11 - Se instalan en otros cuerpos
ÂżEra real toda esta relaciĂłn que tenĂa con esta mujer que enamoraba a cada revelaciĂłn, a cada reto? De nuevo me venĂa con esas locuras de que mi percepciĂłn me engañaba al punto de trasladarme a otra realidad, y eso me enloquecĂa. De hecho me trataba de loco. Y me habĂa asaltado con el cuento de que la entrevista habĂa sido un delirio. ÂżUn delirio? Un entrenador hablando de su trabajo, nada mĂĄs. ÂżQuĂ© hay de extraño? Le argumentĂ© que a las preguntas de la rutina diaria del club que Mike me habĂa hecho, yo contestĂ© con lujo de detalles cĂłmo habĂa progresado el Port Vale con la incorporaciĂłn de nuevos instrumentos de entrenamiento. Ahora, ella me dijo que todo eso no se viĂł en la entrevista, y que lo uncio que se pudo apreciar fueron mis palabras cortadas, editadas, y armadas de cierta forma en que parecĂa una entrevista coherente. ÂĄPero si lo fue! SegĂșn ella lo que se vio pareciĂł tan forzado que a veces parecĂa que habĂan armado frases nuevas con mis palabras. Frases que no dije. Sinceramente no querĂa ver tal atropello. Por eso apaguĂ© la televisiĂłn esa noche. PreferĂ ignorar todos los noticieros que se hacĂan eco de mi paso por âTalking to the Misterâ, por SkyBet.Â
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En una cosa tenĂa razĂłn mi ex-traductora: El club me estaba dando muchas oportunidades. No estaba consciente de que mi imagen fuera tan controvertida de cara al pĂșblico, pero si lo era realmente entonces debe haber sido un esfuerzo enorme para una instituciĂłn tan mediĂĄtica y grande como un club de fĂștbol profesional, mantener a alguien que no hace mas que ponerlos en el tapete por cuestiones que exceden lo futbolĂstico. ÂżO acaso les convenĂa? Nunca habĂa llegado a pensarlo. QuizĂĄs la notoriedad que les daba mi ridĂculo comportamiento les servĂa a nivel ventas, o marketing. No lo sabĂa, ni lo sabrĂa despuĂ©s. Lo Ășnico que me interesaba era poder llevar tomo el tumulto de sensaciones que se agolpaban en mis encĂas y mandĂbula, a un papel que pudiera contenerlas. Pronto tendrĂa la devoluciĂłn de un profesional de las letras de España, y eso me entusiasmaba. Mientras tanto habĂa producido en cantidad: Cuatrocientos poemas (algunos empezados, otros terminados) en las ultimas dos semanas. Nunca volverĂa a producir en esa cantidad, pero tampoco lo buscaba. HabĂa faltado dos veces al trabajo en estas semanas y habĂa tenido que soportar las palabras de Smurthwaite diciendo que no me darĂan muchas mas chances. Evidentemente el interĂ©s por el marketing tenĂa un limite. Necesitaban un entrenador probo y yo estaba dejando el trabajo demasiado en manos de Brabin y Norman, mis ayudantes. CuĂĄl era mi funciĂłn entonces Âżuna figura mediĂĄtica? No lo creo. Sea cual fuere la respuesta, se estaban cansando de mi.
No tenĂa forma de solucionar esta situaciĂłn. QuizĂĄs demasiado evidente para el lector: Ir a trabajar y listo. Pero en mi caso, lo fĂĄcil era complicado. Casi que podrĂa asegurar, de manera inversa, que lo complicado era fĂĄcil, pero no en todos los casos. Paso a explicar la afirmaciĂłn en su anverso y su reverso. Lo fĂĄcil me era sencillo, en primera instancia, porque el simple acto de ir a cumplir con los entrenamientos⊠bueno, no podĂa hacerlo. Debo admitirlo, habĂa desarrollado una especie de debilidad por el alcohol y las resacas no me permitĂan moverme de la cama. Eran como un estado de parĂĄlisis. Al otro dĂa no recordaba nada. Me llegaron a decir que habĂa un grupo de hinchas que habĂan armado un grupo de comunicaciĂłn por el cual se organizaban para ir a recogerme al Clayhanger y llevarme a mi casa. Alguno se fijaba si yo estaba y otros me iban a recoger. Y se turnaban. AsĂ es que llegaba a mi casa, casi siempre de forma mĂĄgica. Nunca supe si esta gente era subvencionada por el club o si lo hacĂan por motus propio, aunque prefiero quedarme con la segunda opciĂłn.
Otro de los motivos por los cuales me era imposible cumplir con la cristiana responsabilidad de cumplir mi horario de trabajo, era mis âarranques de inspiraciĂłn contenidaâ, los AIC. Yo los llamaba asĂ porque sentĂa que toda la inspiraciĂłn que me salĂa en aquellas Ă©pocas, era a causa de haber pasado casi toda mi vida abocado al deporte, una actividad no creativa. Entonces, luego de años de no expresarme, las palabras, las imĂĄgenes, estaban pulsando desde dentro para salir, y salieron. Como no paraban de salir, y yo no les iba a impedir que salieran, me pasaba tardes enteras tirado en cualquier rincĂłn de la casa escribiendo. No atendĂa el telĂ©fono, ni el timbre de la casa, ni salĂa cuando escuchaba gritos. ÂżPorque iba a salir yo si podĂa salir otro a ver, o a ayudar? Yo estaba ocupado, seguramente los demĂĄs no. Por eso y mucho mas seguramente me era mas difĂcil, lo que a los demĂĄs le era tan fĂĄcil.
Y por otra parte, lo complicado se me hacĂa accesible, si hablamos estrictamente de lo futbolĂstico. No voy a entrar en detalles que agobien a los lectores que no son seguidores de este deporte, pero lo resumirĂ© diciendo que donde los demĂĄs entrenadores dudaban, por miles de motivos ajenos al fĂștbol, yo  estaba seguro. No estaba seguro de que fuera a salir bien, pero al menos estaba seguro de lo que querĂa hacer. âÂĄPero que seguridad!â me habĂa dicho una hincha desde las gradas en un partido de local, a lo que contestĂ© dĂĄndome vuelta al instante âsi me voy a equivocar, me voy a equivocar seguroâ. La acotaciĂłn vino por un cambio arriesgado que hice faltando veinte minutos para que termine un partido que estĂĄbamos perdiendo dos a cero. Lo terminamos perdiendo tres a dos, pero los dos goles los hizo el juvenil que introduje en cancha y que despertĂł la mencionada sorpresa. En fin. PoseĂa una desfachatez a la hora de hacer mi trabajo (el remunerado, no el ad honorem que era la escritura sin limites) que alegraba a algunos pero incomodaba a otros. Descolocaba a veces a mis jugadores tambiĂ©n, pero entraban a la cancha seguros. No los retaba Âżpara quĂ©? Ellos eran adultos, sabĂan lo que habĂan hecho mal. En algunas ocasiones me venĂan a preguntar (a veces a reprocharme) porquĂ© no les hacĂa una critica. Les contestaba que se las harĂa si me la venĂan a pedir, ya que en ese Ășnico caso yo me darĂa cuenta de que no lo estaban viendo claramente. En caso de que nadie me preguntara, significaba que no tenĂan dudas al respecto. Mis palabras se limitaban siempre a decirles lo que harĂamos en el siguiente partido. En el caso de que haya estado metido en el asunto, durante esa semana. En el caso contrario, no podĂa hacer mas que pedirles que hagan lo de siempre, diciĂ©ndoselos de otra forma. ÂżSentĂa a veces que les estaba faltando el respeto? Si, quizĂĄs, pero mas hubiera sentido faltarme el respeto a mi y a la humanidad, si no sacaba de mi cuerpo esos poemas, que mal o bien, representaban una parte de la conciencia global.
