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MICHAEL BRADWAY as Charlie Florek Every Year After 1.03 "Playing with Fire"
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Para quien ha caminado siglos, para quien ha visto morir soles y renacer lunas sin que su propio pulso se detuviera jamás, la eternidad no era un don ni una condena: era una simple lente de aumento sobre la fragilidad ajena. Damon observó el modo en que el vaho de Indigo se alzaba denso y blanco, cómo el frío enrojecía la punta de sus orejas, y sintió una punzada tan antigua que casi había olvidado su nombre. Un amago de sonrisa, breve y amarga, decoró sus labios finos antes de hablar. Se humedeció lentamente la boca y sus dedos, largos y pálidos como raíces invernales, se enredaron un instante en el borde rasgado del bolsillo de su abrigo. Sus ojos se perdieron en la línea del horizonte, donde los tejados de Wicks se fundían con la noche como pinceladas de tinta sobre papel mojado.
—Somos puntos minúsculos. En eso tienes razón, sin lugar a dudas. Pero precisamente eso es lo que hace que cada momento sea… algo especial, ¿no crees? Lo finito del tiempo que compartimos —dijo, apartando la mirada hacia las estrellas. Allá arriba, los astros parpadeaban indiferentes, testigos mudos de todas las despedidas que él había atesorado. Casi se sintió un hipócrita al afirmar aquello cuando llevaba siglos coleccionando esos momentos finitos de personas que desaparecían como simples granos de arena entre sus dedos, arrastradas por el viento de los años—. Igual es demasiado tarde para estas reflexiones… y muy pronto para meternos en estos jardines. No quisiera ahuyentarte con el espectro de un viejo que ha pensado demasiado.
Su mirada viajó de nuevo hacia Indigo, y por un instante la máscara de siglos se tensó sobre sus facciones. Percibió el aroma de la enfermedad latente bajo la piel del periodista, ese rastro químico tan sutil como un susurro, y decidió apartarlo de su mente antes de que la mera posibilidad de otra pérdida le rajara el pecho—. Me dedico a las inversiones —respondió con sencillez, encogiendo un hombro bajo el abrigo oscuro—. Cosas aburridas que me mantienen despierto a deshoras. Números que se mueven, propiedades que cambian de mano… nada tan interesante como las historias que tú escribes. Nada que merezca una noche tan fría como esta.
Las hileras de tejados bajos, en aquel desdichado pueblo, se perdían en un horizonte oscuro y desalojado. La noche tenía una melodía silenciosa y armónica, creando el hueco de sus pasos… en una serie de adoquines grisáceos que nunca concurrían. Pero, Indigo Percival cerró el puño de sus manos… conteniendo el helado aire y el relieve huesudo de sus nudillos. El muchacho permitió que las temperaturas bajas descendiesen por sus cabellos áureos y el bajo de su cuello, aún donde recorría el oxígeno hasta sus pulmones.
“Sinceramente… he perdido la noción de la madrugada” expresó con un toque amistoso. “No sabría decirte tampoco… si es tarde o excesivamente temprano” confesó con una sonrisa fina sobre su definido mentón. Los ojos claros del periodista estudiaron el ocaso de la calle, pero pronto se posaron en las costuras que vestían el rostro solemne de Damon. “No me ahuyentas… al contrario, te agradezco la compañía” admitió sin recelo. Lowell sentía sus latidos lentos en la costra de su pecho, mientras sus venas bombeaban el veneno.
“Pero, dudo que seas un par de años mayor que yo…” reclamó con perspicacia y una carcajada leve, ante aquella expresión que escapó de las cuerdas vocales del castaño. Indigo tomó un afilado suspiro, sintiendo el ácido frío filtrarse por sus fosas nasales y el tubo de su preciada garganta. “Creo que mis historias no son tan revolucionarias, aunque… depende del segmento de la población a la que preguntes” explicó con descaro en su sonrisa. “Pero, ¿inversiones?” murmuró en el unísono. “Suena ciertamente complejo y lucrativo…”
Gabriel atravesó el umbral sintiendo en la nuca el peso de esa mano que no terminaba de posarse, ese casi-roce que Noah había dibujado en el aire caliente. La campanilla aún vibraba cuando se giró, justo para encontrar al escocés midiendo la distancia con la torpeza de quien aprende un nuevo idioma. Y sonrió, porque en esa vacilación reconoció algo que los gráficos bursátiles jamás podrían reflejar: el titubeo sagrado del deseo cuando aún no tiene nombre—. Dentro, fuera… —repuso, dejando que sus dedos recorrieran el lomo de un volumen al azar, sintiendo la textura áspera del cartón bajo las yemas—. Creo que ya no me importa tanto dónde estoy, sino con quién comparto el escaparate.
