Espacio Queer: cómo construir diversidad en un festival de cine | REVISTA RAMERA
— En el mundo hétero creo que sufro más por ser gay, y en el mundo gay sufro más el prejuicio por ser negro.
— Doble, ¿no?
— Doble.
Diálogo en la película Waiting for B
El festival de cine Espacio Queer, un festival sobre Diversidad Sexual y Género, nació en el 2014 con el objetivo de generar un espacio de comunicación y debate donde la diversidad sexual y el género se enuncian para ser problematizados a partir de las diversas identidades sexuales, culturales y sociales que habitamos todxs. La propuesta es que durante cuatro jornadas, a partir de proyecciones cinematográficas de producciones que aborden la temática queer se desprendan también espacios de formación y pensamiento en torno a la teoría queer, la sexualidad y la cinematografía.
La edición 2016 –que se llevará a cabo los días 10, 11, 12, 13 y 14 del corriente mes en el Pasaje Dardo Rocha- contará con largometrajes nacionales e internacionales, una muestra fotográfica y espacios de formación como talleres y distintas actividades abiertas al público; la apertura se realizará el jueves 10 en la Plaza Islas Malvinas con la proyección de la película brasilera Waiting for B, en la que se registra la larga espera que realizan lxs fans brasilerxs acampando durante dos meses para un recital de Beyoncé, y lxs juradxs de la competencia serán la periodista Marta Dillon, la cineasta Lucrecia Martel y el fotógrafo Marcos López.
Pensar a la disidencia desde la libertad sexual es pensar también a la cultura como campo de batalla para desarticular aquellas visiones del mundo que fueron impuestas y, en consecuencia, para poder llevar adelante nuestra acción. El Festival Espacio Queer encontró en el cine su propia forma de acción, pensando las significaciones que nos rodean a través de las piezas cinematográficas seleccionadas, que en el marco del festival potencian su carácter transformador, abriendo lugar al intercambio de ideas y experiencias dentro de los talleres y debates que propone espacio queer como parte del mismo.
Lo que puede leerse de este festival, que ya fue declarado de Interés Cultural Nacional y Provincial y de Interés Legislativo, es el entendimiento de la comunicación como un campo de dos dimensiones: por un lado la del relato, aquella construcción de la realidad que realizan los grandes medios, que en este espacio es deconstruida a través de la proyección de películas que no circularían de otro modo por el circuito comercial de la ciudad, y por otro lado la interpersonal, aquella que construimos todos los días desarrollando formas de corporalidad diferentes, que en este caso es abordada a partir de la búsqueda temática de cada película seleccionada. En palabras de lxs organizadores, “la búsqueda se centra en películas que expongan una perspectiva queer, donde la identidad se piensa como una construcción constante, sin parámetros establecidos ni normados y la sexualidad se practica y se expresa en todo lo que pensamos, sentimos y hacemos”.
De este modo, con el objetivo de ampliar la visión de todo lo que nos rodea, el festival de cine Espacio Queer va más allá de ser un festival y genera, como lo dice su nombre, un espacio atravesado por la potencia política de movimientos como el LGBTTI: quién tiene derecho a tener voz, quién tiene derecho a construir su identidad, cuál es la libertad de nuestros cuerpos y la libertad de nuestros afectos y cómo podemos desarticular el relato hegemónico que condiciona nuestra forma de pensarnos y decidir, entre otras disputas.
Toda la información necesaria para poder formar parte del festival, que termina siendo generado por aquellxs que elijan acercarse a ver las películas y participar de las propuestas, está acá: http://espacioqueer.com.ar/
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Estamos en el subte volviendo de la marcha tocándonos porque somos muchxs, con los pelos pegados a la cara, con la ropa empapada porque ningún impermeable pudo parar la lluvia y en medio de todo eso una mujer canta un tango, un tanto machista y poco oportuno, y después de ese tango el vagón entero grita ni-una-menos-vivas-nos-queremos; esta seguidilla de contradicciones en la línea H me hace pensar lo mismo que pensé cuando dejé de verles las caras a las mujeres en las redes sociales para ver un dibujo dulce y silencioso: cuando somos muchxs en la calle bajo una misma consigna las cosas se confunden pero qué importante, ahora sí oportuno, que estemos todxs hablando de esto.
Hace un rato traté de ver las caras de lxs que pasaron al lado mío entre las miles de personas que salieron a gritar en las calles que nos queremos libres y vivas, para sentir alivio, porque todavía escucho personas que piensan que la violencia es algo que se elige con diplomacia, algo abstracto en lo que se cree o en lo que no se cree y no algo con nombre y apellido que somete nuestros cuerpos dolorosamente y sin permiso. Yo no quiero pensar la identidad de Lucía, la de Melina o la de Ángeles como la de la adolescente empalada que murió de dolor, la adolescente violada que apareció descartada en una bolsa de basura, la adolescente asfixiada que pudo resistir la violación pero no la muerte, pero a todas ellas las conocí por muertas: todas muertes hacen que sienta que estar viva sea una estadística, que si un hombre no hizo de mí lo que otros hicieron de ellas sea sólo suerte o casualidad.
Unos días atrás, antes de que a Lucía le quitaran primero la libertad y después la vida, discutíamos si estaba bien o mal responder a la violencia con más violencia, porque parece que pintar una pared es lo mismo que ultrajar a una mujer y ahora, que caminé entre tantas personas que se empoderaron del dolor, pienso que cómo puede ser tan fácil matarnos, si fuimos y somos tantxs levantando los puños y gritando como tribu que ya no vamos a aguantar más vernos desaparecer así, tantas veces tantas muertes tan violentas. Pienso en las que mueren y no se las menciona, las muertas por abortos ilegales, las asesinadas que por pobres no interesan, las chicas trans y las trabajadoras sexuales también asesinadas, las golpeadas y las abusadas y sólo entiendo cómo esta realidad es posible cuando vuelvo a casa y prendo la computadora y leo a un chico enojado porque la vidriera de su gimnasio sport club diagonal norte al que concurre habitualmente ahora dice ni una menos con aerosol dorado y qué desgracia, como es un plotter, va a haber que cambiarlo todo otra vez.
Entonces quiero furia organizada, quiero bronca canalizada en empoderamiento, quiero mujeres hartas y contestatarias y hombres avergonzados de sus privilegios que deconstruyan el macho que les dijeron que tenían que ser. El miedo que tengo miles de veces al año cuando me siento vulnerable no me hace cariñosa como una madre ni rosa y bebota como una nena pidiendo por favor que no me quiten la vida y la libertad, el miedo me da ganas de ser guerrera cuando pienso que mis derechos deberían ser garantías y de pronto ningún grito me alcanza porque puedo hacer un mapa con todas las mujeres que conocí en esta vida y que alguna vez tuvieron que sobrevivir a un hombre abusivo.
Si la violencia genera más violencia entonces el Estado debe hacerse presente con políticas públicas claras y reales, pero el actual gobierno también toma decisiones y ayer respondió a los reclamos de la marcha con un decreto que, además de buscar remover a la procuradora Glis Carbó de su cargo, elimina la fiscalía especializada contra violencia de género. Entonces, el único camino que encuentro es político y decido dar los pasos en la calle en las casas en las aulas y en los bares, en mi lugar de trabajo y en mis lugares de ocio para estar primero viva y después libre frente a las miserias de este mundo patriarcal que nos exige a todxs dejar de ser ingenuxs para ser combativxs.
K´uychi Ayllu significa familia arcoíris en quechua y es el nombre escogido para la organización autónoma de Diversidad Sexual-Cusco, que organizó un muro informativo el pasado 17 de mayo en la Plaza de Armas, corazón de la ciudad. La razón fue la conmemoración del día mundial de la lucha contra la homofobia y, la intención, en primer lugar, manifestar que lxs homosexuales y transexuales existen; en segundo lugar, usar el espacio público para informar la violencia y discriminación de la que son víctimas.
Jimmy Delgado Román, referente del evento, habló con Revista Ramera. Nos dijo que resisten y que ya es hora de terminar con la dolorosa realidad que sufren.
1. ¿Cuáles son los motivos que llevaron a la creación del colectivo K´uychi Ayllu?
K´uychi ayllu nació aquí en el Cusco el 18 de diciembre de 2015, con el propósito de promover el respeto y la equidad para las personas con orientación sexual e identidad de género distintos al heterosexual.
La idea es proponer alternativas para empoderar a cada uno de los miembros de la organización y reforzar su autoestima, a su vez, encontrar un espacio para poder expresarnos con libertad acerca de la problemática que se vive a diario en la sociedad y sembrar la formación de personas con principios de tolerancia a la diversidad de ideas y posiciones.
2. ¿Han tenido problemas para manifestar sus puntos de vista, ya sea política o socialmente?
Sí, cuando salimos a marchar siempre hay miradas de rechazo, comentarios homofóbicos y burlas; sucede también cuando hacemos muros informativos en el espacio público que hay gente que mueve la cabeza en señal de desaprobación, o leen algo que los incomoda y se van con cara de molestia. Los más avezados, generalmente gente mayor de 40, pasan gritando e insultándonos. Pero nosotros no hacemos caso, porque cada día hay más personas que nos dan palabras de apoyo o aliento, lo cual es muy importante, sobre todo para los jóvenes TLGB que recién empiezan a incursionar en el activismo. Nos hacen sentir que no estamos solos, que amar a alguien de tu mismo sexo no está mal y que no tenemos por qué sentirnos culpables.