Por supuesto que todo tiene un limite, como se imaginarĂĄ el lector lĂșcido. El limite llegarĂa pronto. Esa noche, del dĂa en que recibĂ impactos de lata en mi espalda por parte de la traductora barra bailarina, serĂa el motivo de una de mis peores mañanas y tardes. PasĂ© a la tardecita por el club por cuestiones administrativas, tratando de ocultar mi rostro lo mas posible para que nadie me reconociera ni me reclamara no haber ido al entrenamiento de ese dĂa, y me quedĂ© charlando con uno de los âcancherosâ. Nunca supe el nombre de esa profesiĂłn en England, pero yo les decĂa cancheros y a ellos parecĂa gustarles. El caso es que los vi haciendo su trabajo con las maquinas esas, cortando y emparejando el cĂ©sped natural de nuestra cancha y seguĂ hasta las oficinas donde debĂa firmar unos papeles. Al volver por el mismo sitio se habĂan acercado a esta parte por la cual debĂa volver y uno de ellos me preguntĂł cĂłmo andaba. Le dije que bien y seguimos hablando del equipo y de algunos jugadores en particular. Sobre todo Julius estaba mas interesado, el mayor y mas experimentado de los tres. Los demĂĄs aprovecharon el parate para descansar y limpiar las escobillas de las maquinas. Juluis era un hombre que tenĂa las marcas de su trabajo en el rostro, y la marca de años que aun no habĂa vivido. Como si cada uno de sus años le hubiera valido por mil. Me hablaba y sus ajadas y oscuras mejillas bailoteaban con la holgura que da la experiencia. No le faltaba razĂłn a lo que me decĂa pero le entreveĂa un aire de sermĂłn. Le expliquĂ© cĂłmo me habĂa conectado con la poesĂa y le prestĂ© un libro de Rilke que estaba leyendo pero que no podĂa terminar de digerir. Me dijo que no prometĂa leerlo, pero que lo intentarĂa. Me dijo que no agarraba un libro desde la dĂ©cada del ochenta, cuando tuvo que aprender como funcionaban las nuevas maquinas de cortar cĂ©sped a travĂ©s de los anchos manuales. Me sugiriĂł, sobre el final de la charla que el alcohol tambiĂ©n lo habĂa atrapado a Ă©l, pero a fuerza de apoyo familiar habĂa salido adelante. âY el Club tambiĂ©n me apoyĂłâ agregĂł. El tambiĂ©n quedĂł resonando en mi interior un rato largo hasta que comenzĂł a sugerirme que probara algo diferente. Julius era yankee, y su color mestizo se debĂa a que era descendiente de apaches. AllĂ, segĂșn me contĂł, habĂa hierbas que permitĂan conectarse con la âinspiraciĂłnâ (dijo esto haciendo las comillas con sus dedos) que habĂa en otros lugares, y que sin esa hierba era imposible de alcanzar para un ser humano. Para sumar un condimento a favor de esta hierba, agregĂł que no generaba dependencia como el alcohol y ese era su principal motivo para recomendarmela: âPara que te alejes de los vicios destructivos, esto no te aferra, y te elevaâ En ese momento morĂa por saber quĂ© palabra hubiera usado en lugar de âinspiraciĂłnâ de haber estado hablando con alguien en total confianza. Aunque supongo que de no haber confiado en mi no me habrĂa recomendado esa hierba. Lo acompañé hasta el cuarto de ellos, los cancheros, donde dejaban sus pertenencias y donde se guardan las maquinas e insumos quĂmicos para cuidar el cĂ©sped, y sacĂł de su mochila una bolsa de papel madera con unas hojas secas.  Me la ofreciĂł y me dijo que debĂa inhalar su humo. Me entusiasmĂł de entrada. Esa noche experimentĂ© un vuelo nuevo, y alcancĂ© la âinspiraciĂłnâ.
La alarma sonarĂa al otro dĂa a la hora habitual y, como tambiĂ©n era habitual, no la habĂa escuchado. Ocho horas despuĂ©s, cuando mi cuerpo ya comenzaba a sentirse descansado, me despertĂ© pero con el sonido de una llamada. No serĂa Isabel, ya que me habĂa sentenciado con un âQue te denâ la Ășltima vez que nos habĂamos visto. Amaba cuando se le escapa una gallegueada. En este caso era Julius. Recuerdo su voz y recuerdo que le comentĂ© algunas cosas de las que experimentĂ© con su hierba, pero no pude recordarlas hasta que Ă©l mismo me las dijo unos dĂas despuĂ©s: âdijiste algo como que habĂas sentido un tren, o algo asĂ. Lleno de payasos que iban al infierno. Te hablaban en tono venezolano. Luego me dijiste que eso era un sueño y que despuĂ©s de que terminaras de hacer la cola para pagar me contarĂas lo de la hierbaâ. Cuando le confesĂ© que lo habĂa atendido estando acostado en mi sillĂłn, rio por una semana al menos. QuĂ© buen hombre.
Un par de horas despuĂ©s golpearon a mi puerta con furia e insistentemente. EscuchĂ© los golpes pero reaccionĂ© con calma; seguramente serĂa alguien que venĂa a reclamarme algo o a demandar mi presencia en el mundo de los mortales, despojado de la lĂrica. Mientras tanto, terminaba de tachar algunas lineas de las que habĂa escrito la noche anterior, por considerarlas demasiado delirantes (si, delirantes incluso para aquel yo). Estas eran producto de un delirio provocado pero controlado (por quiĂ©n, no sĂ©) con la hierba que me habĂa sugerido Julius. Las palabras habĂan aflorado de una manera sobrenatural (o subnatural) pero ya lo leerĂĄn con sus propios ojos. Una vez que terminĂ© de tachar las lĂneas que mas me molestaban de esos versos, me levantĂ© y me percatĂ© de que ya estaban tratando de forzar la puerta. Mientras me habĂa encontrado esos pocos minutos tirado en el living tachando con fuerza las lĂneas perversas, me habĂan estado observando por ventanas mal cerradas las cortinas pero no me molestĂł. HabĂan golpeado puertas, ventanas, con fervor, pero no me molestĂł. HabĂan tratado de entrar por puertas, por ventanas, por verja de patio, y no me molestĂł. HabĂan tratado de entrar en mi conciencia, me habĂan⊠Nada me molestaba como ese verso que decĂa ânada de esto es realâ, y lo tachĂ© hasta rayar el piso de parquet. AbrĂ con toda tranquilidad y con el fuerte dolor de cabeza que me provocaba la luz del sol mezclada por supuesto con el humo de aquello. Las palabras que me escupieron en la cara los dos miembros de la comisiĂłn directiva que me fueron a buscar me aturdieron tanto que no pude escucharlas. Mi nivel de volumen estaba tan bajo en mi introspectiva bĂșsqueda del verso perfecto, revolviendo papeles de la noche anterior, que al escuchar gritos directamente contra mi cara, los receptores se saturaron. Les preguntĂ© que querĂan y me contestaron:
â ¿¥Es que sos idiota!? Norman estĂĄ al frente del equipo. Estamos jugando con un partido en este preciso momento, en el que vos te estas despertando, acĂĄ, al pedo, en tu casa! â La camisa parecĂa que le iba a explotar, pero la corbata lo ahorcarĂa primero â Subite ya mismo a ese auto que vas a dirigir este partido. Y rezĂĄ para que no sea el Ășltimo.
âPrefiero guardar los rezos para cosas mas importantesâ pensĂ©.
Fui a buscar mis cosas, mientras uno de ellos entrĂł y me preguntĂł:
â Y⊠¿QuĂ© es ese humo? â miraba por doquier buscando la fuente del humo, no la encontrarĂa â Demonios, estĂĄ lleno de humo ÂżEstĂĄs fumando hierba? ÂżO es que estĂĄs haciendo rituales chamĂĄnicos?
â Dejalo â dijo el otro en vos muy baja, tratando de que yo no escuche â si esta haciendo un ritual, no tardarĂĄ en venir con una daga y sacrificarnos.
Ambos rieron. Pero en sus risas habĂa algo que me sonaba extraño. Incluso a mi.
VolvĂ al living con mi bolso de entrenamiento y subimos al auto. Ninguno de los dos hacĂa ningĂșn comentario, como si estuvieran avergonzados de sus propios actos. No se sentĂan en condiciones de reprocharme nada. Estaba totalmente invadido por el humo desde la noche anterior, por lo que no pude oler si ellos habĂan quedado impregnados de ese amargo aroma, pero lo que si pude hacer es ver que de sus ropas se desprendĂa un suave humo blanco que contrastaba claramente con el tapizado negro del coche en el que Ăbamos. Ăbamos en total silencio.
Era extraño. Esperaba un sermĂłn de todo el camino, o noticias del partido, o directamente una invitaciĂłn a renunciar, pero nada. Se miraban entre ellos, que iban ambos en la parte delantera del auto, y nada. Solo leves gestos de humor. Todo quedarĂa claro unas cuadras despues cuando, en una de esas esquinas conflictivas que tienen las ciudades, hubo una fuerte frenada y casi nos estampamos contra una Hammer.
â ÂĄPero quĂ© haces pedazo de imbĂ©cil! â GritĂł mi conductor, mientras el copiloto no podĂa aguantar la risa â Me va a conocer ese idiota.
Y dio media vuelta con el auto, dando un coletazo en medio de la calle y se puso a seguir al Hammer.
â ÂĄPero que haces! Tenemos que ir al partido â le gritaba el copiloto envuelto en risas frenĂ©ticas y que no podĂa contener â ÂĄNos estĂĄn esperando, tenemos que llevar al mĂster! Deja a ese imbĂ©cil, ya te debe haber escuchado.
â ÂĄNo! No me escuchĂł, ÂĄme va a escuchar!
