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[HERE] you’ll find #46 gifs (268x150) of Luke Mitchell as Roman Briggs in Blindspot S04. All gifs were made by me from scratch. Do not edit without permission, do not include in gif hunts or claim them as your own. Additional rules are inside the gif page. please like o reblog this post if you use, thank you.
We, the people on this island, are not important. The island and the nutrients it provides exist in their most perfect state without us gathering them, or manipulating them, or digesting them. What happens inside this room is meaningless compared to what happens outside in nature, in the soil, in the water, in the air. We are but a frightened nanosecond. Nature is timeless.
THE MENU (2022) dir. Mark Mylod
BRIAN ALTEMUS in brilliant minds S2E1
El nombre de la señora Baker flotó entre ellos como una cortina de humo, y Gus esbozó una sonrisa que apenas logró aliviar la opresión de su pecho. Las manos del bombero, aún temblorosas por la descarga de adrenalina y deseo, descendieron desde el borde de la bata blanca hasta los costados del médico, donde la tela se tensaba sobre los huesos de sus caderas. Allí se detuvo, no para retener, sino para grabar en la memoria la geometría de aquel cuerpo que había besado con la devoción de un náufrago. Su pulgar trazó un arco perezoso sobre la tela, sintiendo el calor que se filtraba desde la piel de Mitchell hasta sus propias yemas endurecidas por el oficio.
—Que compita —murmuró—. Que traiga sus mejores bollos. Ya veremos quién te cuida mejor, doc —La aseveración fue un guiño, una promesa de batallas cotidianas que ansiaba librar. Tragó saliva, y con ella el nudo que se le había instalado en la garganta cuando Mitchell pronunció aquellas tres palabras: no estás solo. Un escalofrío, distinto al de la fiebre o al del miedo, le recorrió la espina dorsal como una revelación. En nueve años de silencio, de hombros cargados con losas ajenas, nadie se había atrevido a ofrecerle un puerto tan sencillo y definitivo.
—Tampoco tú —respondió al fin, separándose apenas lo indispensable para clavar sus ojos en los azules del médico—. Que esto no termine aquí, Mitchell. No puede —Su mano encontró la del otro, entrelazando los dedos con una urgencia que desmentía la calma de sus palabras—. Mañana te traigo el desayuno. Y pasado. Y todos los días que hagan falta para que aprendas que el deber también puede doblegarse ante lo que uno desea —Una última caricia en el dorso de esa mano, antes de soltarse con un suspiro y tomar su propia camiseta manchada—. Ahora ábreme la puerta, o juro que no me iré nunca.
La semana había galopado entre los dedos del médico, supurando heridas y atendiendo pacientes doloridos. Las mañanas se acontecieron con un sol radiante y un desayuno suculento, pero… la consulta siempre bullía de ruido y otros habitantes del pueblo. Pero, hoy la localidad cerró sus establecimientos y ordenó un conjunto de stands en el centro de la periferia… por una festividad que escapaba el británico entendimiento de Mitchell Stewart. El hombre vestía de civil, mientras caminaba sereno hasta un puestecillo.
No dudó en ofrecer una encantadora sonrisa y pedir una manzana envuelta en caramelo. Al parecer, según fue indicado, era una exquisitez que ofrecía aquella feria improvisada. El doctor esperó paciente, relajando las venas de sus sienes… tras cruzar recientemente un par de amables palabras con la hija del alcalde. La señora Baker, su casera, tenía una clara misión… engordar el vientre de Stewart y encauzarle con la muchacha. Finalmente, tras proporcionar una suculenta propina, los dedos del rubio se tensaron en el palo que sujetaba la pieza de fruta.
Al tornarse, en el lejano horizonte… el azulado océano de sus ojos capturó la presencia de Gustav Callaghan. El acto era público, pero se atrevió a dedicarle una tímida sonrisa cosida entre sus mejillas. El hombre anglosajón adelantó sus pasos, con firmeza y entre la humareda de otros transeúntes… hasta derribar las distancias que les separaban. “Buenas, señor Callaghan…” acertó a decir con disimulo y formalismo, esbozando el acento de sus palabras. El aroma dulce de la manzana, roja y brillante, rondaba en el éter de manera intrusa.

