Ragnartale Capitulo 30 / Español PART A
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El Huaso, parte 30: El Regalo
Lista de capĂtulos
Me bajé de la micro en la casa del Huaso, porque aún no me calzaba que se fuera a tomar con los demás.
Golpeé la puerta de la pensión y me abrió la señora Sonia, la dueña, tan amable como siempre.
—El Patito no está, salió —me dijo ella, fingiendo pena por haber perdido mi tiempo.
—¿Y no dijo a quĂ© hora volvĂa?
—No me dijo nada… solo salió apurado.
—¿Y a que hora saliĂł? —con esa pregunta esperaba descubrir si mentĂa o no.
—En la tarde. Como a las 3 —respondió ella, recordando.
“¿Le puede decir cuando vuelva que lo amo mucho y que no puedo vivir sin Ă©l?”. QuerĂa decirle, para que le diera el mensaje altiro, porque estaba seguro que estaba encerrado en su pieza y le habĂa dado instrucciones a la señora Sonia de mentir por Ă©l.
—Bueno, cuando vuelva Âżpuede decirle que necesitaba hablar con el? —le preguntĂ© a la señora, casi como cortesĂa, porque obviamente el Huaso ya sabĂa que querĂa hablar con Ă©l y deliberadamente no me querĂa ver.
Me despedĂ de ella y me di la media vuelta. Una vez en la calle me volteĂ© a ver a la pensiĂłn y evaluĂ© la posibilidad de saltar al techo y llegar al fondo del terreno, hacia donde estaba la ventana de la pieza del Huaso. Pero la razĂłn fue más fuerte y recordĂ© que no estaba en mi lista de prioridades pasar una noche en la comisarĂa por violaciĂłn de moradas.
De todas formas, me fui caminando a tomar la micro, sin preocuparme del enojo del Huaso. SabĂa que se le pasarĂa y que pronto volverĂamos a ser felices como siempre lo fuimos.
—¿y?Âżencontraste al Huaso? —me preguntĂł el Bryan,  que me habĂa llamado por telĂ©fono mientras esperaba la micro.
—No, pero creo que sĂ estaba en la casa —le respondĂ—. Oye, Âżpuedo ir a tu casa? —le pregunté—. No quiero irme a mi casa y deprimirme en soledad —dije en broma.
—Dale, ven nomas —aceptó altiro.
Al llegar a su casa, el Bryan me preguntĂł altiro si me sentĂa bien.
—SĂ, estoy bien. Un poco molesto nomas —le respondĂ escuetamente, sentándome en el sillĂłn.
—¿Por el Huaso? —inquirió.
—Por todo wn. El Pato, la U, la vida…la Claudia —admitĂ.
—La cagó feo la Claudia ahà —comentó el Bryan.
—Si po, la cagó feo ella. De pura maldad wn, estoy seguro.
—No creo, aparte después los acompañó a hablar con la jefa para cambiarse de tesis.
—No ayudó en nada. De hecho ni habló. En ese caso mejor iba yo solo a hablar. Y el Pato ¿Cómo tan weon pa creerle? —me pregunté tapándome la cara con las manos.
—Pero se le va a pasar, debe ser un arrebato nomas —trató de calmarme el Bryan.
—Si sĂ© que se le va a pasar —seguĂa confiado—. Pero igual me da rabia. Ahora podrĂamos estar los dos tirados en su cama, felices, sin preocuparnos por la tesis —mi amigo se incomodĂł un poco por el comentario.
—¿Por quĂ© las caras tan largas? —preguntĂł Pedro, el hermano del Bryan, que venĂa llegando a la casa—. ÂżMuriĂł alguien?
—Nadie murió —contestó el Bryan, riéndose.
—El Huaso… —comencé a decir, pero la cara de espanto del Pedro me detuvo.
—¿QuĂ© te hizo ese mal hombre? —su tendencia a la exageraciĂłn se hacĂa patente.
—Nada —me reà un poco—. Se enojó, es todo.