Se adelantĂł por el carril contrario y lo siguiĂł a la por varias cuadras, teniendo con un brazo el volante, y abalanzandose sobre su copiloto para mirarle la cara a su perseguido, y gritarle cosas incongruentes, de una ira que no se condecĂa con las risas de ambos. La situaciĂłn pasĂł a ser surrealista. Hasta estaba sintiendo la necesidad de estar lo antes posible en el partido.
Me llamĂł la atenciĂłn lo caprichosa que podĂa ser a voluntad humana. Isabel no se hubiera sorprendido en absoluto, porque lo hubiera atribuido a mis caprichos, no a la voluntad humana. ÂżConveniencia de mi parte? QuizĂĄs. Era caprichosa esta voluntad hasta el punto de hacerme faltar a varios entrenamientos en la semana de un partido importante, y ahora empujarme casi desde el interior de mi pecho par ir al partido, a hacer mi trabajo, ahora que me estaban privando de ello. Todo muy adolescente, me dije. DescartĂ© la idea. Me quedĂ© con "lo caprichosa qe podĂa ser la voluntad humana"
âHey, señor âle dije a mi conductor âapĂĄrquese por favor.
âOh, mira quiĂ©n hablĂł, el demente del club âme dijo con sorna, gritando como si estuviĂ©ramos envueltos en ruido. La situaciĂłn lo ameritaba pero mas por el nivel de estrĂ©s y frenesĂ que por el volumen. Un coche de policĂa nos habĂa empezado a seguir.
âNo te lo preguntĂ© âle gritĂ© mas fuerte, tratando de generarle el mayor miedo posible, y si imponerme âTe lo estoy ordenando. Estaciona a un costado. Tengo que ir a hacer mi trabajo. Estaciona que yo me encargo de la policĂa.
DejĂł el carril contrario y se estacionĂł como le indiquĂ©, sin objetar palabra. Con la sumisiĂłn de alguien que se sabe en un estado de descontrol. Me bajĂ© del auto antes de que terminara de detenerse y le abrĂa la puerta al conductor de un golpe.
âQuĂ© te dije, Samuel? âle gritĂ©, sacando de mi interior al actor que tenĂa guardado desde las Ă©pocas del fĂștbol amateur âCuantas veces te lo dije? Me prometiste que si salĂamos a manejar te portarĂas bien. TendrĂĄs que hablarlo con la doctor Jenkins mañana. No puede ser que siga pasando esto! Con la fortuna que me gasto!
âPerdĂłn, estĂĄ todo bien? âpreguntĂł el policĂa que habĂa estacionado detrĂĄs nuestro y ya avanzaba cerca nuestro. Mientras el confundido conductor se bajaba de auto lentamente, en actitud de sumisiĂłn.
âSi, oficial ârepliquĂ© de forma mas calmada, acomodando mis cabellos âes que cometo el error de confiar en mi sobrino, pero siempre me hace lo mismo. No se preocupe, le prometo que no volverĂĄ a pasar. Si nos permite nos iremos por donde vinimos.
Se inclinĂł para ver al acompañante que de milagro estaba conteniendo esa risa convulsa que les habĂa provocado el humo acumulado en mi casa. MirĂł con desconfianza, pero no objetĂł razĂłn alguna. SiguiĂł con la vista cĂłmo se subĂa a la parte de atrĂĄs mi supuesto sobrino con problemas psiquiatricos, y me hizo un gesto para que sigamos circulando. Mientras terminaba de sentarme en el coche, me gritĂł
âPero que no se vuelva a repetir. Y vaya a la doctora Heather, yo he llevado  mi hijo allĂ por su problemita de... âe hizo u gesto circular sobre su sien de locura ây nos ha ayudado un montĂłn.
âGracias por el concejo âdije y y me alejaba de allĂ ya para dirigirme a ganar ese partido.
Los delanteros lo estaban haciendo bien. RecibĂan la pelota de espaldas y trataban de darse vuelta para encarar el arco contrario. Les dije que se dividieran y que uno de ellos vaya por las bandas. Los volantes lo estaban haciendo relativamente bien, tambiĂ©n. Eran cuatro y no tres como planteaba yo en mis prĂĄcticas, por lo que tenĂan mas "material" para trabajar en el medio campo. No pasaban por las bandas, pero al menos los que debĂan defender lo hacĂan con entrega. Les gritĂ© que activaran la visiĂłn de ataque. EstĂĄbamos perdiendo 2-0. Los defensas pasaban ahora mas al ataque y quizĂĄs eso nos haya dejado vulnerables al volver en los contraataques del rival, y asĂ habĂamos recibido dos goles. Les dije que sean conscientes de lo quĂ© hacĂan sus compañeros de saga, y que actuaran en consecuencia. Todo funcionaba relativamente bien, ahora. Con un par de ajustes el funcionamiento habĂa mejorado en diez minutos. Y aun faltaban veinte por jugar.
No era un partido especialmente trascendente. Nos darĂan tres puntos por ganarlo, como cualquier otro, y no estĂĄbamos ni cerca de la mitad de la temporada, pero el rival era de esos a los que hay que ganarles. La gente pide ganarle a estos rivales. Era un histĂłrico de nuestra categorĂa y siempre, siempre le ganaba al Port Vale. Nos habĂa eliminado en la Ășltima FA Cup, y se fue generando una especie de clĂĄsico, o derby, como le llaman ellos.
AsĂ , el marco era especial. Especial como lo es un final inesperado pero lento. Especial como lo es perderse sabiendo que no hay un peligro mas que el de tener tiempo de meditar. Especial como dejar de  hablar con alguien que te hacĂa bien, se quien fuere. Especial como ser el indicado para un trabajo que no podes hacer bien. AsĂ de especial era el marco que rodeaba a mis jugadores, a mi cuerpo tĂ©cnico y a mi. Los cantos de nuestra hinchada se escuchaban especialmente claros, por la claridad que da pronunciar con fervor las palabras de guerra en medio de la contienda. HabĂa mas banderas, habĂa mas pĂșblico. El partido era intenso aun estando en su parte final. Los jugadores parecĂan sentir tambiĂ©n esta reciente rivalidad creada, y jugaban en consecuencia. Como si llevaran la bandera del Port Vale. QuĂ© digo, la llevaban. La camiseta que tenĂan puesta, enteramente transpirada, era la bandera. Y lo estaban dejando todo. Fue mas lo que pude hacer observando y nutriĂ©ndome de todas esas sensaciones que tiene el fĂștbol, que lo que realmente les pude gritar desde el banco. Me limitĂ© entonces a contemplar.
Por lo demĂĄs, en lo extra futbolĂstico, el mundo seguĂa girando y el aire era nocivamente puro. Las palomas seguĂan haciendo sus cosas de palomas, pero procurarĂa no mirarlas demasiado. La mujer juez de lĂnea que correteaba por la banda junto a mi, tenĂa un cabello rubio tirante espectacular y, dependiendo de cĂłmo le diera el sol y el reflejo de unas chapas de un carrito de golf, se le generaban mechones blancos, resplandecientes: mechones de luz. Dos poemas salieron de allĂ, cuyos nombres me avergĂŒenza recordar. Supongo que mirar al yo del pasado y verlo como alguien patĂ©tico es parte de un crecimiento. QuizĂĄs deba revisar esto mas tarde.
âÂżEstĂĄs bien, Cristian? âme preguntaba Norman, ahora sentado en el banquillo.
âSi, ÂżporquĂ©?  ¿estoy gritando mucho?
âEs que te estĂĄs tambaleando. Te sale humo de la ropa. ÂżQuieres ir al vestuario?
âPor favor, no exageres, estoy perfectamente. Los jugadores estĂĄn comprendiendo las directivas.
Me darĂa cuenta ese dĂa, en ese momento, y de la peor manera, de que asĂ como habĂa muchos simpatizantes del club que me adoraban por lo original y desfachatado, por la impronta fresca y nueva que le daba al banco del Port Vale, algunos me odiaban y no solo pedĂan mi renuncia o despido, sino que casi que pedĂan mi cabeza. Y esto a pesar de estar por encima de la mitad de la tabla, cosa que no vivĂa el club desde hace muchos años.
