R E V E R I EÂ by Margotea
No podĂa deshacerse del ardor bajo sus pĂĄrpados, el suspiro que ahora abandona sus costillas tiembla en el aire frente a Ă©l. AĂșn en su escape, se permite danzar bajo la incesante precipitaciĂłn, su madre solĂa decirle que era un alma como la llama de una vela; cĂĄndida y cĂĄlida, ahora se encuentra anhelando que la tormenta arrastre a la tierra su sucia esencia y la sepultĂ©, anhela paz, desea acunarla con los rugidos de la tempestad, con la melodĂa del final.
La vehemencia del clima no aterra su sistema, las llamas de sus dedos expiran diminutas gotas sangrientas: en su mente solo hay una pesadilla que lo acompaña como su sombra, tan familiar que el pĂĄnico parece un amigo de la infancia. Su palma acaricia su vientre abrigado, una sonrisa creciente en su rostro tras escuchar a los insectos comenzar su orquesta con la naturaleza, agudos acordes lo anestesian para una fantasĂa lejana, distante de esa realidad en donde todo su ser duele.
Uñas rascan su irritado cuello como si intentaran apaciguar la comezĂłn del veneno que aĂșn lo viola, que aĂșn le recuerda lo que la luna le arrebatĂł. Sus muslos estĂĄn rozados, sus pasos son desprevenidos, la lana de su vestido actĂșa como una red pesada.
"Rebelde, reacio, indomable"
''MamĂĄ, yo quiero ser una fogata''
''Entonces deberĂĄs cuidarte de las tormentas''
Ăl sabe que estĂĄ cruzando los lĂmites, las reglas, las raĂces de otras manadas, los sonidos del rĂo llenĂĄndose provocan temor a sus descalzos pies, la tormenta se vuelve feroz y sus enlodadas piernas se cansan aĂșn mĂĄs con el peso de la tierra mojada. Pero no puede volver al mĂĄrmol, a la sangre, al agua. AhĂ todo es frĂo, mĂłrbido, siniestro.
La naturaleza sigue llamando a casa, los roedores temerosos, las ranas devorando moscas, el cielo gris evoca el recuerdo de su madre despidiéndose de él mientras agita su mano;
''Las fogatas no pertenecen al mar'' pequeño omega de seis años lo cree, su mamĂĄ tenĂa una aficiĂłn por las sirenas, su papĂĄ por quemar cosas, ambos tan volĂĄtiles que su papĂĄ quemo su hogar y mamĂĄ se ahogo en el mar donde su amante la despidiĂł años atrĂĄs.
Ante el juicio, su padre fue desterrado junto con su cachorro del territorio, el bosque de Primlit era fĂșnebre como los solitarios viajeros grises, nada era de nadie y nadie era de nadie.
''Si lloras te vas a apagar''
Su flequillo se pega a su rostro caliente, ahora lo devora la sensaciĂłn de que el lobo aĂșn le persigue pero a su alrededor solo hay kilĂłmetros de ĂĄrboles que le dan la bienvenida, el joven no sabe su rumbo, su orientaciĂłn, ni la hora del dĂa, retraĂdo cachorro creciĂł en una choza de aluminio, verde anatomĂa devorada cada dĂa, cada noche.
Irises bravos persisten, jugando a mientras el lobo no estĂĄ durante dĂas, simpatizantes siervos lo miran, no temen, los omegas dan vida, no quitan la vida.
"Si tan solo supieran" Ă©l murmura, las nubes vuelven a gruñir, lo Ășltimo en su estĂłmago fueron tres ciruelas. Su alma gime, la incertidumbre es dañina en su estado, su corazĂłn palpita con alivio cuando en el centro del bosque reside un sauce, sus cortinas de hojas serenĂĄndose con el viento. Tierna criatura se sienta en las faldas del majestuoso ĂĄrbol, incrĂ©dulo e ignorante de que otras criaturas se esconden en aquel sitio.
Estrellada espalda se apoya contra el tronco, sus pårpados se cierran y cuando se abren la tormenta ha parado, dejando solo trazos de humedad en el éter del lugar.
De pronto, amarillas alas lo saludan, la mariposa reposa en su rodilla y él la contempla con sumo interés, aquel ser irradia luz tornasol en su silencio. Cuando la esperanza se eleva en el aire de nuevo, el omega se levanta, siguiendo el camino de la criatura como si él fuera de metal y ella un imån.
El paso del aliento raspa su garganta despuĂ©s de un par de kilĂłmetros, su naturaleza llora por consuelo que no ha recibido en años y que ahora parece torturar su frĂĄgil espĂritu. Los ĂĄrboles a su alrededor comienzan a mantener distancias estrechas, raĂces tan gruesas que el omega tiene que escalarlas, la tierra comienza a carecer de cĂ©sped en las zonas donde los altos troncos y sus ramas no permiten al sol besar la tierra.