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Ethan dejó que la frase inconclusa de Wyatt se secara en el aire de la cocina, como una gota de agua sobre una sartén caliente. Sus dedos aún descansaban sobre la mesa de pino, acariciando distraídamente una hendidura donde hacía años se había derramado grasa hirviendo. El aroma del rancho se mezclaba con la fragancia impostada que el otro exhalaba, ese perfume de ciudad que ahora olía a desesperación mal disimulada. Cerró los ojos un instante, y cuando los abrió, su sonrisa se había afilado como un alambre de cerca.
—Dudo mucho, dices —repitió, saboreando las palabras con una lentitud deliberada—. Pues prepárate, Wyatt, porque esto va a superar todas tus dudas —Se apartó de la mesa y caminó hacia el viejo armario de roble, cuyos goznes gimieron al abrirlos. Del interior extrajo un frasco de vidrio turbio, casi vacío, y lo dejó caer con un golpe seco frente al mánager. El polvo de los años brincó en la luz mortecina—. Te propongo un trato: trabajas conmigo en el rancho. Un mes. A jornada completa. Si al final de ese mes sigues pensando que esto es una mierda y que tu sitio está en Los Ángeles entre caviar y mentiras, te compro tu parte al precio que pidas.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía palpar, como la humedad antes de una tormenta. Ethan se recostó contra la encimera, cruzó los brazos sobre el pecho, y esperó. La madera crujió bajo su peso. Un rumor lejano de ganado llegó desde el valle. Y en sus ojos, por primera vez en siete años, no había rencor, sino una invitación peligrosa: la de que Wyatt Winters ensuciara de verdad sus pulcras manos, o huyera para siempre.
El suspense flotó levemente por la estancia, chocando con los ojos claros de Winters y la hilera de cacharros deshidratados que habitaban por las esquinas. El hombre sintió la presión de su cuello, un río fino de sudor por debajo de la tela y un hambre insaciable por saldar sus cuentas. Pero, la oferta que escapó por los labios de Ethan Carter… descendió como una losa de titanio en el pavimento que pisaban sus pies. El labio inferior del mánager se desencajó, mientras los dedos de sus varoniles manos se apretaban contra el hueso de sus caderas.
“¿Perdón?” dijo incrédulo y con un ceño obtusamente fruncido. El rubio respiró pausado, conteniendo una absurda carcajada que amenazaba con aflorar desde las profundidades de su laringe. “Estás de coña… ¿lo dices en serio?” tentó en el aire con sus palabras, desviando momentáneamente el rostro y limpiando la saliva de su boca con el dorso de la mano. La luz se filtraba áspera, el espacio arcaico y su pecho construido en un manantial de latidos. El contrario parecía saborear cada instante de aquella desdicha, con la soberanía de su autoridad.
“Es imposible… tengo que volver a Los Ángeles en tres días. Tengo más clientes, ¿sabes?” recalcó como si aquel minúsculo detalle fuera de suma relevancia en dicho tribunal. “¿Un mes entero? ¿Jornada completa?” repitió, cuadrando los cálculos en su cabeza y punzando con sus pupilas los contornos que marcaban la silueta de Ethan. “¿Estás seguro de que esto no es un atento para volver conmigo? ¿Acaso quieres pasar un mes entero juntos?” sentenció Wyatt con el ácido de su lengua. “Te puedo dar un día, es mi mejor oferta… y aún estoy esperando ese vaso de agua” negoció con soltura y naturalidad.
Las manos de Scott contra su rostro fueron un ancla inesperada en medio del maremoto. Jules sintió la aspereza de sus propias mejillas sin afeitar, la temperatura ajena filtrándose como un cable de tierra en medio de una tormenta. No había sido consciente de que sus piernas temblaban, de que su respiración se había reducido a bocanadas cortas y torpes. El olor a combustible y carne le llenaba las fosas nasales como una esponja empapada en horror. Cerró los ojos. Volvió a abrirlos. Asintió una sola vez, con la rigidez de quien acepta un salvavidas sin saber si merece ser rescatado.
—Estoy bien —mintió, aunque su voz parecía venir del fondo de una grieta. Sus propias manos subieron para cubrir las de Scott, un gesto casi fraternal que se rompió al segundo siguiente—. O lo estaré. Ahora no importa demasiado —Se pasó el dorso de la mano por la frente, y el gesto arrastró una fina costra de arena y algo más oscuro—. Gracias —dijo, y esta vez la palabra llevaba peso de verdad—. Ahora... ahora volvamos al trabajo. Esa gente no puede esperar a que superemos el trauma. El trauma puede esperar. Ellos, no.