Mientras estaba señalĂĄndole al arbitro la zona en la cual se habĂa cometido una falta que no habĂa visto a nuestro favor, algo me impactĂł en la cabeza. Era una lata de cerveza vacĂa que cayĂł cerca de mis pies. Y no era mĂa en este caso, y no me la habĂa lanzado Isabel tampoco, ni un simpatizante del club rival, sino un hincha de nuestro club. Me di vuelta para ver de donde habĂa venido, y me alcanzĂł para evadir una botella de plĂĄstico de agua, casi llena, que casi me saca un ojo. La pude evadir. Las papas fritas no, porque vinieron de un costado. La gente comenzaba a sumarse a esa lluvia de comida e insultos. A esa humillaciĂłn. Nunca sentĂ sensaciĂłn tal en mi vida. Nunca me habĂa tocado tener que digerir tal circunstancia. Un montĂłn de gente, mujeres, hombres, ancianos y niños, jĂłvenes, se agolpaban en las gradas de la platea que daban justo por encima de nuestro banco de suplentes a gritarme cosas horrendas, a invitarme a que me vaya del club. Que el club necesitaba gente seria, que el club no era un neuropsiquiatrico, que tome las pastillas, que me mande a internar, que le deje el lugar a gente sana, que me vuelva a mi paĂs, que el mĂster del club debĂa ser inglĂ©s, y muchas otras cosas irreproducibles. A la vez que mis oĂdos se llenaban de esta basura recibĂa en cara y pecho y en mi alrededores vasos de cerveza, botellas de cerveza de vidrio, de plĂĄstico, papas fritas y hamburguesas a medio comer. Y yo, consternado, no dejaba de mirarlos, atĂłnito.
En ese momento pensĂ© en las palomas que parecĂan gĂĄrgolas testigos desde las cumbres de una ciudad de ornamentos gĂłticos. Aquellas mismas espectadoras desinteresadas que giraban sobre su propio eje, dando algo asĂ como pases de baile sobre una estrecha superficie, estarĂan una vez mas presentes en el espectĂĄculo que tampoco les interesaba, porque sus existencias dependĂan de otras cosas. Los seres de piedra viva que comenzaban a moverse saliendo de su solidad estaticidad ÂżquĂ© preguntarĂan al ver esta escena en la que me humillaba mi propia gente? SerĂan testigos pasivos, o quizĂĄs pasarĂan a la acciĂłn generando con sus decrepitas alas una especie de barrera que me protegiera de los proyectiles. Era yo la paloma ahora. Pero no me estaba moviendo. Yo era el testigo de la escena que trataba de hacerme protagonista. Pero la piedra que me componĂa tardarĂa en volverse carne. Y dentro, el alma se sacudĂa agrietando en mil hendijas, con mil cosas que decir, explicaciones para repartir, y perdones en general. Un lento modo de vibraciĂłn comenzaba a despertarse en mis tripas.
HabĂa perdido nociĂłn de lo que sucedĂa en el partido. De hecho, le estaba dando la espalda a la cancha. Evidentemente, al arbitro y a los jugadores no les pasaba inadvertido lo que sucedĂa a un costado y estaba comenzando a entorpecer el espectĂĄculo, ya que muchas de las cosas que volaban hacia mi, entraban a la cancha y afectaban la carrera de los jugadores. AdemĂĄs de que estaba en riesgo mi integridad fĂsica, en ultima, ultimĂsima instancia. El arbitro se acercĂł al trote hasta la zona en la que empezaba la alfombra de comida y bebidas, y pitĂł a la gente para que se detuviera. No hubo caso. Mis players de la cancha se acercaron, aĂșn en la zona en la que podĂan ser alcanzados por comida (de hecho muchos de ellos los sufrieron en sus caras) y en un gesto de humanidad infinita intentaron calmar a las fieras. Los jugadores con los que habĂa compartido todos esos entrenamientos, los buenos y los malos, los que me habĂan encontrado en mi mejor forma, y los que me habĂan visto flaquear y en malas condiciones, ahora me defendĂan de los hinchas del club que representaban. Tomaban posiciĂłn del lado del tĂ©cnico. No podĂa estar mas orgulloso de ellos. No serĂa esta la mĂĄxima sorpresa del dĂa.
Pero a pesar de ese esfuerzo por parte de los jugadores, la gente no se calmĂł. Siguieron con los gritos, y el partido fue suspendido por unos instantes hasta que la parcialidad local desistiera de esa actitud agresiva. AhĂ fue cuando mis piernas ya no pudieron sostenerme. Mi cerebro dejĂł de saber lo que debĂa hacer, y no supo si debĂa mantenerme en pie o dejarme caer. Mi corazĂłn no sabĂa si seguir latiendo, o dejarme morir. CaĂ al suelo mientras la voz del estadio decĂa "atenciĂłn, se pide a la parcialidad local que deje que el espectĂĄculo se desarrolle con normalidad, o obligarĂĄ a la seguridad del estadio a tomar cartas en el asunto."
ApagĂłn.
âLos concejos dirigenciales de los clubes de fĂștbol, en este nivel de profesionalidad, no pueden desoĂr la voluntad de sus socios. No se pueden dejar de lado las opiniones que se vienen reiterando asiduamente durante los Ășltimos tiempos. Era una medida que venĂamos manejando, pero que un evento en particular le ha dado vĂa libre para su continuidad. Si, claro que esto es nuestra exclusiva decisiĂłn, y no ha tenido lugar antes porque no somos tan matemĂĄticos ni frĂos como la gente cree. EscuchĂĄbamos a una gran parcialidad de nuestra gente que lo apoyaba, y que estaba esperanzado en su recuperaciĂłn. Pero, lamentablemente, nuestro club y la seriedad del mismo, sus objetivos a corto y largo plazo, esta por encima de cualquier individualidad, y todos nos hemos tenido que acomodar en diversas circunstancias. Si, estĂĄ hecho. No hay vuelta atrĂĄs.â
âMĂster â escuchaba una voz lejana, que insistĂa en hablarme â MĂster, hey. ÂżEstĂĄs ahĂ?
âTranquilo, ya contestarĂĄ â otra voz sonaba mucho mas relajada, sabia â Ha tenido una descompensaciĂłn. Ha sido un shock difĂcil para Ă©l. Hay que darle aire.
â DifĂcil que tenga aire con la cantidad de gente que hay acĂĄ adentro.
âNo se van, ya les dije â me pareciĂł Montaño, el colombiano y su rĂșstico inglĂ©s, casi tan rĂșstico como el mio â No los puedo obligar. Creo que se lo van a decir ahora. No pueden hacerlo...
âEso es cierto. No tienen derecho. Creo que tampoco podemos evitarlo.
âAlgo se tiene que poder hacer â replicĂł con ternura el moreno.
âHasta inconsciente sigue haciendo espectĂĄculos y llamando la atenciĂłn.
âShh⊠Se estĂĄ despertando, ha movido los parpados. Señor Cristian, ÂżMe escucha?
De a poco me sentĂa en condiciones de contestar. Las luces comenzaban a aparecer, y la incomodidad del banco de tablas en mi espalda me generaban deseos de erguirme y ver lo que sucedĂa al rededor. Un adelanto ya habĂa tenido, pero debĂa enfrentarme de lleno a la tormenta.
â Qué⊠¿QuĂ© pasĂł? ÂżGanamos? â Me levantĂ© con ayuda de Nathan Smith que estaba allĂ, y de un doctor que jamĂĄs habĂa visto. Montaño estaba tambiĂ©n, feliz de verme recuperado. Pude sentarme y contemplar de a poco la escena, adaptĂĄndose mi visiĂłn a la luz blanca, pura y artificial del vestuario local.
â Empatamos, mĂsterâ contestĂł Pope que estaba un poco mas atrĂĄs, en el revuelto de gente que intentaba ver mi estado â PregĂșntele al negro.
Montaño le dio un empujĂłn al delantero inglĂ©s, y ambos rieron. â Estaba aquĂ para decirle que metĂ el gol del empate, mĂster â Dijo tĂmidamente el moreno, en un español simpatiquĂsimo, que hacĂa dĂas no escuchaba â No querĂa perderme su recuperaciĂłn para contĂĄrselo yo mismo. ÂżCĂłmo estĂĄ?
â Bueno, ahora que me decĂs que metiste un gol, puedo morir feliz â Solo el y yo reĂmos, y Pope, nervioso, agregĂł en cavernĂcola español.
â Bueno, bueno, gracias, ingles, por favor, ingles.
â Dijo que tengas cuidado que te puedo sacar el puesto â bromeĂł Montaño, defensor, con Pope, delantero y goleador del team.
El doctor revolvió los bolsillos de su bata y sacó una de esas linternas pequeñitas.
â Es bueno verlo de buen humor â comenzĂł diciendo, a la vez que me invitaba a abrir bien los ojos â ha sido un momento duro el que ha vivido.
â Digame que es hincha de los valiants, doctor â le dije mientras me apuntaba con la penetrante luz en las pupilas para revisarme.
â Lamentablemente no. SI le dijera de quĂ© club soy, morirĂa apaleado dentro de este vestuario â sonriĂł detrĂĄs de su tupido bigote entrecano â Aunque debo agradecerle su participaciĂłn en el incendio de mi amigo Christopher, y de su familia.