3. Utilizan la frase Amar es un Derecho, la cual denota que están desprotegidos a nivel estatal ¿Cuál es la posición actual del Estado Nacional?
La posición actual del estado es lamentable, pues quienes legislan las leyes son congresistas que entraron a gobernar por ser famosos, pastores de iglesias evangélicas o dinosaurios de la política ultraconservadora. En el 2009, el único congresista asumido homosexual (Carlos Bruse) presentó un proyecto de ley contra los crímenes de odio, el cual fue archivado automáticamente.
En la elaboración del código penal, se quitó a los homosexuales y mujeres que sufren violaciones por parte de las poblaciones vulnerables, impulsado por cuatro congresistas evangélicos, que recibieron de nuevo apoyo por la mayoría del congreso. Así mismo, Bruce presentó el proyecto de ley “Unión Civil”, no matrimonial, para personas del mismo sexo, que fue rechazado el 10 de marzo del 2015; este proyecto de ley causó mucho revuelo mediático porque la gente pensaba, escandalizada, que los homosexuales querían casarse para adoptar hijos para volverlos gays y aprovecharse de ellos sexualmente. Lamentablemente este fue el argumento de algunos congresistas.
La situación en los próximos 5 años en cuestión de derechos humanos para la comunidad TLGB también es preocupante, pues de los 130 congresistas 73 son fujimoristas, y este partido es abiertamente homofóbico, pues firmó un pacto con líderes evangélicos para que si su candidata Keiko (hija del ex presidente Alberto Fujimori, preso por crímenes de lesa humanidad y corrupción) eventualmente entrara a la presidencia, se interpondrá ante la unión civil y la legalización del aborto.
Y no es de sorprender que la Iglesia Católica también se inmiscuya cuando se discuten derechos para personas TLGB y la decisión de las mujeres sobre su cuerpo, porque en el Perú la Iglesia es protegida y financiada por el Estado; organizan marchas por la vida, obligando a casi todos adolecentes de los colegios a participar, como mandato de municipalidades y gobiernos regionales.
4. ¿Existe un registro de muertes, abuso y corrupción real al respecto del sufrimiento que viven las personas TLGB?
No, no existe un registro real, pues la homofobia y transfobia está “normalizada” para los ciudadanos peruanos, para la mayoría de la población es inaceptable tener a un hijo o hija con orientación sexual distinta. Lo más injusto es que la cara para los turistas es otra.
Existe un registro representativo que se elabora cada año por parte del Promsex y Red Peruana TLGB desde el 2012, llamado “Informe Anual Sobre Derechos Humanos de Personas Trans, Lesbianas, Gays, Y Bisexuales En El Perú”, pero repito que es representativo, pues muchos no denuncian casos de violencia por miedo a la burla en los entes del Estado, y difícilmente obtienen respaldo de sus familiares para tener la confianza para hacerlo.
5. El hecho de que otros países, inclusive hermanos de América Latina, estén avanzando en puntos que ustedes comparten ¿les da fuerzas? ¿Utilizan proyectos vecinos como modelos para los suyos propios? Y en ese sentido, ¿están en contacto con organizaciones de otros países?
Sí, es una alegría que países como Chile, Argentina y ahora Bolivia, tengan leyes que protejan a personas TLGB, que sus necesidades sean atendidas por el estado y las decisiones sobre sus identidades, sexualidades y cuerpos sean respetadas.
Nos llena de esperanza y nos da aliento para seguir luchando por algo que muchas veces en nuestra realidad se ve muy lejano.
6. En tu experiencia personal: ¿Qué sientes al formar parte del colectivo K´uychi Ayllu?
Gran alegría, orgullo y esperanza al ver que, a pesar de que seamos pocos, vamos trabajando y logrando cambios en la población, paso a paso. Creemos que nuestra visibilidad es fundamental en cualquier espacio, para ir derrumbando los prejuicios instalados por parte de la desinformación del Estado y grupos religiosos.
Un día antes de que alrededor de 50 mil personas reclamaran en las calles por la defensa de la educación pública y gratuita, el Ministro de Educación, Esteban Bullrich, dijo al respecto: “Yo creo que no tenemos responsabilidad en el conflicto”. Eso quiere decir que para el ministro, el Ministerio de Educación no tiene la obligación de responder a lxs docentes, no docentes, estudiantes secundarios y universitarios, egresadxs y ciudadanxs que marcharon ayer para exigir una solución ante los presupuestos insuficientes que ponen en peligro la continuidad de la universidad pública.
Lo que Bullrich resume como “el conflicto” vendría a ser un paro a nivel nacional de todas las universidades públicas del país –algo que no sucedía desde el 2001- con tres facultades tomadas -Filosofía y Letras, Psicología y Ciencias Sociales- en respuesta al ajuste que se está haciendo en la educación. El principal problema se centra en el presupuesto: los fondos destinados para las universidades fueron presupuestados el año pasado, antes de los aumentos exponenciales en los servicios de gas y luz que hoy hacen que el presupuesto destinado a las Universidades Públicas no alcance ni para que los edificios puedan estar en marcha. Así, hace semanas que lxs docentes de las distintas Facultades decidieron realizar clases públicas, trabajar sin firmar planillas, visibilizar una situación que excede la precarización laboral de lxs trabajadores educativos.
Pero el problema presupuestario es el reflejo de una gestión de gobierno que parece no estar interesada en fortalecer uno de los pilares de nuestro país que es la educación pública y gratuita. En mayo de este año, el juez Cayssials declaró inconstitucional la reforma de la Ley de Educación Superior que se había impulsado el año pasado para establecer la responsabilidad innegable y principal del Estado para garantizar la educación superior, entendiendo la misma como un bien público y un derecho humano, junto con el acceso irrestricto. Sus fundamentos para declarar esta reforma como inconstitucional tienen base en la idea de que “la enseñanza superior no debe ser generalizada, sino sólo disponible sobre la base de la capacidad”.
Estamos entonces ante un gobierno que concibe las responsabilidades del Estado como un comercial de Chevrolet: que la sociedad se organice en función de la meritocracia, de las capacidades y de la suerte individual, intentándonos hacer creer que si naciste en La Matanza vas a tener las mismas posibilidades que si naciste en Recoleta, sólo-si-le-ponés-garra-y-actitud. La respuesta del Ministro de Educación es culpar a la gestión anterior –cliché- y librar a su ministerio de las responsabilidades. La respuesta del Presidente de la Nación es hacer un aumento de 500 millones de pesos que sigue siendo insuficiente -sólo la UBA necesitaría el 30% de esa totalidad-. La respuesta de la gobernadora de Tierra del Fuego ante la fuerte resistencia gremial docente es la represión y la persecución. La respuesta de los medios de comunicación con más alcance del país es invisibilizar y ningunear los reclamos.
Es por eso que la consigna unificadora para la marcha de ayer fue la Defensa de la Educación Pública y Gratuita y en ese sentido, las consignas fueron claras. El presidente del centro de estudiantes de la FADU, Nicolás Spangenberg, dijo en la Plaza de Mayo que “no está en discusión si la educación y la vivienda y la salud son una inversión social, si es o no gasto público, acá no se debate nada de eso porque entendemos lo que es un país verdaderamente soberano, con la salud y la educación al servicio del pueblo”.
Quienes critican la política en la universidad, los paros como estrategias de lucha y el acceso irrestricto como igualdad de posibilidades y deciden burlarse en sus redes sociales del valor que tiene un libro, quizás nunca entiendan por qué ayer había chicxs de secundaria cantando con la urgencia de quien defiende su futuro, junto con jóvenes y adultos, que la unión para la educación del pueblo es defenderla y no venderla.
En Revista Ramera todxs pertenecemos a la clase media: somos hijxs de docentes, de profesionales egresadxs de la Universidad Pública, de empleadxs de comercio. Nosotrxs mimsxs somos docentes, egresadxs y estudiantes de la Universidad Nacional y sabemos que sin un acceso público y gratuito probablemente no podríamos habernos desarrollado profesionalmente, pero a pesar de una necesidad económica estudiar en la Universidad Pública fue también una elección: entendemos que con todo nuestro capital simbólico tenemos las herramientas para construir una sociedad en la que el conocimiento sea democratizado, en la que el acceso a la información sea real y equitativo, en la que se entienda que la educación es política y la política es empoderamiento; pero para que esas herramientas se conviertan en recursos necesitamos de políticas de Estado que entiendan el significado de PÚBLICO y GRATUITO.
Universidad de paro también educa | REVISTA RAMERA
Unas 50 mil personas coparon las calles de Buenos Aires para defender la educación pública, gratuita y de calidad frente al ajuste impuesto por el gobierno de Cambiemos sobre el presupuesto de las Universidades Nacionales.
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En defensa de los derechos de lxs trabajadorxs, cuatro centrales obreras y miles de personas acompañaron el reclamo sindical ante las políticas de ajuste del gobierno de Mauricio Macri.
Foucault y los cinco “chicos” muertos en una fiesta | REVISTA RAMERA
Un ramero socialmente aceptado como adulto opina: quiénes murieron en Time Warp, qué capital político muere con ellos y, mientras tanto, a quiénes o a qué tratan de matar los “adultos”.
Por: Marcos Alberto Diez
Foucault hizo una clasificación de las sociedades por cómo se manifiesta el poder: sociedades de soberanía, en las que el poder se manifiesta haciendo morir o dejando vivir a la gente; sociedades disciplinarias y de control, en las que el poder se manifiesta haciendo vivir o dejando morir a la gente.