El olor a papel envejecido y a cera los envolvía mientras Gabriel se adentraba en la penumbra de la librería. La luz del atardecer se filtraba por los cristales empañados, dibujando en el suelo mapas de oro quebradizo. Se detuvo ante una estantería, fingiendo examinar los títulos, aunque su atención seguía anclada en el reflejo de Noah en el cristal de un cuadro antiguo. La propuesta de reanudar la aventura al día siguiente le supo a un vino que apenas ha mojado los labios: prometedor, pero insuficiente.
—Mañana —musitó, volviéndose lentamente, las manos ahora cruzadas detrás de la espalda en un gesto que intentaba domeñar el pulso—. Me parece un plan sensato para un hombre que vive de la economía. Pero… —su mirada recorrió la barba de Noah, el temblor de sus pestañas, la libreta que aún aprisionaba contra el pecho—, ¿y si esta noche no me conformo con que me enseñes el primer capítulo de Kafka?
El polvo de las estanterías y las hileras de viejos tomos recibieron con astucia la presencia de aquellos cuerpos forasteros. Los ojos del escocés se perdieron en el horizonte, mientras la campanilla terminaba de resonar y Gabriel expresaba su punto de vista. El aroma se condensó en aquel laberinto, mientras Odair inclinaba leve la frente… en las líneas que escribían un tenue saludo al hombre arcaico tras el mostrador. La libretilla aún se sentía áspera bajo la yema de sus dedos, pero el escritor apretó sus notas mentales con más ahínco.
“Oh…” exclamó con timidez, mientras su acompañante se adentraba en la boca del lobo. Los pies del literario adelantaron los pequeños adoquines del suelo, aunque su barba dibujó una suave sonrisa y un tinte sonrojado en el relieve de sus pómulos. “Ahí estás…” murmuró con aquel acento que despertaba a sus ancestros. El hombre quedó esculpido en el contraluz, observando con disimulo la postura de Pacat y el aroma australiano que desprendía. “¿El primer capítulo de Kafka?” dijo pensativo, el ceño fruncido y un océano mediterráneo de dudas.
“Creo que sólo puedo prometerte… el libro completo” esbozó con ternura, un hueco en el estómago y la mirada desviada. Noah Odair sintió una sensación abrasante ascender por el terreno de su cuello. “Las historias… se saborean mejor en su plenitud” inculcó con aquel tono de profesor de estudios universitarios. Pero, con las pupilas danzantes… el castaño tomó un corto suspiro. “¿Crees que el libro estará aquí?” impulsó a decir, mientras su mano se adelantaba al conjunto de tapas carcomidas y su cabeza se distraía de su rubor enigmático.
El ingeniero tuvo que morderse la lengua con tal violencia que el sabor metálico de la sangre le floreció en el paladar. No podía, no debía, revelar a Marshall los escabrosos detalles del informe forense. En su memoria se incrustaba la imagen forense, el informe policial que había leído con una frialdad de autómata: el contenido de la cavidad bucal de Lottie en el momento del impacto, una evidencia tan obscena como irrefutable de lo que hacía cuando el coche se estrelló. Aquel detalle era una llaga que se infectaría si la exponía al aire de esta noche, cuando el verdadero abismo que debían cruzar no era el de la infidelidad de Lottie, sino el de sus propios corazones entretejidos de omisiones. Así que tragó el veneno y dejó que la pregunta de Marshall flotara en la penumbra del salón, acompañada del leve crepitar de la madera en la chimenea que habían encendido sin decir una palabra.
Con un suspiro que le arrancó el aire de los pulmones como una ventosa, la mirada verde de Danny Akkerman viajó hacia la estantería repleta de volúmenes con lomos de cuero, trofeos de una vida ordenada que ahora se le antojaban un decorado de mentira. Allí, en ese reducto de silencio, la voz le brotó grave, despojada de cualquier atisbo de artificio—. Marsh, si hubiera sabido que aquella noche fue real, no me habría casado con Lottie —La confesión le supo a ceniza, porque al pronunciarla sintió el espectro de sus cinco hijos atravesarle el pecho como estacas heladas. Ser padre había sido su único faro incontestable en medio del naufragio; negar aquello era negarse a sí mismo.
