Los humanos eran criaturas propensas a la melancolía, al sufrimiento curioso que, como un apagador de luz, cambiaba de una a emoción a otra. Cheonkyu no era ajeno a esa clase de emociones que golpean y desarman, después de todo ni todo el contacto con lo sobrenatural, le salvaba de ser humano, que sufre y que siente sin razón aparente, propenso al cambio de ambiente. El cielo estaba pintado de gris conforme volvía de su turno en la tienda, andando por callejones esperando encontrarse con algún alma perdida o desorientada, en todo momento queriendo ayudar a guiarlos al lugar donde pertenecerían por toda la eternidad. Los gatos del vecindario le siguen contentos, pisándole los talones conforme el muchacho se movía como una sombra, siguiendo un impulso, un chispazo de un no-se-qué que parecía tirar de su persona en dirección al tejado de un edificio. Cada paso sobre la escalera de metal resuena en la nada, ascendiendo lentamente hasta abrir la puerta que le dirigía al lugar más alto de aquel edificio. Las primeras gotas de lluvia amenazan con caerle encima, justamente cuando sus ojos oscuros se fijan en una figura peculiar, que lucía serena e inmaculada bajo las luces artificiales de la ciudad y los espectaculares, pero que él claramente podía ver el torbellino alrededor de su persona. No toma decisiones arrebatadas porque no quería asustarlo, ni hacerle cometer una acción irreversible, por lo que hace saber de su presencia con la voz. - —Es melancólico, ¿no es así? — -cuando tiene su atención, eleva la diestra al cielo. - —La gente adora ver llover, pero creo que es porque podemos estar tristes sin una “excusa” para estarlo. / @interglctycs