La pregunta de Fjor perforó el blindaje que Huck había alzado sin permiso. ¿Dónde has visto algo parecido? El instructor apretó la mandíbula hasta que los dientes rechinaron bajo la superficie. Su mente, traidora, proyectó diapositivas que creía incineradas: la carretera de Kabul salpicada de restos que un artefacto había convertido en confeti orgánico; el helicóptero derribado en el que un amigo había dejado de ser un rostro para convertirse en una estadística. Tragó saliva, y el acto fue tan ruidoso como una piedra al fondo de un pozo.
—En un país donde el polvo nunca se lava del todo de las botas —respondió al fin, y su voz era un susurro de papel de lija—. Pero eso no es una historia para contar mientras el sol aún brilla —Sus dedos, todavía apoyados en el antebrazo de Fjor, dibujaron un círculo inconsciente—. Lo importante es esto: el terror no te hace más lento si aprendes a convertirlo en combustible. Y tú... tú tienes la mirada de quien ya ha sobrevivido a algo. No sé el qué. Pero agárrate a eso. Porque lo que viene ahora será peor que cualquier pesadilla que hayas tenido. Y aún así, vamos a mover montañas de arena. ¿Me ayudas?
La brisa marina golpeó los hilos de sus cabellos y acarició sus marcados pómulos. Pero, en aquel desastroso naufragio… las orbes de Kennedy estudiaron con frenesí el rostro ajeno. El brazo del superviviente se tensó en el aire, mientras su pulgar dibujaba un tímido círculo en la barba incipiente que protestaba el mentón de Jules Thibault. El contrario cerró los párpados por un leve instante, tensando la preocupación naciente en el estómago de aquel irritable oculista. Acto seguido, el cráneo y las palabras en el viento confirmaron el afán del otro individuo de proceder con la evaluación médica.
“¿Estás seguro? No tienes buena pinta…” sentenció con el análisis de sus pupilas. Scott observó al francés trepando en su propia tela de araña, inculcando el tacto de su propia mano en diferentes puntos de su anatomía facial. “Espera…” respondió, dejando caer el peso de sus manos hasta los hombros de Thibault… quien decidió que su mejor coartada era continuar rescatando el aliento de sus improvisados pacientes. “Tienes un poco de arena en…” dijo el latino, mientras alzaba la barbilla y navegaba el surco de su mano derecha. Allí, en la frente, su pulgar frotó suave los resquicios de arena y un ápice bermellón.
Fjor Ekker impartió una mirada neutra y una paciencia infinita contra las facciones de su opuesto. El hombre se tejía por una actitud ciertamente escandinava, un pitido vago escondido en sus oídos y un apetito por desenlazar las incógnitas que encontraba en su horizonte. La mano de Owain aún se aferraba como un halcón sobre su antebrazo, pero… el sueco no parecía prestar atención al minúsculo detalle en aquella odisea paradisíaca. Al contrario, escuchó con cautela el sonido que emitieron los labios ajenos.
“Entiendo” indicó sin mayores reparos. “Pero… ¿a qué te refieres con mover montañas de arena?” expresó con una ligera confusión, frunciendo el ceño con amargura. “¿Te refieres… literalmente?” añadió con aquel acento europeo y una expresión inerte. La mente de Ekker comenzó a reparar los cálculos que conectaban aquellas sílabas extranjeras. El varón respiró profundo, sin derramar la actitud que vivía en su rostro. “Oh… ¿te refieres a enterrar cuerpos?” preguntó directo, sin necesidad de florituras o adornos en la convicción de la veracidad. La playa, ahora mismo, sólo reflejaba el desastre del impacto.
La ironía de Jude trazó un surco en el aire, y Chase sintió cómo sus propios labios se curvaban en una media sonrisa que no lograba ocultar el reguero de amargura que ascendía por su esófago. ¿Ves futuro en el mundo del crimen organizado? La pregunta reverberó contra las paredes de la casita como un chiste mal contado en un velatorio. Sus dedos, todavía húmedos por la condensación del vaso, trazaron una línea invisible sobre la madera de la mesa, un gesto absurdo que pretendía conjurar la tensión anudada en sus cervicales.
