Hasta entonces el señor Tadano se había dejado siempre guiar por los consejos de sus veteranos consejeros. A los trece años, cuando todavía se lo nombraba por su apelativo infantil de Nagayoshimaru, lo habían conducido al lecho de muerte de su padre, quien le dijo: «Cuando yo no esté, atiende escrupulosamente a todo lo que te digan los consejeros. Toma sus palabras como si fueran las mías». Él siempre había acatado aquel último precepto.
Pero en los últimos tiempos había empezado a atribuir un sentido avieso a cada palabra que pronunciaban los consejeros, incluso tratándose de asuntos de la administración del feudo. Si recomendaban a tal sujeto para determinado cargo y alababan sus capacidades, el señor Tadano quedaba convencido de que el tipo era un impostor y se negaba tercamente a servirse de él. Si los consejeros deploraban la conducta de tal otro y lo apremiaban insistentemente a castigarlo con el arresto domiciliario, el señor Tadano se sentía persuadido de la honradez y buen servicio del hombre y les prohibía dictar la orden de arresto, sin cejar en su empeño por mucho que insistieran.
Aquel año la cosecha en todo el feudo de Echizen fue la más menguada de que había memoria, lo que supuso una seria calamidad para el campesinado. Los consejeros se presentaron en pleno ante el señor demandando que se aligerara la carga del tributo de arroz. Pero cuanto más elocuentemente lo exhortaban, más le repugnaba al señor Tadano hacerlo así. En su fuero interno se compadecía de los campesinos. Era sólo la idea de hacer lo que deseaban sus consejeros lo que lo sublevaba. Éstos continuaron con sus extensas explicaciones hasta que el señor ya no pudo más: «¡No!—tronó—. ¡Digo que no se puede hacer y obraréis como ordeno!» Él mismo no acababa de entender por qué se negaba.
Aquella pugna de pareceres y sentimientos entre señor y consejeros siguió enconándose, mientras los rumores sobre la extravagante conducta del Señor de Echizen alcanzaron las recámaras más privadas del shogún en Edo.
Pero la desazón del señor Tadano procedió poco a poco a minar otros terrenos más esenciales de su existencia.
Cierta noche el señor Tadano había estado bebiendo continuadamente desde temprano en sus aposentos privados, acompañado de un reducido grupo de sus damas favoritas de la cámara, entre las que estaba Kinuno —una beldad que le habían conseguido en la lejana Kioto—, quien en aquellos días monopolizaba todo su afecto y deseos.
La luz del atardecer se extinguió, pasaron horas en la oscuridad, casi era medianoche y el señor Tadano seguía bebiendo. El tiempo parecía no pasar para las damas, cuyo único y monótono cometido consistía en llenarle una y otra vez la copa a su señor.
De repente el señor Tadano se despabiló de su ebrio letargo y levantó la turbia mirada a su querida Kinuno, que estaba sentada frente a él, sirviéndolo. Aquella francachela nocturna parecía haberla agotado. Aún en presencia de su señor era como si hubiera perdido toda conciencia de lo que hacía. Aquellos magníficos párpados dobles iban derribándose lentos y Kinuno estaba al borde de caer con una cabezada en un momentáneo sopor.
Escrutando su rostro el señor Tadano fue presa de una nueva ansiedad. Creyó ver patente en aquella desprevenida expresión de fatiga toda la pesadumbre de una mujer subyugada al poder absoluto de un gran señor, incapacitada para seguir su inclinación ni un solo instante del día, moviéndose sólo como una marioneta manejada por los deseos de su amo.
El señor Tadano reflexionó sobre aquello. Como en el caso de los demás, era improbable que aquella mujer sintiera un afecto sincero por él. Sus sonrisas y retrecheras miradas eran artificios sin ningún calado. No tenía otra opción, una vez que fue vendida en cuerpo y alma por una suma imposible de rechazar, y puesta a disposición de un grande y poderoso daimio. Su único recurso para eludir una miseria aún mayor que la presente estribaba en desvivirse por obtener el afecto del magnate que dictaba su suerte.
Pero no era ya de Kinuno de la única mujer que el señor Tadano dudaba. Comenzó a preguntarse si ni siquiera una de todas las mujeres que había amado en su vida le habría correspondido.
Cada día estaba más consciente de que siempre le había estado vedada la comunión cotidiana y natural que comparten entre sí los seres humanos. No había sabido siquiera lo que era la afinidad con un amigo. Desde su infancia una porción de pajes de su misma edad habían sido seleccionados para hacerle compañía. Pero no en una relación de amistad; se limitaban a rendirle sumisión. El señor Tadano los había querido, pero éstos nunca le devolvieron su cariño. Sólo se sometían por lealtad y sentido del deber.
¿Y si tal era la naturaleza de sus amistades, qué pensar de sus relaciones con el sexo opuesto? Desde la temprana juventud tuvo a su disposición a muchas mujeres bellas. Las había amado. ¿Pero cuántas lo habían amado a él? Por mucho que él las hubiera querido, ninguna lo correspondió. Únicamente se sometieron. Seguía contando con gran número de aquellas criaturas a su servicio, pero en lugar de sentimientos de simpatía por un semejante, sólo le rendían aquella única prenda de la sumisión.
Al señor Tadano ya le era palmario que en lugar de amor, amistad y benevolencia, sólo recibía sumisión. Desde luego que aún así podrían haberse dado ejemplos de simpatía, amistad y benevolencia genuinas. Pero cuando trataba de recordarlos en su presente perplejidad, éstos se confundían irremediablemente con el cuadro general. Las ramificaciones de aquella única voz: sumisión, parecían hurtarle todo lo demás. Un hombre elevado por sus semejantes un grado por encima del ámbito común de las emociones humanas, un hombre en diaria comunicación con una multitud de vasallos y sin embargo consciente de su absoluto aislamiento; tal era él, el señor Tadano.
Percibió que incluso su vida familiar en la intimidad de su recámara había sido un yermo de soledad. Ahora se le revelaba lúcidamente el vicio de que adolecían todos los amores de mujer que conoció en su vida. En cada ocasión en que se enamoró de una mujer, ésta había cumplido sus deseos sin reserva ni titubeos. Pero para ella nada tenía aquello que ver con los sentimientos. Sólo cumplía su deber para con su señor, el de un siervo hacia su amo. Se sentía cansado y asqueado de cobrar siempre leal sumisión a precio de amor.