—Fui a ver a un abogado, ¿sabes? Hace dos semanas Tenía los papeles en el despacho, esperando la firma. Lo único que me frenaba eran los chicos. No quería que tuvieran que elegir entre su madre y yo —Se pasó la lengua por los labios resecos, y el gesto le devolvió el sabor a aquella noche de hacía treinta años, a la cercanía prohibida que ahora vibraba en cada centímetro que los separaba—. Así que responde a tu pregunta: si Lottie estuviera viva, probablemente hoy estaría pidiéndote consejo sobre el divorcio —Su mirada regresó a los ojos azules de Marshall, y por primera vez no había en ella ni rastro de la ironía que lo había protegido durante décadas.
La confesión de Akkerman se volvió una cuchilla afilada, entre el polvo carcomido del aire y el espacio reducido que habitaba en las costillas de aquel vejestorio bombero. El hombre tragó la sequedad de su saliva, sintiendo el áspero de un manantial salado en el tubo de su garganta. Pero, fue entonces, cuando su espina dorsal se tensó contra el respaldo del sofá… y Leuwen contuvo su obtusa máscara en las líneas de su tez. La absurda idea, treinta años tarde, se clavó en el temple de sus sienes. ¿Era Marshall la pieza clave para haber cancelado una boda?
Aunque, sin oportunidad para elaborar su respuesta… Daniel Akkerman le golpeó contundente con otra ingenua revelación. ¿Un divorcio? El canoso frunció el ceño, con el aire atrapado en sus pulmones y la piel pálida. Un calor estrepitoso se alzó en las venas de su cuello, mientras su corazón latía desenfrenado y la habitación había perdido el balance. Exhaló un corto suspiro, cerrando momentáneamente los párpados y reubicando el hilo de sus pensamientos. “¿Qué me estás contando, Danny?” expresó con una ceja arqueada.
“Primero me dices que Lottie, supuestamente, te la pegaba… pero ahora sueltas que pensabas en el divorcio, pero llevas como alma en pena desde lo sucedido…” el varón apretó los dientes hasta que rechinaron y los músculos de su mandíbula se tensaron obsceno. “Estoy confundido… por favor, explícamelo… porque esto obviamente no tiene que ver conmigo…” indicó con amargura, desubicándose como una pieza clave de aquel elaborado tablero. “Sé sincero… ¿aún estabas enamorado de Lottie?” susurró al unísono, entre consternación y pálpitos.
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Sean Young as Rachael
BLADE RUNNER (1982) dir. Ridley Scott

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BEN BARNES as TIM JAMIESON The Institute • 1.03 “Graduation"
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Durante los últimos años, la vida de George Croft se había reducido a una sucesión de crestas y abismos que ya empezaba a escalar con las uñas gastadas. Sus relaciones románticas eran breves, espejismos de calor que se disolvían sin dejar cicatriz ni gloria. Siempre el mismo perfil: mujeres sin hijos, que no buscaban un horizonte a largo plazo y que aceptaban de antemano la fecha de caducidad impresa en la piel del héroe. Hubo una vez un susto de paternidad, una llamada que le heló la nuca, y después una decisión meditada que eliminó aquella variable de la ecuación quirúrgicamente. Bastante tenía ya con Ac como para que alguien intentara hacerle padre sin su consentimiento. La única constante real, el ancla que le impedía derivar hacia la nada, era su amistad con Zane y la crianza invisible de Ace.
Los últimos meses habían sido un campo de minas. Las noches sentado junto a la cama de Ace, con el zumbido de los monitores perforándole el cráneo; el final de su última relación, tan efímera que apenas dejó una mancha de café en la encimera; y la constatación, ya no difusa sino afilada como un cristal roto, de que su hora de retirarse había llegado. Decirlo era fácil; hacerlo, otra cosa. La llegada de Zero había alivianado el peso del escudo sobre sus hombros, algo que debía agradecerle, aunque las palabras se le atascaran en la garganta.