—El futuro... —repitió Chase, saboreando la palabra como quien prueba un veneno de efecto lento—. Es un concepto bastante generoso para quienes nos dedicamos a sobrevivir al presente. No diría que me guste lo que hago, Jude. Eso sería como preguntarle a un pez si le gusta el agua en la que nada. Simplemente… respiro en ella. Y a veces, el agua está más sucia que otras.—Alzó el vaso hacia la luz mortecina, observando cómo el zumo teñía de ámbar sus pupilas—. Pero... La versión digerible... Nací en Annapolis y mis padres se separaron al poco de que naciese.
Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco que quebró el hechizo de sus propias palabras. Sus ojos azules, ahora más grises que añiles bajo la penumbra de la persiana entrecerrada, se anclaron en los de Jude con una intensidad que bordeaba lo incómodo. Notó el modo en que el otro hombre se había pasado una mano por el cuello, ese gesto involuntario que delataba un calor que no era solo físico. Chase eligió ignorarlo, aunque su memoria táctil ya lo había registrado, archivado en algún rincón oscuro donde guardaba las debilidades ajenas—. Tu historia, por cierto —continuó, girando ligeramente el torso hacia Jude, invadiendo sin permiso un par de centímetros más de su espacio personal—. No sé si es más o menos digerible que la mía. Pero al menos es tuya. Y eso, en este mundo donde todos se esconden, es más de lo que la mayoría puede decir —Su sonrisa esta vez fue más amplia, aunque no menos ambigua.
La boca seca de Coppola se ahogó en el círculo que dibujaba el vaso. El líquido de tonos anaranjados invadió la cuenca de su paladar, con un tono fresco y un resquemor cítrico en los poros de su lengua. La nuez del castaño se acentuó en el centro de su cuello, tras posar la pieza de cristal sobre la madera plana de la mesa. El sonido fue hueco y obtuso, en aquella marea que dividía sus cuerpos. La sensación cálida de sus deseos… aún trepaba intrusa por sus músculos, aunque el hombre adoptó una pose recta y profesoral.
“¿Un pez?” repitió obtuso, mientras sus pupilas aún desnudaban la anatomía del contrario. Jude cerró los párpados un momento, buscando el equilibrio en sus pasiones y la cordura de la conversación. En ese momento, tragó saliva y sintió el traslúcido cristal entre las yemas de sus dedos. “Oh… ¿dónde está Annapolis?” dijo abrupto, obviando su conocimiento pragmático de la geografía que impartía el continente. El aire se espesó en el cielo de sus pulmones, mientras Jude Coppola desviaba lento la dirección de su mirada con cautela.
El hombre se preguntó absurdo… sobre la fragancia que emanaba Leo Castle o si, por el contrario, su hambre se escribía en la expresión de su propio rostro. Pero, antes de darse cuenta… sus retinas chocaron con los pulidos ojos del otro individuo, quien inmortalizó una sonrisa que le erizó el desnudo del cuello. Entonces, Jude se percató de que tensó el silencio de sus labios indebidamente por un extenso tiempo. El profesor de primaria pestañeó un par de veces. “Aunque… me refiero, ¿qué te gustaría hacer si no te dedicases a…?” dijo, sin seguir el hilo del argumento.
PROJECT HAIL MARY 2026, dir. Phil Lord & Christopher Miller
With no power comes no responsibility
Spider-Noir - Authentic Black and White Trailer

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La mano de Spencer bajo su camiseta fue una invasión que Mike, para su propia sorpresa, no quiso detener. Sintió los dedos ajenos ascender por el relieve de sus costillas como arqueólogos explorando una estratigrafía desconocida, cada yema trazando un mapa de músculo y calor que ningún pergamino podría registrar. El gemido gutural que escapó de los labios del otro fue una concesión, una fisura en la armadura de suficiencia que Spencer llevaba con tanta naturalidad como su abrigo. Y Mike, acostumbrado a leer lo que otros ocultaban, archivó ese sonido en la sección más peligrosa de su memoria. Sus dientes atraparon el labio inferior de Spencer con un castigo que fingió severidad.
Y aunque su cuerpo respondió con un estremecimiento que recorrió su columna como un relámpago contenido, su mano libre atrapó la muñeca intrusa antes de que pudiera ascender un centímetro más. Sus dedos, aún firmes alrededor de la muñeca de Spencer, guiaron la mano del otro hacia su propia cadera, depositándola sobre la tela del pantalón, sobre la ropa, no debajo. Una reubicación estratégica que devolvía el control al arqueólogo sin romper el contacto. Su otra mano, la que descansaba en la nuca de Spencer, se deslizó hacia adelante para enredarse en sus cabellos, tirando apenas, inclinando la cabeza del otro hacia atrás para exponer la línea de su mandíbula.
