¿Quién lo diría? me había pasado toda la tarde caminando, la fiesta todavía no empezaba, la gente que conocía todavía no llegaba y el sol que brillaba todavía no se apagaba, y ¿quién me vería con esta oscuridad?, ¿quién sería lo suficientemente observador para darse cuenta de que estaba ahí, alrededor de tanta gente? Para empezar, todos en el pueblo me critican, diciendo que no debería vestir las prendas como las visto y que no debería de salir así. El punto de éste relato no es hablar de como soy, si no de lo que pasaría ese día. Después de pasadas las 7, el sol comenzaba a meterse y las estrellas se veían como focos que alumbraban las calles por donde la fiesta daría inicio, las personas comenzaban a llenar las plazas y todos caminábamos a unísono siguiendo el alejado sonido de la música mexicana. Claro, porque soy mexicana, nací en un pueblo pequeño pero con un gran sentido y amor por la danza. Ha habido un poco de distanciamiento últimamente, verán, nosotras las mujeres vestimos con faldas largas y bonitas, junto con blusas despegadas blancas, pero yo y otras mujeres del pueblo quisimos darle un toque distinto a nuestras prendas. Arremangamos las faldas y las hicimos de castor, hicimos nuestras blusas más escotadas puesto que nos hacen ver mejor y les pusimos muy lindos arreglos con lentejuelas y diferentes diseños bordados alrededor de la falda. Una sociedad tan tradicional como la de este pueblo nos motivó a no solo cambiar nuestra manera de vestir. Aparentemente eran mal vistas las mujeres con tales escotes y vestidos llamativos pues atraíamos a cada chinaco de por ahí, pero bueno aquí es dónde comienza todo, después de haber bailado un par de horas, lo vi, a Jacinto; quien era uno de los trabajadores de Don Martínez y siempre le trabajaba las tierras a tiempo y hacía todo lo que el Don le pedía. No quería ser indiscreta, entonces para que me hablara, me paré delante de él, recuerdo bien que vestía de esos trajes abiertos por el lateral de las piernas, con su chaqueta de cuero y su sombreo de ala ancha, y tenía esa mirada pícara que tanto me llamaba la atención. Mi estadía al frente del ya nombrado provocó que se acercara a mí, me tomó de la mano, me sacó a bailar, me dijo lo bella que me veía a pesar de no vestir como las demás chinas del pueblo, y que las trenzas que usaba esa noche adornaban mi cara. Pero no llegó a tanto, Mercedes llegó, y él se olvidó de mí, me dejó ahí parada, sola, en medio de todos. Jacinto, quien creía sería algún día mi pareja, me cambió por otra. Me dejó ahí, y la historia que iba a contar nunca pasó, ningún beso, ninguna propuesta, ningún baile a su lado, pero algo sé muy bien, que mi bella falda de esa noche siempre sería recordada, y sería parte de México siempre.