«Frisos y mariposas»
El tráfico era terrible, como todos los mediodías. Los transeúntes parecían hormigas apuradas, caminando como autómatas hacia sus hormigueros, y yo era uno de ellos. Las calles sucias y el hedor del aire me llevaban a preguntarme qué hacía viviendo todavía en esta ciudad (aunque en realidad sabía bien la respuesta: mi falta de dinero); donde nadie respeta la propiedad pública ni las leyes, ni mucho menos los semáforos; donde me resultaba imposible encontrar algo lindo, admirable o rescatable que apreciar. Odiaba sentirme atrapado en este sitio, con estas personas sin educación, moral ni modales, pero no me quedaba otra opción que seguir con mi vida, respirar todos los días ese aire viciado y caminar hacia mi trabajo en las oficinas del correo. Me esperaba en el mismo sitio ese viejo edificio que solía ser la mansión de una familia adinerada pero que ahora se encontraba atestado de personas que habían hundido los escalones de mármol de la otrora señorial escalera por donde lo pisaban a diario. Las paredes y columnas centrales me miraban con vergüenza por lo descascarada de su pintura y la cantidad de papeles pegados sobre ellas, abandonados por décadas como todo lo demás. Suspiré al recordar que en unos minutos tendría que verle las caras largas a mis ineptos y vagos compañeros de trabajo, poseedores incluso de menos ganas de vivir que la mía. Rezongando metí mis manos heladas en los bolsillos de mi abrigo de paño gris y caminé hacia al cordón de la vereda para esperar la luz roja y cruzar— civilizadamente, por la esquina, por supuesto— la ruidosa calle.
—¡Cuidado! —grité de pronto mientras corría el tramo que me separaba del cordón. Afortunadamente llegué a tiempo y alcancé a tomar a la mujer del brazo evitando al jalarla hacia mí que un auto, que pasó a centímetros de nosotros, la atropellara. Tras el susto en el que por poco caemos ambos al suelo, observé a la mujer que seguía en mis brazos. Sus pies estaban cubiertos por botas negras, que, aunque parecían iguales a primera vista, no lo eran. A pesar del frío llevaba puesta apenas una remera mangas largas de color fucsia y su cabello negro, largo y ondulado, estaba todo revuelto, sin atar.
Aquella mujer extraña me miró fijamente tras correr el cabello que cubría su rostro, con desorbitados ojos celestes que no parecían ser capaces de mirarme realmente pero que sentí podían bucear en mi mente a través de los míos, llevándome a una oscuridad roja, palpitante, como la que ves al cerrar los ojos en un sitio muy iluminado; lo extraño es que no los había cerrado. De un momento a otro, en el que nos quedamos ambos estáticos, pasé de recriminarla mentalmente por no prestar atención y convertirme repentinamente en un héroe involuntario, a pensar cosas que nunca antes había pensado. Me parecía tener pensamientos que no eran míos; pensé de pronto en mariposas o el bello arte en la fachada del viejo edificio frente a mí…
«Deberíamos ser como las mariposas. Cuando son orugas, ellas no tienen dudas sobre si podrán convertirse en mariposas porque es algo que sucederá naturalmente, incluso contra su voluntad. Así es como deberíamos ver nuestro futuro; aunque no sea lógica esa certeza, deberíamos convencernos de la esperanzadora imposibilidad de ser orugas para siempre».
En eso pensaba, mientras caminaba contemplando el cielo prístino, de un azul nítido, afeado al ser atravesado sin vergüenza por algunos horribles cables negros. Pero eso no me importaba; admiraba luego cómo el sol del mediodía acariciaba las elevadas fachadas de las antiguas casas y edificios de la ciudad. «Pobrecitas, cuántas personas caminan todos los días por esta vereda y ninguna levanta jamás la vista hacia ellas, hacia sus adornos, molduras y frisos; hojas de acanto y cabezas de ángeles llenas de tiempo, polvo y hollín, abandonados por todos… por todos menos por mí»; continuaba pensando, cambiando aleatoriamente de un tema al otro, como suelen comportarse los pensamientos, especialmente en cabezas revueltas como la mía.
El tráfico era una molestia lejana. El sonido de las bocinas, las ruedas contra el asfalto, los conductores ofuscados por algún peatón que cruzaba mal la calle; nada de eso parecía existir realmente, ni siquiera yo misma. No sentía frío —había olvidado mi abrigo en casa— ni me encontraba allí, sino en mi propio mundo, ese mundo en el que todo se ve distinto cada vez que lo observo y en el que los detalles que los demás ignoran por completo son los que lo le dan vida, resaltando aleatoriamente como frases importantes de un libro marcadas en amarillo fosforescente.
Además de admirar la belleza de los edificios e imaginar las vidas de las demás personas, sus historias, a dónde iban o de dónde venían, me preguntaba mientras me dirigía a la biblioteca si sería posible algún día que las consciencias humanas o nuestros pensamientos cambiaran de envase, se transfiriesen de una persona a otra, como sucede en algunas películas de ciencia ficción o en los libros que estaba a punto de devolver. Supongo que una vez más había olvidado que mi cuerpo hacía algo, y esta vez se disponía a cruzar una calle transitada, con la luz del semáforo en verde, porque entonces alguien me tomó del brazo obligándome a retroceder, salvándome de ser atropellada, pero no de perderme en sus confundidos ojos marrones…