—Aquí —murmuró contra la comisura de los labios de Spencer, su voz un susurro cargado de autoridad y un hilo de peligro contenido. Su agarre no era violento, pero sí inapelable, un recordatorio de quién trazaba los límites en aquel territorio inexplorado—. Si vas a hurgar, al menos hazlo donde sientas lo que provocas —Separó apenas unos milímetros la boca de la del otro, el tiempo justo para que la oscuridad y el silencio amplificaran la respiración entrecortada de ambos.
Spencer arqueó una ceja tentativo. El peso de Delaney se encajaba en su muñeca, mientras redistribuía la posición de sus exploradores dedos hasta la tela del pantalón. El acto se pinceló tímido, aunque… la otra descarada mano del arqueólogo tiró de sus cabellos. El medio demonio inclinó torpe el mentón, abrazado por la penumbra obsoleta y la pasión que irradiaban sus suaves poros. En ese momento, la advertencia en la voz del contrario invadió abrupta el terreno de sus tímpanos. El canadiense dejó escapar un suspiro entre sus labios.
“¿Es una invitación, Michael Delaney?” sopesó con la ironía de su lengua. El fotógrafo aún sentía el aliento cálido acariciar sus facciones, mientras relamía sin temor el labio inferior. Acto seguido, no dudó en esbozar una media luna en su sonrisa que iluminó su rostro. Spencer Davies encauzó su mano tentativa y sin remordimientos… hacia el inicio de la montaña situada entre las piernas del contrario. La palma encontró la estructura, de manera delicada y autoritaria. El hombre masajeó tenue la zona, buscando una reacción en cadena.
“Ahora…” susurró con lascivia. “¿Crees que esto provoca suficiente?” encauzó sus palabras con destreza, mientras sus pupilas dibujaban las cortas distancias que separaban sus cuerpos. Davies sintió la armadura de su abrigo sobre sus hombros, sus mechones enredados y una tensión afilada en su columna vertebral. “¿O debería parar…?” aclamó con la intrusión gutural que nacía desde las profundidades de su larga garganta. Finalmente, el moreno respiró el aroma que irradiaba al sudor de su oponente… y las hojas vetustas que les rodeaban.
La existencia de Chris había discurrido en una burbuja acolchada de privilegios donde las asperezas de la vida solo existían como ecos ficticios en las novelas que devoraba desde la infancia más tierna. Unos padres devotos le habían tejido un capullo de apoyo incondicional, y acaso la única inquietud capaz de arañar el ánimo de aquel muchacho de luminosos ojos azules era una curiosidad insaciable por el mundo fenecido. Aquella sed de saber transitaba ya la frontera porosa entre una obsesión íntima y una pesquisa personal, casi una rebelión silenciosa contra el designio que sus progenitores habían esculpido para él y contra la prosperidad que lo anestesiaba con una dulzura más turbia de lo que se atrevía a confesar.
Impulsado por el hambre de un nuevo volumen que le sirviera como ventana a un pretérito ignorado, sus pasos lo guiaron hacia aquella biblioteca de otro nivel. Otro peldaño en la escalera que construía con paciencia mineral, buscando un sendero que de verdad le saciase la grieta abierta en el pecho. Sin embargo, toda búsqueda, todo pensamiento articulado, se desvaneció en el mismo instante en que sus ojos azules prendieron en los ojos pardos de Saskia Vries, cálidos como la tierra removida tras la lluvia. Y en esa sonrisa que le pareció irremediablemente encantadora, como una llama diminuta en la penumbra polvorienta del lugar. Chris se humedeció los labios, sintiendo la sequedad del aire filtrado mezclada con el aroma a papel viejo y encuadernaciones descosidas, y ofreció a su vez una sonrisa amable, moneda callada con la que pagar aquel gesto ajeno. El silencio de la sala, denso y acolchado, pareció contener el aliento.
—Hola —saludó, y su voz fue apenas un susurro modelado con la reverencia que las bibliotecas aún le inspiraban, esas catedrales sumergidas donde las palabras de un mundo perdido seguían respirando—. Me preguntaba si podría echar un ojo al catálogo, si es que tenéis un inventario, claro —añadió sin pretensión alguna, mientras una mano de dedos largos se alzaba para apartar un rizo rubio que le sombreaba la frente, en un gesto inconsciente.