—Si anda enojĂłn es porque le falta sexo —la sabidurĂa era de familia al parecer. Me sonrojĂ© con su comentario.
Seguimos conversando un rato, le contamos toda la situaciĂłn de la tesis al Pedro, y nos dio su opiniĂłn.
—SabĂa que no se podĂa confiar en esa mina —comentĂł con desconfianza—. Siempre me pareciĂł media turbia.
—¿La conoces? —le pregunté sorprendido.
—Si po, si es amiga del Diego —explicó él.
—¿Y como conoces al Diego? —le volvĂ a preguntar sorprendido, el Bryan solo se seĂa por mi reacciĂłn.
—Trabajaba de empaque conmigo en el super —aclaró—. Una vez fui a un carrete en su casa y llegĂł ella. No me agradĂł, sentĂ como una onda media cĂnica, una energĂa rara.
—¿Y tu creà que me separó del Pato a propósito? —le pregunté, anonadado.
—No lo pesques Larry, el Pedro está loco y se las dá de mĂstico —me dijo el Bryan, lanzándole un cojĂn a su hermano—. ÂżYa sabes quĂ© le vas a regalar al Huaso? —me preguntĂł mi amigo cambiando el tema.
—No —dije, un poco avergonzado.
—PodrĂas hacerle una fiesta sorpresa —sugiriĂł Pedro.
—Si va a hacer un carrete, donde la Claudia —dije, con cierto desagrado—. Pero quiero hacerle algo yo, solo que no sé qué.
—PodrĂas salir de la torta en pelotas —sugiriĂł bromeando el hermano del Bryan.
—O podrĂas llevarlo a comer a un lugar romántico —aportĂł mi amigo, como si la primera idea de su hermano fuera igualmente válida.
La idea del Bryan era sĂşper buena, y no podĂa creer que no se me hubiera ocurrido antes. Nos quedamos conversando sobre la logĂstica del regalo, y todo el detalle que conllevarĂa, y nos reĂmos harto haciĂ©ndolo.
Al dĂa siguiente en la U, lleguĂ© a la sala y estaban todos sentados conversando en el grupo mientras el profe preparaba el proyector. Me sentĂ© al lado del Huaso y los saludĂ© a todos. Todos respondieron, menos mi pololo, y se provocĂł un silencio incĂłmodo de un par de segundos que a mĂ me parecieron horas.
—¿Cómo estás? —le pregunté acariciándole el brazo. No me respondió, pero pasó piola porque el profe comenzó a hablar, iniciando la clase.
PensĂ© que soportarĂa mejor el enojo del Huaso, pero de verdad me doliĂł su “ley del hielo”. Durante la clase no pesquĂ© nada de lo que decĂa el profe, estuve todo el rato pensando en su frialdad, asĂ que decidĂ que no le iba a rogar, le harĂa creer que me daba lo mismo, y asĂ cuando llegara el viernes se sorprendiera más con mi sorpresa.
Al terminar la clase, me despedĂ con un escueto “chao” para el grupo, y me fui al laboratorio de tesis. Desde entonces no vi mas al Huaso, ya que no tenĂamos más clases teĂłricas juntos, y entre tesis y laboratorios, no habĂa posibilidad de verlo en la U.
Al dĂa siguiente, pusimos en marcha todo el plan. El Bryan era el encargado de decirle a todo el grupo que cancelaran el carrete por el cumpleaños del Huaso porque yo le darĂa una sorpresa. La Claudia estaba encargada de hacerle creer al Huaso que seguĂa todo en pie, para que de todas formas estuviera listo para salir.
El viernes en la noche, lleguĂ© a las 21:30 afuera de su casa (ya que se suponĂa que Ă©l se irĂa a las 22 horas a la casa de la Claudia), y esperĂ© sentado en el auto a que saliera. Estaba un poco nervioso, porque no sabĂa como iba a reaccionar, si seguirĂa enojado o aceptarĂa mi regalo; y además me sentĂa un poco incĂłmodo, porque me vestĂ ultra formal (quizás demasiado formal), con un pantalĂłn de tela negro, camisa blanca, y zapatos formales. El pantalĂłn me quedaba muy apretado, ya que le tuve que pedir prestado uno al Pedro porque el pantalĂłn que tenĂa yo habĂa sufrido un contratiempo.
