Este corazón tan imbécil que no hace caso a la razón , una y otra vez te ilusionas sabiendo que no volverá a ser lo mismo.

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Este corazón tan imbécil que no hace caso a la razón , una y otra vez te ilusionas sabiendo que no volverá a ser lo mismo.

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Es desalentador buscar donde uno creía que podría haber algo, pero la verdad es que, si lo encontrara, quizás ya no me gustara y muriera la ilusión 💔

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Con la gracia del viento y el fuego de la luna, te digo: no cada senda que pisé fue de luz, mas cada traspié fue semilla de niebla que, al deshacerse, me dejó desnudo ante la verdad. Y esa verdad, ya no la olvido, porque hasta el error baila su danza cuando se aprende con el alma.
No sé si sea muy romántico de mi parte enviarte un video corriéndome con alguna de tus fotitos 😔.
Devórame esta noche
Añoro tus senos. No solo con los ojos, sino con cada poro de mi piel, con la punta de los dedos que ya sienten la memoria de su peso, de su calor. Son dos montañas de carne perfecta que no solo sostienen mi mirada, sino que la atrapan, la vuelven prisionera de sus curvas, de esa línea de sombra que cae entre ellas, un valle que mi lengua ya está recorriendo en la distancia.
Imagino deslizarme entre ellos, no con la mano, sino con todo mi cuerpo. Sentir esa piel tibia, esa suavidad que casi quema, cómo la presión de tus pechos se cierra a mi alrededor atrapándome en un abrazo que no es de brazos sino de carne viva. Mi miembro, duro y ansioso, queda totalmente engullido por ese surco ardiente: toda su extensión, desde la base hinchada hasta el glande sensible, queda prisionera entre la blandura de tus senos. Siento cómo tus manos los juntan con fuerza, moldeando tu carne a mi alrededor para que no quede ni un hueco, envolviendo cada vena palpitante de mi erección en una presión húmeda y perfecta.
El roce es deliciosamente brutal: la piel de tus senos se desliza contra la mía, sube y baja frotando mi longitud completa, mientras tus pezones duros raspan mis costados con cada movimiento. Tu saliva escurre desde tu boca abierta y resbala por el valle de tus senos para humedecer el camino, mezclándose con mi propio jugo preseminal, que ya brota caliente y tiñe la piel de tu pecho con un rastro brillante y viscoso. Con cada embestida, mi glande se entierra y desaparece entre tus pechos, para luego emerger por encima de la curva de tu pecho, rozando la base de tu cuello y el borde de tu barbilla, dejando un sendero ardiente de deseo sobre tu piel. Mientras tanto, el resto de mi sexo sigue completamente sepultado, frotándose de arriba abajo en la caliente prisión de tus curvas, sintiendo el peso de tu carne apretándome desde ambos lados, como si tus senos quisieran exprimirme hasta la última gota. Cada vez más cerca, cada vez más hambriento de llegar a tus labios.
Y entonces, cuando ya no puedo más, cuando siento que el placer se ha vuelto una presión que nace desde la base de mi espalda y trepa por cada vértebra, subo. No pienso, solo obedezco al instinto que me empuja hacia arriba, deslizando mi miembro por el valle de tus senos hasta que la punta, ardiente y brillante por tu saliva y mi propio jugo, roza el borde inferior de tu labio. Ahí me detengo un segundo, solo para verte: tu boca entreabierta, la respiración entrecortada, tus ojos fijos en los míos con una hambre que no disimulas. Y entonces sucede.
Tu boca me atrapa. No con delicadeza, sino con una voracidad que me desarma. Abres los labios y te tragas mi glande entero de una sola vez, como si llevaras días esperando este momento. Siento el calor húmedo de tu lengua envolviéndome, explorando la hendidura, lamiendo la gota salada que ya se escapa de mí. Tu lengua no descansa: traza círculos alrededor de mi punta, presiona justo en ese punto donde soy más vulnerable, mientras tu cabeza se mueve con un ritmo que no pide permiso, que solo exige. Chupas con fuerza, con una succión que vacía mi cerebro de todo pensamiento, que me deja reducido a solo eso: tu boca, tu lengua, la presión de tus mejillas hundiéndose mientras me bebes.
Pero no estás sola en esto. Tus manos, que antes apretaban tus senos a mi alrededor, ahora se deslizan hacia mi base. Una de ellas envuelve lo que tu boca no alcanza, moviéndose al compás de tu cabeza, subiendo y bajando para que nunca, ni por un instante, deje de sentir la fricción. La otra mano baja, la siento, la imagino, y sé que está buscando tu propio centro húmedo, que tus dedos ya se hunden entre tus muslos para acompañar el ritmo de tu boca, para sincronizar el latido de tu clítoris con cada embestida que me das.
Y tu boca no se cansa. Te vuelves más ansiosa, más hambrienta. Sientes el latido de mi miembro, cómo se hincha un poco más, cómo la piel se tensa, cómo el torrente que se aproxima comienza a arder en mi vientre. Y en lugar de frenar, aceleras. Tus labios se cierran más fuerte, tu lengua se vuelve más agresiva, tu garganta se abre para recibirme más hondo, hasta que toco el fondo de ti, hasta que siento tu paladar y el fondo de tu garganta acariciándome. Sabes lo que estás haciendo, sabes que estoy al borde, y en lugar de apartarte, me succionas con más fuerza, como si quisieras arrancarme el alma a través de la piel.
Y entonces broto. No es un gemido, es un rugido que sale de mi pecho sin control, mientras mi cuerpo se arquea y mis manos se clavan en tu cabello. La primera oleada es violenta, hirviendo como lava, y sé que llega directamente al fondo de tu garganta. Te siento tragar, sé que mi esencia resbala por tu garganta mientras tu lengua sigue moviéndose, no para, sigue acariciando mi glande mientras la segunda, la tercera, la cuarta oleada, cada una menos intensa pero igual de salvaje, siguen brotando. Un torrente de mí que tú no dejas escapar ni una gota. Bebes con la misma devoción con la que besarías una reliquia, con los ojos fijos en los míos, brillantes y húmedos, mientras sientes mi sexo palpitar dentro de tu boca, desinflándose lentamente pero sin dejar de estar ahí, caliente, entregado, vaciado.
Cuando termino, cuando mi respiración vuelve a ser jadeo y no sobresalto, no te apartas. Te quedas ahí, con los labios aún rozando mi punta, y sé que estás saboreando el último rastro, que tu lengua se pasa una vez más sobre la hendidura para recoger lo que quedó. Y luego, solo luego, levantas la mirada y me sonríes. Esa sonrisa que me desarma, la que guardas solo para mí, la que dice que sabes que me tienes en tu palma, que cada gota que te tragaste era un pedazo de mí que ahora llevas dentro.
Y yo, todavía tembloroso, con las piernas flojas y el pecho ardiendo, solo puedo mirarte. Porque verte así, con mi esencia en la lengua y los ojos brillantes, con los labios hinchados y el cabello revuelto por mis dedos, es como ver mi propia memoria desnuda frente a mí. Es la fantasía hechizada que solo existe en mi cabeza, en estas noches de silencio y mano crispada, donde te invento y te re-invento, donde tu boca lo recibe todo y tus senos me aprisionan y tú eres el cielo y el abismo al mismo tiempo. Y yo, yo solo quiero morirme ahí, entre tus labios y tu lengua, sabiendo que después, cuando la imagen se apague y mi respiración vuelva a su ritmo, vas a seguir ahí.
Flotando en mi memoria. Con esa sonrisa que me desarma, con los ojos que me miran como si yo fuera el único hombre al que has querido ver así: roto, vacío, lleno de ti de una manera que ninguna distancia podrá borrar.
Porque no es solo carne, no es solo el calor de tu garganta o la presión de tus senos. Es que te invento en cada noche de insomnio, te nombro mientras mi mano sube y baja, te beso en la oscuridad aunque no estés. Y sé que mañana, cuando despierte y borre el rastro de esta noche, vas a seguir viva en mi pecho, como una herida que no cierra y que no quiero que cierre. Porque esta ensoñación erótica, esta dulce mentira de mi mente ardiente, es lo único que tengo para amarte cuando la vida real no nos deja ni siquiera mirarnos.
Y ahí estás tú. Siempre tú. Con mi sabor en la lengua y mis palabras en la garganta, aunque solo sea en mi cabeza, aunque sea solo yo y mi mano y el recuerdo de tu boca abierta esperándome. Cada noche, cada vez que cierro los ojos, tu boca sigue ahí, tus senos me aprietan, tu lengua me bebe. Y yo, yo sigo entregándome, porque al final, en esta fantasía, siempre soy tuyo. Completamente tuyo.