â Oh, Dios. QuĂ© punterĂa la mĂa. Un hincha del Stoke aquĂ, devolviĂ©ndome la vida.
â Bueno! â dijo el medico poniĂ©ndose de pie â no me venda de esa forma, señor Pueblos!
â Tranquilo, aquĂ no se respiran esos aires de violencia. Nuestro fĂștbol es diferenteâ y mientras decĂa esto fui bajando la vista, temiendo que mis palabras estuvieran, como nunca, fuera de lugar. Como situadas en un tiempo diferente, en una realidad alternativa. Y extrañamente, fue una sensaciĂłn conocida.
â Bueno, lo lamento â el semblante del doctor cambiĂł drĂĄsticamente, y desde su altura se inclinĂł hacia la multitud que habitaba el vestuario, de entre la cual salieron dos miembros de la dirigencia del club. Pope y Smith intentaron detenerlos, y al ver que era inĂștil, se retiraron con gestos de fastidio. Se apartaron para no ser parte de esa canallada.
â Pueblos â comenzĂł el mas petizo de los dos, mientras me extendĂa un sobre con el membrete del club â ahora que se ha repuesto, tenemos que comunicarle que a partir de este momento deja de ser el director tĂ©cnico del Port Vale FĂștbol Club, dejar de ser parte del fĂștbol club, del Port Vale fĂștbol club, y la gente se va yendo, y dejar de ser parte de, dejar el club, dejar en este momento, en este preciso momento, despuĂ©s de empatar, despuĂ©s del gol de Montaño que me espera para decirme que habĂa hecho un gol, al salir, quĂ© pocos autos de jugadores, casi ninguno salvo los que esperaron, la gente no me esperĂł salvo algunos, salvo los que me felicitaban, y los que me deseaban una pronta recuperaciĂłn dejar de ser parte del fĂștbol, dejar, a partir de este momento, y el doctor, que se levanta y se da vuelta, y hace una seña, y los jinetes del sicalipsis ahora son dos, los demĂĄs estĂĄn con la resaca del humo, dejar de ser parte, a partir de este momento, Pope, Smith, Montaño, el colombiano, que puso el empato, no me venda de esa forma, señor pueblos, no me venda de esa forma señor Cristian pueblos que deje de formar parte en este instante, no me venda de esa forma, debilidad, no me vendas, inconstancia, no me vendas de esa forma, esperemos que se recupere, necesita aire, soy hincha del Stoke, gracias por ayudar a cruzar a mi abuela el otro dĂa, porque el incendio no existiĂł jamas, para dejar de ser parte, en este momento, nadie quedaba cuando me iba, no hay autos de jugadores, no hay autos de hinchas, ellos andan caminando, dejar de ser parte, hay que esperar, hay que darle aire, no me vendas medios de comunicaciĂłn, aquĂ te espera Michael, de Skybet, Cristian, por favor, no le tengas, rencor, ÂżestĂĄ aquĂ? Si, te espera para preguntarte sobre⊠esto, las paredes no van a caerse Cristian, estas listo para algunas preguntitas, solo avisame cuando estĂĄ grabando la cĂĄmara, dejar de ser parte del fĂștbol, tenemos entendido que le acaban de informar, vos y cuantos mas, ÂżperdĂłn? Que vos y cuantos mas tienen entendido, bien, si me deja continuar, que le acaban de informar que acaba de ser despedido, oh por dios, agĂĄrrenlo, sos un hijo de puta, sorete, mercenario del sistema, por culpa tuya el fĂștbol es un comercio de unos pocos, el nuevo circo romano, pedazo de mierda, Cristian por favor, calmate, queda mucha gente aun en el club, unas pastillas, una cada ocho horas, el humo, de quĂ© era, decime, estamos acĂĄ solos, decime, tu madre, Cristian, falleciĂł hace muchos años, lo tuyo es, dejar de ser parte del fĂștbol, dejar de ser parte de nosotros que te toleramos, queremos dejar de ser parte de los que te toleran, no me vendas de esa forma, Michael, no me vendas como el director tĂ©cnico argentino con trastornos neurolĂłgicos, u obsesivos, dejar de ser parte, no me vendas como el pobrecito, los hashtags no aparecen, tienen gente para eso, todos los clubes, el Chelsea, el Manchester, Cristian soltalo, vino a ver si estaba todo bien, lo escuchĂł por la radio, Cristian soltalo, policĂa, por favor, se estĂĄn peleando, dejalo Walcott, el humo era muy amargo, no era marihuana Cristian, vos te querĂ©s matar, ahora supongo que sos mas libre, hasta quĂ© hora esta abierto, los papeles, no estĂĄn, los papeles, ÂĄLos papeles! Mi cuaderno, no estĂĄ, hasta que hora, ok, ah, no cierran, si soy yo, no tranquilo, estoy bien, ahora voy para allĂĄ, bueno, si, todo el mundo lo vio, creo que no es ninguna sorpresa, ahora lo hablamos, voy para allĂĄ, para mi lo de siempre, dejar de ser parte de los alcohĂłlicos de siempre, y dejar de ser parte de los delirios de alguien mas, o dejar de ser parte del fĂștbol, que es ese delirio de alguien mas que soy yo, ella sigue detenida Cristian, no nos habĂas dicho nada, el club dispone de fondos para estas cosas, no nos dijiste nada, ella dice que la fuiste a saludar varias veces, pero no nos dijiste que seguĂa en la comisarĂa, te tendrĂan que haber dejado adentro a vos, no sĂ© qĂ© hiciste, me lo dio el canchero, el de la coleta blanca, ese que es descendiente de indios americanos, no se de que hablas, no hay ningĂșn canchero asĂ acĂĄ, solo los gemelos, hijos de Pumpkin, el secretario, y esos niños son mas sanos, te digo que el viejo me lo dio, y no te lo habrĂĄ dado tu ex, que vino a visitarte hace unos dĂas, no tengo ex, que vino a decirte lo de tu padre, dejar de ser parte de este plano de sufrimiento, donde la gente muere, venimos a informarte que dejas de ser parte del planeta, pasas a ser parte de la eternidad, cajones, lapices, lapiceras, de todo menos los papeles, paredes, cuadros a la basura, si, los tirĂ©, no sĂ©, no recuerdo haberme vendado la mano, el alcohol, que me cicatrice por dentro y por fuera, no tengo fuerzas ni para reĂrme, todas, si todas las paredes, no dejo nada sin escribir, lo tengo que entregar limpio el mes que viene, si, el club le rescindiĂł el contrato y ellos son los que pagan, todo escrito, no sĂ© esta en español, mi hija que entiende español dice que decĂa siempre lo mismo, algo como âsoy solo poesĂaâ enfermisamente escrito, en diferentes tamaños, con faltas de ortografĂa diferentes en cada intento, mal escrito y a veces inentendible, en algunas partes escrito, dejar de ser parte del plano real, escrito con furia, remarcado, del plano plano y pasar al plano curvo, como eran esos versos, el libro que te preste, yo le di mi telĂ©fono para que buscara no se que, y lo destrozĂł, siempre lo vienen a buscar los hinchas del club,  a veces los del Stoke, y a informarte tambiĂ©n que tenemos una serie de compromisos estipulados de protocolo, Cristian dejalo, Señor Pueblos, dĂ©jelo, Dios, mio quĂ© escĂĄndalo, no nos va a dejar tranquilos nunca, le estĂĄ pasando otra vez, estĂĄs bien Michael, ese tipo es un imbĂ©cil, pero tengo lo que querĂa, el material para enterrarte definitivamente pedazo de escoria sudamericana, y en la bañera, y en le patio todo lleno de botellas y latas de cerveza, la heladera era un caos, no hay estacionamiento, esta bien, voy solo, otra por favor, si, estoy bien, no nadie, no espero a nadie, que me han despedido, pero dejame llegar a casa que tengo que escribir algunas cosas, le he contestado a tu colega, no estoy para notas, si le haces entrevistas a los tĂ©cnicos busca uno, yo ya no lo soy mas, y par encontrar ese papel tapiz ahora, era herencia de mi abuela escocesa, no se consigue mas, todo escrito, que desgracia, y parecĂa tan serio, no le des mas, tengo que servirle, no parece alterado, otra por favor, dejar de ser parte de las expectativas ajenas, dejar de ser parte, pero cuando, cuando fue, porque no me avisaron, y porque me avisas vos, Cristian por favor, estoy de paso hacia argentina, ya sabĂas que yo vivo en Londres, vos insististe para venir, yo hice lo posible, Laura, andate, no me podes decir, estaba mal Cristian, tus hermanos te estaban llamando, otra por favor, âsoy solo poesĂaâ dejar de formar parte, a partir de este momento, y que ademas mañana debes dar una conferencia de prensa, abierta a preguntas sobre tu salida, hemos decidido aceptar tu renuncia, dejar de ser parte, no me vendas como el ladrĂłn bueno, San Dimas, âsoy solo poesĂaâ otra por favor, si, doble, porque no me avisaron, ÂĄmis papeles! No, no me quiero ir, andate, venĂ! Soy solo poesĂa, no entendĂ©s, Laura, no se de que me hablas, no necesito ayuda de nadie, Andate o te mato, me estas alterando, otra por favor, me estas siguiendo? Si, me acaban de echar, gente! AcĂĄ todos estĂĄn esperĂĄndome, sepan que he hecho lo posible pero ustedes vieron lo que sucediĂł, Cristian por favor, otra por favor, dejar de ser parte, para siempre, del fĂștbol, ustedes vieron que parte de los hinchas en la cancha, con las gĂĄrgolas de testigo y mis players, con nuestro fĂștbol poĂ©tico, soy solo poesĂa, me acaban de decir que me vaya, Cristian, vamos, no hay nadie, y a partir de este momento me han invitado, le esta pasando otra vez, a dejar de ser parte del fĂștbol, para siempre. Otra. Por favor.
