, aflojó su puño. El cabello de ella cayó como seda sobre sus hombros, y ella permaneció de pie, temblando levemente, pero sin derrumbarse. El aire olía a incienso, sudor y miedo, pero ella solo sentía la sangre, saboreándola junto con la sal de sus lágrimas. Todos sabían que lo ocurrido no podía ocultarse. No con los gritos que pasaban por cada corredor del palacio. La reina, con el rostro ensangrentado, el brazo roto, gritando.
Pero nadie esperaba lo que ocurrió después. El sonido de pasos resonando con firmeza en el mármol heló la sala. Lentos. Constantes.
Y cargados de una autoridad más antigua que la de cualquiera de los presentes. Las puertas se abrieron golpeando la pared, dejando paso a la enorme presencia del viejo rey en el salón, como si aún lo gobernara todo. Morgana lo vio a través de las lágrimas en sus pestañas.
No llevaba escolta. Solo su espada al cinto, la capa de paño oscura y esa mirada helada que, por sí sola, calló las voces a su paso. Todos los consejeros hicieron una reverencia, dejando de mantener a raya la fuerza del rey. Fue la primera vez que vio a Ishakan sorprendido. En dos años, fue la primera vez que le vio desconcertado, como si aquello lo pillara tan por sorpresa que nunca se le hubiera pasado por la cabeza que ocurriría.
Los ojos del viejo rey se posaron sobre ella, tan brevemente que ella no supo si estaba mirándola a ella o a otra cosa. No dijo nada. Cuando volvió la mirada al frente, hacia su hijo, no hubo más gritos que la pesadez de sus palabras.
-¿Crees que ser rey te da derecho a romper lo que no comprendes? -La voz del viejo rey no era un grito. Era una declaración. Cada sílaba como piedra sobre piedra-. ¿Crees que la fuerza es prueba de autoridad, que la rabia valida tu corona?
-La corona que llevas -comenzó, bajando la mano lentamente, pero sin bajar la guardia- es porque yo te la puse. Porque confié en que, algún día, aprendería que gobernar no es imponer tu palabra. Es proteger. Incluso cuando duele. Especialmente cuando duele.
Los consejeros bajaron la vista cuando el hombre se giró a mirarlos. Ninguno se atrevía a decir nada. Morgana, desde el suelo, había pasado del dolor a una situación de vacío. No sentía nada. Su cuerpo tampoco era capaz de moverse.
-Ella es tu reina. Y la has arrastrado como a un perro. Su sangre mancha el suelo que tus ancestros pisaron para que estuvieras aquí -Morgana no supo que dijo al cambiar a su lengua natal-. Has manchado tus manos. Y las mías, por ponerte aquí.
-¡Ella ha hecho esto! Ha mancillado la memoria de Leah. Se ha atrevido a..
El sonido repentino rebotó en la sala. Algunas criadas se taparon los ojos con vergüenza, como si les estuviera devorando por dentro. Como si alguna vez se hubieran preocupado por ella... Ishakan se tambaleó un paso atrás. No por el golpe, sino por la conmoción. La incredulidad.
-La alianza con Estia es perder el tiempo. Deshazla.
Los consejeros alzaron la cabeza. Ishakan giró apenas, como si no estuviera seguro de haber escuchado bien. Morgana pensaba haber escuchado mal. Que durante su caída al suelo se hubiera golpeado la cabeza y estuviese soñando aquello. ¿Estaba el viejo rey interviniendo en asuntos de Estado? ¿Estaba el viejo rey dando órdenes de nuevo?
-He dicho que Estia no es una alianza, es una trampa envuelta en flores y nostalgia. Ese príncipe no tiene a que agarrarse y el emperador intenta mantener su linaje por más tiempo aferrándose a donde sabe que los vínculos son más sólidos. Kurkan no va a seguir sometido.
-No podemos. Siguen siendo el imperio vecino, sería una traición a nuestra historia.
Los ojos del viejo rey no perdieron el tiempo.