Cuando él salió, vi por el espejo retrovisor que se dirigió en dirección contraria. Me bajé del auto y le grité.
—¡Pato! —la voz me temblĂł un poco, por los nervios y por el frĂo, ya que al no tener una chaqueta decente, fui solo con camisa para no arruinar el look.
El Huaso se volteĂł y al verme se le iluminaron los ojos y esbozĂł una breve sonrisa, que me indicĂł de inmediato que se alegraba de verme, pero la controlĂł para engañarme. Él estaba vestido con un jeans azul y una camisa igual de blanca que la mĂa, pero se abrigaba con una chaqueta de cuero.
—¿Por qué estay vestido as� —me preguntó, esforzándose por mantener la seriedad.
—Porque me dijeron que cierta persona estaba de cumpleaños y quise acompañarlo —le respondĂ—. Se me ocurriĂł que necesitaba un chofer que lo llevara a su celebraciĂłn.
—Pero si queda acá arriba —se seguĂa haciendo el pesado.
—¿Me vas a dejar acá parado? —le advertĂ, haciĂ©ndome el enojado. No tuve que decir más y se acercĂł, sonriendo mas y más con cada paso que daba, hasta que llegĂł frente a mi y me dio un largo y apretado abrazo.
—Te extrañé amor —me dijo al oĂdo.
—Yo tambiĂ©n —admitĂ.
—¿Por qué tiritas?
—Porque tengo frio —le dije riéndome—. Y bueno, un poco por los nervios.
—¿Te paso mi chaqueta? —ofreció, aunque me abrazó mas fuerte, como intentando darme todo su calor corporal.
—No, estoy bien —le dije para que no se preocupara, pero su solo ofrecimiento me abrigĂł el alma—. Subámonos al auto mejor —sugerĂ.
Nos subimos al auto, y apenas cerramos las puertas el Huaso me tomĂł del cuello y me acercĂł a Ă©l para besarme, y yo me dejĂ© llevar por su beso, lleno de cariño y deseo. Nuestras lenguas se movĂan con tal sincronizaciĂłn como si estuvieran hechas la una para la otra.
—Estrañé eso también —me dijo él, mirándome a los ojos una vez terminamos nuestra sesión de reencuentro.
—Yo tambiĂ©n —respondĂ, y le di un piquito para terminar.
Le tome la mano y entrelazamos nuestros dedos mientras tomaba una bolsa de papel de regalo del asiento trasero, y se la pasé.
—Feliz cumpleaños, amor —le dije entregándole el regalo. El Huaso lo miro y sonrió de inmediato.
—Con que vinieras me bastaba —me dijo mirándome a los ojos, con una sonrisa en los labios. Se dispuso a abrir el regalo y se puso a reir tiernamente cuando descubrió el contenido—. ¡Me encanta! —dijo sacando el peluche de un pingüino de la bolsa.
—Como sé que son tus animales favoritos, no pude no comprártelo cuando lo vi —le expliqué.
—Lo amo —me dijo con una genuina sonrisa de felicidad, y acercándose a darme un beso de agradecimiento.
Puse en marcha el auto y nos conduje en direcciĂłn al restorán donde habĂamos cenado la noche que celebramos nuestro pololeo.
—Oye pero te pasaste, si vamos donde la Claudia —me dijo Ă©l, percatándose que no estaba yendo por donde deberĂa.
—Amor, ¿crees que me voy a vestir asà para ir donde la Claudia? —le pregunté con sarcasmo.
—Bueno, no —respondiĂł Ă©l—. Te ves hermoso, aunque con ese pantalĂłn llamarĂas mucho la atenciĂłn en un carrete —me dijo, pasándome la mano por la pierna derecha.
