Idioma de las raíces
Podría decirle a mi memoria que aquí me tiene, desvanecida sobre cerezos de una deshonra que aprendí a sembrar en mí misma; podría decirle que moriría hoy mismo por la tibieza de un beso y por unos brazos capaces de convencer a mi miedo de que el mundo todavía puede ser un refugio. También podría recordarle, a esa memoria ingrata que insiste en vestirme únicamente con mis ruinas, que soy todos los lugares que alguna vez amé, todas las páginas que dejaron tinta en mis manos, todas las canciones que respiraron por mí cuando ya no encontraba el aire, que no soy solamente esta alma en pena que arrastra los pies entre los días, que dentro de mí aún sobreviven jardines que nadie ha visto florecer.
Pero hay una parte de mí que no desea ser fuerte, ni valiente, ni invencible; quisiera ser de cristal, una muñeca delicada cuya transparencia despertara ternura antes que compasión, alguien a quien el mundo sostuviera con la misma suavidad con la que se sostiene una copa antigua por temor a quebrarla. Quisiera ser hermosa de una manera silenciosa, dulce sin esfuerzo, frágil como la primera luz de la mañana, que mi perfume hiciera sonrojar a los corazones más nobles y atrajera las sonrisas de las compañías que llegan sin hacer preguntas, de esas que permanecen incluso cuando el invierno decide quedarse un poco más.
Y, sin embargo, de qué serviría convertirme en todo aquello si lo único verdaderamente importante continúa escondido detrás de mi lengua. Porque nadie sospecha el tamaño de los silencios que una mujer puede aprender a cargar. Nadie imagina que hay palabras tan pesadas que terminan convirtiéndose en hueso, que hay deseos tan pequeños —un beso, un abrazo, un lugar donde descansar la tristeza— capaces de sostener una vida entera. Tal vez por eso sigo hablándole a mi memoria como si algún día fuese a responderme con dulzura y decirme que no nací para habitar únicamente la ausencia, que todavía existe un rincón del mundo donde no tenga que mendigar cariño, donde mi corazón pueda dejar de temblar y, por fin, descansar sin miedo a romperse.
Memoria, ven. No para salvarme. Ven a mirarme. Mírame ahora que todavía conservo un puñado de luz entre las manos y no sé cuánto tardará la noche en descubrir que me olvidé de cerrar las ventanas. Ven. Si has de condenarme, hazlo de frente. Si has de bendecirme, no tardes. Estoy cansada de este país donde las horas nacen heridas y los espejos beben mi nombre hasta dejarlo transparente.
Quería una fragilidad que obligara al mundo a bajar la voz. Quería ser esa porcelana antigua que nadie toca sin antes contener el aliento. Quería que mi belleza no fuera un adorno sino una plegaria, que mi perfume despertara la nostalgia de un jardín que todavía no existe, que mi paso dejara detrás una música tan leve que los pájaros confundieran mi tristeza con el comienzo de la primavera.
Pero lo único verdaderamente mío es aquello que nunca digo.
Lo que callo ha aprendido a respirar mejor que yo.
Lo que callo enciende lámparas debajo de la tierra.
Lo que callo alimenta raíces.
Lo que callo conoce el nombre secreto de todas las lluvias.
Tal vez por eso nadie alcanza a comprender el peso de una boca cerrada. Hay silencios que no son ausencia de palabras: son catedrales hundidas. Son campanas sonando bajo el agua. Son ciervos inmóviles antes de recibir la flecha. Son tambores enterrados que siguen golpeando aun cuando nadie los oye.
Y yo vivo obedeciendo ese tambor.
Día tras día. Noche tras noche. Como si en el fondo de su latido hubiese alguien pronunciándome con una dulzura que todavía no ha sucedido.
Como si toda esta hambre de ternura no fuera una condena sino una promesa. Como si después de tanto invierno existiera, escondido detrás de la última puerta del mundo, un rostro capaz de tocar mi nombre sin romperlo.
Y entonces, memoria, si ese día llega, no me devuelvas lo perdido.