-Ese imperio caerá cuando el emperador muera. No tiene ni tiempo ni fuerza para mantenerse por más tiempo. Y cuando llegue, Kurkan debe aprovechar para extenderse al suelo fértil, no perder todo por una alianza inútil.
-¡Kurkan necesita mantenerse fiel a sus alianzas! Leah querría lo mismo que yo.
El viejo se volvió hacia él. Los ojos oscuros como carbón hundido. Sin furia. Solo hechos.
-¡Leah está muerta! -bramó el viejo rey, por primera vez, alzando la voz. Morgana se cubrió la cabeza con el único brazo que podía mover bien-. Muerta. Fría. Polvo. No era una reina, ni una alianza con nosotros. Y tu sigues llamándolo alianza cuando la vendieron para no meter a Kurkan en el papel internacional.
El eco lo devolvió todo. Ishakan se quedó paralizado.
-¿Y tú quieres entregar a Kurkan por una sombra? -prosiguió el viejo, sin piedad-. ¿Olvidar que gracias al matrimonio con ella—? —y señaló al suelo, donde ella aún estaba incapaz de moverse. Solo escuchar. Solo pestañear—, tienes paz con uno de los reinos más antiguos y ricos del continente? Su tierra nos envió trigo cuando nuestras cosechas fallaron. Nos dio diplomacia cuando teníamos espadas. Nos dio su hija.
El viejo rey se detuvo de nuevo. Esta vez en el centro exacto del salón. A sus espaldas, la puerta aún entreabierta. Frente a él, Ishakan, el hombre que una vez fue su orgullo. Morgana intentó moverse, pero el dolor la sucumbió en miles de alfileres clavándose en su piel destrozada. Movió el brazo bueno para poder alzarse, pero solo consiguió que la sangre que todavía goteaba manchase más el vestido y el suelo.
-¿Qué crees que va a hacer su reino si ella muere aquí, por sus propias manos, imbécil? Si regresa mutilada. Si desaparece. ¿Crees que guardarán silencio, que nos seguirán apoyando aunque tu ya has destruido toda esperanza poniéndote del lado de ese reino invasor? Yo puse esa corona en tu cabeza -prosiguió-. Aquí hay hombres y mujeres que te temen. Algunos que aún te respetan. Pero después de lo que hiciste, ¿cuántos te seguirían si la reina decidiera marcharse con la mitad del tesoro y el doble de la dignidad que le queda?
El viejo rey bajó la vista, como si ya no hubiera nada más que decir. La voz que sonó esta vez fue firme, pero con una pizca de vacilación.
-Te di una corona, pero no supe darte el carácter porque pensaba que ibas a ser mejor que todos. Ya no espero nada de ti, hijo, nada bueno.
Dio media vuelta y caminó hacia la salida. Sin mirar atrás. Dejando firme su pensamiento de que Ishakan no estaba hecho para el trono. De haber sido otra persona, su destino sería la horca. Pero las tradiciones kurkan no permitirían eso, y menos después de la desgracia caída sobre el palacio.
Morgana intentó incorporarse, pero el dolor la derrumbó de nuevo. A la salida del viejo rey, una nueva persona entró en el salón que continuaba sumido en el silencio y las tensiones. Un curandero. Uno kurkan. Alguien lo habría llamado corriendo, alguna doncella seguro, dado que todos estaban ahí reunidos e impasibles tras todo lo ocurrido. Un curandero se arrodilló a su lado, intentando revisar su nariz, su brazo.
Ella se apartó con un movimiento brusco.
-¡No me toques! -gimió, entre dientes-. ¡No quiero a ningún kurkano cerca!
La sangre le manchaba el rostro, el vestido, el suelo. Nadie se atrevió a insistir. Todos miraban al suelo con vergüenza, como si la fuerte presencia del viejo rey perviviera en ese espacio y rico de lujos. Morgana no lo soportaba. No iba a soportar esas miradas de pena cuando ninguno hizo nada por detener todo aquello antes, hace dos años, cuando empezaron los continuos desplantes.