—Si lo sĂ© —me sonrojé—. Pero asĂ muestro mis piernas esculpidas por el deporte —me di color, y ambos nos reĂmos.
EstacionĂ© el auto y nos dirigimos al restorán, donde habĂa una mesa reservada para nosotros, justo al lado de una larga mesa con unos 10 hombres cincuentones, conversando y riendo muy sonoramente, con varias botellas de vino en la mesa.
El Huaso se puso un poco tenso al ver la cantidad de gente que habĂa, y yo tambiĂ©n (no lo niego), pero el estar junto a mi pololo me dio una sensaciĂłn de protecciĂłn y seguridad (y quiero creer que Ă©l sintiĂł lo mismo).
Tomamos asiento y al rato nos relajamos y distendimos y hablamos como si nada hubiera pasado, hasta que el Huaso se puso serio y me dijo:
—Amor —me dijo bajando un poco la voz—. Perdóname por ser tan aweonao —hizo un ademán de tomar mis manos a través de la mesa, pero se contuvo—. Debà haber sido mas comprensivo con tus tiempos.
—¿Y cuando te diste cuenta de eso? —le pregunté, tratando de ocultar mi molestia.
—El miĂ©rcoles —el mismo dĂa que se habĂa enojado—. De hecho estaba en mi pieza cuando me fuiste a buscar. Pero no te podĂa pedir perdĂłn porque me daba mucha rabia, conmigo mismo por haber sido tan aweonao. Pensaba todo el rato “ahora podrĂa estar con el Larry, juntos, disfrutando el tiempo libre, planificando quĂ© harĂamos para el 18”, pero me daba la wea por haberlo arruinado dejándote botado. PerdĂłname amor —terminĂł de hablar, con vergĂĽenza, culpa y arrepentimiento en la mirada.
—PromĂ©teme que nunca más te vas a enojar por una tontera asĂ, por favor —le pedĂ—, y que vas a entender que no ando webiando en la U, ando trabajando.
—Lo prometo —dijo, levantando su mano izquierda mostrando la palma, y con la mano derecha en el corazón, aunque con cierta vergüenza y culpa en el rostro.
—Ok, te perdono amor —le dije, aunque no pude dejar de pensar que se sentĂa como un deja vĂş.
Continuamos con la cena, y luego nos fuimos caminando hacia el auto, caminando por la calle solitaria. El Huaso se aseguró que no hubiera nadie mirando y pasó su brazo por mi espalda y apoyó su antebrazo en mi hombro. Yo, acto seguido posé mi mano en su cintura, y caminamos asà hasta llegar al auto, que estaba una cuadra más allá.
Conduje hasta su casa y entramos a su habitación, donde nos tomamos de las manos, y nos besamos. El Huaso me tomaba de la cara, pasando sus dedos por mis mejillas, y luego pasaba sus manos por mi espalda para abrazarme y acercarme a él.
—¿Me darĂas el honor de dormir contigo? —me preguntĂł.
—Por supuesto —le respondĂ.
Nos tomamos nuestro tiempo. Nos seguimos besando con delicadeza, lentamente, disfrutando el momento. Apreciábamos cada segundo, redescubriendo nuestros cuerpos, nuestra piel, nuestros besos. Me desabrochĂł lentamente la camisa, botĂłn por botĂłn, sin despegar su frente de la mĂa; me dejĂł desnudo de la cintura para arriba y pasĂł su dedo por mi abdomen, desde el esternĂłn a mi ombligo, donde pasĂł el dedo por la hebilla del cinturĂłn. Yo procedĂ a hacer lo mismo, pero al percatarme que su camisa era con botones de presiĂłn, tirĂ© de ambos lados en direcciones opuestas, con fuerza, provocando la risa de ambos ante el repentino cambio de ritmo.
Volvimos a lo nuestro, retomando nuestro ritmo pausado, me desabrochĂł el cinturĂłn para luego abrirme el pantalĂłn, dejando al descubierto la pretina de mi ropa interior, que al verla se le iluminĂł el rostro.
