El cuento de la criada
seen from China
seen from China

seen from Malaysia

seen from China

seen from United States
seen from United States
seen from Malaysia

seen from Canada
seen from Germany
seen from China
seen from Poland
seen from Macao SAR China

seen from Germany
seen from South Korea

seen from Canada
seen from United States

seen from United States

seen from United States

seen from Spain

seen from Australia
El cuento de la criada

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
Un experimento de 1930 💀
Contexto aquí:
En 1930, el psicólogo Winthrop N. Kellogg comenzó un experimento: criar una chimpancé como un humano junto a su hijo ¿Qué sucedió?
"Como el resto de las cosas, el pensamiento tiene que estar racionado."
Margaret Atwood, El cuento de la criada.
Un mediodía despejado después de una nevada apareció en la puerta de la cocina de la casa de los Horikoshi —por cuyo montante se veía un parche de cielo azul— una mujer de unos veinticinco años, llevando de la mano a un chiquillo flaco.
Jūkichi no estaba en casa a aquella hora, claro, y Osuzu, sentada en la maquina de coser, se quedó de piedra, aunque se lo esperaba. Se levantó y rodeando el largo brasero fue a recibir a la visitante, que antes de entrar en la cocina dispuso ella misma con cuidado su calzado y el del muchacho —vestido con un suéter blanco— mirando a la calle. Hasta en eso mostraba una deferencia poco común, y con razón, pues no era otra que Oyoshi, una antigua doncella que el señor había mantenido abiertamente como amante durante los últimos cinco o seis años, estableciéndola en un arrabal de Tokio.
Mirándola a la cara Osuzu se sorprendió de cuánto había envejecido. Y no solo se notaba en su rostro: hasta hace unos años sus manos eran rollizas y lozanas; ahora se veían tan enjutas que se le señalaban las venas. También en su arreglo —aquella baratija de anillo— era patente que sus circunstancias habían empeorado mucho.
—Mi hermano mayor me ha dado esto para el señor.
Oyoshi, con mayor reparo todavía, dejó el envoltorio de periódico en un rincón de la cocina y entró en la sala hincada de rodillas. Omatsu, la criada, estaba lavando los platos sin dejar por eso de lanzar ojeadas despectivas a Oyoshi y a su recogido en abanico recién hecho. La vista del paquete le hizo torcer aún más el gesto; era obvio que apestaba y desentonaba de la pulcra cocina moderna y su delicada vajilla. Oyoshi, sin mirarla, pareció captar su extrañeza, porque explicó: «Es que son... ajos». Luego se volvió al chiquillo, que se mordía el pulgar, y le dijo: «Vamos, señorito, haga una inclinación». El niño, que se llamaba Buntarō, era hijo de Genkaku, claro, el padre de Osuzu. Ésta sintió lástima de escucharla tratar de señorito a su propio hijo, pero enseguida el buen sentido la hizo comprender que no se podía esperar otra cosa de una mujer como Oyoshi. Haciéndose la desentendida les ofreció té y galletas que había por allí, sentándolos en un rincón de la cocina, mientras comentaba el estado de salud de Genkaku y hacía gracias al muchacho.
Una vez que estableció a Oyoshi como amante, Genkaku iba a verla una o dos veces por semana, sin importarle tener que cambiar de tren. Al principio a Osuzu la escandalizaba el descaro de su padre y a menudo hubiera esperado un poco más de consideración por la posición de su madre. Pero ésta parecía sobrellevarlo con resignación, lo que no hacía más que acrecentar la lástima que Osuzu le tenía. Cuando Genkaku salía a sus visitas a Osuzu se le ocurría acudir a mentirijillas como: «Padre sale a su tertulia poética». No se le ocultaba que tales subterfugios no valían de nada y cuando veía un asomo de ironía en el rostro de su madre lamentaba que no siguiera inocente, a la vez que se sentía dolida de que su madre impedida rehusara compartir con ella su aflicción.
En ocasiones, tras acompañar a su padre a la puerta, paraba la máquina de coser y se quedaba pensando en aquella casa. Su padre nunca había respondido al ideal de patriarca, ni antes de entenderse con Oyoshi, pero para ella, que era una mujer plácida y de buen natural, aquello no tenía importancia. Lo que sí la preocupaba era que estuviera trasladando poco a poco a la casa que le había puesto a su amante pinturas, caligrafías y antigüedades. Osuzu nunca había tenido mal concepto de Oyoshi, desde cuando servía en la casa; muy al contrario, le parecía una mujer más prudente de lo común. Pero temía que su hermano mayor —un pescadero en un barrio bajo de Tokio— tuviera planeado algo, y se lo imaginaba artero y malicioso. A veces le exponía sus temores a su marido Jūkichi, pero él no le daba crédito ninguno. «No me corresponde a mí hablar con padre», le respondía, dejándola sin argumentos. Luego él mismo hacía algún comentario a su suegra, como de pasada: «Me cuesta creer que papá piense que Oyoshi es capaz de apreciar una pintura de Luo Ping». Pero Otori alzaba los ojos a su yerno y respondía con agria sonrisa: «Es su carácter. ¿No me pregunta a mí que qué me parece tal o cuál moleta de tinta?».
