Morir de placer y otros pecados del hedonismo
Hay cuerpos que arden tan intensamente que sólo pueden apagarse de golpe, como estrellas que no envejecen sino que estallan. Algunos lo llaman exceso, otros irresponsabilidad, pero los cuerpos lo saben: hay gozos que no se posponen, errores que necesitan ser cometidos, placeres que no admiten moral ni medida. Esa es la herejía del hedonismo. No una doctrina, sino una práctica encarnada, sucia, hermosa, feroz. No un camino hacia la virtud, sino una espiral hacia el abismo donde cada orgasmo, cada risa, cada sustancia compartida es un acto de insumisión contra una existencia domesticada por la lógica del deber y la eficiencia.
Una vez soñé con morir asfixiado entre pétalos, pero no porque el arte me haya enseñado a hacerlo, sino porque hay placeres que ocupan tanto espacio que no caben en la vida. No caben en agendas, ni en contratos, ni en proyectos vitales con objetivos. Hay placeres que son manchas, desbordes, vómitos de alegría que no se explican ni se traducen. Y sin embargo, ese goce descontrolado es nuestra única salvación, el único lenguaje verdadero frente a una civilización que nos quiere anestesiados, sobrios y obedientes.
Hablaba June Jordan del cuerpo como campo de batalla, y en ese campo se libra una guerra constante entre quienes quieren normarlo, cercarlo, higienizarlo, y quienes decidimos habitarlo desde la fricción, desde la noche, desde la risa desmesurada y la caída libre. Porque sí, fallamos. Caemos. Nos rompemos. Pero en cada error hay una grieta que deja pasar la vida con más fuerza, como si el universo, por un segundo, nos guiñara un ojo para decirnos que ser felices es también una forma de sabotaje.
Hemos aprendido a bailar con las vísceras expuestas. A follar sin promesas. A bebernos las ruinas. A anestesiar la conciencia no para huir de la realidad, sino para sentirla de otras formas, para sabotear la linealidad, para explorar versiones imposibles de nosotras mismas. No somos estatuas de mármol, somos barro que vibra, carne que pulsa. Y cada vez que nos arrastramos de vuelta a casa con los ojos brillantes y la ropa sucia de vida, hacemos un conjuro: contra el reloj, contra el capital, contra el mandato de perfección.
El hedonismo no es el refugio de quienes no tienen ideales, sino el arma de quienes se niegan a ser domesticados por ellos. No es una fuga, sino una táctica. No se trata de defender la droga, el sexo o el ocio como categorías cerradas, sino de reivindicar el derecho a equivocarse buscándolos, de sacralizar el fracaso como espacio fértil. Las que vienen a disciplinar nuestros placeres son las mismas fuerzas que mutilan nuestros deseos, que nos venden la juventud como una promesa de éxito y no como un territorio de riesgo y de gloria.
Y hay cuerpos que, al entregarse por completo al fulgor, se disuelven como ceniza en el viento, no por el goce en sí, sino por la falta de un mundo que sepa sostener su incendio. Pero, ¿qué es vivir sin haber arriesgado el alma al fuego? ¿Qué es crecer sin haber besado la noche hasta no recordar el nombre propio? Hay existencias tan pulcras que no dejan huella. Las nuestras, en cambio, se quedan pegadas en los baños de los clubes, en los labios de los desconocidos, en las canciones gritadas a las cinco de la mañana mientras el mundo dormía.
Como sostiene la filósofa argentina Suely Rolnik, el deseo no es carencia sino potencia. No se trata de completar un vacío, sino de generar fisuras en el orden establecido para que brote algo nuevo. Gozar es producir realidad. Es esculpir mundos donde antes sólo había norma. Por eso el placer es peligroso: porque inventa.
La juventud no necesita discursos de protección, sino espacios para el vértigo. Necesita que se le permita fallar, no para aprender a corregirse, sino para aprender a perderse. Porque en esa pérdida hay verdad. Porque en ese desorden hay un saber que no cabe en ninguna universidad ni en ningún plan de vida. El saber del placer sin culpa. El saber de quienes eligen vivir como si el cuerpo fuera un altar, no una máquina. El saber de quienes saben que el infierno no está en las drogas, ni en el sexo, ni en la fiesta, sino en renunciar a todo eso por miedo a mancharse.
Morir de placer es, quizás, el único final digno para quienes no aceptamos vivir sin intensidad. Que no nos lloren, que bailen. Que no nos entierren, que nos esparzan entre los escombros de la ciudad y las luces estroboscópicas. Que el pecado, si existe, sea no haber amado lo suficiente, no haber reído hasta vomitar, no haber tocado cada cuerpo como si fuera el último.
La virtud está sobrevalorada. Lo que nos salva es el deseo.