—Mi favorita —me dijo pasando su dedo por la pretina, siguiendo el camino que conducĂa a mi espalda, donde agarrĂł el elástico sin ninguna tela cosida a Ă©l.
Me volviĂł a besar, mientras me bajaba el pantalĂłn, dejando a la vista el jockstrap rojo que estaba usando. PasĂł su mano derecha por mi glĂşteo izquierdo, acariciándolo, y al llegar al elástico suspensor, lo torciĂł de igual forma como tenĂa agarrada la pretina con la otra mano.
BesĂł mi cuello, produciĂ©ndome espasmos, mezcla de cosquillas y excitaciĂłn, mientras con su mano derecha acariciaba mis pectorales, y con la izquierda masajeaba mi paquete, desesperado por escapar de la tela que lo sujetaba. Le desabrochĂ© el pantalĂłn, y pude ver quĂ© se escondĂa bajo la pretina verde de su ropa interior que se veĂa en el borde del denim. Un bĂłxer de igual color que el elástico, muy ajustado por la erecciĂłn evidente que tenĂa, me llamaba a tocarlo.
MasajeĂ© su paquete con una mano, mientras con la otra apretaba sus glĂşteos, tan firmes por los años de jugar a la pelota. Me arrodillĂ© frente a Ă©l y le bajĂ© el bĂłxer. Su pene erecto se estirĂł con fuerza, ya sin las restricciones de la tela. Rápidamente me metĂ a la boca su miembro, que ya lo conocĂa de memoria, pero lo chupĂ© lento y suave, como si fuera la primera vez, como si estuviera reciĂ©n conociendo su anatomĂa, familiarizándome con sus dimensiones, textura y aroma.
LamĂ sus testĂculos, y me los metĂa a la boca, uno a la vez, provocándole leves gemidos de placer. SaquĂ© mi paquete por el borde de la tela de mi jockstrap mientras le hacĂa sexo oral a mi pololo, permitiĂ©ndole respirar a mis genitales. VolteĂ© al Huaso, e hice que se apoyara en la pared, mientras pasaba mi lengua por su ano. MordĂa y besaba sus glĂşteos, y luego con mis manos los apretaba y los separaba, para asĂ darle mayor facilidad a mi lengua.
El Huaso se volteó y me levantó para besarme, agradeciéndome por mis habilidades orales. Crucé mis brazos por detrás de su cuello, y él aprovechó la ocasión para tomar mis piernas y me sostuvo en sus brazos.
Mientras me sostenĂa, movĂa mi pelvis, y Ă©l acercĂł sus manos a mis glĂşteos, acariciándolos y jugando con sus dedos en las cercanĂas de mi ano.
—Sostente —me dijo, y yo hice fuerzas con mis extremidades alrededor de él.
Se acercĂł la mano derecha a la cara y se chupĂł el dedo Ăndice, luego volviĂł a bajar la mano y con su dedo comenzĂł a jugar en mi ano. Lo presionaba sin meterlo, como lubricándolo. VolviĂł a acercar su mano a su cara y se metiĂł a la boca los dedos Ăndice, medio y anular, y luego me hizo hacer lo mismo. Yo obedecĂ, ante su atenta mirada y sonrisa, y al sacar los dedos me besĂł.
Con sus dedos hĂşmedos en saliva comenzĂł a meterlos de a uno. Yo disfrutaba sus manualidades y le agradecĂa a besos.
Nos acercamos a la cama y me bajĂł con cuidado. Me volviĂł a besar, y se acercĂł lentamente a mis genitales, lamiendo mi pecho y abdomen, hasta llegar a mi pene, que seguĂa erecto sin descanso, totalmente hĂşmedo por el precum.
El Huaso usĂł su lengua para juguetear con mi lubricante natural, y se metiĂł a la boca todo mi pene, saboreando cada gota que habĂa disponible. Luego me volteĂł para preparar el sitio de pasividad. Me dio un beso negro como sĂłlo Ă©l sabĂa darme, estremeciĂ©ndome en todo el cuerpo, haciendo que apretara las sabanas entre mis puños.