La biblioteca del sector inferior era una habitación irrelevante en su entrada, sin ventanas y una iluminación pobre. Tras el escritorio y el modesto ordenador, se encontraban las hileras de estantes que componían el pasado. Libros, CDs y otras piezas que acabaron en desuso. Aquella instancia se convirtió en un museo, un archivo arqueológico que conservaba torpemente las memorias de un mundo inhabitado. Saskia Vries obtuvo el puesto por su abanico de idiomas y una excelente aptitud para la organización de documentos.
El hombre apoyó los dedos sobre el barniz de la mesa, mientras imponía el peso de su cuerpo para erguir sus caderas. Sus pupilas se adaptaron al contraluz, dibujando la silueta de Morgan y su dubitativo tono. Las visitas en aquel centro olvidado eran ciertamente escasas… pero en los últimos meses, de manera clandestina, las anatomías de ambos individuos se habían enlazado en fortuitos encuentros. Vries no recordaba exactamente cómo ocurrió, o la tecla que le impulsó al adulterio… pero, objetivamente, podía admitir que su cuerpo no se sintió tan vivo desde hacía una odisea.
Saskia respiró profundo con una pequeña sonrisa. Acto seguido, sus pasos le guiaron lentos hasta la puerta… rozando el aire corto entre sus cuerpos y acercándose hasta la puerta de entrada. Allí, miró a los lados y cerró el cierre por precaución. No tenía expectativas, pero era cauteloso. “Chris…” susurró, incómodo y un tímido velo de confianza. “Tenemos un catálogo, yo mismo me dediqué a cultivarlo…” confesó con un deje profesional y una mirada pensativa. “¿Eso es todo lo que necesitas?” añadió con el pecho oprimido y su acento sudafricano. Era un error, no podía caer de nuevo… pero su piel lo anhelaba…
Wayne contuvo la respiración un segundo más de lo necesario, justo el tiempo que tardó en saborear el rubor que trepaba por el cuello de Blair como un incendio de maleza seca. Había visto a muchas personas desarmadas por sus palabras, pero nunca con esa mezcla de fascinación y vértigo que ahora bailaba en las pupilas azules del bombero. La nuez del joven se desplazó al tragar en falso, y Vitanza sintió un calambre cálido descender por su espina dorsal, asentándose en algún lugar de su vientre que rara vez reconocía en público. El crujido del hielo en su vaso fue la única confesión que se permitió.
—Exactamente eso —respondió entonces, dejando que su voz descendiera hasta un tono grave, casi íntimo, que solo la madera de la barra y el cuerpo del otro podían atrapar—. Hombres, Blair. Algunos de espaldas anchas y mandíbula de héroe de cómic… otros con sonrisas que prometen menos de lo que entregan. Pero nunca —y aquí inclinó ligeramente la cabeza, acercándose hasta que el aroma a roble y la colonia del bombero se mezclaron en un pacto prohibido—, nunca uno que se sonrojara como si le hubieran descubierto un pecado que aún no se atreve a nombrar.
La punta de su lengua humedeció el labio inferior por puro hábito, o quizás por provocación, mientras la mano de Blair se crispaba en el tejido de su ropa. Wayne se irguió apenas, otorgándole un respiro que sabía a concesión—. Tu hermano no lo sabe —confirmó, dejando que las palabras cayeran como guijarros en un estanque—. Y si sigues mirándome así, con esa mezcla de curiosidad y pánico en las pupilas, puede que lo descubra antes de lo que tenía planeado... Pero dime, Woods… ¿tú qué vas con esa información?
La vida de Blair Woods había surcado infinitas inseguridades, revoltosas limitaciones y un cuerpo obtuso… hasta que tomó las riendas del asunto. No fue hasta avanzada su adolescencia, casi rozando la soberanía de su mayoría de edad… cuando encontró el consuelo en el ejercicio físico. El rubio remodeló su apariencia, cinceló su atractivo rostro y surcó los placeres de su sexualidad. Aunque, el apetito y la baja estima aún trepaban constante entre las entrañas de sus neuronas. El bombero aún sentía que luchaba por su puesto en el universo.