Aquel día, Geo había tenido que atravesar una de esas situaciones que le obligaban a respirar hondo, a sentir el aire rasparle los pulmones para no ceder al puñetazo. Uno de los muchachos del equipo había soltado un comentario homófobo, una palabra que escupió como ácido. A Geo no le afectaba directamente, pero manchaba a Zane, y ni siquiera la ausencia física del amigo en aquel instante iba a permitirle dejarlo pasar. La reprimenda fue más breve de lo que le habría gustado, pero se sintió satisfecho al ver al muchacho empequeñecerse. Ahora, sentado en el sofá del dúplex que compartía temporalmente con Zane, con el aroma a madera vieja y a café flotando en el aire, una idea inesperada le atravesó el pecho como un relámpago.
—Zane… —murmuró alzándose de su asiento, con los ojos aún encendidos por aquella chispa—. Creo que he tenido la mejor o la peor idea de mi vida. Pero creo que te va a divertir —añadió, mientras en su cabeza ya se desplegaba la artimaña.
La historia de Howard comenzó en los parajes de Nueva Zelanda. El niño nació en una familia humilde, sin condiciones heroicas o poderes ocultos. Dotado con una apariencia enclenque y una mente brillante para sus ocasionales experimentos de ingeniería básica. Zane creció recluido en su mundo interno, sin un círculo amplio de amistades o una popularidad efervescente en el instituto. Pero, irónicamente, fue durante un eclipse solar… haciendo uso de sus desafinadas invenciones, cuando un poder cósmico se introdujo en las suturas de su anatomía.
Zane Howard sintió su cuerpo esculpirse, sus facciones recalcarse y una intrusa habilidad para crear proyecciones en el horizonte. Incluso, se deshizo de las gafas con montura que solían descansar sobre sus respingonas orejas. Fue entonces, con una apariencia sublime y unas características extraordinarias… cuando su familia decidió enviarle a los Estados Unidos, donde promovió su carrera como superhéroe oficial en un pequeño equipo llamado La Liga Escarlata. En aquel momento, adoptó el apodo globalmente conocido de Eclipso.
En la actualidad, décadas más tarde… su apetecible trasero descansaba plácido en el sofá de su camarada. Geo Croft le había ofrecido asilo, tras la pesadez de un segundo divorcio a sus espaldas… y una ambición errónea en el amor. Los ojos de Eclipso se mantenían fijos en las piezas metálicas que enmendaba con tranquilidad, usando sus conocimientos de ingeniería y perfiladas manos. Pero, el brusco movimiento del contrario… y sus parcas palabras desviaron su atención. Zane alzó una ceja incrédulo. “Miedo me das lo que vas a soltar…” recalcó con aquel acento exótico y neozelandés. “Si es otra idea para mi traje de superhéroe… ya tengo un equipo especializado para ello” indicó con cautela y una expresión desencajada.
La exclamación de Evan resonó en el salón polvoriento con una efusividad que John no supo cómo interpretar. Quizás era el asombro genuino de quien acaba de descubrir que el viajero interdimensional no solo traía consigo ecuaciones y tragedias, sino también un oficio de palabras. O quizás era simplemente ese entusiasmo desmedido que parecía caracterizar a este Evan, tan distinto del científico metódico que medía cada reacción antes de permitirla. John esbozó una sonrisa torcida, la mueca de alguien que ha sido sorprendido en una confesión menor mientras ocultaba las más grandes.
—Escritor —confirmó, y la palabra sonó extraña en sus propios oídos, como si perteneciera a una vida anterior, anterior incluso a la que había dejado atrás—. Novelas, en mi universo. Nada que ver con cosas científicas ni portales dimensionales. Solo historias sobre personas que cometían errores más pequeños que los míos —Hizo una pausa, dejando que el eco de su propia ironía flotara en el aire viciado. John asintió con un gesto lento, sintiendo de repente el peso de su propia ropa contra la piel—. Te debo una —dijo, y la gratitud en su voz sonó más sincera de lo que había pretendido. Se pasó una mano por los rizos revueltos, sintiendo cómo los dedos encontraban nudos que el sueño no había deshecho—. Cualquier cosa que me prestes será una mejora sustancial con respecto a este atuendo de refugiado cósmico.
El sol seguía filtrándose entre las cortinas, y John descubrió que había empezado a desear la calle con una intensidad casi física. Necesitaba sentir el suelo de este mundo bajo sus pies, comprobar que la gravedad funcionaba igual, que el aire no sabía a metal o a ausencia. Necesitaba, sobre todo, dejar de ser solo el hombre que había perdido todo, y empezar a ser también el que estaba aprendiendo a seguir.