Los recelos de Osuzu se revelaron absurdos con el tiempo. Aquel mismo invierno la enfermedad de Genkaku empeoró súbitamente y ya no pudo continuar sus visitas a Oyoshi, quien se avino con inesperada docilidad a la propuesta de Jūkichi de poner fin a la relación, aunque para ser justos hay que señalar que fueron madre e hija las que establecieron las condiciones del acuerdo.
También los temores respecto del hermano mayor resultaron infundados, porque éste no se opuso a nada: Oyoshi recibiría una indemnización de mil yenes además de una pequeña asignación para la educación de Buntarō, una vez que hubiera vuelto a la casa de sus padres en la costa de Kazusa. Incluso devolvió sin que nadie se lo pidiera los preciosos útiles de té que Genkaku había dejado en casa de la mujer. No contento con eso, dijo: «Por cierto, mi hermana está a su disposición para cuidar del señor en caso de que lo necesiten.» Osuzu no sólo abandonó sus anteriores aprensiones, ahora lo tenía en un altar.
Antes de aceptar, Osuzu había consultado a su madre inválida, lo que sin duda fue un error de cálculo, pues ésta la apremió para que hiciera venir a Oyoshi y a su hijo el mismo día siguiente. Por más que Osuzu trató de disuadir a su madre, temiendo que aquello iba a poner la casa patas arriba, por no hablar del daño que podía hacerle a la propia Otori, ella no quiso escucharla. «De no haberme consultado sería otra cosa, pero una vez que lo has hecho... no me humilla en absoluto tenerla en la casa.» Por otra parte a Osuzu le costaba rechazar de plano la propuesta, tras haber mediado entre su padre y el hermano de Oyoshi.
Así que Osuzu se resignó a aceptar el ofrecimiento; otro error quizá fruto de su falta de mundo. Cuando Jūkichi volvió del banco y su mujer le contó, sus finas cejas amujeradas se fruncieron de disgusto: «La ayuda no nos viene mal. Pero habría que haber consultado primero a tu padre. Si no hubiera estado de acuerdo te habría librado del compromiso.» Osuzu tuvo que convenir en que tenía razón, más consternada todavía. Ahora ya preguntarle al moribundo Genkaku, que como es natural todavía sentía afecto por Oyoshi, no tenía sentido.
Mientras entretenía a Oyoshi y al niño, Osuzu repasaba todo aquello. Oyoshi, sin atreverse a calentarse las manos en el brasero, hablaba intermitentemente, contando de su hermano y de Buntarō. Había recobrado el acento provinciano de cuando llegó a la casa. A Osuzu le provocaba un efecto sedativo, no obstante la vaga desazón de saber que su madre estaba tras la mampara simple de papel, tan callada que ni se la oía toser.
—¿Entonces te quedas una semana?
—Si a la señora le parece bien...
—Pero vas a necesitar una muda de ropa al menos ¿no?
—Mi hermano se encarga de enviar mis cosas esta tarde —contestó, sacando del escote un caramelo para el aburrido Buntarō.
—Si es así, vamos a informar a mi padre. Está muy debilitado ¿sabes? Ahora le han salido sabañones en la oreja que le da la corriente.
Antes de levantarse de delante del oblongo brasero Osuzu, abstraída, recolocó el hervidor: —Madre... —Otori respondió algo con voz pastosa de recién despierta—. Madre, está aquí Oyoshi-san.
Osuzu se levantó aprisa, con alivio, sin mirar a Oyoshi a la cara. Entrando en la habitación contigua volvió a anunciar la llegada de Oyoshi-san. Su madre estaba acostada, con la boca metida entre la bata de dormir, pero levantó la vista y parpadeando exclamó: «¿Tan pronto?».
Osuzu sentía la presencia de Oyoshi tras ella mientras se apresuraba por la galería hasta la habitación independiente de Genkaku, pasando ante el jardín cubierto de nieve. Todavía encandilada por la claridad exterior, al entrar en la habitación cerrada le llamó la atención lo oscura que parecía. Genkaku estaba incorporado escuchando a la enfermera Kōno que le leía el periódico, pero al ver a su hija enseguida inquirió: «¿Es Oyoshi?», con una voz intensa, ronca, casi hiriente.
—Sí, padre, aquí está —dijo Osuzu meditabunda, de pie junto a la puerta corrediza. Luego hubo un silencio tenso—: ¿La hago pasar ya?
—¿Vino sola?
—No.
Genkaku asintió sin abrir la boca.
—Kōno-san, acompáñeme —sin esperar la respuesta de la enfermera salió de la habitación y recorrió la galería a pasitos cortos y vivos. Una lavandera, posada en una hoja de la palma china cubierta de nieve, meneaba la cola arriba y abajo, pero Osuzu ni la vio, agobiada por un presentimiento —dijérase engendrado por aquella habitación cerrada y maloliente— que la perseguía.
Akutagawa Ryūnosuke
No dejen que sus gatos vean telenovelas, puede ser peligroso. 🐱🐈🤣🤣

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
Ha!! :v
“Minha cabeça é um mar extenso, se você for navegar nele irá se perder mas se tiver um mapa .. Não se perderá”
Michele Dias