En mi opinión, esta clasificación no es meramente histórica. Por ejemplo, está afectada por el género, y el femicidio puede verse como una manifestación de soberanía masculina sobre la mujer, con hombres que tienen el poder de hacer morir a las mujeres, o de dejarlas vivir si acatan sus reglas. Y en forma generalizada, creo que esta manifestación obedece a cuestiones económicas, a las leyes del mercado, considerando a las personas en sus roles de productores y consumidores de recursos:
En las sociedades agrarias pretecnológicas no existía una garantía de producción de alimentos y recursos necesarios para cubrir las demandas de las poblaciones, y el poderoso controlaba al mercado para erradicar el exceso de demanda. La persona es apreciada como productora “dejándola vivir” y menospreciada como consumidora “haciéndola morir”.
La revolución industrial aseguró la producción de alimentos y recursos suficientes para cubrir la demanda de las poblaciones, y la producción de excedentes que debían consumirse. El poder se manifiesta apreciando a las personas como consumidoras, “haciéndolas vivir”, y menospreciándolas como productoras, “dejando morir” a las que carecen de capacidad de consumo (tras competir entre sí para conseguir trabajo y protestar para que se aprecie a la mano de obra).
Nuestra vicepresidenta, Gabriela Michetti, expresa sus privilegios diciendo “la droga mata a los pobres y a la gente normal”. Marginaliza a la pobreza como si fuese una minoría, cuando se trata de la gran mayoría, y se ubica a sí misma y a su interlocutor en el lugar de normalidad establecida por la manifestación de poder: “normal” es quien desea y puede consumir, ese a quien hay que “hacer vivir”. Ese que tiene $500 o más para consumir y lo gasta en la entrada de una fiesta electrónica, en la barra comprando bebidas, o comprando drogas “recreacionales”, en especial las diseñadas en laboratorio, que se espera que tengan efecto breve y no sean adictivas ni demasiado perjudiciales para la salud. El pobre es ese al que se lo puede “dejar morir” en un hospital público subfinanciado, o consumiendo paco, que no es más que el residuo más nocivo de la manufactura de drogas destinadas al consumo de los normales.
Por eso la sociedad se rasga las vestiduras cuando mueren 5 personas “normales”, se moviliza la justicia, se instala el tema en los medios, se indaga la corrupción policial. Y sí, también nos indignamos cuando nos señalan las muertes por el paco, pero entran dentro de esta concepción de normalidad establecida, entra dentro de lo esperable, con una mirada fatídica de los normales que no es otra cosa que la aceptación de que se los “deja morir”.
En esa fiesta había unas 15.000 personas, y entre ellas hubo miles que se drogaron, así como suman miles quienes se han drogado de esta forma en fiestas electrónicas desde hace más de una década, y sin que hubiera muertos. Los chicos que mueren por el paco son una estadística, pero bajo el mismo criterio estadístico, 5 entre millares es una proporción ínfima. El problema no fue “la droga”, el problema es que osaron experimentar con una nueva fórmula o un nuevo “corte” usando como conejillo de indias a las personas normales. Si hubieran experimentando en una villa, probablemente no nos habríamos enterado. Probablemente ni siquiera el médico de guardia, ni el legista en la autopsia, notasen la diferencia entre el conejillo de indias y el que murió a causa del paco. Debían haber experimentado con aquellos destinados a que se los “deje morir”.
Luego, entre los normales, se habla de quienes asisten a estas fiestas —y de quienes murieron— como “chicos” cuando son todos mayores de edad. Son hijos, no adultos con libre albedrío. Se los trata como adolescentes pese a que puedan tener 30 años de edad. La adolescencia se extiende hasta los 40, dicen los especialistas, tras caracterizarla como una cuestión de asumir responsabilidades, de capacidad de planificación a futuro, de la permanente dependencia de los padres.
Cabe preguntarse por qué los consideramos chicos. ¿Podemos considerar la actitud de los millennials, de la “generación larva”, de la generación “ni-ni” (ni estudia ni trabaja), una falencia de maduración tal que son chicos? ¿O como una actitud política —por poco clara que sea— de la primera generación con mayor capacidad de acceso a información que sus padres, a partir de la cual cuestionan las planificaciones que se esperan de ellos en pos de promesas de un futuro que ellos verifican que fueron fallidas para sus padres? ¿Cómo esperar que acepten con el mismo tino que aceptamos nosotros a su edad, una fórmula de vida, un modelo de planificación con el que venimos fracasando rotundamente individualmente y como sociedad, cuando ellos tienen más información para cuestionarlos que la que nosotros podemos obtener para manufacturarles una respuesta favorable a nuestras expectativas?
Cabe preguntarse ¿Quiénes son los chicos acá? ¿Ellos o nosotros? Cuando el poder se manifiesta “haciéndonos vivir o morir”, “dejándonos vivir o morir”; cuando carecemos de soberanía sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros futuros; cuando el mercado nos controla en masa, acomodando la producción y la venta al dictado de la estadística sobre nuestra conducta; cuando el marketing y la publicidad se especializan en inducir conductas, internalizando en nosotros el control que nos hace consumidores aptos -en la sociedad de control- ¿No somos todos chicos?
Cuanto más tardan los hijos en ser adultos, en convertirse en padres, más tardamos los adultos en convertirnos en ancianos, en abuelos... en llegar a esa instancia en la que dejamos de ser consumidores aptos, en la que seremos tratados como chicos por nuestros atareados hijos, viviendo en asilos con ellos -ya adultos- decidiendo lo que consumiremos -como si fuéramos chicos. Tratar como chicos a los adultos, tildarlos de adolescentes, alimenta una ilusión de control, de que somos dueños de nuestro presente y futuro, aletarga ese fatídico final, nos resulta conveniente. Más aún ante esas actitudes que no entendemos, ante decisiones de consumo en un mercado que ya nos es ajeno, para el que vamos siendo obsoletos. Un mercado que ofrece nuevas drogas (porque a nosotros también nos drogan, sólo que legalmente), nuevos insumos y recursos, nuevos productos que requieren de nuevas conductas, de nuevas sexualidades, de nuevas configuraciones de lo público y lo privado.
En el camino, los adultos somos cada vez más ineptos para proponer cambios y soluciones, nuestra necesidad de alimentar esta ilusión de control nos encasilla en el rol de consumidores que se espera de nosotros, o en el de ineptos para el consumo que debemos resignarnos a que nos dejen morir. Y en el camino, tratando como chicos a nuestros hijos de 30 años, los anulamos, anulamos su potencial político para contribuir a algún cambio significativo en nuestra sociedad.
Dicen los expertos que hace falta hablarles a nuestros hijos. Se equivocan. Hace falta escucharlos.
En Cochabamba la gente quiere fumarse un joint sin ser vistos como criminales; recién empiezan a organizarse pero las ganas de crecer son muchas. Piden consumo con fines recreativos y utilización medicinal.
Por: Cármina Arédez
¿Quiénes son?
Miguel Ángel “Mikito”: Somos parte del colectivo Comunidad Cannábica Bolivia y hemos venido trabajando la protesta ante la actual política anti-drogas de nuestro país, porque creemos que es un despropósito invertir 300 millones de dólares al año en una política que obviamente no está persiguiendo a los verdaderos narcotraficantes. Nosotros tratamos de concientizar a la sociedad para que entienda que lo que pedimos es simple: industrialización de la marihuana, consumo con fines recreativos y utilización medicinal. Consideramos que los legisladores tienen la obligación de hacer esto posible.
¿Cómo surgieron?
Nosotros surgimos por el mes de marzo de 2015 con la iniciativa de reunirnos y decir: “es hora de cuestionar la política anti-drogas vigente”, sabemos bien que esto no es justo y es por eso que tenemos que movilizarnos; en este sentido se organizó en Cochabamba una marcha la última semana de marzo de ese año, y posteriormente se siguió con otra en abril y luego en mayo una más, con una feria cannábica simultánea.
¿La organización de ustedes está en otras partes de Bolivia?
No precisamente, pero hay otras que comparten el mismo interés, claro que en ese sentido tratamos de buscar alianzas estratégicas. En algunos casos ha sido difícil, por el hecho de que es un acto de delincuencia hacer esto en Bolivia y hay muchos que tienen miedo. Así que por lo pronto estamos en Cochabamba, tratando de demostrar que no es nada del otro mundo y que es momento de abrir la mente.
¿Cómo convocaron a la gente que está presente hoy?
Básicamente esta es una actividad autoconvocada; hay páginas de Facebook con las que trabajamos. Creemos que las redes sociales están para difundir y organizar.
¿Qué podés decirles a otros países de América Latina?
Que nos han inspirado. La trayectoria de Argentina, Chile y Uruguay, por ejemplo. Nos ayudó bastante el camino que han realizado en esta misma lucha. Entonces dijimos: “en otros lugares lo están haciendo ¿por qué acá no?”.
Libro Primero: El camino a la cárcel | REVISTA RAMERA
Desde un penal de la provincia de Buenos Aires, Maylo relata cómo son los días de alguien privado de su libertad en Argentina. Libro Primero no es sólo la manera que encontró para contar las condiciones hostiles en las que deben vivir los presos, sino también, y quizás primordialmente, la manera que encontró para sobrevivir: expresarse.
Presentamos entonces el segundo capítulo de Libro Primero, la voz de Maylo en Revista Ramera.