Pero, ahora… postrado frente a Wayne, sintió una desconocida punzada. Las palabras del abogado se filtraban como un argumento en un juicio, mientras Blair cerraba los dedos en el vaso de cristal. El cuello le asfixiaba con sequedad y una sonrisa intrusa le robó el espacio entre las comisuras de sus labios. En ese momento, el individuo alzó la copa y tomó los últimos resquicios de whiskey hasta el interior de su garganta. La sensación ardiente le recordó su posición en aquella conversación. Acto seguido, el choque del cristal contra la mesa resonó seco.
“Definitivamente… aún estoy demasiado sobrio para esta conversación” bromeó estrepitoso, mientras una carcajada amable escapaba entre sus mejillas. Los ojos azules de Woods danzaron por diferentes puntos del panorama, con cierta timidez y nervio… hasta que aterrizaron en la perfección que imponía Vitanza. “Ciertamente… la información es tentadora, pero… mi hermano” alzó las cejas con descaro e incredulidad. “No, es mala idea…” dijo en voz alta, como un recordatorio personal. Blair tomó un corto suspiro, con los pómulos sonrojados. “No es que esté asumiendo…” añadió con pánico en el círculo de sus orbes.
Un suspiro cansado abandonó los labios de Harlan, ese exhalación húmeda que se abre paso como un animal herido entre las costillas. ¿Qué sentido tenía seguir insistiendo si el otro, parapetado tras su bastón y sus palabras afiladas, se negaba a contemplar siquiera la posibilidad de un amanecer distinto? Durante un instante, el profesor observó la cera derritiéndose en el candelabro, esa lágrima blanca que se desliza lenta por el costado del metal, y se sintió idéntico a ella: un testigo pasivo de su propia combustión. Quizás pecaba de optimista, quizás Fox no estaba preparado para algo que no cupiese dentro del catálogo de sus desilusiones. Pero la fatiga, esa compañera fiel de las noches en vela, le susurró entonces una verdad incómoda: no era su responsabilidad rescatar a nadie que no quisiera ser rescatado.
—No lo estás intentando una mierda —afirmó el alemán, y su voz, antes grave y pausada como un violonchelo, se quebró en un registro más áspero, el roce de una rama contra el cristal en mitad de la tormenta—. Llevo toda la noche aquí, al otro lado de esta mesa, tendiéndote puentes que tú incendias antes de cruzar. Y no es por tu ceguera, Fox —dijo, y el nombre del irlandés se adhirió a sus labios como una confesión involuntaria—. Es por esa costumbre tuya de atacar antes de que te alcancen. Como si vivir fuera una batalla perdida de antemano y tu única victoria posible fuera marcharte antes de que te echen.
El silencio que siguió no fue el vacío, sino el estruendo de lo no dicho. Harlan notó cómo sus propias manos, ahora quietas sobre el mantel, percibían la textura áspera de la tela, el mapa de las migas diminutas, el borde frío del vaso de agua. Era curioso: cuanto más se empeñaba Fox en ausentarse, más presente se volvía. Su olor, a madera húmeda y a lluvia reciente, seguía allí, atornillado al aire. Pero el hartazgo pesaba más.
—Si lo que quieres es seguir nadando en esa piscina de autocompasión —continuó Harlan, mientras sus dedos ya buscaban el borde de la mesa para impulsarse—, no hace falta que te vayas. Me voy yo. Cena tranquilo, disfruta del hecho de haber tenido razón una vez más. Dejaré para cubrir tu cuenta, tómalo como un detalle del tipo que lo estaba intentando —La silla gimió al rozar el suelo de madera, un lamento breve mientras el alemán sacaba la cartera para dejar los billetes sobre la mesa—. Si algún día el silencio se vuelve más insoportable que la posibilidad de fracasar, ya sabes cómo contactarme.
El hombre cerró los párpados, envolviéndose de una perfecta oscuridad. Las manchas borrosas de tonos apagados desvanecieron en su limitado horizonte… mientras sus fosas nasales olfateaban el aroma del humo que emanaban las velas, el perfume de una señora en la mesa contigua y los apetitosos ingredientes que componían los platos. A su vez, su oído agudizó la soberanía que tejían los pies de Harlan… y su oportunidad de tirar la toalla. En ese momento, Foxton McKinnon se maldijo a sí mismo… aún vistiendo una expresión neutra.
Tal vez fue la difuminada voz de su sobrina, la pequeña Saorsie… la cual retumbaba entre las paredes de sus sienes. O simplemente el efecto de las feromonas, aquellas que invadían el test de compatibilidad por el cual había donado parte de su persona. Pero… indiscutiblemente, tras descender el velo amable que impuso el alemán durante la velada, un interruptor interno cambió la visión de aquel desdichado irlandés. “Quédate…” dijo austero, en un hilo de voz y un baño de su articulado acento. El hombre desplegó el azul de sus retinas, aunque el mundo aún se pincelaba confuso.