âLe pedĂ ayuda al comisario â decĂa la voz del barman del Clayhanger, allĂĄ muy lejos de mi conciencia â y lo trajimos acĂĄ. Si lo dejĂĄbamos dormir en la barra se iba a caer. Mas vale que se caĂa de una silla que de una banqueta en la barra, je.
âGracias, muchas gracias.
SentĂ las palabras mas suaves del mundo, y el torbellino comenzaba a frenarse, a disiparse en una brisa que estaba comenzando a amar. No quedaba nada de mi, porque querĂa ser otro, mas entero, para disfrutar de los encantos de esta voz, y esos besos que me caĂan.
â ÂżTomĂł mucho?
â Se tomo todo, señoraâ y riĂł como de costado â Y yo le tengo que servir, ya sabe como se pone esta gente cuando le dicen que no.
â Si, entiendo. Gracias de nuevo.
â No puedo creerlo â dije, al darme cuenta de quiĂ©n eran esos labios, que no podĂan ser de otra. Nada me importaba de ese momento hacia atrĂĄs en el tiempo.
âEstĂĄs⊠oh, por favor⊠â No hubo asqueo en su voz, sino pena â EstĂĄs hecho un desastre
Isabel rió al ver las servilletas de café pegadas en mi frente.
â Voy a tratar de caminar⊠â intentĂ© levantarme para ir al baño.
â Vas a encontrar un hermoso desastreâ dijo el barman desde la barra mientras sacaba unos porronesâ y vos sos el autor. TodavĂa no vino Kevin, el chico de la limpieza.
âBueno, no me puede molestar si el desastre es mio, creo.
Isabel intentĂł atajarme pero vio que me manejaba bien, que tenĂa estabilidad. El descanso me habĂa hecho bien. Algunas imĂĄgenes de las pasadas horas venĂan a mi cabeza. EL bar estaba lleno de gente, y me llamĂł la atenciĂłn. No lo habĂa visto asĂ de lleno nunca. No parecĂan interesados en mĂ ni en mis espectĂĄculos. Realmente hubiera esperado que alguno se riera de mi estado, pero ni siquiera parecĂan percatarse, y eso me tranquilizĂł.
En el baño habĂa pĂ©rdidas por todos lados, tĂpicas en el Clayhanger, y poco mas. Pero quise saber de quĂ© era culpable. MirĂ© en los mingitorios y no habĂa nada fuera de lo comĂșn, en los inodoros tampoco. El ultimo estaba clausurado y supe que era el que habĂa padecido de mi ira post-despido. Me agachĂ© hasta el piso y pude ver (y recordar) el porrĂłn de cerveza destrozado junto a un pedazo tambiĂ©n destrozado de la taza del inodoro. Â
Despido. HabĂa olvidado ese detalle, y aun no habĂa caĂdo conscientemente, de que no volverĂa a entrenar a mis chicos, ninguna mañana. La ira y el alcohol debieron ser graves para hacerme destrozar el porrĂłn contra el inodoro. Me percatĂ© en ese instante de las vendas que tenĂa en mi mano derecha. Toda la palma envuelta y con un leve tono ferroso, en clara muestra del desinfectante por algĂșn corte. Corte producido por ese impacto seguramente. Nubarrones venĂan a mi mente de forma poco clara. Di media vuelta y me dirigĂ al espejo para lavarme la cara. TenĂa el rostro en la parte izquierda lleno de baba y aun tenia una servilleta pegada en la mejilla. Me sequĂ© con un papel del baño, y me vi los ojos, rojos, las ojeras, el tono pĂĄlido de mi piel, estaba colorado en ambas mejillas, y la barba crecida y afeitada de forma despareja, aunque de esto me daba cuenta solo yo, porque era casi imperceptible (me afeitaba a diario). En resumen: estaba destrozado. Demacrado. Me di pena. Me lavĂ© la cara, pero solo para aclararme la visiĂłn y despertarme. No iba a borrar las marcas del devenir de las horas ultimas. Si bien la siesta en la mesa del cafĂ© habĂa borrado parte de los efectos del alcohol y del shock en el estadio esa misma mañana, aun las ojeras y ojos irritados persistirĂan. El color en mi piel no volverĂa por el momento, tampoco. Ni con besos de amor repentinos.
VolvĂ a la mesa y allĂ me esperaba Isabel, mirando su telĂ©fono. La luz del cafĂ© estaba disminuida como era habitual en el Clayhanger a estas horas de la noche. Mas bien tarde noche, ya que el sol estaba casi desapareciendo. La luz de su enorme telĂ©fono mĂłvil iluminaba de azul su dulce y suave rostro y lo contemplĂ© durante la infinidad de minutos que transcurrieron desde la salida del baño hasta mi llegada a la mesa: escasos seis pasos. Ese azul luminoso que bañaba su rostro me hizo pensar si acaso estuviera asomada a un portal celestial mirando por encima a toda la existencia de otro universo diminuto, de otro planeta azul como el nuestro, velando por la integridad fĂsica de algĂșn otro idiota como yo, que no hacĂa mas que intentar autodestruirse y no darse cuenta de queâŠ
De que necesita ayuda. Y siempre la necesitĂł.
Me sentĂa extrañamente bien, y ella me recibiĂł con toda naturalidad. Como si no acabara de despertarme en un cafĂ©, despuĂ©s de haberme tomado hasta el agua de los floreros, babeado. Como si no acabara de perder mi trabajo de forma escandalosa. Como si no fuera el hombre del momento (de la peor manera posible) para el micro-mundo del fĂștbol de las categorĂas bajas.
Me sentĂ© y la mirĂ©. Me mirĂł tiernamente y me pidiĂł, sin decir nada, unos instantes par terminar de escribir un mensaje. AprovechĂ© a mirar alrededor la cantidad de gente que habĂa. Me preguntĂ© si habĂa algĂșn show, porque esta cantidad de gente no era habitual, para nada, salvo cuando tocaba alguna banda, por lo general eran tributos a Robbie Williams o Rod Stewart. Le hice un gesto al barman, el gesto de guitarrista, y se rio diciendo que no. No entendĂa. Lo dejĂ©.
Isabel me preguntĂł cĂłmo me sentĂa a la vez que traĂan un cafĂ© y un cafĂ© con leche a ella. Mientras la moza dejaba las tazas en nuestra mesa, mi ex traductora recibiĂł una llamada, y se levantĂł para atender antes de que yo pudiera contestarle. Cuando la moza terminĂł de dejarnos todo, un instante despuĂ©s me tocĂł el hombro y me indicĂł que mirara a mis espaldas. Me volteĂ© y para mi sorpresa vi camisetas de color blanco y negro en la pantalla del tv del cafĂ©. Casi sin ser dueño de mi cuerpo, me levantĂ© y me dirigĂ hacia Ă©l. Nadie le daba importancia a la transmisiĂłn, pero yo no podĂa evitar sentirme atraĂdo por esa imagen inusual: Eran todos los jugadores del Port Vale FC parados en lĂnea en una conferencia de prensa, aturdidas sus caras por los flashes de las cĂĄmaras, y Pope con el micrĂłfono en sus manos, hablaba. Me di vuelta para pedirle volumen al barman. Pero ya estaba a escasos pasos mĂos, acercĂĄndose, aumentando ese volumen, que nos dejĂł escuchar:
â ⊠Y para manifestarnos en contra de la forma en la que se ha tratado a nuestro tĂ©cnico Cristian Pueblos, en la que se lo ha despedido, y estamos seguros que fue mas por vergĂŒenza mediĂĄtica, por presiĂłn de los medios, que por ineficacia. Nunca â comenzĂł a decir, y mirĂł a un costado para afirmar a un compañero que algo le dijo âNunca habĂamos oĂdo a un entrenador hablar asĂ, hablarnos asĂ. Algunos de nosotros ya estamos terminando nuestras carreras y hemos pasado por muchos clubes, por muchos entrenadores, y jamĂĄs habĂamos esperado, ni pensado, salir a la cancha con las ganas y la alegrĂa que salĂamos a ganar nuestros partidos. Como si fueran, citando palabras de Ă©l, una sinfonĂa.