Por: Maylo
Amor, odio, traición, robos, drogas, sucio dinero, mentiras, engaño. Siempre quise llamar la atención, prácticamente en todos los sentidos, y por alguna razón que desconocí durante muchos años entré en el mundo de la calle, un mundo extraño y peligroso. Era jovencito, mi futuro no era nada prometedor y dado a mi conducta iba de mal en peor. En pocas palabras, como diría mi ex mujer, hoy por hoy terminaría siendo un negro de mierda.
Los primeros años era todo nuevo, desde el primer cigarrillo que después se convirtió en mi primer porro. Era divertido, era chico y más que plaga era muy inocente y realmente estúpido. Una tarde un flaco que encontramos en nuestras aventuras por la ciudad nos dio una bolsa de cocaína, tomamos de ese polvo por la nariz en una esquina de mi barrio y nos sentimos Súperman, eramos tres amigos, tres estúpidos destinados a vivir la peor mierda de la vida: si hubiese sabido en aquel momento que lo que venía era tan duro, me hubiese quedado en casa a estudiar.
Terminé siendo un adicto como los que se ven en la televisión pero yo tenía doce años. Mi hermanito era más chico que yo y tenía una consola de videojuegos Sega, que incluía una pistola gris de plástico para matar a los patos: las noches en la casa de mamá eran una locura, no dormía mientras todos en la casa sí lo hacían. Eran las seis de la mañana, la luz del amanecer entraba apenas por el gran ventanal del comedor. Caminaba despacio, no hacía ruido en lo absoluto, de lo contrario mamá podía escuchar y retarme. No paraba de tomar, me acerqué descalzo hasta la ventana y agarré la pistola, le arranqué el cable, me dirigí hasta el espejo, mi imaginación era voladora, estaba perplejo en mi figura, cuando siento que por la calle de piedra venía un vehículo, corrí callado esquivando los obstáculos del comedor, llegué a la ventana, vi como un repartidor de pan pasaba haciendo crujir las piedras, quería más coca, no tenía mucho tiempo y ya estaban por empezar a despertarse mis hermanos, salí por la puerta de atrás y corrí tan rápido que sin darme cuenta estaba detrás del hombre que bajaba una bolsa y media de pan. Le apunté en la cara, le pedí el dinero, me lo dio, corrí con todas mis fuerzas como nunca antes, como un ladrón entré en mi propia casa, asustado, sin hacer ruido y abusando de la vulnerabilidad de mi madre soltera. Me reía, tenía el dinero, mi corazón galopaba, había estado al límite pero no me di cuenta que podían haberme volado la cabeza de un balazo.
Todo era muy divertido, parecía que tenía una obsesión con los noticieros, me gustaba, alimentaban mi cabeza con robos que salían en Crónica, mis amigos eran los mejores, éramos una bandita, no respetábamos a nadie, mi poder de decisión no existía así que todo me parecía que sí, que bueno, hagámoslo.
A los pocos años desde aquella mañana mi vida había cambiado. Estaba en la boca de todo blanco. Los los vecinos y mi madre no hacía más que sufrir y tirarse al piso, era buena, era débil, en gran parte creo que algo de ella adentro mío hay.
Ahora las calles eran nuestras, robábamos todo lo que se cruzara por nuestro camino, éramos rebeldes, pero siempre hay peores personajes. Casi 15 años tenía ya desde aquella mañana en la que me paraba frente al espejo con la pistola de plástico. Me encontraba en la casa de una chica cuando la noticia llegó a mis oídos: había salido un joven de la cárcel, era de nuestro barrio, nosotros muchas veces lo habíamos visto pero en ese entonces estábamos jugando a la bolita afuera de un kiosco del barrio.
Le dieron la libertad al gordo. No dije nada, al rato fuimos a la casa y le ofrecimos unas cervezas frías en honor a la calle y en forma de bienvenida; entramos a la casa y nos comimos un asado, la madre le había regalado un Fiat 128 blanco. Esa noche fue muy loca.
Él no robaba repartidores de pan, era asaltante y precisamente le gustaba el dinero, éramos sus seguidores, al cabo de 14 días nos encontrábamos todos en el bar del barrio, el gordo, nosotros tres, Ariel, y su novia que no lo dejaba nunca porque Ariel acababa de salir de la cárcel y si ella hubiese sabido lo que iba a pasar después jamás lo habría dejado subir al auto. Pero fue el mismo Ariel quien no quiso subir, nosotros ya estábamos arriba cuando el gordo sacó de su campera una recortada del 16 y se la colocó en los ojos, incitándolo, diciendo que nosotros los menores éramos más respetados y que teníamos más valor que él. Entonces Ariel subió, algo que nunca tendría que haber hecho.
Después de habernos alejado de nuestro barrio, ya por las avenidas de la ciudad buscando qué robar, nos encontramos con una mujer que estaba trabajando de puta, que buscaba el gordo porque tenía que darle una carta de amor del marido, que había sido su compañero de celda. La maldita puta se asustó, llamó a la policía y sólo pudimos hacer tres cuadras cuando de pronto, de la nada, un patrullero de la bonaerense nos da una señal para que detuviésemos el auto. El gordo enloqueció por unos segundos, mientras decía en voz alta que no quería volver a la cárcel. Para nosotros era risas, estábamos armados, cuando a toda velocidad el gordo sale por la ventanilla y se sienta en la puerta, apoya sus codos en el techo del 504 y tira, una, dos, se mete rápido al auto, inmediatamente respondieron a los balazos, pero una de las primeras balas le da en la nuca a Ariel y sale reventándole la garganta, le provoca un agujero lo suficientemente grande como para desangrarlo en medio de un tiroteo que duró cuarenta cuadras.
Las balas silbaban mis orejas, el mundo parecía raro, era tan chico y no podía creer que estaba en el piso de un Peugeot color negro acurrucado como si fuera un feto, nos matan, escuchaba, nos matan, la velocidad aumentó y cada cuneta, cada esquina, era un latigazo que nos daba contra el techo, Ariel se estaba muriendo, faltaba poco para llegar al barrio, cuando de pronto el conductor se tiró del auto en marcha y volcamos en una esquina. No era broma el derrape de los patrulleros, el sonido de las pistolas cuando cargaban y apuntaban hacia nosotros. Abrí la puerta, me arrodillé, sentí que me pegaban pero no me querían a mí, lo querían al gordo: con la culata de la escopeta le arrancaron los dientes, Ariel murió en aquella esquina. Fue la primera noche de encierro.
Es raro hablar de esa noche, ahí comprendí que una bala sí te saca la vida y que en el momento menos esperado la muerte llega. Esa noche dios nos protegió de todas aquellas balas y fueron muchas. Hoy al escribir estas líneas, estoy convencido de que no es en vano y que creo que el que quiere puede cambiar.
Cuando cambia el gobierno, cambian los colores. Parece ser una regla de la política argentina. Pero, ¿qué más cambia? Reflexiones en torno a la comunicación política y la relación del Estado con los ciudadanos.
Por: Joaquín Palomeque |
Hace pocos días se conoció que la Provincia de Buenos Aires no será más naranja. Ahora es verde. Verde como el Banco Provincia, como Greenpeace, como United Colors of Benetton. Como lo fue antes de Scioli, ese hiato de la imagen de la provincia que se sumergió en un color que, al menos en nuestras tierras, no tiene mucho que ver con el paisaje.
Una nueva gestión, y los caprichos de siempre: renovar toda referencia cromática –en el mejor de los casos– de las autoridades que se fueron. Como si en eso se fuera gran parte de los esfuerzos por comunicar mejor una idea de gestión y fortalecimiento de la democracia, como si eso no demandara un proceso de reaprendizaje por parte de los ciudadanos. ¿La provincia es más verde que naranja? Sí. Como la ciudad de Buenos Aires es más amarilla –taxis– que violeta. Pero, ya lo dijo Ronald Shakespear: “el subsistema cromático determina la capacidad de codificar de forma pragmática”¹ . Y ahí termina su función. De nada serviría la eficiente paleta de colores de la línea de subtes de la Ciudad de Buenos Aires, si no estuviera acompañada por otros subsistemas gráficos, tipográficos, tecnológicos y de emplazamiento que en su articulación producen un eficiente lenguaje que cada día deben “hablar” miles de pasajeros.
Sin embargo, en el caso de la imagen de una gestión los desafíos son distintos. No hablamos de carteles que indiquen dónde están los baños o si una calle tiene doble mano. Hablamos de millones de personas y sus identidades, y diversas formas de habitar el extenso territorio de nuestra provincia. Y es con esa complejidad donde el diseño debe ser eficiente. Coca-Cola es rojo, pero es sólo una línea de gaseosas.
No debería ser aceptable que la codificación de una administración y los mensajes que envía a sus administrados quede inmediatamente a merced de profesionales más ligados al márketing que a la comunicación pública. Cuando el Estudio Savaglio le dijo a Scioli que lo mejor era utilizar el naranja como identidad, también le había dicho a Macri que el amarillo le sentaría bien, y que el +A era una buena estilización de “Massa”. Pero Savaglio trabaja para Canal 13, para Vacalín, y para otras tantas empresas de consumo masivo. Su gracia es construir una marca, no una imagen. Y esta última es un emergente de nosotros, habitantes y “consumidores” de un pedazo de tierra con límites reconocidos y que denominamos Provincia de Buenos Aires. Es una fantasía sobre la marca y la identidad que sí están bajo el control de una organización y sus equipos de comunicación.
