La proposición de Apolo se deslizó por el aire como una serpiente de humo, envolviendo a Taylor en su calor antes de que pudiera siquiera considerar la posibilidad de resistencia. El rubio sintió cómo las palabras del dios se filtraban por los poros de su piel, mezclándose con la fragancia ácida del alcohol y el sudor ajeno, y Thalia, desde el abismo de su pecho, extendió sus dedos invisibles para acariciar las cuerdas de su entusiasmo. La oferta era tan transparente como el cristal del ventanal que reflejaba sus siluetas: no se trataba de un local, sino de una invitación a cruzar un umbral que prometía tanto placer como peligro, y Taylor, con la sonrisa de quien ya ha decidido ahogarse antes de probar el agua, inclinó la cabeza hacia un lado y dejó que sus ojos azules se encontraran con los del dios en un juego de espejos que prometía ser interminable.
—¿Un lugar más acogedor? —repitió Taylor, y su voz era ahora un susurro tan denso que parecía llevar consigo el peso de la noche—. Me encanta la idea. Este salón tiene demasiadas aristas y miradas curiosas —Su mano, temeraria, se alzó para ajustar el cuello de su camisa, un gesto que exponía la curva de su cuello y la sombra de su clavícula, y sus dedos se demoraron en el botón superior como si estuviera sopesando la posibilidad de desabrocharlo también—. Además, Apolo, tengo la sensación de que tus sesiones son mucho más interesantes cuando no hay testigos. ¿No es así?
Cal sintió cómo la punta de sus dedos se hundía en la carne de su palma, apretando el cristal de la copa con una fuerza que amenazaba con romperlo. La ligereza con que Taylor se dejaba arrastrar por la corriente del dios era como un puñal girando lentamente en su pecho, y Calliope, desde su rincón de sombras, no decía nada, pero su silencio era más elocuente que mil palabras. El moreno exhaló un suspiro que desdibujó el reflejo de su rostro en el vidrio y, con la lentitud de quien mide cada palabra antes de soltarla al aire, se giró hacia los dos hombres.
—Si vamos —dijo Cal, y su tono era una mezcla de advertencia y concesión—, quiero que quede claro que no es una visita de cortesía. Es una inspección. Veremos el espacio, hablaremos de las colaboraciones que Apolo ofrece, y luego —Sus ojos se clavaron en Taylor con la intensidad de una nota sostenida—, si todo está en orden, decidiremos si merece la pena continuar —Hizo una pausa, y la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa que no llegó a ser cálida—. Pero no esperes que me convierta en un espectador mudo mientras tú y tu nuevo amigo jugáis a descubrir quién inspira a quién.
Taylor rió, un sonido que brotó de su garganta como una burbuja de champán, y dio un paso lateral para acercarse a Cal, colocando una mano sobre el brazo de su amigo en un gesto que pretendía ser tranquilizador pero que rezaba complicidad—. Tranquilo, Cal. No voy a hacer nada que no quieras ver —Sus ojos, sin embargo, volvieron a Apolo con la rapidez de un imán, y el brillo que los habitaba no dejaba lugar a dudas sobre la dirección de sus intenciones.