No lo podĂa creer. Pope dijo unas palabras mas y pasĂł el micrĂłfono a uno de los jovenes referentes de la defensa. Todos estaban vestidos con ropas de civil y se habĂan puesto, encima de sus ropas, la camiseta del equipo. La bandera.
â Sinceramente, salimos a jugar el segundo tiempo solo por el honor de nuestra gente, primero, antes que todo, y despuĂ©s por el club y estos colores. Algunos nacimos con esta camiseta, yo por ejemplo, y vamos a morir con esta camiseta puesta. Salimos a jugar ese segundo tiempo hoy, pero si no hubiĂ©ramos pensado en nuestra gente nos hubiĂ©ramos quedado en el vestuario. Realmente manejamos la posibilidad de no salir a jugar el segundo tiempo. Ya nos habĂan informado del despido de Cristian Pueblos. Y queremos dejar en claro que repudiamos absolutamente la actitud de las autoridades con respecto a nuestro excelente entrenador.
Se fueron pasando el micrĂłfono entre los que estaban parados en la fila de en medio. La mitad del plantel hablĂł. Siempre, en el plano de las cĂĄmaras, quedaban jugadores por detrĂĄs, asintiendo, siempre, las palabras del que hablaba. Se invitaban entre ellos a hablar, como sabiendo que todos estaban de acuerdo y que todos tironeaban para el mismo lado en esta cinchada contra las demandas del dinosaurio capitalista. Cinchada donde la demanda era âÂżno puede ser exitoso y reconocido un entrenador que se sale de la norma, y cuyas formas son demasiado diferentes a las de la media inglesa?â Medios, empresas, fĂștbol, y una parcialidad civil contestaban que no. Mis jugadores, y otra parcialidad civil contestaban que si y defendĂan esa bandera. En algunos planos del canal que veĂamos pude divisar a parte del cuerpo tĂ©cnico que, habiĂ©ndome conocido en las peores condiciones tambiĂ©n apoyaban esta mociĂłn espontanea.
En ese ir y venir del micrĂłfono muchos aprovecharon para contar mĂnimas anĂ©cdotas de mi paso por el club (hoy digo âpaso por el clubâ, pero en ese instante no caĂa), como por ejemplo la vez en la que los llevĂ© a todos a ver a la orquesta sinfĂłnica de Winchester, para que vieran lo que era âjugarâ en equipo. Contaron de forma graciosa cuando liguĂ© algunos impactos en la cabeza con bollos de papel hechos de folletos del programa de la funciĂłn, porque no paraba de pararme a darles indicaciones a los jugadores, y a dirigirlos en sus butacas como si fueran estas el banco de suplentes, los bancos del vestuario, o el escenario de la orquesta sinfĂłnica del Burslem. Trataba en esa oportunidad de hacerles ver que cuando el violĂn tiene un solo, todos los demĂĄs violines suenan al unĂsono y que cuando hacen variaciones, estas estĂĄn pensadas para complementarse y trabajan con la linea de los otros violines y a su vez se ensamblan con el resto de los instrumentos. AsĂ debĂan funcionar las lĂneas de defensa, volantes, y delanteros. Creo que lo entendieron.
Recordaron tambiĂ©n cuando me introduje con Isabel Peine en el campo de fĂștbol reducido y contaron la reacciĂłn de muchos que no lo podĂan creer. Isabel me tomĂł de la mano en ese momento, fuertemente. Con la misma fortaleza que la tomĂ© yo al verla esa mañana llegar al estadio, para empujarla a otra de mis locuras.
Otro de los players nombrĂł episodios como los de la fĂĄbrica de vasijas.
â âUstedes saben ÂżporquĂ© tiene esto su camiseta?â nos preguntĂł un dĂa â dijo el moreno y joven ingles, volante por la derecha, señalĂĄndose el escudo de su pecho â y muchos dijimos, es el escudo mĂster, mirĂĄndolo de reojo. âSi, es el escudo, pero esto de aquĂâ, muchos nos acercamos a la vez para ver, sin percatarnos de que el mismo escudo estaba en todos nuestros pechos, pantalones, en las gradas locales del estadio y en todo lo que nos rodeaba, prĂĄcticamente. Era una vasija, esta de aquĂ â y extendiĂł el escudo y la señalĂł, mientras la cĂĄmara hacĂa un plano cerrado a modo ilustrativo â Nos dijo âhoy se van a enterar el porquĂ© de esta vasija, sĂganmeâ y se fue caminando por el tĂșnel. Muchos de nosotros sabĂan el porque y en el trayecto nos fuimos enterando. La cuestiĂłn es que esa mañana corrimos alrededor de la fĂĄbrica de vasijas que estĂĄ cerca del estadio, y recorrimos las casas de los alfareros, la profesiĂłn mas antigua de la regiĂłn, la mas caracterĂstica. Nos dijo âEsta gente que viene todos los dĂas, practica una profesiĂłn mas antigua que sus abuelas, mas antigua que el fĂștbol, y es la que le ha dado una identidad a este lugar, a Burslem, lugar que ustedes representanâ nos hablaba asĂ mientras corrĂamos. âÂĄHĂĄganlo bien! Ustedes estĂĄn representando estas manosâ  nos decĂa mientras le tomaba las manos de uno de los trabajadores, que estaban ahĂ, y sus manos estaban llenas de arcilla. Algunos no habĂamos visto nunca la arcilla, ni sabĂamos lo que era. ÂżCĂłmo no vamos a salir a la cancha con otra actitud despuĂ©s de cosas como esta? NingĂșn entrenador, nunca, nos habĂa mostrado estas cosas.
ContĂł tambiĂ©n que, a partir de ese momento se darĂan cuenta de la cantidad de referencias que hay en la ciudad al pueblo que trabaja la alfarerĂa. El ejemplo mas claro era el bar en el que estĂĄbamos, el âClayhangerâ. Como esa contaron un par de anĂ©cdotas mas y mi pecho no dejaba de hincharse y relajarse en suspiros de ese amor que contagian los hombres que se entregan a la sensibilidad censurada para el genero, generalmente. Sensibilidad que en el fĂștbol es invisible, anulada y castigada. Sensibilidad que habĂa estado presentes en todos, del primer al ultimo entrenamiento de mi etapa en el Port Vale, y que seguirĂa en los corazones y recuerdos de los jugadores con los que trabajĂ©. Sensibilidad que hacĂa que mi pecho se inflara y desinflara, para estabilizar el aire en mis pulmones.
Luego de es tarde los dirigentes del club (no volvĂ a oĂr la voz de Smurthwaite, afortunadamente) me llamaron para tratar de convencerme de volver. Era gracioso para mi, que ya tenĂa una nueva ocupaciĂłn, ver cĂłmo se turnaban para llamarme, mañana y tarde, para no parecer demasiado desesperados, y que cada vez que me llamaba uno de los miembros del concejo directivo traĂa parte de las palabras del llamado anterior, como âme han dicho que dijiste que lo pensarĂas, bueno, querĂa saber si has llegado a alguna conclusiĂłnâ y yo decĂa siempre que no, que nunca habĂa dicho tal cosa, cuando si lo habĂa hecho. Los volvĂa locos, creo que les ganĂ© por cansancio. Dejaron de llamar a los tres dĂas. Contrataron a otro entrenador sudamericano, un brasilero. Gorginho tenĂa problemas con el alcohol, pero ademas no lo podĂa disimular. QuĂ© buena imagen que le dimos a los anglosajones sobre nuestra tierra. En fin, quien quiera una imagen de nuestra tierra que busque en Internet.
La transmisiĂłn se terminĂł cuando aun no podĂa cerrar mi boca y manoteĂ© desesperadamente el control remoto de las manos del barman para buscar en otros canales. En todas las señales la transmisiĂłn terminaba tambiĂ©n y los jugadores ya se iban. Los periodistas volvĂan al estudio sin saber bien quĂ© decir, pero esto ya me importaba poco. Lo mejor ya lo habĂa escuchado. Cuando me di media vuelta no sabĂa bien dĂłnde estaba ni porque, ni para quĂ©. Mi pecho brillaba por dentro con un fulgor que me quemaba los globos. EnfilĂ© para nuestra mesa automĂĄticamente y me pareciĂł notar que varias de las personas me miraban y hacĂan comentarios. Creo que el bar, por ese entonces, hubiera podido bien tener mi nombre: su mayor atractivo eran los espectĂĄculos que yo brindaba sin querer. Y cĂłmo no iban a mirarme si habĂamos estado viendo, pegados al tv de 50 pulgadas, una conferencia de prensa en vivo en la que los jugadores del plantel profesional del club de la ciudad hablaban de su tĂ©cnico reciĂ©n despedido, que estaba por tomarse un cafĂ© en el lugar. Era difĂcil abstraerse de esa situaciĂłn.
