La sensación de estar haciendo algo que no deberÃas… pero que, de alguna forma, te hace sentir más viva que nunca.
Asà se siente la adicción
No saber si hoy te buscan o mañana desaparecen.
No saber si te aman o si simplemente están jugando.
Porque esa adrenalina engancha.
Porque cuando aparece, el cuerpo se llena de algo difÃcil de explicar: una mezcla de emoción, peligro, deseo y urgencia. Como si todo fuera más fuerte, más real, más intenso.
Se acostumbra a lo prohibido.
A los mensajes que llegan tarde en la noche.
A las reconciliaciones después de las discusiones.
A esa sensación de vértigo que parece amor pero en realidad es ansiedad.
Es una especie de droga emocional.
Uno sabe que algo no está bien, pero cuando esa persona aparece otra vez… el cuerpo vuelve a reaccionar igual. El corazón corre, la mente se acelera, y por un momento todo vuelve a sentirse emocionante.
Porque en el fondo también existe ese miedo silencioso a estar sola.
Esa necesidad de aguantar un poco más, de soportar otro capÃtulo, de esperar que esta vez sà sea diferente.
Hasta que un dÃa llega la claridad.
Y uno entiende algo incómodo pero necesario:
que muchas veces no se estaba enamorada de la persona… sino de la sensación.
Pero al final del dÃa, cuando todo se calma y el ruido desaparece, también aparece la conciencia. Esa pequeña voz que sabe que algo que se siente tan adictivo rara vez es sano.
Que el amor no deberÃa sentirse como abstinencia.
Que la paz también merece una oportunidad.
Y entonces queda lo más difÃcil de todo:
Soltar incluso cuando el cuerpo todavÃa recuerda la emoción.
Soltar aunque una parte de ti siga buscando esa descarga de adrenalina.
Porque crecer también es eso:
reconocer lo que te hacÃa vibrar…
y aun asà tener el valor de dejarlo ir.