Novelas. Libros con tapa. Una máquina de escribir arcaica. La mente de Hayward esculpió dichos conceptos con relevancia entre los caminos inhóspitos de su cabeza. El hombre, curtido en el campo científico… pero sin alcanzar la suma de su potencial, al menos en este desdichado universo… apenas concibió la mera idea de un individuo mundano rompiendo las leyes inusuales del universo, el tejido cuántico que aclamaba el muro entre realidades… sin una base empírica donde asentarse. Evan expresó sorpresa en el círculo de sus ojos y una mandíbula desencajada.
“¿Quieres decir… que… has viajado entre dimensiones… simplemente… con qué? ¿Un par de notas que dejó el otro Evan y un talento innato para escribir novelas de suspense?” expresó roto, sin dar crédito. El hijo de Lincoln Hayward, con una mente brillante… nunca fue capaz de curtir el éxito de una simple start-up en sus largos años en la Tierra. El hombre negó con las líneas de su tez, buscando el equilibrio y sintiendo la sequedad de sus pulmones. “Perfecto… ahora sé por qué fallé toda mi vida. Sólo me hacía falta dedicarme a escribir historias fantásticas…”
Evan giró sobre sus talones, con un aire dramático y desenfrenado. Las paredes roídas se oprimían contra su horizonte, mientras ejercía un par de pasos en preámbulo contra la puerta principal de la vivienda. El sujeto tomó una bocanada de aire, con la mano apoyada en el pomo y tornó el cuello, rompiendo la iluminación con el rojo incandescente que aclamaban los cabellos de John Fitzgerald. “Sólo necesitas saber dos cosas primordiales antes de cruzar el umbral…” advirtió con un tono casual. “Taylor Swift es la reina de este mundo y finalmente está prometida” concluyó.
El rubio soltó una risa baja, ronca, que vibró contra la piel del eslovaco como el preludio de un trueno lejano. Sus labios aún descansaban sobre el lóbulo mordisqueado, y pudo sentir el temblor que recorría la columna de su marido, ese temblor que conocía mejor que las coordenadas de cualquier misión. Separó apenas el rostro para observar el fingido escándalo de Rosk, esa boca que ahora fingía indignación, esos ojos que delataban el juego, y su mirada azul se oscureció con un destello de cazador paciente—. Desde los ocho, dices —murmuró, mientras su pulgar trazaba el círculo frío del anillo de bodas sobre la mano del moreno, un contraste de hielo y fuego que Erik aprendió a saborear como quien paladea un whisky de diez años—. Entonces aún estás a tiempo de recuperar la tradición geológica. Yo te sujetaré las muestras geológicas, amor.
Su pelvis se pegó sin disimulo al costado del astronauta, justo cuando la mano de Rosk se cerraba en su carne y la tela de sus bóxers apenas disimulaba la evidencia de que la distracción funcionaba mejor de lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir. La misma reacción que ocurría bajo su propios pantalones de pijama, que poco o nada hacían por disimular su interés. El sueco inclinó la cabeza con una sonrisa pícara en los labios, dejando que su barba rozara el hueco de la clavícula del otro, mientras su aliento dibujaba círculos húmedos en la piel—. ¿Funcionando, dices? —susurró, y su voz era ya un ronroneo grave, una promesa que desgranaba cada sílaba como si tuviera el tiempo detenido—. Cuando quiera de verdad distraerte, ni el CEO de Polaris podrá sacarte de esta cama.
El sueco deslizó la palma de su mano por el abdomen desnudo de su marido, sintiendo cómo los músculos se contraían bajo la caricia, esa geografía que había aprendido a leer a ciegas mucho antes de que los anillos de boda decorasen sus respectivos dedos—. Siempre puedo parar ahora... y dejar que te levantes a desayunar y prepararnos para esa misión tan importante —ofreció, aún con el toque pícaro en la voz.
La dirección de su mirada… se pronunció en el techo. En aquel halo de intimidad, cálido aliento y una barba suave frotando su piel… el hombre pinceló las ecuaciones tridimensionales que pronunciaban su limitado tiempo hasta completar su presencia en las instalaciones de Polaris. La distracción de su marido era placentera, pero un paradigma en su espacio continuo. Sin mencionar la ilusión de piedras espaciales, aquella mención fue juego sucio. Pero, indescriptiblemente… una sonrisa astuta se esbozó en los labios de Vladislav.
