Um I don't know if you're really taking requests rn, but are there any actual rules or conditions that we should be aware of? Do they have to involve certain fandoms and such? And are crossovers also allowed?
Yeah I’m taking some requests for now. It’s something I’ve only recently started doing, but I’d like to do them in my free time to improve myself! Though, I won’t draw anything NSFW, mecha, backgrounds (I’m still practicing those), or anything too elaborate without getting paid. As for fandoms it can be any, same with crossovers lol
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I haven’t seen this concept yet. It’s just that, to me, they’re so similar that I simply had to draw them. Still, Rewrite would totally hate being controlled by this thing 💀
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@celebritoons AMEEEEE ESTE AUUU!!!❤️❤️❤️ estaba buscando cosas de Oswald y me tope con esta joyita, al principio pense que seria algo que estaria abandonado pero para mi suerte ES ALGO ACTIVO JASJAJSJAJA, asique obvio tuve q hacer dibujitos, espero que te gusten @alektoonie uwu, me encanto Felix, pero no pude evitar que me molestara un poquito por meterse con mis dos favoritos (bendy y oswald) asique tuve que torturarlo un poco jijijji (ya termine de leer el comic, ahora me arrepiento 😭😭😭 pobreeee, pero lo recompensare lo juro)
A y tambien queria aprovechar y mostar mi oc, el tambien es un toon asique es perfecto para la ocacion, aunque creo q si existiera en el mundo de celebritoons apareceria como personaje de fondo o estaria relacionado con cuphead (por asuntos ilícitos), btw tiene muchos nombres pero la mayoria lo llama Pinky (si bro igual q mi user esq le quedaba xd)
Short Fic NSFW Sage of Truth x Fem Reader x Truthless Recluse
Recuento de palabras: 16.61 k
ADVERTENCIAS DEL CAPÍTULO: Corrupción, Desbalance de poder, Humillación pública, Age Gap (lo considero porque Sage y Truthless son mayores como por... eones), Sage es cruel y bastante bizarro, Almas gemelas, Obsesión, Hechizos vinculantes, Golpes y violencia, Romance, Citas, Primer Beso.
(¡Seguro!)
ADVERTENCIAS GENERALES: Enemies to friends to lovers, Soulmates, Angustia y Romance, Malentendidos, Magia, Porno con trama, MUCHA TRAMA EXCESO DE TRAMA EN SERIO ESTO TIENE MÁS DE 50K AL FINAL LA TRAMA SE ME FUE DE LAS MANOS, Mención de magia y su construcción de mundo, Academia de Yogurt de Arándano, Mención de Shadow Milk, Slow burn, Romance, Relación profesor alumno (no especifiqué cual; descúbranlo), Truthless se incluye un poco tarde a la trama, poliamor, Cuckolding pero no realmente (ya verán porque), Switch Sage y Truthless, Trio, Pérdida de la virginidad, Primeras veces, Sexo Vaginal, Sexo Anal, Sexo Oral, Múltiples posiciones sexuales, Creampie, Impregnation, Praise Kink, Size kink, Breeding kink, Pregnacy kink, Cinturones de castidad, Sounding, Matrimonio, !Final feliz! Primer beso, Sexo eventual, Desbalance de poder.
* n * se usa para pensamientos y *“ n ”* para conversación mental.
Tú te encontrabas disfrutando genuinamente. No gracias a Sage, gracias a ti. Era difícil no poder depender de nadie y encontrar algo después de haber estirado las manos tantas veces buscando algo. Quizás este programa te daría una buena vida, un buen y respetado trabajo. Quizás como presidenta de algún consejo de magia, como consejera de las reinas del paraíso de las delicias o incluso profesora de la academia.
Lo que sea que pagaran, seguramente era bueno; solo bastaba ver las cantidades absurdas de oro y joyas que Sage utilizaba en sus horribles atuendos.
Si, no era fácil. No dormías, ya no veías tanto a tus amigos; aunque ellos estaban felices porque te reincorporaste a algún programa de la academia. Pero te dieron su pésame cuando se enteraron de que; fue en el programa de magia de la luna oscura.
Entendías sus emociones contradictorias, era difícil; pero te divertías genuinamente. Era como si esa magia te acogiera, resonabas con ella; era tan fácil como respirar.
Esa fue una idea que te provocó un escalofrío por toda la columna.
Después del mes de prueba, siete alumnos se fueron. Para tu mala suerte, quedaron los que más aborrecías, los más aferrados a su objetivo y a aplastarte. Como si el número de plazas para graduarse fueran escasas, al contrario. Debido a que ver un alumno graduado de tu programa era raro, las plazas abundaban. Y siempre había grandes organizaciones y reinos llevándose a las promesas más interesantes.
Las constantes miradas amenazantes cada vez que levantabas la mano te incomodaron lo suficiente como para echarte hasta el frente cerca de Sage.
Pero ya no eran intercambios molestos que extendían las clases de manera mortificante para los demás, eran dudas genuinas, interés por aprender y desarrollarte. Era el amor por el conocimiento que hace mucho tiempo habías enterrado.
