La vida que insiste–El túnel
Jueves doce del mes tres
Esto es una memoria. La escribo porque temo que si no la dejo aquí, esta madrugada se disuelva dentro de mí como una fiebre que nadie vio.
Hace cinco días me mudé de ciudad y regresé al pueblo donde viví hasta los diecinueve años. Todos dicen que los cambios son buenos, que los cambios traen aire nuevo, y yo repito esas frases como si fueran pequeñas píldoras de fe que debo tragar aunque no siempre hagan efecto.
Antes de venir hablé con mi psicóloga. Es una mujer dulce, de esas personas que parecen escuchar con todo el cuerpo. Sé que escucharme es su trabajo, pero hay algo en su mirada que a veces se parece al cuidado de una madre. Me dijo que quien regresaba ahora no era la pequeña yo que se fue hace años, no la chica temblorosa que sobrevivía como podía, sino una mujer de veinticuatro años, una mujer capaz de entrar en su propia historia y mover los muebles de lugar.
Durante algunos días lo creí. Caminé con esa idea en el pecho como quien lleva una llave recién encontrada.
Pero ahora es de madrugada y no puedo parar de llorar.
Escucho a las dos mujeres que viven conmigo hablando a mis espaldas en esta casa que nunca fue mía. Sus voces se filtran por las paredes como agua sucia. Hay algo profundamente triste en este regreso, porque por un momento imaginé que podría tener un hogar, un lugar pequeño pero mío donde llorar sin pedir permiso, donde dormir hasta tarde sin sentir que estoy robando tiempo, donde pintar durante horas mientras la madrugada se abre lentamente como una flor oscura. Imaginé una cocina iluminada a las tres de la mañana, mis pies descalzos sobre el piso frío, el humo de un cigarro dibujando espirales tranquilas en el aire.
Pero he vuelto aquí y ya no río. Pido permiso para comer. Camino con la sensación de estar ocupando demasiado espacio. Las miradas pesan más que las palabras. He vuelto a lo que durante años llamé, con una mezcla de rabia y resignación, la jaula.
Es extraño lo obediente que puede volverse el miedo. Durante mucho tiempo escribí poemas para enterrar ciertos recuerdos o al menos para volverlos menos feroces. Pensé que había logrado domar a algunos de mis fantasmas. Pero ahora la suma de todos mis miedos está de pie frente a mí otra vez, como animales que reconocen su antigua casa.
Tengo veinticuatro años y vivo en una casa que por grande que sea no es mía. A veces siento que las paredes escuchan mi respiración y se inclinan lentamente hacia adentro, como pulmones que se contraen. El aire se vuelve estrecho. El cuerpo aprende a moverse con cuidado.
Extraño mi caja de zapatos. Era pequeña, casi ridícula, pero era mía. Allí lloraba mucho y también intenté desaparecer más veces de las que debería admitir, pero al menos allí podía llorar en voz alta, hablar conmigo misma durante horas, escuchar mis pensamientos sin que nadie los clasificara. Había tardes en que la soledad tomaba la forma de una dulce amiga y se sentaba conmigo en silencio.
Aquí creen que no los oigo. La crueldad doméstica tiene esa cualidad: se mueve en voz baja, como un insecto detrás de la pared.
He vuelto a esta casa donde nunca fui verdaderamente querida, donde siempre fui algo que debía corregirse. Aquí aprendí a hablar más bajo, a ocupar menos espacio, a esconder ciertas partes de mí como si fueran manchas difíciles de limpiar. A veces me pregunto quién podría abrazar mi pena y convertirla en algo parecido al amor. Tal vez solo los brazos de mi madre habrían podido hacerlo, pero en lugar de eso fui empujada hacia las esquinas de una mente que no deja de fabricar tormentas.
Y sin embargo no me odio. Eso es lo extraño. No me odio. Lo que siento es más bien un cansancio antiguo, como si llevara demasiados inviernos dentro del pecho. A veces quisiera ser otra persona, o al menos la misma persona con una mente más tranquila, una mente que no funcione como una habitación llena de espejos deformados.
Deseé con una fuerza casi infantil que este año fuera distinto. Pero ahora estoy aquí otra vez y siento que algo dentro de mí se tensa como un hilo demasiado estirado. Es una presión física, como si mis entrañas quisieran abrirse y derramarse contra las paredes. Estoy al borde de algo invisible. Quiero escapar, quiero ser libre, y no quiero que desaparecer sea la única solución imaginable.
Tengo veinticuatro años y llevo una vida entera huyendo. Soy una visitante en las casas de otros, en las vidas de otros, incluso dentro de mi propio cuerpo. Dejo mis cosas listas para partir. Nunca termino de instalarme.
Estoy cansada de eso.
Tengo veinticuatro años y siento que no he hecho nada más que escribir y soñar. Pero ya no quiero imaginar tanto. Quiero vivir con el cuerpo entero. Quiero correr contra el viento en un campo de amapolas hasta que el aire me queme los pulmones. Quiero galopar sobre un caballo blanco a lo largo de una playa abierta mientras el mar golpea con su espuma salada como si aplaudiera la simple obstinación de seguir viva.
No quiero seguir huyendo.
Tal vez esta madrugada he entendido algo que me asusta admitir: que quiero vivir mucho más de lo que a veces creo.
Pero mi cabeza se ha vuelto un túnel lleno de ecos. Las voces regresan y repiten la misma orden con una paciencia cruel: destrúyelo todo. Ni el aroma de los jazmines, ni los días luminosos, ni las pocas cosas que alguna vez amé logran sostener mi corazón cuando esos ecos se multiplican.
Los pensamientos oscuros se organizan con una lógica fría y me muestran las distintas formas de irme, como si fueran puertas alineadas en un pasillo interminable.
Y aun así lo único que realmente quiero es salir corriendo hacia un campo abierto, acostarme sobre el pasto húmedo y escuchar el viento moviéndose entre las hojas. Imagino una bandada de aves girando sobre mi cabeza y por un instante pienso que tal vez el mundo podría volverse silencioso y amable.
Pero esta noche me siento perdida. Como si Dios hubiera dejado de escuchar mi voz hace mucho tiempo. Como si mi vida se quebrara un poco cada día sin que nadie lo note.
Quizás hoy estoy llena de rabia. Quizás un pequeño gusano oscuro se ha instalado en mi pecho y lentamente envenena todo lo que toca.
No lo sé con certeza.
Solo sé que sigo aquí, escribiendo esta memoria, intentando que las palabras sostengan mi cuerpo un poco más de tiempo. Que incluso esta madrugada, llena de lágrimas y paredes estrechas, sigue siendo una forma de vida.