Lo que pasĂł luego no lo recuerdo del todo, para variar. Isabel seguĂa mensajeando con el telĂ©fono y entre timbre y timbre de su mĂłvil me lanzaba algunos comentarios sobre lo que habĂa pasado. Si hubiera estado consciente al cien por ciento en ese trance, hubiera pensado que algo la turbaba y la ponĂa nerviosa. Como si algo no estuviera saliendo como ella querĂa. A mi entender hasta ese momento eramos simplemente nosotros, tomando un cafĂ© en el Clayhanger, y yo tratando de salir de una resaca final.
â ÂżCĂłmo que sĂ? â se reĂa ella, tan dulce â te estoy preguntando quĂ© sentĂs despuĂ©s de lo que acabamos de escuchar. No es una pregunta para contestar si, ÂżO si?
â PerdĂłn, es demasiado todo⊠â no lograba mirarla a los ojos, no sĂ© porquĂ© razĂłn â Todo, todo es demasiado. Hay muchas cosas que recordĂ© en estas ultimas horas. Las estupideces quĂ© hice, las cosas importantes que habĂa olvidado. Mi hermana. Mi madre⊠y cĂłmo saliste de esa situaciĂłn tan magistralmenteâŠ
â Tenes tus ĂĄngeles guardianes, Cristian Pueblos.
Ya lo creĂa. Su telĂ©fono se iluminaba una y otra vez, sobre todo en un tono azul que, con el sol cayendo, le daban una aura de entidad alada, que surca el cielo tendiendo mantos de cuidado y piedad. Iba y venĂa. El resplandor azulino iba y venĂa. Un pequeño puntito blanco tambiĂ©n se iluminaba y si uno se fijaba bien, le hacĂa un destello mas claro sobre la mejilla derecha.
â ÂżCĂłmo supiste lo de mi madre en ese momento? â Estaba a punto de explotar pero el ser de la luz azul me protegĂa y mantenĂa unido, no sin algĂșn esfuerzo de mi voluntad â Que ella no estaba viva.
â No lo sabĂa â no me sacaba los ojos de encima, yo apenas podĂa mirar sus ojos â Me di cuenta cuando tomĂ© el telĂ©fono y no estabas hablando con nadie. En las llamadas no habĂa nadie con el nombre âMadreâ y la ultima llamada era de esa misma mañana.
Mi madre habĂa fallecido hacĂa ya cinco años, e Isabel habĂa fingido hablar con ella en ese momento de mi crisis en el entretiempo de aquel partido. Y este gesto es de esos que te abren las puertas del cielo para siempre. No soy catĂłlico ni lo era entonces. Pero me gustaba la imagen de los ĂĄngeles y del paraĂso perfecto para pensarla a ella, siempre amparada por un status quo que acompañe su brindar infinito.
â Todo esto es demasiado â comencĂ© decir mientras me tomaba la cabeza, los codos apoyados en la mesa, ante la visiĂłn inerte de las ultimas gotas secas de cafĂ© en el fondo de la taza. Isabel me hacĂa preguntas y yo contestaba como podĂa mientras seguĂa entrando gente al bar que ya estaba lleno.
â Parece que hay espectĂĄculo âcomentĂ©, tratando de ver entre mis vidriados ojos.
â Parece â dijo ella.
Algo estaban armando en la parte izquierda del salĂłn, al pie del tv que habĂamos estado usando de ventana al club.
â AsĂ que ahora, a buscarme la vida de vuelta en Argentina. â dije, tratando de volver a poner los pies en la tierra â SerĂĄ como volver a la realidad en todo sentido, allĂĄ no habrĂa engaño que me impongan mis sentidos. Aunque tampoco tendrĂ© ĂĄngeles guardianes.
â Siempre tendrĂĄs tus ĂĄngeles guardianes, que no tienen nombre y apellido â Ella no dejaba de sonreĂr, pĂcara â Es como si poseyeran a la gente que te rodea. Hoy te rodeo yo, mañana serĂĄ otra gente. Los llevas con vos y ellos se instalan en otros cuerpos, no hay de quĂ© preocuparse.
â Como si yo le hiciera bien a alguienâŠ
â Le haces bien a mucha gente, Cristian, y no me hagas enumerarte las personas que estuvieron tan felices con vos en esta etapa.
Alguien se acercĂł, alguien de camisa, que no habĂa visto jamĂĄs, y le dijo algo al oĂdo a Isabel. Ella asintiĂł con una gigante sonrisa y le hizo un gesto como de âya voyâ a la vez que saludaba a dos personas mas que estaban paradas cerca del tv.
â Bueno, ya es hora â me dijo con la sonrisa mas hermosa que he visto y verĂ© jamĂĄs, una que nunca olvidarĂ©, a la vez que se levantaba de la silla â ÂżVenĂs?
â Ya nos vamos? PensĂ© que nos Ăbamos a quedar a ver la banda, me vendrĂa bien despejâŠ
â No nos vamos â me dijo ya unos pasos mas allĂĄ, señalando el stand que ya estaba armado ânos cambiamos de mesa.
No entendĂ. No entendĂa nada y todo me parecĂa muy raro. Me levantĂ© dudando y cuando di dos pasos y salimos de atrĂĄs de una columna, vi el cafĂ© entero mirando hacĂa la mesa a la cual nos dirigĂamos que casualmente era la que tenĂa un par de banners puestos detrĂĄs. Todos nos miraban y no era mi impresiĂłn esta vez: todos me miraba a mi. Al acercarme mas a estas mesas pude leer el banner y sus letras grandes. TenĂa mi nombre y por debajo decĂa âNo Ve, No Arteâ. ReconocĂa este como el titulo de uno de mis poemas. Uno de los poemas que le habĂa mandado aâŠ
â ÂżIsabel? â le preguntĂ© pero no me escuchĂł por los aplausos que ella misma estaba alentando â Isabel, ÂżquĂ© es esto?
â ÂżY quĂ© te parece que es?
MirĂ© al rededor de forma cĂłmica seguramente. Creo que di una vuelta entera sobre mis pies mirando todo al rededor y me maree. Mas por el exceso de estĂmulos que por la vuelta dada. Una pintura de DalĂ figuraba como fondo de las imĂĄgenes del banner, y al ver que llegaban varias cajas con libros tomĂ© uno. Mientras dos o tres personas dejaron las cajas en las mesas en las que nos sentarĂamos, pude ver que el libro tenĂa en su tapa el mismo diseño que el banner: mi nombre, dicho titulo, y la pintura de fondo de DalĂ, esa en la que vuelan gatos negros y un chorro de agua. RebusquĂ© entre las cajas y todos los libros eran iguales. Todos tenĂan mi nombre. Todos.
TomĂ© aire. Gravemente. AbrĂ el libro. Eran mis poemas. Todos los que le mande al profesor español. La editorial era de Burslem. La ciudad quedarĂa marcada para siempre. En mi primer libro, y en mi corazĂłn. Compiladores, el profe español y mi ex traductora. VersiĂłn en InglĂ©s: la misma mujer, Isabel.
â Muchas Gracias a todos por estar hoy aquĂ. Editorial se complace en presentar este libro en un contexto de lo mas peculiar, en un dĂa tan particular para nuestro autor. Esperamos que las desagradables noticias no entorpezcan esta hermosa y cĂĄlida velada. Ricardo GonzĂĄlez e Isabel Peine trajeron, una tarde de lluvia, un montĂłn de papelitos escritos y pensĂĄbamos que estaban bromeando. Nos dijeron que eran un montĂłn de poemas de una genialidad y sensibilidad absolutas. Ricardo es profesor de Lengua Hispana en la Universidad de Salamanca, asĂ que no nos quedĂł otra que creerle â el publico rio amablemente â LeĂmos los poemas. Eran geniales de verdad. Pocas semanas despuĂ©s aquĂ estamos. Orgullosos de poner nuestra editorial al servicio de tan espectacular poeta, y de abrir las fronteras de nuestras letras a otros idiomas. La traducciĂłn estuvo a cargo de una âamigaâ del autor, Isabel, que supo interpretar muy suavemente las caricias que significaban las letras de Cristian Pueblos. AsĂ es que estamos aquĂ esta noche, felices de poder disfrutar de la presencia de un poeta nuevo que sale al mundo de la mano de nuestra editorial. ÂĄUna aplauso por favor para Cristian Pueblos!