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La noche en Blackwood era tan densa que ahogaba las luces de la furgoneta. Arthur "Art" Vance apoyaba la frente en el volante, sintiendo el runrún del motor en ralentí como un latido febril. La puerta del pasajero se abrió, dejando colar una bocanada de aire húmedo antes de que Reese se deslizara dentro.
—Listos —anunció, ajustando el arnés de su mochila táctica—. David y yo vamos a bajar al pozo. Clara dice que los EMF están que echan chispas. Vosotros cubrís la planta baja y el estudio.
Art no apartó la vista de la silueta de la mansión, donde las ventanas rotas parecían pupilas vacías en un cráneo de madera podrida.
—No me gusta —masculló, su voz más baja que el zumbido del motor.
—¿El plan? —preguntó Reese, arqueando una ceja—. Porque es brillante. Y se parece mucho a uno que tú diseñaste para la fábrica textil.
—No es solo eso —insistió, buscando una razón en el cuadro de mandos—. Esta casa… no huele a estafa, Reese. Huele a… podredumbre.
—Ah, ¿sí? ¿Y seguro que este presentimiento no tiene nada que ver con un chico de pelo despeinado y sonrisa que te derrite las entrañas?
Art se quedó inmóvil. Un calor repentino le ascendió por la nuca.
—Vamos, Artie —Reese se inclinó, bajando la voz a un susurro cómplice—. Es Stuart. No le quitas el ojo de encima en todo el día. Y, de repente, estás muy preocupado por la logística de los equipos. Casi como si… estuvieras agradecido de que el plan te obligue a pasar las próximas dos horas a su lado.
Suspiró, derrotado. Mentirle era como intentar ocultar el sol tras una cortina.
—Para mí, siempre —Le dio un codazo cariñoso—. Aprovecha. Es la trama de una romcom cutre. Y en esta, yo soy la hermana aliadísima que facilita el romance —Reese abrió la portezuela—. Y no te preocupes por mí. Tenemos a Scout —El perro, apostado en la parte trasera, movió la cola.
Bajó y se volvió, su silueta fundiéndose con la oscuridad.
—¡Oye, Art! —lo llamó. Él alzó la vista—. Relájate. Y háblale. De verdad.
Cerró la puerta y se alejó, siendo engullida por la sombra donde David esperaba. Art la siguió con la mirada hasta que desapareció, el nudo en su estómago apretándose hasta doler. Respiró hondo, buscando la lógica, el orden. No la encontró.
Veinte años no son suficientes. Para Art Vance, fueron solo veinte capas de hormigón vertidas sobre un abismo que nunca se llenó. Sentado en la penumbra de su apartamento, el recuerdo de esa noche lo asaltó, como siempre, sin pedir permiso. No era un pensamiento; era una sensación física. El volante frío, el runrún del motor, la sonrisa traviesa de su melliza.
—Relájate. Y háblale. De verdad.
La culpa era un hueso roído hasta la médula. Sus padres se encargaron de clavárselo más hondo. “Tú ibas con ella siempre. ¿Por qué esa noche no?”, le había escupido su madre, con los ojos vacíos, el día del funeral. “Eras mayor por siete minutos. Debiste protegerla.” El rechazo fue instantáneo y absoluto. Se convirtió en el hijo que ya no tenían, el recordatorio ambulante de su fracaso. La casa familiar se cerró para siempre.
Por eso se refugió en la arquitectura. Construyó una vida tan ordenada y estéril como los planos que firmaba. Y en el centro de ese universo controlado, estaba Argos, un border collie mestizo de mirada sabia que había rescatado de la perrera. Un sustituto silencioso y leal del perro de Reese. Pero la paz, aquella tranquilidad se destabilizó casi sin planearlo de la forma más sencilla, una carta que llegó un martes. Papel grueso, caligrafía elegante y fría.
“Veinte años no nos han hecho olvidar. Le invitamos a un homenaje en memoria de Reese Vance, en la Mansión Blackwood, para cerrar un ciclo.”
La mano le tembló. Blackwood. El nombre solo le provocó una náusea gélida. La tiró a la papelera. Pero durante días, la mansión lo acechó en sus sueños. La vio en las estructuras de sus puentes, en la sombra de un edificio alto. Reese lo llamaba desde el pozo de su memoria. No podía seguir construyendo su vida sobre una mentira. Había huido de la verdad durante veinte años. Era hora de volver a los cimientos, por podridos que estuvieran.
El coche se detuvo frente a la verja oxidada de la mansión. El aire, incluso después de dos décadas, seguía oliendo a tierra húmeda y descomposición. Argos, en el asiento del copiloto, emitió un leve gruñido, las orejas erguidas como antenas captando un eco del pasado. Art apagó el motor. La silueta de Blackwood se recortaba contra un cielo crepuscular de un rojo sanguíneo. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Respiró hondo, y el aroma a polvo y musgo lo transportó de golpe a sus veintidós años.
—Está bien, Reese —susurró para sí mismo, clavando la vista en la fachada lúgubre—. He vuelto.
No sabía qué lo esperaba dentro. Pero ya no importaba. Había pasado veinte años negando los monstruos. Ahora iba a enfrentarse al que llevaba dentro. Bajó del coche con la maleta de viaje en una mano, pronto su perro lo siguió. Miró a Argos, y con un gesto firme, empujó la verja chirriante. El sonido rasgó el silencio como un grito. El arquitecto, por fin, entraba en la ruina.