No del tiempo,
ni de los días que pasan sin preguntar mi nombre.
Estoy cansada
de ser quien siempre regresa,
quien escribe,
quien espera,
quien sostiene conversaciones
que solo existen
porque mis manos se niegan a soltarlas.
Estoy cansada
de soñar jardines
cuando despierto entre concreto.
De construir futuros
con personas
que apenas alcanzan a verme en el presente.
A veces me pregunto
cómo sería desaparecer.
Volverme viento,
una nube cualquiera,
el pájaro que cruza el cielo
sin dejar que nadie le pregunte
por qué tiene las alas tan cansadas.
Me pregunto
si el mundo seguiría respirando igual,
si las sillas conservarían mi forma,
si mi nombre terminaría
desvaneciéndose en las conversaciones
como la tinta vieja
de una carta olvidada.
Y entonces llega la culpa.
También encuentro mariposas,
canciones que me abrazan por dentro.
Hay instantes diminutos
que consiguen convencerme
de que la vida todavía sabe pronunciar belleza.
Pero pesan tan poco
frente al resto,
que a veces siento
que los llevo en los bolsillos
mientras arrastro una montaña
atada al pecho.
Con la paciencia del agua.
Con la ternura de quien aprende
el idioma favorito de otra persona.
Pero el amor,
cuando no vuelve,
termina pareciéndose mucho
a hablarle al eco.
Duele mirar alrededor
y descubrir que siempre encuentro un lugar
para quienes amo,
mientras yo aprendo
a encogerme
para no estorbar en el suyo.
Mi familia me mira
como si aún esperaran
una versión de mí
que nunca llegó a nacer.
Y yo...
ya no sé quién soy
cuando dejo de intentar
ser suficiente para todos.
Porque el papel
es el único sitio
que no me interrumpe.
Las letras
no me dicen
que exagero.
Las letras
me dejan existir.
Y quizá,
si algún día alguien encuentra este poema,
no descubra una despedida.
Descubra simplemente
a una mujer
que llevaba demasiado tiempo
intentando sostener el mundo
con un corazón
que también necesitaba
que alguien sostuviera.