Captura del sitio oficial de la Provincia de Buenos Aires (30/3)
El punto que quiero resaltar con esto es que la administración de los símbolos que utiliza una gestión debe tener en cuenta el caudal intelectual, físico y afectivo que las personas están dispuestas a proveer en su cotidianeidad para recibir información. Porque, en este caso, no hablamos de los colores que regirán las piezas gráficas del próximo festival de música, o de la campaña de vacunación contra la gripe durante el invierno; hablamos del modo en el que una provincia con más de 200 años de historia se define a sí misma en relación a sus habitantes y a las demás “marcas” del Estado. Y para mí, que vivo en la capital de la provincia es bastante fácil recodificar la nueva narrativa que proponen desde la administración y saber si tal mensaje pertenece al Estado provincial, al nacional, al municipal, a una ONG o una empresa. Esto se debe a que tendré a mano mucho más capital simbólico nuevo a disposición que en otros puntos de la provincia, dada la cantidad de –por ejemplo– oficinas pertenecientes al Estado provincial que renovarán su imagen en sintonía. Pero, ¿cuánto tardarán en instalar todo el verde necesario en cada Registro Civil de cada municipio? Y hasta tanto suceda eso, ¿significa que lo naranja es lo viejo e inferior? No se debe pretender que cada cambio de gobierno implique un reaprendizaje de símbolos, como cada persona que nace en esta tierra no inventa su lengua sino que primero la apropia de sus antecesores y a posteriori la modifica.
Creo que es un tema que va más allá de asuntos técnicos del diseño, y que se inscribe en algo mucho más profundo: la relación de los ciudadanos con el Estado. Y aunque éste no sea más –ni menos– que una hegemonía contingente, es diferente al gobierno y a la sociedad. Así lo hemos establecido las repúblicas y, por ahora, acordamos su sostenimiento. Pero cuando queremos discutir al Estado y su función debemos saber “dónde está”. Es importante fortalecer la idea de que quienes gobiernan están administrando temporalmente algo que no les pertenece o, al menos, son tan dueños de ello como quienes no estamos ejerciendo esa función. Y cuando los esfuerzos se ponen en cambiar los colores, isologotipo, y demás elementos que construyen una estética de un Estado, éstas barreras se confunden y debilitan. Todas mis experiencias, afectos, alegrías y desamores con esta tierra ¿dónde tuvieron lugar? ¿Fue en “BA”, “Buenos Aires Grande”, “Buenos Aires la Provincia”?.
De forma subconsciente éstos cambios operan cotidianamente como una refundación de un vasto territorio, pero que demanda un esfuerzo por parte del receptor que, de repente, se encuentra discutiendo con otro Estado. Y aquí yace una gran falacia, útil a los gobiernos: la herencia. Con una nueva provincia, refundada en su identidad, las deudas e injusticias que la democracia no ha sabido revertir quedan deshistorizadas y aisladas, y habilitan las promesas de cambio. Usted podrá no haber pertenecido nunca al partido que deja la administración, pero de todas formas heredará una fuerza policial abusiva, trabajadores precarizados y villas contaminadas; factores que operan cada día en las condiciones de existencia de nuestra sociedad. Y podrá pintar todo de verde o de naranja, pero eso no hará la vida más justa.
En ésta época donde lo hiperreal es “lo real” hay que ser muy cautos con el discurso de las formas por sobre el del contenido. Y si tenemos fuerzas, ganas y determinación para discutirnos como sociedad, éste impulso no debería irse en aprender un nuevo lenguaje. Ya sabemos que la Real Academia Española prescribe que el femenino de “secretario” es “secretaria”; sin embargo, el primero se asocia con un cargo de Estado mientras que el segundo con un rol administrativo inferior. Sobre estas bases se discute la función del lenguaje y se proponen y adoptan usos no sexistas del mismo: porque sabemos contra qué discutimos y hacia dónde queremos llevarlo. Lo mismo deberíamos reclamar en nuestro ejercicio de la ciudadanía, como autores y actores de un Estado que queremos que sea más justo para todos, pero en una perspectiva histórica de la que también formamos parte.
¹ Shakespear, Ronald. La ciudad legible. Festival Internacional de Diseño. Centro Metropolitano de Diseño. Buenos Aires. 2012
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Hoy se dio a conocer un nuevo caso de violencia y discriminación en la ciudad de Miramar, que se suma a diversos hechos sucedidos en los últimos meses, pero que comparten un eje común en relación a la disidencia y a la militancia LGTBIQ.
Mediante un comunicado de prensa se supo que en la mañana del lunes 14, Lautaro Blangio fue interceptado por un vehículo del que descendió un hombre que, identificado como policía y apuntándole con un arma, le obligó a ingresar al auto. Esta persona es identificada por el damnificado como el oficial policial que ya lo había amenazado y agredido la noche anterior durante una requisa y averiguación de antecedentes, en la zona de la costa de la ciudad.
En un capítulo más de la ambigua política que hace años mantiene la Municipalidad de La Plata para los espacios culturales de la ciudad, en la madrugada del lunes el Bar Pura Vida (Diagonal 78 e/ 8 y 61) recibió la visita de Control Urbano que procedió a clausurar el espacio.
Mientras se desarrollaba la fecha del Ciclo Gomoso Especial con Canoa, Trazante y Fabricio Algo las autoridades municipales interrumpieron el espectáculo y colocaron fajas de clausura en las puertas de ingreso al bar. Según los primeros mensajes que aparecieron en las redes, la decisión se tomó a pesar de que el lugar contaba con los papeles y habilitaciones correspondientes.
A través de Facebook, varios de los asistentes comenzaron a hacer circular imágenes de lo sucedido anoche, mientras se espera para hoy a las 18 hs. una concentración en las puertas de Pura Vida para repudiar la clausura.
Libro Primero: Caminar en mi mente | REVISTA RAMERA
Desde un penal de la provincia de Buenos Aires, Maylo relata cómo son los días de alguien privado de su libertad en Argentina. Libro Primero no es sólo la manera que encontró para contar las condiciones hostiles en las que deben vivir los presos, sino también, y quizás primordialmente, la manera que encontró para sobrevivir: expresarse.
Presentamos entonces el primer capítulo de Libro Primero, la voz de Maylo en Revista Ramera.
Por: Maylo
Llega el invierno, el frío con su lentitud golpea las paredes de ladrillo común de la cárcel. No se puede explicar cómo me siento por haber perdido tantos años encerrado en lugares horribles sin comida y sin amor. Pero, escribir solamente que no tenía comida y que el invierno golpea las paredes de los pabellones no es nada comparado con lo que realmente quiero escribir.
La realidad es mucho más cruel, muy distinta a la que dibujan los mediocres. He ido en esta vida en busca de algo que no se por qué me desvió de mi camino, he entrado en la cárcel y he salido y, sin embargo, he vuelto a entrar al infierno del cual muchas veces quise salir. Mis años pasaron, mi juventud se alejó y así, a mis 30, tengo la larga necesidad de derramar la verdad que tal vez, a muchos moleste; tal vez describir lo que se vive en la cárcel afecte a muchos bolsillos de arriba. Nadie tuvo el valor para hacerlo y eso me enfurece.
Vivimos en un mundo golpeado por la delincuencia, por las violaciones, los asesinatos, las marchas pidiendo justicia, hay personas a las cuales no les importa la vida del otro. Pero, muchos se equivocan de camino y los meten a lugares donde mueren, los homicidios son en parte alguna la iniciativa de este libro, la verdadera razón de mi obra. El negocio de la cárcel es una mina de oro, un negocio millonario lleno de penas, sufrimientos, y siempre el que lo paga es el pobre.
Argentina 2015, invierno frío, se escucha la cumbia en el pabellón de la muerte. Pabellón 8, camino por el suelo y miro hacia el fondo y digo en silencio cuantos jóvenes murieron, cuántos más mueren o en el futuro morirán. Cuántas vidas este mismo piso se llevó. Escucho a la madre de mi hija decir que me cuide por teléfono y como música de fondo mi angelito cantando canciones. Cierro mis ojos y bloqueo todo. Sólo veo su cara y su sonrisa, su mirada, pero de pronto se corta la tarjeta, me quedo con el teléfono en la mano, puteando porque sé que no voy a poder llamar hasta el otro día. La cumbia suena en cada rincón, los gritos de los pibes se escuchan, les gusta el tema, otro pide un cigarrillo y mas allá se escucha que uno tiene hambre. Somos 50 y no me agrada nada estar acá.
Evalúo mi historia, mi camino, la justicia tiene todo el derecho de que estemos aquí, pero nadie se ocupa de nosotros, no lo digo como si fuéramos el centro de todo, lo digo porque no hay que ser muy inteligente para saber que hay abandono de persona y de moralidad.
El 20 de Julio, día del amigo, murió un joven de 24 años: una puñalada en el corazón fue lo que hizo que aquel chico saliera del Pabellón 4 envuelto en una manta rumbo al hospital, donde nunca llegó con vida. Me sorprende mucho ver a las personas del servicio reírse sabiendo que se van a matar. Ellos son capaces de encarar tales situaciones con el fin de que no se maten, pero para controversia de muchos el servicio no funciona cuando debería funcionar.
