"Quien goza de un sueño profundo y duerme de un tirón ocho o nueve horas, al despertar experimenta un grato desconcierto, como si hubiera puesto la cabeza en la almohada hace diez minutos. Los insomnes, en cambio, medimos las horas con los relojes flácidos de Dalí, donde las horas no pasan, porque se quedan atoradas en una masa viscosa. Junto con la fatiga y el desgaste nervioso, el insomne padece un tormento mayor: sentir las horas encajadas en la piel como lentos puñales. En los instantes de mayor placer espiritual o físico —el sueño, el orgasmo, el éxtasis místico, el chispazo de creatividad—, la impresión de haber abolido el tiempo rompe efímeramente las cadenas del alma. En cambio, el sufrimiento físico y la depresión agudizan nuestra conciencia del tiempo y, junto con ella, el deseo de la muerte, en la medida en que nos hace ver la vida como un castigo."