Fox tomó una bocanada de aire, con la dirección de sus pupilas desencaminadas. “He sido injusto, lo sé…” añadió con desdén. “Pero creo que, por primera vez en toda la noche… has demostrado lo que se esconde detrás de esa voz que escucho” sentenció, con el corazón retorcido. “No necesito… no quiero nada de esta noche. Admito que todo esto me incomoda, la presión y la expectativa… No soy fácil, no puedo ofrecerte un futuro perfecto. Pero… sólo necesito relajarme y conversar, sin pretensiones” confesó como una derrota que se apretaba entre sus dientes.
Tracker - The Best Ones (3.22)

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We sense it now, we feel the threat in our blood. Something terrible is coming. And we must all be ready. All of us.
El comentario sobre su exmujer le pinchó en un lugar que no sabía que tenía, una fibra celosa que le cosquilleó el estómago con la ferocidad de un avispero. Mandona. Claro. No era el momento de desgranar por qué la palabra, dicha por Lyle, le producía una mezcla de indignación y un calor obscenamente competitivo. En lugar de eso, frunció el ceño con una mueca que quería ser seria pero que sus ojos azules, iluminados por la danza de las llamas de la cocina, traicionaban con un destello juguetón.
Cuando Lyle finalmente se inclinó hacia la cuchara, Chedey sintió la gravidez del momento como una masa caliente en el pecho. El aliento del hombre le rozó los nudillos, y la imagen de aquellos labios resecos abriéndose para recibir su cocina, algo nacido de sus propias manos, de su voluntad de cuidar, le disparó una endorfina más poderosa que cualquier trago de ámbar. Observó cómo Lyle masticaba, cómo su nuez ascendía al tragar, y una vez más, el mundo exterior se replegó hasta ser solo el perímetro de aquella cocina.
—¿Y bien? —preguntó, su voz un filamento tenso, mientras su mano, aún con la cuchara vacía, quedaba suspendida en el espacio que los unía. Consciente de su propia cercanía, del calor que irradiaba el cuerpo del soldado, pero decidiendo no retroceder. Necesitaba esa validación, sí, pero también necesitaba quedarse justo donde estaba—. ¿Sobreviviré a la crítica o prefieres seguir bebiendo y fingir que no tienes papilas gustativas? Porque también puedo ser mandón si eso te hace comerte mi "mejunje".
La escena se pinceló íntima, entre las cortinas de la cocina, y exquisitamente extraña. El cuerpo de Lyle tensó la espalda, mientras la calidez de la cuchara se adaptaba entre la carne de sus labios. El aroma ascendió hasta su paladar, de manera insinuante… mientras daba un leve mordisco e introducía la pieza de alimento en su infinita cueva. Allí, el hombre de Kentucky masticó con parsimonia… tomándose su tiempo y tensando la respuesta que aclamaba su compañero de supervivencia. Meadows arqueó una ceja tentativo y estudió la partitura de aquellos ingredientes.
“Ciertamente… no soy un experto en cocina” aclamó ronco y con una leve sonrisa. El ex militar se acostumbró a platos recalentados, una cocina improvisada y latas de conserva durante sus travesías en diferentes desiertos. Pero, ahora… con sus botas pisando fuerte las tablas de aquella vetusta casa, cualquier bocado le seducía con avaricia. “Pero, debo admitir que no está nada mal… ¡bien hecho, kiddo!” sentenció, mientras daba una palmadita feroz contra el omoplato del otro individuo. Entonces, Lyle Meadows carraspeó incómodo.
“¿Qué ingredientes lleva?” insinuó, intentando disimular la clavija que se oprimía en la escalera de sus vértebras. El castaño apretó los labios, pensativo y aún ahogándose en los resquicios de sabor abriéndose paso hacia su estómago. El hombre tenía el cuerpo cansado, la adrenalina en el cielo de la cabeza y las venas oprimidas por la deshidratación. Pero, sin más preámbulos… observó de lado a lado. “Aunque el alcohol siempre es bienvenido, no anula mis papilas gustativas…” dijo con cierta elocuencia y una mueca sugerentemente divertida, mientras se mordía el labio inferior.