Una vez me encariñé demasiado con el mañana. Hasta se podría decir que me enamoré de él. Como toda enamorada, le escribía cartas de amor, le daba los besos más dulces, le dedicaba las sonrisas más encantadoras y los suspiros más ingenuos. A cambio, el mañana me arrullaba en las noches de insomnio, me hacía las promesas más primorosas que alguien pudiera elaborar y sobre todo, me pedía que esperara.
Y yo esperaba, con la cabeza vuelta un algodón de azúcar, las expectativas llenas de helio y el corazón dando vueltas sobre un carrusel. Pero como era de esperarse, el mañana se seguía haciendo esperar. Y esperándolo, llegó lo inesperado: las ganas de no esperarlo más. De despertar. De hacer que la vida se volviera repentinamente emocionante y real. Y el presente lo llenó todo con su contundencia. Y un hoy infinito fue lo único que quedó del mañana.
Nota: Este post lo escribí hace más de dos años y se quedó esperando en los drafts. Hoy lo encontré, así como hoy me encontró a mí mucho tiempo atrás. Qué genial ironía y qué formas tan curiosas tiene el destino de darnos la razón.







