viracochc:
Su alrededor iba y venía, e Isabel culpaba a su mente privada de dormir desde el día anterior. Mas que nada por evitar caer en los mismo sueños, y la misma sensación al despertar. La voz del inglés se escuchaba lejana a pesar de ella estar sentada a su costado. El contacto la devuelve allí, dejando que sus hombros cayeran bajó su mano, evidenciando que los tenía tensos. Su mirada se posó en los contrarios, identificando su preocupación y también el cansancio. Ya tenía los labios entreabiertos para responder con la verdad, pero se detuvo al ultimo instante y simplemente negó. —Le preguntaría lo mismo. — “y mentiría también” pensó. Cuando ya no tuvo la atención del mayor, se acomodó en el asiento y bebió mas del masala chai. Muy picante para su gusto, pero lo suficientemente tibia, salada y suave, para despertar su organismo. Sin querer ya tenía mas de media taza vacía. O lo necesitaba en verdad, o la taza era muy pequeña, no lo sabía. Decidió dejarla sutilmente en un lugar vacío de la mesa, y soltando un risa suave por su consejo. —Solo pasé un tiempo en Londres, no puedes culparme. —se inclinó apuntándose así misma para darse un poco de crédito, aunque ese viaje era cuando ni siquiera había terminado la escuela secundaria. La enfermera presentía que el doctor no quería quedarse allí, y, adicionando la sensación de ser observados por los alrededores, Isabel tampoco quería quedarse. —Creo que será ahora, porque me terminé el tuyo. —hizo un ligero mohín de culpabilidad, apuntando la taza que hace unos segundos había alejado de él para que no lo notara, pero del cual ya no había caso. Con respecto a los libros, Isabel asintió en respuesta, porque si bien desde pequeña todo lo místico no le era ajeno, ahora todo era lo contrari. Lo escuchaba atentamente, y asentía de vez en cuando, tratando de no distraerse con su mente nuevamente y los gestos del contrario. —Sí, lo sé. Por lo otro, no sabría decir. Sé mas de mitología japonesa que de la inca, es una vergüenza. —se hundió en su asiento, verdaderamente apenada. Los pocos conceptos que pudo recordar sobre el Dios Inca en su carta eran prueba de ello. Su mirada volvió a la de él. —Con la llegada de los conquistadores a Sudamérica, las creencias místicas fueron reducidas de forma brutal. No podemos aseverar si lo que se sabe ahora, era la realidad de hace milenios. Los romanos y griegos tuvieron un poco mas de suerte en ese aspecto. Solo un poco mas. —arrugó la nariz enfatizando su ultima sentencia indicando un pequeño espacio entre su pulgar e indice.
Es demasiado listo como para siquiera considerar que todas las mujeres son iguales. Ha visto demasiado como para saber que esa es una estupidez que, muy seguro, creó algún hombre. No obstante, hay ciertos detalles que le han vuelto más observador, que hacen que sepa cuándo alguien oculta algo (habilidad que ha creado por una necesidad en sus consultas, y que le ha servido en su profesión con el paso de los años). La tensión no pasa desapercibida. —Lo siento,— obligada disculpa que sale de los labios del británico que, tal vez, se estaba tomando libertades que no le correspondían y que tendía a olvidar cuando se trataba de Isabel. —No era mi intención hacerte sentir incómoda,— y espera que la otra le crea, porque lo último que quiere es lucir como uno de esos terribles hombres que incomodan mujeres sin darse cuenta. —No tienes que preocuparte por mí,— y casi se convence a sí mismo de que es así, que sus extraños pensamientos no son más que producto del estrés y que la carta recibida no es más que una broma. —Bueno, eres bienvenida a visitarme cuando quieras. Tengo un apartamento en el que podrías quedarte sin ningún cargo,— la idea de tener como visitante a la enfermera es esperanzadora, y por un momento, se riñe a sí mismo por pensar tan a futuro con alguien a quien apenas y conoce. Seguro, ya la considera una clase de amiga, pero eso no significa nada, ¿cierto? Asiente, y toma sus cosas, antes de ponerse de pie con cuidado, con los libros bajo el brazo y haciendo una señal al encargado de recoger los platos para señalar la taza vacía, antes de dejar la obligada propina. —Suena a una buena excusa para invitarte,— una que no le molesta en absoluto a él ni a su inutilidad para invitar a una chica linda a su apartamento, aunque se trata de una simple visita social, charla y un poco de té. Cede el paso a la joven, en dirección al ascensor que los llevaría al décimo piso, donde su apartamento se encuentra. Mientras tanto, no se pierde ni un detalle de lo que cuenta la peruana. —No te culpo. Pregúntame sobre la mitología de mi país y no sé más que lo básico...— tampoco ayuda que la cultura pakistaní se encuentre resquebrajada, una compartida tan a fondo con India que la identidad nacional se encuentra difusa. —Es la historia del vencedor, ¿hm? Nunca voy a estar de acuerdo con lo que se hizo con las minorías,— siempre ha sido un opositor total a la supremacía blanca y el colonialismo, por obvias razones. Su propio país obtuvo su independencia apenas 70 años atrás, momento que sus padres y abuelos recuerdan con vívidos momentos. —¿Qué tal el hospital, por cierto? Me da la impresión que no te he visto en semanas,— aunque, quizá, simplemente es él, que extraña verle con mayor frecuencia.