A la medida en que escribo este libro corro el riesgo por sobre todas las cosas de morir, pero eso ya no es tan importante. Llegan las elecciones y son muy vivos los políticos, saben que en la cárcel el 88% no tiene ni idea de lo que significa votar!! Pero ellos, los de traje, saben bien hacer las cosas. Durante todo este año se dedicaron a documentar a casi toda la población con el fin que todos sabemos. Es más, decir que hubo personajes encargados de explicar cómo se votaría, pero la calidad de vida no mejora, la comida no es buena y las mantas se hicieron notar por su ausencia Las noticias no salen al aire, Pulti pide más seguridad, Macri quiere el poder del país en sus manos, TN habla mal de Cristina, Scioli ayuda a los pobres y su mujer lo acompaña porque sabe que puede terminar siendo la Primera Dama. Berni sale en los medios diciendo que el narcotráfico va en aumento y que piensa darle una batalla a muerte.
Me parece perfecto, está muy bien que las personas más importantes del país quieran un bienestar para su pueblo, pero hablo con mi voz callada que en el Pabellón 3 los encargados prendieron fuego a un chico, lo rociaron con alcohol y murió debido a las quemaduras. Imagínense un chico de 22 años dentro de una celda, no puede salir por su voluntad, apresado con sus manos a los barrotes, su piel se derrite, los gritos desgarradores que quiebran el silencio lleno de humo invaden el fondo del pabellón, los otros presos empiezan a hacer piquete para que las autoridades, que deberían cuidarlo, abran el candado. Pero fue una rata más, el fuego había quemado casi por completo el cuerpo del chico que con todo respeto que en paz descanse. Mas allá de que, tal vez, para muchos sea un chorro menos, no merecía morir de esa forma tan cruel.
No escribo un libro de política carcelaria, este libro está generado por mis ganas de cambiar, por luchar por un futuro, cada hecho volcado, cada historia, cada muerte es en forma alguna la verdad sobre lo que pasa y miro adentro. A muchos les parece que encerrar es la mejor forma de ocultar lo que pasa verdaderamente en esta vida. Es decir, pueden ocultar lo que quieran, pueden hacer lo que les plazca, pero me siento libre escribiendo, así que espero que disfruten de su carrera hacia el infierno.
Voto electrónico: los riesgos de una ilusión | REVISTA RAMERA
El siguiente capítulo pertenece al libro Voto electrónico: los riesgos de una ilusión editado por la Fundación Vía Libre (cita completa al pie de página).
Principales problemas detectados
Beatriz Busaniche y Federico Heinz
Los sistemas de voto electrónico (en el sentido usado en este libro) suelen venir de la mano de contundentes afirmaciones acerca de sus virtudes, tales como una mayor transparencia del acto electoral, la eliminación del clientelismo político, la rapidez e infalibilidad del conteo, el menor costo de cada elección, y la mayor participación ciudadana.
Lamentablemente, estas afirmaciones categóricas no vienen acompañadas de datos sólidos que las sustenten, y algunas empresas proveedoras invierten un esfuerzo nada despreciable en evitar que sean verificadas por terceras partes independientes, como fue el caso de Sequoia Systems en 2008, que intentó impedir una auditoría independiente de seguridad encomendada por el estado de Nueva Jersey argumentando que llevarla a cabo violaría los términos de uso del software que controla las urnas [1].
De hecho, ninguna de esas afirmaciones soporta un análisis profundo y, si bien algunas de ellas pueden ser ciertas para algunos casos particulares, la experiencia internacional demuestra que en la realidad están muy lejos de reflejar el verdadero desempeño de las urnas electrónicas.
TRANSPARENCIA
La afirmación de que las urnas electrónicas aportan a la transparencia del comicio es, probablemente, la más aventurada. Es difícil comprender cómo un proceso opaco se haría más transparente mediante el recurso de agregarle una “caja negra”. Lejos de aportar a la transparencia, la urna electrónica obstaculiza la capacidad de la mayoría de los ciudadanos de fiscalizar la elección.
Cualquier persona sabe cómo verificar, con sólo mirarla, que una urna está vacía o que un precinto de seguridad está intacto, y el sistema educativo apunta a garantizar que todas las personas sepan leer, escribir y contar. Pero estas habilidades son inútiles a la hora de ver qué pasa "dentro" de una urna electrónica: la inspección ocular no sirve para ver si está vacía sino que es necesario usar un programa diseñado a tal fin, que imprima un ticket que diga "sí, estoy vacía". ¿Podemos creerle?
Cuando la urna imprime los resultados, los obtiene de operar sobre sus registros internos, almacenados en medios magnéticos que los fiscales no pueden leer por sus propios medios. La única "comprobación" posible de que la urna está efectivamente vacía, o de que los totales son correctos, es repetir la operación, la que previsiblemente dará siempre el mismo resultado. Aún si confiáramos en que el programa de la urna es correcto, el fiscal promedio carece de los conocimientos y las herramientas necesarios como para comprobar si el programa que está instalado en la urna ha sido adulterado o no.
Incluso un fiscal con grandes conocimientos de programación y electrónica digital, provisto de herramientas especializadas, probablemente demoraría días en verificar con algún grado de confianza que la urna está efectivamente "en cero", mientras que hacerlo con el mismo grado de confianza con el que puede hacerse inspeccionando el interior de una urna de cartón es efectivamente impracticable: se trata de un problema de la misma complejidad que la construcción de programas de computadora libres de errores, algo que el estado del arte aún no nos permite. Para peor, las acciones que debería realizar este hipotético auditor especializado son mucho más invasivas que las necesarias para adulterar el funcionamiento de la urna, de modo que, suponiendo que nos diga que la urna está "limpia", no sólo no va a poder demostrárselo a alguien que no esté similarmente especializado, sino que no tenemos manera de saber si lo que hizo, en realidad, fue verificarla o subvertirla.
Este es un problema fundamental de las urnas electrónicas: mientras la verificación de su confiabilidad dependa exclusivamente de comprobar que "funciona bien", la tarea de su fiscalización queda necesariamente en manos de una élite tecnológica, a la que el resto de la población no tiene más remedio que creerle. Para corromper la fiscalización de una elección basada en papel, es necesario contar con fiscales corruptos en un número importante de mesas, pero en el caso de las urnas electrónicas basta con sobornar o extorsionar a un grupo pequeño de personas fácilmente identificables.
Estas dificultades a menudo son desestimadas, argumentando que se pueden realizar elecciones de prueba controladas para ver cómo se comporta la urna, y señalando que estas urnas se han usado en muchos lugares sin problemas. Lamentablemente, este argumento ignora el hecho de que es muy sencillo programar la máquina de modo que no se comporte de la misma manera durante las pruebas que durante la elección, y que la experiencia demuestra que en la mayoría de las elecciones, la necesidad de actualizar el software (ya sea el mismo software de la urna o su sistema operativo) lleva a que el programa que corre durante la elección puede no ser el mismo que se usó durante las pruebas.
Por lo demás, la afirmación de que estas urnas han sido usadas sin problemas es harto aventurada: no sabemos si hubo problemas o no, precisamente porque la opacidad del mecanismo no nos permite comprobarlo adecuadamente. Es perfectamente posible que en esas elecciones haya habido problemas masivos, sin que nadie haya podido probarlo y ese es precisamente el escenario que las urnas electrónicas facilitan. De hecho, hay elecciones como las de EEUU en 2004, en las que las diferencias entre las encuestas en boca de urna y los resultados finales sugieren fuertemente que las urnas dieron resultados incorrectos.
EL FIN DEL CLIENTELISMO
El clientelismo político es un problema social, económico y educativo que no se soluciona con tecnología. Para que la "compra de votos" funcione, es necesario contar con un mecanismo que permita al comprador un grado importante de confianza en que el votante efectivamente votará por el candidato al que prometió votar. En las elecciones en papel, esto puede hacerse a través del denominado "voto en cadena", mecanismo que algunos sistemas de voto electrónico hacen efectivamente imposible.
Pero pensar que el voto en cadena y el clientelismo son lo mismo es un error: el voto en cadena es sólo un mecanismo de romper el secreto del voto. No es el único, y las urnas electrónicas ofrecen mecanismos alternativos potencialmente mucho más eficaces. Esto se debe a la naturaleza fundamentalmente distinta de las urnas electrónicas. Por ejemplo, mientras que las urnas normales son contenedores pasivos, de información, los circuitos de la urna electrónica emiten radiación electromagnética. Experimentos realizados en Holanda demostraron que estas emisiones hacían posible detectar por quién votaba una persona desde una distancia de 25 metros, usando sólo dispositivos disponibles comercialmente.
En el estado de Ohio se descubrió, dos años después de usarlas, una grave falencia en las urnas electrónicas que permite violar el secreto del voto luego de los comicios: los reportes emitidos por la urna al final del recuento permiten reconstruir el vínculo entre voto y votante. Este caso es particularmente grave, porque ilustra un aspecto a menudo ignorado del cálculo de riesgo a la hora de usar una urna electrónica: el hecho de que no conozcamos vulnerabilidades en la urna no quiere decir que no existan, ni que nadie las conozca. Alguien que estuviera en conocimiento de esta vulnerabilidad hubiera podido organizar una compra o extorsión masiva de votos que hubiera sido indetectable y requerido un esfuerzo logístico mucho menor que el voto en cadena.