Se acomodĂł para metĂ©rmela, y lo hizo suavemente, como si fuera la primera vez, como si tuviera que tener alguna precauciĂłn especial. Se acercĂł a besarme, y despuĂ©s de hacer contacto con nuestros labios, comenzĂł a darle más fuerza y velocidad a sus movimientos, provocándome gemidos de placer. La interacciĂłn era sinĂ©rgica. Mientras más gemĂa yo, más fuerte lo hacĂa Ă©l, provocándome más placer y haciĂ©ndome gemir más.
VolviĂł a acomodarse. SacĂł su pene de dentro mĂo, y se acercĂł a mi trasero para volver a hacerme un beso negro, y sentĂ que con su lengua presionaba de tal forma que yo no tenĂa deseos de impedirle la entrada.
Me volteĂł y puso su pene en mi ano, y a medida que lo metĂa, se acercĂł a besarme. Me follaba con fuerza, con pasiĂłn. Con amor.
Nos besábamos mientras su cadera se movia de adelante hacia atrás, y no separĂł su rostro del mĂo en ningĂşn momento, hasta que sentĂ que su respiraciĂłn se entrecortaba.
Me mirĂł a los ojos, y yo asentĂ, comunicándonos sin palabras, y Ă©l me obedeciĂł. ComenzĂł a acelerar sus movimientos, quejándose sin emitir sonido alguno, hasta que sentĂ una ola de calor dentro mĂo. Me volviĂł a besar, moviendo lentamente su cadera, hasta que depositĂł en mĂ la Ăşltima gota de semen.
Se saliĂł y se acercĂł a mi pene para hacerme sexo oral, ayudándome a llegar a mi orgasmo. Mientras me mamaba el miembro, con sus dedos jugueteaba en mi ano, manteniendo estimulada la zona donde hacĂa un momento habĂa liberado su climax.
SiguiĂł mamando hasta hacerme acabar en su boca, manteniendo todo mi pene dentro de su boca y soportando la presiĂłn de mis manos en su cabeza para que no se alejara de mi pelvis. Se acercĂł a besarme, con la boca llena de semen, compartiendo lo que acababa de recibir de mĂ.
Nos tapamos con las frazadas de su cama, muertos de frĂo por las temperaturas invernales, y nos quedamos abrazados.
—Te amo —me dijo de repente.
—Yo tambiĂ©n te amo —admitĂ—. Mas que la chucha —agreguĂ©, y nos reĂmos.
Me abrazó mas fuerte, y la seguridad de estar en sus brazos, protegido, me hizo relajarme a tal punto que me quedé dormido casi de inmediato.
Al dĂa siguiente me despertĂł con la bandeja del desayuno en la cama.
—Creo que la señora Sonia sospecha lo nuestro —me dijo cuando estábamos comiendo, sentados en la cama, uno al lado del otro.
—¿Por qué lo dices? —le pregunté sorprendido.
—Porque me vio saliendo de la cocina con la bandeja po, y me preguntó si estaba con alguna chiquilla —me explicó—. Y le tuve que decir que si po.
—Ya po, entonces no sospecha nada de nosotros —lo calmé.
—EspĂ©rate po —continuó—. Le dije que si, que estaba con una chiquilla, y ella me dijo “por fin trajo una chiquilla, porque siempre viene con ese niño que preguntĂł por usted el otro dĂa” —me sorprendiĂł con sus palabras.
—¿Y asà tan displicente me mencionó? ¡Si ella sabe como me llamo! —le dije indignado—. Vieja homofóbica —me enojé.
—Si po, si me acuerdo que yo te presenté —respondió él.
—Vas a tener que irte de acá, no puedes seguir ayudándole a lucrar a esa señora —le ordené, medio en broma y medio en serio.