“Ah… ¿esto no es ni un atento? ¿ya no te esfuerzas tras años de matrimonio?” recalcó con sorna y atrevimiento, bajo una falsa osadía en los poros de su lengua. Rosk se hundió en las sensaciones que recorrían su dermis, el ritmo de sus latidos y la indicación punzante en el pijama de su marido. En ese momento, la mano de Erik perfiló el relieve plano de su abdomen. El astronauta se mordió el labio inferior, conteniendo un gruñido y el descontrol del flujo de su sangre. El susurro de Gardell acarició a su vez el fondo de sus tímpanos.
“Y pensar que dije para la eternidad…” acertó a decir, en contra de la insinuación proclamada por su marido. Rosk Vladislav decidió torcer levemente el rostro, encontrando en el paso de su incipiente barba la frente imperante de su esposo devoto. “Te propongo un trato… una ducha, tú y yo” dijo, sin ánimo de deshacerse del lazo que les construía en aquella cómoda cama. “Necesito alguien que me frote la espalda… creo que he escuchado por ahí… que tienes práctica” insinuó divertido. El eslovaco respiró profundo. “Tú, yo… el jabón y tu patito de goma favorito, ¿qué dices?”

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El beso de Cian aún temblaba en sus labios como una nota sostenida en el vacío cuando Seraphiel separó el rostro. El semielfo sintió el contraste brutal entre el aliento cálido que escapaba por las fosas nasales de su esposo y la frialdad de la estancia que se colaba por los intersticios de la piedra. Sus propios párpados se alzaron con la lentitud de quien emerge de un sueño profundo, y la mirada oceánica de Cian se encontró con la de Sera, esa mirada parda que ahora no acechaba como un depredador, sino que pedía permiso con una torpeza que resultaba, de algún modo, más conmovedora que cualquier galantería aprendida en la corte.
—Te lo permito —respondió Cian al fin, y su voz fue un susurro que pareció nacer del centro mismo de la penumbra—. Pero no con la prisa del guerrero que asalta una fortaleza, Seraphiel. Con la paciencia de quien sabe que esta noche es solo la primera de muchas —Sus dedos trazaron un camino ascendente por el antebrazo de Sera, hasta el codo, hasta el hombro, hasta la nuca, donde se posaron con una presión tan leve que parecía una pregunta.
Una sonrisa leve, apenas un esbozo, curvó sus labios, aún húmedos del beso compartido. El príncipe sintió bajo la yema de sus dedos ese latido desbocado, y algo se aflojó en su pecho, algo que ni siquiera sabía que mantenía atenazado. El hombre que tenía delante, con su torso cicatrizado y su barba indómita, con su hambre mal contenida y su confesión de honradez, no era solo un guerrero sediento de consumación. Era, también, un marido que esperaba.
El sudor perlado de su cuerpo… brilló entre las llamas de la pasión y la corta iluminación de las antorchas en el horizonte. El hombre sentía la calidez de su propio aliento chocar contra las hebras de su barba, mientras su extenso y rizado cabello se componía en el trastero de su pesada cabeza. Los ojos implorantes de Seraphiel, con hambre y deseo, dibujaron la sonrisa que se impuso en el campo de sus labios. La respuesta de su esposo, lejos de banal, fue un descaro envuelto en tela de seda… aunque curtida entre condiciones bajo las estrellas.
“Mi amado… te haré gemir hasta que tu voz rompa el silencio de los dragones” imploró con la majestuosidad de sus cuerdas vocales, con un quiebre ronco y una promesa incandescente. “Tu cuerpo… no habrá probado mejor veneno que el candor de mis besos, el abrazo de mis músculos… y la fuerza de mis caderas” continuó narrando, con un tinte sereno y meloso… recreando un leve susurro en el diminuto espacio entre sus bocas. “Por supuesto… con tacto, respeto y suma lentitud” concedió, mientras su ceño se fruncía con incertidumbre.
La mano de Cian, con aires atrevidos, se había posado en la nuca de aquel guerrero despiadado y heredero de Valkan. Aunque, las pupilas oscuras de Sera exploraron las facciones tersas e inocentes que cubrían el velo de su marido. El hombre impuso su basta mano sobre la cintura fina del otro individuo, permitiendo que sus dedos se cerrasen tímidos entre la carne y el hueso de la pelvis. El corazón de Heldor Attard lamió ardiente el esternón de su pecho, mientras su mentón trazaba el camino hasta la boca ajena como una serpiente a punto de atacar.
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