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Secreto
Hay una muralla de color azul. Era azul hasta la última imagen que custodia mi memoria, y no era un estudio rebuscado: era un muro confidente de una habitación pequeña y fría, donde afuera la gente transitaba, corría, jugaba, y ella se ocultaba a escondidas para desnudar su imagen ante el lente y enviármela. El fondo nunca importó; el fondo era un engaño de pintura modesta. El detalle siempre fue ella: su mirada, su piel, su desnudez sagrada de secreto y clandestinaje.
Completamente despojada, sin resquicio de pudor, ofreciéndome los senos, la curva de sus caderas, los labios húmedos y entreabiertos de su centro, mientras lame el aire con esa lengua juguetona y yo siento el erecto deseo, duro, palpitándome en la mano como una criatura que ansía libertarse.
Se vuelve en la imagen, arquea la columna, abre sus muslos y con ambas manos se aferra a sus nalgas, separándolas como quien descorre un velo, mostrándome la totalidad de su entrepierna, su oscuro y deseable brote, ese orificio ceñido que se entreabre como un susurro. Y yo ahí, deslizando la mano por mi vientre, sintiendo el peso y el ardor, abriendo el botón y cierre de mi pantalón, liberando el olor a deseo mientras las venas palpitan en mi miembro al verla. Y ella sigue con sus dedos entrando, acariciando ese secreto que me ofrece descubrir y entrar, y sigue lamiendo sus senos y mordiendo sus pezones, y yo ya no puedo retener el deseo y debo subir y bajar mi glande para liberar el calor y excitación que ella provoca.
— Hola.
— Hola.
— ¿Cómo estás?
— Bien, ¿y tú?
— Bien también.
— Qué bueno.
— Me alegro.
— Adiós.
— Cuídate.
— Igual tú.
(Ninguno se va. El silencio pesa más que todas las palabras que no dijimos.)
— Quizás esta sea la última vez que nos crucemos. Y aún así, preferimos este adiós vacío antes que arriesgarnos a rompernos de nuevo. Porque hay amores que solo sobreviven en lo que callamos, y este silencio es nuestro único abrazo posible.

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