El único país que conozco además del mío es Argentina, y de todos los viajes que hice ahí desde que soy niño hasta la fecha, solo 2 salieron mal. El primero fue un tour para ver a Iron Maiden, organizado por un inepto cuya tarea era mayor que sus capacidades. Perdimos el barco y pasamos la noche durmiendo en la vía pública cagados de frío, mientras todos los vehículos del mundo pasaban a menos de 2 metros de nosotros.
El segundo fue este: visité a una amiga. Cuando llegó el momento de volver, ella me preparó un sandwich enorme. Opuse resistencia porque era completamente innecesario el gesto: recién habíamos almorzado, al llegar no tenía que esperar el barco y partiría de inmediato, si me venía hambre podía comprar algo a bordo con mis últimos suspiros monetarios. Ella insistió.
Menos mal: La ruta estaba cortada por un piquete, esa fue la primera señal de que las cosas saldrían mal. Superado ese primer obstáculo, en la autopista un maravilloso camionero dobló donde no podía, su mejor idea fue poner reversa para retomar su curso inicial, el camión quedó atascado y no había dios que lo pudiera sacar de ahí. Obviamente cuando finalmente llegué a tomar el barco, me sentí como esos viajeros del tiempo que llegan a un futuro en el que nada de lo que conocieron existe y todos sus seres queridos están muertos. Demoramos tanto que hasta llegué a pensar que la empresa estaba extinta. No fue el caso, pero el barco había partido hacía mucho y el siguiente era el último, zarpaba varias horas después, cerca de la medianoche.
No fue el sandwich lo que me salvó la vida exactamente, fue el gesto de afecto de alguien que me quiere. Ese día, hace mucho ya, fue que aprendí que querer y que nos quieran no va a salvar el mundo, ni siquiera nuestro mundo. Lo que sí logra como mínimo es hacerlo tolerable, como máximo nos salva cuando solos no podemos, porque mis amigxs siempre son el airbag que evita romperme los huesos del alma en este accidente que todos sufrimos y que se llama nacer.