La mariposa sigue vacilando en el aire a unos cuantos metros de Ă©l, la niebla creciente abraza al ambiente y Ă©l continĂșa caminando tras la pequeña belleza, siguiĂ©ndola como un cachorro curioso y perdido. Con la bruma aĂșn mĂĄs gruesa, Ă©l ya no puede ver a un metro delante de Ă©l, su guĂa se ha esfumado y ahora no tiene emociĂłn que utilizar como escudo, cae en sus rodillas, llorando.
"Mamå, ¿Qué debo hacer si yo soy la tormenta?" el sabor amargo de sus palabras lo hace tragar mal y un hipido molesto comienza a sacudir su pecho cada diez segundos.
Se recuesta en la tierra, la neblina parece abrazarlo a Ă©l y en su desconsolada escena, un par de ciervos corren asustados por su lado, tan rĂĄpido que lo hacen dudar si aquello fue un sueño, pero al menos el susto ahuyento su hipo. Se pone de pie y cuando mira hacia arriba la mariposa de antes estĂĄ ahĂ, volando y reposando en el dedo que Ă©l extiende.
"PensĂ© que me habĂas dejado" se sobresalta cuando en las alas del insecto crecen unas manchas y estĂĄs adquieren la forma de unos ojos. Su dedo tiembla y cuando mira al suelo las ramas y hojas que crujieron en el momento en el que se recostĂł vuelven a crujir, pero esta vez, se incendian.
El fuego se comporta sumiso bajo su talón, irises de opal negro contemplan las manchas semejantes a ojos en las alas de la mariposa, su competencia de miradas sin parpadeos se interrumpe cuando él estornuda, su nariz adquiriendo un rosado aspecto.
La criatura resume su vuelo, sin embargo ahora parece esperarlo y Ă©l sonrĂe porquĂ© a pesar de que esas manchas le causan escalofrĂos, siente que no estĂĄ solo. Parece consolarle que si muere antes de encontrar refugio alguien serĂĄ testigo de que ahĂ perdiĂł la vida, no le preocupa quiĂ©n devorarĂĄ su cuerpo, no logra mortificarle nada de lo que pasĂ© una vez que se haya ido.
Louis cae en la realizaciĂłn de que ha dejado atrĂĄs el territorio de Primlit y ahora traspasa la frontera de un nuevo lugar, la calima se disuelve, todo su alrededor es verde. Detiene sus pasos cuando un conjunto de aullidos se escucha a lo lejos, aquellos ecos significan dos cosas: Peligro, corre.
Y lo hace, sin dirección levanta sus talones del suelo, todo arde, sus pies arden, su entrepierna arde, su pecho arde, pero no puede permitirse ser atrapado, no puede volver, el pånico le grita que corra aunque él estå cansado de huir.
"El dolor no tiene lĂmites" le dijo una noche su padre antes de envenenar su vientre.
Asà que corre, corre hasta que siente que todo su ser se volverå ceniza, las condiciones lo hacen lento y su olfato percibe que hay algo cerca, no hay sol después de la tormenta, el atardecer se roba la luz y se esconde con ella, los nervios del omega gimotean ante la idea de la oscuridad de la noche.
Un gruñido congela sus movimientos, sus ojos se redirigen al lobo gris que se encuentra a unos suspiros de Ă©l, lĂĄgrimas descienden violentamente cuando un enorme hocico gruñe a milĂmetros de su rostro. Su naturaleza vibra, emitiendo un gemido de auxilio, omega en peligro, pero la bestia parece aĂșn mĂĄs molesta, filosos dientes descienden y desgarran su vestido de lana.
"ÂĄNo, no, no!" ruega cuando un colmillo traza la piel rosada de su muslo, tras percibir el olor a carne y sangre del aliento de la bestia Louis quiere vomitar ahĂ mismo las tres ciruelas que ingiriĂł hace dĂas.
Milagro del destino, el violĂn nervioso que toca en su corazĂłn descansa aliviado cuando otro gruñido distrae al lobo que amenaza con devorarlo, el animal de melena gris se aparta concentrando su atenciĂłn en la criatura frente a Ă©l- otro lobo, melena de un rojo mirlo. El omega no espera a que ambas fieras comiencen a luchar, se pone de pie con su vestido roto y vuelve a correr.
La anatomĂa cansada comienza a rendirse, por su mente pasan los recuerdos de toda las cosas que amo de este mundo, la noche llega tan rĂĄpido y lo Ășltimo que siente es su cuerpo caer, sus dedos acarician la tierra, pequeñita como la vida que la luna le arrebatĂł.
En su estado de inconsciencia no puede sentir como alguien lo sostiene en sus brazos.