Es consciente del tipo de confianza que inspira, y no por darse una especie de crédito hacia su persona. Debe tratarse de algo que genera su profesión, como si fuese una especie de autoridad que ha asumido con el paso de los años de buena gana. A fin de cuentas, ¿quién no confía en un doctor, sin importar el tipo de especialidad que tenga? Sabe manejar secretos, con un juramento de confidencialidad paciente-médico que siempre tiene presente; y cree que es una verdad universalmente conocida por el resto. No esperaba, no obstante, que más de un par de personas hayan acudido a él, en búsqueda de respuestas que no tenía ni siquiera para su particular caso. Había logrado averiguar que, al menos, no era el único, lo que dejaba con la opción de que, tal vez, se trataba de una broma que alguien había jugado a los inquilinos del edificio. Sin embargo, es bien sabido que la curiosidad es en ocasiones más fuerte que la propia voluntad, y lamentablemente, Iskandar no fue una excepción.
Un libro de mitología egipcia que recién compró yace en la mesita frente a él, por encima de otros que no le pertenecen, mientras frota sus ojos con visible cansancio, uno que acentúa las ya siempre presentes ojeras debajo de sus oscuros orbes. Exhalación pesada escapa de sus labios, mientras apoya su frente sobre su mano, antes de notar la presencia contraria. ---No he cambiado de opinión. No te voy a dar pastillas para dormir, ya te lo he dicho...--- responde con cansancio, sin dejar el deje diplomático que le da casi por naturaleza el acento londinense que carga consigo, creyendo que sabía quién se había acercado. Cae en su error, cuando su mirada se levanta hacia la persona equivocada. ---Ah, lo siento, pensé que eras... alguien más,--- termina con especial cuidado de no revelar más detalles, acomodándose mejor en su asiento, para no lucir tan terriblemente entregado al tedio. ---Aunque realmente espero que no requieras pastillas para dormir.--- A pesar de que, a todas luces, quien requiere de una buena dosis de sueño es él.