Los que aún la creían débil empezaban a ver lo que realmente era: una mujer herida, sola… pero de pie en medio de una corte que nunca la quiso, con la cabeza erguida y el alma intacta.
En el pabellón de la reina, la atmósfera era gélida. La luz era tenue, casi espectral. El aire olía a hierro, polvo seco y perfume marchito. El incienso ardía en silencio en los extremos de la habitación, pero no podía disfrazar el olor metálico de la sangre seca ni el rastro agrio de la fiebre. Las rosas, antes cuidadas con mimo por las manos de Morgana, empezaban a inclinarse bajo el peso de la desatención.
Ella yacía en su lecho, el brazo roto envuelto en una venda improvisada que había hecho con los dientes y una manta rasgada. Su nariz ya no sangraba, pero el rostro seguía hinchado, el labio agrietado. No dejaba que nadie la tocara. Ni criadas. Ni soldados. Y menos aún kurkanos.
Sus ojos estaban abiertos. Inquietos. Fríos. Cuando la puerta del pabellón se abrió, no se giró. El ruido hizo que uno de los guardias se tensara, pero no se movió hasta que la figura se presentó: un hombre de piel oscura, ojos calmos, barba cuidadosamente trenzada. Ropas azules y doradas. Y un medallón colgando de su cuello, con el emblema de los sanadores de Marhaden, un reino extranjero del sur.
El sonido de pasos suaves. Lentos. Cautelosos.
-No quiero que nadie me toque.
Pero la voz que respondió no era kurkana. Era suave. Con un acento extranjero. Del sur, quizá. Del mar. Reconocería toda lengua extranjera como amiga a aquellas alturas, con una nostalgia instalada en su pecho. Porque su único deseo era volver ahí, a su casa, y no volver. Aunque tuviera que suplicarle hasta el último líder de las tribus nómadas.
-Majestad, no soy de aquí. Vengo de los valles del oeste. El viejo rey me envía para curar sus heridas.
Morgana le miró. El hombre era mayor, de barba gris y ojos que no brillaban con codicia, sino con respeto. En sus manos llevaba un pequeño cofre de madera, de donde sacó un ungüento y vendas limpias.
-No vengo por ellos, sino por usted, majestad. Si esta afrenta no se separa, puede convertirse en guerra.
Morgana no respondió, pero no se apartó cuando él se arrodilló con cuidado a su lado. Una lágrima silenciosa resbaló por su sien, pero no habló más. El curandero esperó. No la forzó. Solo cuando ella giró un poco el cuerpo, permitiéndole ver mejor el brazo, se acercó. Lo hizo sin tocarla al principio. Solo preparando la pasta, los vendajes. Todo con movimientos delicados, casi reverenciales.
Mientras trabajaba, le dijo en voz baja:
-El rey padre juró que si su hijo vuelve a levantar la mano contra usted, o si esta alianza se rompe por su causa pondrá a cualquiera en el trono. Y al rey… lo exiliará del reino.
Pero un leve estremecimiento recorrió su cuerpo. No de dolor, sino de otra cosa. Algo enterrado muy hondo. Algo que comenzaba a moverse… a pesar del daño, a pesar del miedo.
-Descanse, majestad. Y no haga movimientos bruscos con el brazo, necesita sanar.
La puerta se cerró tras el curandero, y el sonido fue tan suave que Morgana se preguntó si lo había imaginado. El silencio volvió. Pero no era el mismo que antes. No era hueco. Era expectante. Morgana permaneció en la cama, la respiración temblorosa. El brazo, ahora vendado con precisión, latía con un dolor más limpio. Soportable. Las hierbas que le había dejado comenzaban a hacer efecto: una calidez en los huesos, una leve somnolencia en las venas.
Pero no durmió. Su mente soñó, aunque al día siguiente no lo iba a recordar. Pero no en esa princesa muerta, de eso estaba segura, ni con Ishakan ni Kurkan. Sino en el futuro. En cómo aquello era lo que iba a cambiar su destino, cómo la intervención del viejo rey no solo conmocionaba a todo el palacio, sino a su propia versión ahí.