[4ta pgta.]
¿Cuál ha sido el mejor y el peor momento de tu permanencia en PEISA? ¿Por qué?
-El mejor momento, en términos de realización de proyectos, ha sido, al mismo tiempo, el período más difícil que me ha tocado vivir. A finales de los años 90, entramos en una profunda crisis económica por causa de la piratería orientada contra PEISA durante una década por Montesinos que, estoy seguro, quería quebrar la empresa. Estoy persuadido de que Vladimiro Montesinos enfiló el ataque de la piratería contra PEISA, porque nosotros éramos, en aquel entonces, los editores exclusivos en el Perú de Mario Vargas Llosa, quien se había convertido en el principal crítico del régimen corrupto. Hay que recordar que el 6 de abril de 1992, al día siguiente del autogolpe de Fujimori (disolver, disolver…, recordemos), Vargas Llosa pidió a la comunidad internacional organizar un bloqueo económico contra el Perú para expulsar a la que él llamó “dictadura cívico-militar”. Desde ese momento Vargas Llosa fue vilipendiado por el fujimontesinismo, a través de la prensa adicta al régimen, y hasta se le inició un proceso penal por presuntamente haber cometido un acto de traición a la patria. En un artículo publicado en un diario de circulación nacional, un conocido escritor y catedrático universitario pidió a sus lectores que no compraran los libros de Vargas Llosa en edición original. El absurdo argumento que esgrimía este personaje es “que un traidor a la patria” no merecía que le compraran libros originales y si alguien quería leer alguna de sus obras, debía comprarlas en edición pirata. Ese fue el inició de una campaña de demolición contra Vargas Llosa, y de carambola, ¡contra PEISA!. Cada vez que PEISA sacaba algún libro de interés nacional, como, por ejemplo, Ciudadano Fujimori de Luis Jochamowitz, o Desafíos a la libertad, del propio Vargas Llosa, inmediatamente se me lanzaban los piratas encima, me despedazaban. Esto fue así a lo largo de 10 años, del 92 al 2001 más o menos. Ya a fines del 2000 había caído el régimen corrupto pero los piratas seguían actuando bajo la misma lógica. PEISA era el blanco sistemático de sus ataques. Pienso que debe haber sido Augusto Bressani el encargado de esta campaña contra Vargas Llosa y contra PEISA, pues él era el enlace entre el SIN y la prensa basura, en particular el periodicucho ese llamado El Tío, que dirigía en pseudoperiodista José Olaya Correa. Estoy convencido de que Montesinos, por vía de estos siniestros personajes, nos echó encima las huestes de la piratería para que quebraran a PEISA. El presidente del directorio de PEISA, Alfonso Muñoz, fue secuestrado el 7 de junio de 1993 y al día siguiente del secuestro empezaron a aparecer, en la prensa amarilla adicta al régimen, notas agraviantes contra él, contra mi familia política, contra mi suegro, contra el señor Benites, gerente de La Familia. contra mí mismo. Esos artículos periodísticos hablaban de nosotros como si fuéramos delincuentes de la edición y comercialización del libro. De Armando Benites decían que era un infiltrado de Cuba en el Perú y que había que investigar sus “millonarias” y “secretas” cuentas. De mí decían que era quien manejaba la Cámara Peruana del Libro a mi antojo y, por supuesto, “con fines oscuros”, en fin, una serie de acusaciones absurdas. Yo comprendí que Montesinos estaba detrás de todo esto cuando leí el libro de Sally Bowen, El espía imperfecto (PEISA, 2003). Ella refiere, en esa obra en la que traza la trayectoria infame de Montesinos, que en 1993, cuando había bajado la intensidad de la lucha armada contra Sendero —Abimael Guzmán había sido capturado en septiembre de 1992 y la cúpula terrorista había sido rápidamente desarticulada, con lo que la organización había caído como un castillo de naipes—, el SIN y la Policía Nacional se quedaron sin enemigo al frente y, para no perder poder (y para que no le quitasen el presupuesto), Montesinos se inventó, desde el SIN, una ola de delincuencia común. No es que él participara directamente, sino que la dejó florecer. Esa ola de delincuencia que aterrorizó a la ciudadanía se desató, precisamente, el año 93. Aparecen entonces, en escena, las bandas Los Destructores y una terrible ola de delincuencia común... y también empiezan los secuestros. Lo que vivimos con el secuestro de Alfonso Muñoz (que estuvo cautivo, en condiciones inhumanas, durante de junio a noviembre de 1993) fue atroz. Nos extorsionaron durante los cuatro meses que duró el secuestro. Hasta la lectura del libro de Bowen yo no había relacionado estos eventos con la campaña de demolición contra la imagen de Vargas Llosa que había montado el mismo régimen corrupto, pero ahora puedo decir, con altas probabilidades de certeza, que el secuestro de Alfonso Muñoz está vinculado con la campaña que emprendió Montesinos por liquidar a PEISA, para molestar a Vargas Llosa, para quitarle presencia a sus obras, y, para que, como reclamaba el catedrático universitario Escajadillo en su malhadado artículo, cito de memoria: “impedir que Vargas Llosa saque un sol de este país por la venta de sus libros”.