LA RAPIDEZ DEL CONTEO
Una de las escasas ventajas promocionadas que podría ser verificable es la rapidez en el conteo. De hecho, cuando todo sale bien, los resultados pueden ser inmediatos. El problema surge cuando evaluamos el impacto potencial de las distintas cosas que pueden salir mal. Mientras que en la urna de papel, la influencia de un inconveniente es por lo general proporcional a la magnitud de éste, en las urnas electrónicas un problema muy pequeño puede tener consecuencias muy graves. Esto lleva a que si los resultados de la urna electrónica no son inmediatos, por lo general no se los puede obtener nunca. Por lo general, no hay nada al medio.
El 16 de diciembre de 2007, por ejemplo, se utilizaron cuatro urnas electrónicas de la firma Altec Sociedad del Estado (Río Negro) en la localidad de Las Grutas, en Argentina. Transcurrida la jornada electoral, una de esas urnas arrojó un resultado sorprendente: 0 votos. Fue afortunado que en este caso las urnas hayan llevado registro en papel, porque el registro digital se había perdido completamente, pero aún así el escrutinio demoró horas, porque los votos impresos sobre una tira de papel eran mucho más difíciles de identificar que las boletas originales. La única explicación de la empresa proveedora de la urna fue que "alguien debe haber sacudido la urna".
De la misma manera, existen casos en los que una falla técnica en una urna electrónica produjo que la urna contara miles de votos en mesas en las que votaban sólo cientos de personas, o el reciente caso de Nueva Jersey, en el que los resultados fueron inmediatos, pero el total de votos emitidos no coincidía con la suma de los votos emitidos por partido. ¿Puede decirse que ese resultado es inmediato, cuando en realidad es evidentemente incorrecto? [2].
La rapidez, sin confianza ni seguridad, no sirve para mucho en un proceso electoral. Esta es un área en la que la eficacia (hacerlo bien) debe primar por sobre la eficiencia (hacerlo rápido).
LA ECONOMÍA
La idea de que usar urnas electrónicas permite economizar dinero en los comicios ha sido refutada por auditores independientes que la pusieron a prueba. En el Estado de Maryland, por ejemplo entre 2002 y 2003 se compraron 19 mil máquinas de pantalla táctil a la firma Diebold. Para poder concretar la compra, el Estado tomó un crédito de 67 millones de dólares, 44 de los cuales fueron a las arcas de la empresa en concepto de compra y mantenimiento de las urnas. Antes de incorporar estos dispositivos, Maryland usaba un sistema de escaneo óptico.
Según el informe de la organización Save Our Votes, publicado en febrero de 2008 [3], el cambio de tecnologías implicó un aumento promedio de 179% en el costo total por votante. En uno de los condados, el aumento fue de 866 %. Por cierto, las máquinas de Diebold aún no se terminaron de pagar y ya deben ser renovadas. El Estado de Maryland está considerando volver al sistema de escaneo óptico.
LA PARTICIPACIÓN CIUDADANA
Un tema crítico a la hora de evaluar la implementación de voto electrónico es la participación ciudadana. Nuestras democracias modernas están golpeadas por el descrédito de las clases dirigentes y la falta de confianza en los sistemas políticos. El halo de modernidad que otorga el voto electrónico parece ser la panacea para entusiasmar a los votantes para participar en los comicios.
Sin embargo, es importante destacar que la incorporación de urnas electrónicas tiene efectos claramente contrarios al objetivo de mejorar la participación ciudadana. Sin ir más lejos, las personas poco afines con los sistemas computacionales serán los primeros excluidos: adultos mayores o personas de escasos recursos, personas con dificultades visuales o con bajísimo nivel educativo que hoy día no requieren mayor preparación para elegir una boleta, ponerla en una urna y emitir su voluntad política, se verán enfrentados a un sistema mucho más complejo para votar.
Pero este no es el único inconveniente. Quizás el mayor de los problemas es que aquellos que hoy auditan las elecciones en nuestro nombre (maestras de escuela, empleados públicos, fiscales de partidos políticos) se verán incapaces de auditar eficazmente un sistema de esta naturaleza. Sólo personas altamente calificadas en ingeniería de software, electrónica y hardware podrán comprender el funcionamiento de estos sistemas. Aún personal calificado en seguridad de sistemas de información se manifiesta incapaz de evaluar, validar y corroborar el funcionamiento correcto de urnas electrónicas. Estos mismos expertos difícilmente se atrevan a firmar a conciencia una certificación de seguridad de las urnas pues no existe método formal de validación que los avale.
Así, la participación real y tangible de la ciudadanía se verá reducida a la confianza ciega en un pequeño número de fiscales informáticos que, aún teniendo amplios conocimientos de la materia, no podrán certificar la validez de un resultado en el que todos los demás tendremos que confiar. Aquellos que tenemos la voluntad política de ejercer nuestro derecho a auditar nos veremos limitados por carecer de conocimientos técnicos, y tendremos que dejar la participación real a una pequeña elite de técnicos autorizados.
Si bien no existen sistemas perfectos, la diferencia de impacto es sustancial. Una mesa de votación tradicional puede registrar inconvenientes y ser anulada. El impacto sobre los resultados globales será mínimo. Sin embargo, un error mínimo en un sistema de votación electrónica puede alterar el resultado de una elección simultáneamente en un gran número de mesas.
PROBLEMAS GENERALES
A todo esto vale agregar que, en la gran mayoría de los casos, los proveedores de urnas electrónicas son empresas privadas cuya composición accionaria deberíamos conocer en detalle antes de confiarles un proceso público y ciudadano como es la emisión del voto. ¿Cuáles serán los mecanismos para auditar a las empresas proveedoras? ¿Cómo sabremos cuáles son sus vinculaciones políticas y sus intereses en cada elección? ¿Estamos dispuestos a privatizar un proceso ciudadano como el acto de votar? Estas preguntas surgen a la luz de escándalos ocurridos en los EEUU donde, por ejemplo, uno de los principales accionistas de una de las empresas proveedoras de urnas (ES&S) resultó ser un senador republicano con obvios y marcados intereses en el resultado electoral [4]. No son pocos los inconvenientes que aparecen a la hora de evaluar la automatización de la emisión del voto. Sin embargo, es muy poco lo que se discute y ciertamente escaso el conocimiento sobre los mismos. El acto de votar es lo suficientemente importante como para que nos ocupemos de este tema, y nos preocupemos frente a incorporaciones acríticas de tecnología que, lejos de mejorar nuestras democracias, son amenazas al derecho esencial de la ciudadanía a votar en condiciones de secreto, transparencia y seguridad.
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El océano Pacífico es un animal. Gesticula, tiene hambre. Por un camino de cornisa –aunque, por suerte, bien vallado– que sube y que baja y que bordea la costa del mar chileno, vamos hacia Curiñanco, o hacia donde sea que se pueda bajar a la playa. Encontramos un negocio de antigüedades con un terminator de lata en su portón y objetos que van desde radios antiguas hasta máscaras de gas de la primera guerra mundial. Seguimos. En la cresta de una curva cerradísima vemos extenderse la playa.
Curiñancu era el padre de Lautaro, el afamado líder mapuche. Puedo ver enseguida que desde acá no hay perspectiva que le acierte a la dimensión gigantesca que tiene esa lengua de arena que es perforada por el océano. El barranco baja y baja hasta llegar casi a la altura del mar. Estacionamos el coche y caminamos a la playa. La arena quema pero enseguida llegamos al agua. El agua es helada. Las olas hacen un ruido violento, tremendo. Se elevan altísimas a unos metros de la costa y rompen con furia antes de llegar a nosotros, como si formasen un muro que se desarma y se vuelve a armar, cayendo siempre a fuerza de martillazos. Nos sobrevuelan las gaviotas, a veces gritamos para hacernos escuchar. La costa está llena de algas que escupe el océano, algas que tienen forma de pulpo o de serpiente. Marco toma una de ellas y la usa de látigo. Azota la arena y las olas, nos salpica. Le envuelve la cintura a mi vieja y le dice que la use de cinturón. Después tironean cada uno de una punta sin lograr que el alga se rompa. Mi viejo toma fotos y en uno de los vértices de la playa una ola choca contra una roca enorme rompiéndose en mil pedazos de agua.
En la parte más alta del barranco unos albañiles construyen una casa de madera. Esa casa se va a salvar. Una hora más tarde volvemos al coche, yo no quiero dejar este lugar. El aire es violentamente puro, el mar me llama con un poder magnético. Cerca del auto vemos un cartel amarillo (en Chile a la señalización se la llama señalética) que ilustra a una persona huyendo de una ola gigante. Zona de inundabilidad: en caso de tsunami dirigirse a zonas de seguridad o lugares altos.
Llamar Pacífico a este océano es la ironía más grande que jamás inventamos.
Postal #5 // Cometa cósmico
Las Grutas, Río Negro
febrero de 2015
Texto y fotos: Melissa Rep
La marea está bajando, ya no hace tanto calor. Febrero ya pasó su mitad y los pocos bañistas que saltan las olas con los brazos extendidos al cielo y cosquillas en la panza no se deciden a zambullirse. Corren los chicos y las chicas atrás de una pelota chica mediana grande, se esconden detrás de las paletas y responden a los golpes de sus adversarios. Los barrancos que protegen a la playa de la Patagonia y a la Patagonia del mar se abarrotan una vez más de loros barranqueros que chillan sin piedad. Pasa un nene descalzo que lleva entrelazado en el brazo el hilo tenso de su barrilete. El barrilete es naranja flúo, color moda. Celeste, siete años, lo ve desfilar en el aire y se hipnotiza. Está sentada sobre la arena húmeda y cava un pozo.
