Tal vez mà tÃa si estaba loca, después de todo.
Mi madre se enfurecÃa mucho cuando llamábamos loca a mi tÃa, su ropa gastada, su casa sucia y desordenada, vieja podrÃa definir perfectamente a esa casa. Todo eso cuando tienes 10 años te hace creer que tu tÃa está loca.
Los domingos mamá nos llevaba a casa de mi tÃa para ver que no estuviera perdida o tal vez muerta, viajábamos en aquel Imperial 1983 que papá dejó al marcharse con otra mujer, es curioso, regresó por todas sus cosas menos por el Imperial 1983 que ahora mi madre conducÃa por 30 minutos para llegar a ver a mi tÃa.
Nunca llamábamos a la puerta, mamá tenÃa llaves propias, entrabamos en esa casona vieja, siempre me resultó muy curiosa la construcción, el jardÃn era enorme y la casa era pequeña, además nunca entendÃamos por qué habÃa cosas que mi tÃa tal vez nunca usó o que ni eran suyas, una carriola, balones de fútbol, ropa de hombre, ollas de cocina, muchas de las cosas eran cubiertas por pasto casi en su totalidad.
Estoy seguro que mi tÃa poseÃa una perfecta orientación de tiempo y espacio, sabÃa cuando era domingo e Ãbamos a verla, tal vez no estaba tan loca. Mientras mi hermano y yo buscábamos con que jugar, mi madre inspeccionaba cada centÃmetro del jardÃn, como si buscara algo y en realidad parecÃa que lo querÃa encontrar.Â
En cualquier momento aparecÃa mi tÃa, vestida muchas veces con un blusón gastado, sucio. Mi tÃa era muy delgada y de piel morena, pero por alguna razón los pliegues de sus arrugas contrastaban tanto en ella, era alta muy alta cuando uno tiene 10 años es fácil ver a las personas con medidas como 4 o 5 metros de alto, su cabello grisaseo con manchas blancas era cubierto por un sombrero, yo le aseguraba a mi hermano que ese sombrero sólo lo usaba los domingos, él siempre reÃa con ese comentario.
Muchas veces mamá entraba a la casa y mi tÃa justo detrás de ella, muchas veces se sentaba en una vieja banca de jardÃn a un metro habÃa crecido un árbol de duraznos que nunca tuvo frutos, era retorcido y escalofriante verlo con mi tÃa junto a él. Mi tÃa no hablaba mucho, sólo nos miraba por largos ratos y volteaba su mirada al cielo o al pasto. Después de vernos muchas veces estiraba su mano para tocar nuestros rostros o mentones, acto seguido se levantaba y se dirigÃa a un pequeño rincón, que seguramente fue alguna vez un jardÃn de vegetales o flores especiales, si un jardÃn pequeño dentro de un jardÃn aterrador.
Mi tÃa se sentaba y soltaba unas palabras con la voz sin expresión sin esfuerzo y nada apresurado -hijo, tráeme un cigarro-, mi hermano corrÃa con mi madre a pedir la cajetilla que comprábamos en el camino. Mi tÃa entraba al pequeño cobertizo y arrastrando un carrito que tenÃa ensamblado un toca discos en la parte superior ella regresaba a su posición, se sentaba ahà y me buscaba con su mirada -hijo, puedes conectarlo?-, entonces era mi turno para correr al cobertizo y enchufar aquel majestuoso aparato en menos de un segundo comenzaba a girar, siempre tenÃa un disco en él, al menos yo me daba cuenta que no siempre era el mismo.
Cuando mi hermano regresaba con la cajetilla abierta y preparada, mi tÃa tomaba uno, lo ponÃa entre sus dedos y hurgaba sus medias de donde sacaba un encendedor, asà ella comenzaba a fumar y aquel aparato comenzaba a tocar como si fuera todo un ritual. Era la señal de mi hermano para regresar y dormir en el auto, pero yo me quedaba contemplando a mi tÃa, a estas alturas el loco parecÃa yo, pero mi tÃa perdÃa su mirada en su horrible y descuidado jardÃn, acababa un cigarrillo y al instante encendÃa otro, llegué a contar 7 seguidos.
Nunca terminábamos de escuchar un disco completo, mi madre aparecÃa y daba algunas instrucciones a mi tÃa, dejé comida en el refrigerador, si te sientes mal llama a casa, traje ropa limpia, barrà un poco, cosas que mi tÃa no necesitaba saber. Entonces nos Ãbamos, mamá nos hacÃa abrazar a la tÃa antes de irnos, para ser sincero no recuerdo que eso me provocara sensación alguna. Entonces mamá cerraba la casa de mi tÃa y subÃamos al Imperial 1983 para regresar a casa.
3 meses exactos después de esa visita la tÃa murió, 2 meses exactos después de la muerte de mi tÃa le pregunté a mamá -¿mi tÃa murió de tristeza o murió por que estaba loca?-. Mamá me miró y muy enojada dijo -¡ya te dije que tu tÃa no está loca!-.