Cambiamos de tema y seguimos desayunando, felices por haber vuelto a arreglar todo. El Huaso tomĂł el peluche que le habĂa regalado por su cumpleaños y lo puso entre nosotros.
—Es nuestro hijo, ¿cierto? —me dijo.
—Si po —le contesté riéndome, entre burla y ternura.
—¡Entonces pongámosle nombre! —dijo emocionado. Nunca habĂa tenido un peluche, asĂ que no sabĂa si era normal ponerles nombre.
—Bueno, que tal Huaso Junior —sugerĂ.
—No po, muy fome —rechazĂł mi propuesta—. PodrĂa ser Sergio —dijo mirándome provocativamente.
—No le pondremos a nuestro hijo el nombre de un compañero sexual que tuvimos ambos —lo rechacé de inmediato—. Pongámosle  Bryan —sugerà en broma, y ante la mirada de enojo del Huaso no pude aguantar la risa—. Ya, ya, era broma. Puede ser Lato, o Parry —dije riéndome por lo tonto que sonaban los nombres.
—¿Por qué dices esos nombres tan feos? —me preguntó, ignorando completamente qué es un ship.
Seguimos sugiriendo nombres, cada uno mas feo que el anterior, y nos reimos de nuestras ideas. Al final le pusimos “Mumble”, por Happy Feet, y nos volvimos a reir por lo tontos que fuimos por no ocurrĂrsenos antes.
Terminamos de disfrutar el desayuno y luego me levante y me comencé a vestir para irme a mi casa y asà no preocupar a mis viejos.
—¡No te vayas! —me suplicĂł el Huaso, mirándome mientras me ponĂa la camisa—. O quĂ©date asĂ por Ăşltimo. Te ves exquisito.
Su comentario me sonrojĂł, y tambiĂ©n provocĂł otras sensaciones visibles en el jockstrap que tenĂa puesto.
—Tengo que irme, amor —le dije, acercándome a Ă©l y sentándome en sus piernas para besarlo. Él pasĂł sus manos por mis piernas desnudas y las posĂł en mi trasero, donde movĂa sus pulgares acariciando mi piel—. Pero veámonos más tarde.
—¡Ya! —accedió él.
—¿Tienes algo que hacer mañana? —le pregunté.
—No, nada, ¿por?
—Vamonos a acampar y pasemos juntos el fin de semana —le propuse, para aprovechar el tiempo que nos quedaba en compañĂa.
—¡Vamos po! —aceptó con una sonrisa de oreja a oreja, y selló el compromiso con un largo beso—. Ya, vistase —me dijo dándome palmadas en el glúteo—. Vaya a prepararse para nuestro campamento de novios.
Lo obedecĂ y terminĂ© de vestirme. Me acompañó hasta la puerta de la casa y nos despedimos con un gran abrazo. Me fui caminando hacia el auto, que habĂa quedado un par de casas más al sur, y cuando lleguĂ© a Ă©l me crucĂ© con la señora Sonia, que iba devuelta hacia su casa con un par de bolsas con verduras, y me saludo con su habitual sonrisa.
“Vieja cĂnica” pensĂ©, devolviĂ©ndole la sonrisa cordial, y me subĂ al auto rumbo a mi casa.
Siguiente CapĂtulo: Flu
CDN 30
CapĂtulo 30: Complicaciones en la inscripciĂłn
En el momento actual, el maná de Park Noah todavĂa era inestable. Ella se habĂa defendido contra las acusaciones del investigador e insistiĂł en que fue principalmente debido a sus acciones infundadas, que la traumatizaron, lo que provocĂł los cambios erráticos en su maná.
Sin embargo, en el fondo, ella sabĂa que su inmenso miedo no era la Ăşnica…
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Capitulo 30..
Cuando la perra se pierde, digo Laeti
NOOOOOOOOOOOOOOOOOO, tu no ;-;
Ejem, por ejemplo PERRA
¡Aléjate de Armin, perra!
Oh si no...

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YAS LA VECINDAD TRYNA STOP THEM