Mirá, me dice con emoción, un cometa.
Un cometa.
¿Cómo es eso, Cele?, le digo, ¡un cometa! Esa palabra no es la correcta.
Celeste se da vuelta y entorna los ojos bajo el sol. No me entiende y yo la hago adivinar cómo es que realmente se le dice a ese pájaro de plástico.
Barrilete, Cele, barrilete.
Ahhhh, responde ella.
Me río pensando en cómo sería haber dicho cometa cósmico: una obviedad astronómica.
Entonces pasa el señor de los barriletes, el que los vende. Arrastra las ojotas sobre la playa y grita en una voz ronca, sin entusiasmo:
Aaaaaaaa los cometasssss, aaaa los cometasssss.
Abro bien la boca: no puede ser. Celeste me mira otra vez. Levanta los brazos y los deja caer en un gesto de indignación. Aprieta los labios y después me dice
El cementerio de Nørrebrø es un parque público: en un sector duermen los muertos en sus tumbas, en el otro los vivos pueden tomar sol o jugar a la pelota. Hay entierros a diario y por eso un cartel advierte que este es el sector de las ceremonias, que por acá no se puede andar en bicicleta, sólo caminar haciéndola rodar bajo los álamos. Las madres y los padres sacan a pasear a sus bebés en cochecitos que parecen preparados para una aventura en el barro o blindados para el apocalipsis. Llueve finito.
Entre las tumbas de Nørrebrø hay dos muy famosas: la de Hans Christian Andersen y la de Søren Kierkegaard. Kierkegaard, filósofo pionero del existencialismo, comparte su tumba con sus hermanos y padres, está abarrotada de nombres y de fechas: si no fuera por un enorme cartel que dice "Søren Kierkegaard" y apunta con una flecha a la lápida nadie la encontraría.
La de Andersen, por otra parte, es un monolito largo y austero. Casi no hay flores y está hundido entre dos pinos. Andersen es autor, entre otros, de varios cuentos infantiles que fueron retocados por Disney: La sirenita (La sirenita), La reina de la nieve (Frozen), y de aquel clásico de clásicos, El patito feo. En Dinamarca Andersen es un prócer. Uno de los principales boulevares de Copenhague lleva su nombre, hay estatuas suyas en todo el país y placas que señalan dónde vivió y escribió, una de ellas en el barrio en que se ubica mi hostel, Nyhavn.
Y también está la sirenita.
Yo la descubro de noche, al final de una caminata por una fortaleza del siglo XVII, hoy edificio del ministerio de Defensa, por la que paso en el momento justo en que tres soldados dan fin al día llevando ceremoniosos la bandera rojiblanca de su país.
La sirenita es una estatua y está sentada sobre una piedra del paseo costero de Langelinie. Es una obra del escultor Edvard Eriksen, no mide mucho más que un metro de alto y es atractivo turístico desde hace un siglo, convocando especialmente a los turistas asiáticos. Cuando yo paso está oscureciendo, corre un viento muy frío y los pocos que quieren sacarse una foto con ella (hay un cartel que dice que está prohibido treparse, pero una familia entera lo ignora) son italianos y polacos.
A la pobre sirenita no sólo la atosigan los turistas, también son los mismos daneses los que la acosan: en los sesenta alguien le cortó la cabeza y nunca la devolvió (la cabeza actual es nueva), en 1984 otras personas le serrucharon un brazo pero aquella vez sí lo devolvieron y en el 2003 dinamitaron su base y la dejaron flotando en el estuario con las muñecas y las rodillas horadadas.
Es un capítulo especial de la historia, aquel de los pueblos derribando sus estatuas.
Las tumbas de Kierkegaard (en danés, literalmente, cementerio) y Andersen están en dos sectores diferentes, ambos más antiguos, de Nørrebrø. En la parte más nueva las tumbas son parcelas más pequeñas, seguramente urnas. Una de ellas sólo dice Mor, la palabra danesa para "Mamá", y las fechas 15.2.1918 – 9.2.2013; otra, Folke Rødtnes, 1947–2015, I did it my way, lo hice a mi manera. Un poco más lejos de ese sector hay una lápida anónima, cargada de flores: allí descansan las cenizas de los sin techo.
Pero hay otra tumba que me llama la atención. Está rodeada de objetos: un florero con claveles, un trozo de tela con una inscripción en árabe, una máscara africana, y, sobre la lápida, negra, brillante, hay una foto: es una mujer joven, cubierta con una capucha o un velo –el encuadre no es completo– y tiene los ojos oscuros delineados, su cara maquillada mira desde el perfil hacia la cámara. Natasja Saad. Murió joven, a los 32 años. Lo poco que alcanzo a entender de lo que está escrito sobre la lápida es que todos te extrañamos, eras única, inspiradora. Algo más que no sé qué significa. Una ardilla de orejas puntudas y cola peluda cruza veloz sobre las flores y trepa a un arce.
Me voy de Nørrebrø. Saco el mapa, que ya está bastante mojado, y busco el camino de regreso a Nyhavn, al hostel. Quiero secarme un poco y cuando entro encuentro a tres argentinas y dos italianos tomando mate. Me quedo un rato con ellos, las chicas trabajan acá y los italianos son turistas. Uno de ellos conoce la Argentina por un viaje relámpago que hizo con unos amigos cordobeses y dice que escucharnos hablar le produce nostalgia, que siente que nos quiere a todos los argentinos porque quiere tanto a sus amigos. Una de las chicas, Gimena, me recomienda Christiana, el famoso distrito hippie de Copenhague. Una amiga sueca ya me había dicho que fuera, que estaba bueno conocerlo y formarse una opinión.
Gimena me presta un piloto amarillo patito para soportar la lluvia fina pero constante y vuelvo a sacar mi bicicleta alquilada.
Christiania fue creada a principios de los setenta por un grupo de okupas que enseguida la declaro "zona libre", sin impuestos y con sus propias leyes: una comunidad que se separó del resto de Dinamarca. En el sitio web de turismo de Copenhague la venden como siempre colorida, interminablemente controversial. Yo la busco con el mapa, aprendo que tengo que tomar esta calle hasta cruzar el puente, después a la izquierda. Pero me pierdo. Engancho otra vez el camino y llego al puente correcto. Instintivamente tomo un camino interno que se mete entre edificios de monoblocks y plazas lúgubres hasta llegar a un lugar que no tiene cartel pero tiene colores: hay un mural cubierto de hadas, dragones, un gnomo montando un conejo y un árbol que coincide en su centro con una puerta de madera. Circula mucha gente y pasa por debajo de un arco de piedra y ladrillo que dice Cuidado: acá hay dragones. Entro.
Christiania es un barrio autónomo, podríamos llamarlo comunidad anárquica, que se instaló en las bases de una base militar abandonada. Es céntrico, no está en las afueras. Sus edificios son casas y galpones tornasolados de colores, sin mucha prolijidad y con mucho cartel artesanal. La gente va y viene, muchas puertas están abiertas, hay una muestra gratis de fotos con imágenes del tercer mundo. Sigue lloviendo despacio y yo empujo la bicicleta. Llego a un cartel con las reglas para entrar al próximo submundo: el Green light district, el distrito de la luz verde. Christiania es una "zona liberada" por la policía, que no entra. Las reglas del distrito son tres y están escritas en danés, inglés, español y alemán, en ese orden:
1) diviértete
2) no corras –crea pánico
3) no se hacen fotos –comprar y vender hash sigue siendo ilegal.
En el distrito de la luz verde hay numerosos puestos de venta de marihuana. Se vende, se compra y se fuma al interior de Christiania: la ilegalidad del thc es parte del mundo exterior. Pero la prohibición de sacar fotos es real, es sincera y es permanente: carteles con cámaras tachadas se reproducen a lo largo de todo el distrito. Doy un par de vueltas. Los puestos están hechos de madera, de chapa, pintados con mil colores y adornados con lucecitas de Navidad. Tienen nombres como Hakuna Matata. No se ve la cara del vendedor y la transacción se hace por una ranura o un hueco en el cortinado. La gente fuma a los costados.
Estoy empapada y oscurece: me imagino que Christiania, que Copenhague, que toda Dinamarca debe de ser mucho más brillante un día de sol, de primavera. Cuando salgo descubro otra de sus entradas. Un cartel con el nombre de Christiania está sostenido por dos tótems. Veo que la calle se llama Natasjasgade: la calle de Natasja. La misma chica. Me encuentro también con un afiche que promociona un festival homenaje a Natasja, la misma foto de la lápida. Un rato más tarde, en el hostel, aprendo su historia.
Natasja Saad era una cantante danesa de reggae y rap que murió en Jamaica, en un accidente de tránsito, cuando su carrera prometía y escalaba. Caló hondo en la escena musical danesa, dejó su marca.
Una de sus canciones más populares se titula Gi' Mig Danmark Tillbage, "Devuélvanme Dinamarca". Natasja rapea sobre un loop de rock and roll clásico:
Devuélvanme mi Dinamarca, como en los viejos tiempos
devuélvanme la apertura de mente que merodea bajo los techos
devuélvanme Copenhague, mi viejo amigo colorido
devuélvanme Ungeren, ¡queremos que nos devuelvan Ungeren!
Saquen la heroína de Istedgade y dejen a 'Staden ser 'Staden
si tensan el hilo, entonces están buscando problemas
'Staden, "la comunidad", es la abreviatura de Fristaden, "la comunidad libre": Christiania.