¡Guata fiestera: ebrio con solo fideos!
La insólita fábrica que convirtió su panza en una destilería clandestina.
¡Afírmense los pantalones, amantes de la jarana y el elixir de los dioses! Imagínate la tremenda suerte —o la peor de las maldiciones— de no tener que gastar ni un solo billete en la botillería para quedar completamente dado vuelta. Suena al sueño del pibe flojo, a la fantasía de cualquier compadre que le gusta empinar el codo el fin de semana, pero para este pobre diablo la realidad se transformó en un vía crucis con olor a caña mala. Vivir una década entera en un terremoto mental constante, arriba de la pelota y sin haber probado un maldito sorbo de cerveza, es una jugarreta que ni el enemigo más despiadado te desearía cuando estás tratando de mantener el equilibrio en la vida. La cosa es para quedar con la boca abierta y la mente dando vueltas. Imagina que te sientas a almorzar bien tranquilo con la suegra, te sirves un plato gigante de fideos con salsa, y a la media hora estás hablando en letras mayúsculas, abrazando al perro y cantando rancheras a todo pulmón. Tu mujer te mira con ojos de sargento furioso, te busca las botellas escondidas debajo del colchón, desarma el ropero entero y no encuentra absolutamente nada. Nadie te cree. Eres el borracho mentiroso del barrio, el tipo que jura por la virgencita que no ha tomado nada pero que apenas puede modular una frase coherente frente a la patrulla policial. La ciencia, que a veces se pone el traje de payaso para hacernos reír, descubrió que este caballero tenía una auténtica destilería clandestina instalada entre el estómago y el colon. Una manga de hongos rebeldes y levaduras fiesteras se apoderaron de su flora intestinal, transformando cada pedazo de pan en un destilado de alta pureza. Cada carbohidrato que tocaba su boca pasaba por un proceso express de fermentación digno de los mejores viñedos del país. El hombre era una fábrica andante, un milagro biológico que ponía a temblar a las marcas de copete más famosas del mercado, pero que lo mandaba directo a la lona de la humillación pública todos los benditos días. Es fácil tomárselo para la risa desde la vereda del frente, compadre. Cualquiera diría que se ahorró una fortuna en pisco y ron, pero la verdad es que el pobre hombre no podía ni subirse a un triciclo sin arriesgarse a que lo encerraran por andar manejando bajo los efectos del alcohol. Ir a trabajar se volvió una ruleta rusa donde el premio mayor era que el jefe te echara cascando por andar con aliento a puerto de madrugada. La desconfianza familiar calaba hondo, destruyendo matrimonios y amistades porque el veredicto social siempre es el mismo: si caminas como pato y hables como borracho, es porque te tomaste hasta el agua del florero. Los médicos se daban cabezazos contra la pared intentando descifrar el misterio de la panza alegre. Le hacían pruebas de sangre, lo encerraban en salas aisladas sin acceso al bar y el tipo seguía marcando positivo en el alcotest después de desayunar unos simples panqueques con manjar. Los expertos no lograban entender cómo el cuerpo humano podía boicotearse de esa manera tan ordinaria, convirtiendo el sagrado acto de comer en una trampa mortal para la sobriedad. Era el sospechoso ideal, el paciente que todos acusaban de tener un escondite secreto en el doble fondo de los pantalones. La tortura psicológica de no ser dueño de tus propias acciones es un peso que aplasta a cualquiera. Sentirse atrapado en una mentira que es completamente cierta te vuela la cabeza. El tipo miraba un tazón de arroz con el mismo terror con el que un cristiano mira al diablo. Comer se transformó en un pecado que se pagaba con una resaca del demonio al día siguiente, sin el placer previo de haber compartido unas rondas con los amigos en la cantina. Una década perdida en la niebla de un alcoholismo involuntario, donde el único culpable era su propio organismo que decidió rebelarse y armar su propia fonda permanente. Por suerte para el protagonista de este circo médico, los especialistas finalmente descubrieron el nido de los hongos insurgentes y le recetaron un arsenal de medicamentos para cortarles el agua y la fiesta. Le cambiaron la dieta por completo, quitándole las masas que tanto amaba y dejándolo a punta de lechuga y proteínas para matar de hambre a las levaduras borrachas. Hoy el hombre por fin puede caminar en línea recta y mirar el horizonte sin que todo le dé vueltas, aunque seguro más de algún nostálgico del barrio todavía extraña ver las insólitas piruetas que hacía cuando su estómago decidía ponerse a fabricar el mejor copete de la región. Read the full article
