Ese amor había comenzado a florecer de nuevo, lento, con riego constante y con emociones que no sabías describir y estabas muy ocupada intentando descifrar.
El “favor” de Sage por recomendarte, calmó la hoguera de tu odio. Sin embargo, así como el fuego, era inestable y fácilmente podía volver a arder.
Que te la pasaras bien no significaba que no fueras reactiva a cualquier cosa con tal de continuar con tu plan por hacerle una pesada existencia mientras tu estuvieras cerca de él.
Sin embargo, eso no quitaba lo abrumador del aplastante programa educativo, si era así de complicado; era porque alguien había logrado superarlo. Y eso lejos de ablandar a Sage, de favorecerlos con algo por ser el programa que más atesoraba; lo volvía más estricto, perfeccionista y pesado.
Por primera vez probaste lo que fue arrancarte la piel de los labios, mover de arriba hacia abajo las piernas durante las clases, el café cargado y los hechizos para que tu cerebro se viera obligado a mantenerse despierto por días y seguir funcionando óptimamente.
Aunque tu nuevo talento con este tipo de magia muchas veces compensaba tus deficiencias académicas.
“¡Exacto, el choque de ideas es lo que realmente significa llegar a la verdad!”
Claro, aún había una parte que odiabas de Sage y muchos recuerdos aún te movían antes de que te dieras cuenta. Pero ahora lo controlabas mejor, ya que los ejercicios prácticos muchas veces involucraban hechizos que desafiaban la integridad del otro. Eras sobresaliente, y los alumnos sobresalientes se ganaban el privilegio de entrenar con Sage para dar el ejemplo frente a todo el curso.
Y tú te aprovechabas de eso.
A veces fingías no controlar la fuerza con la que Sage recibía el impacto de alguna explosión, su cara manchada de humo negro y su sombrero ridículo pulverizado valía la pena por cada cabello quemado que obtenías. Claro, él siempre podía arreglarlos a los dos sin molestias con el chasquido de sus dedos.
En los hechizos de control mental lo hacías ladrar o hacer poses ridículas.
En los ejercicios de reanimación fingías olvidar como hacer el hechizo cuando estabas segura de que su alma estaba en agonía verdadera.
* “Querida…el tiempo se está agotando.” * Escuchabas su voz en tu cabeza, en este tipo de hechizos, cuando el cuerpo estaba en coma; el alma del sujeto seguía activa, aunque la actividad neuronal no. Creías que Sage podía hablarte a través de su alma debido a que esta estaba en otro alter plano de consciencia. Pero no, cuando repetías este ejercicio con tus compañeros, ellos no podían conversar contigo. Siempre pensaste que fue porque no les agradabas y no deseaban comunicación contigo.
* “No dudo de tus extraordinarias capacidades, pero mi cerebro quedará inservible en unos minutos…” *
Y, realmente, Sage ya sabía que no moriría si te tardabas más de lo que su cuerpo pudiera tolerar. Simplemente era bastante molesto lidiar con los efectos secundarios que le provocaría traer de vuelta a la vida su cuerpo.
Ya le ha pasado muchas veces.
Seguramente no escuchaste el escándalo porque ni siquiera nacías, un estudiante del mismo programa lo mató por accidente en esta práctica hace un par de siglos.
Como director no iba a expulsarlo realmente, pero el estudiante se dio de baja esa misma tarde.
¡Pero tu vaya que te has empeñado en hacer que tema un poco por la integridad de su cuerpo últimamente! Sin embargo, no puede evitar ponerte una nota sobresaliente, eres bastante buena en la práctica, aunque tengas bordes ásperos que pulir en tu desempeño dentro del aula.
¿Y quién diría que la magia práctica sería un excelente agente desestresante para ti siempre que él fuera el objetivo? Sage lo había anotado en tu expediente como “enriquecimiento ambiental” con una sonrisa torcida.
Notaba que cada vez que te sacaba al campo de entrenamiento, había pruebas difíciles o clases sin descanso; enfocabas tu energía en otra cosa que no fuera intentar matarlo o en el odio desmedido que aún hervía en ti.
Y, sobre todo, podías hacerlo. Podías hacer magia, no esa pobre energía dorada que no podía sanar. Esta era magia para transformar, para controlar, manipular materia; tu vocación.
Sage se enorgullecía, no se había equivocado contigo. No era la primera vez que jugaba con el futuro de sus alumnos cuando sus decisiones no coincidían con el potencial con el que nacieron. Pero tú eras un resultado exquisito.
Te haría su pupila, su tutorada, te ayudaría a graduarte con honores y serías una más a la cuenta del bien que ha hecho por el continente.
A todo esto, Sage no te gritaba, no se molestaba ni te humillaba frente a todos como tus amargos recuerdos sabían que reaccionaba a tus provocaciones y a tu actitud problemática. En cambio, te miraba con una sonrisa mientras te carcajeabas de él con clara burla y malicia, sus ojos te recorrían y pronunciaba un simple:
“Tu turno, este hechizo es complejo para tu nivel actual, solo puedo realizarlo yo.”
Y procedía a cambiar de cuerpos contigo con la simpleza y facilidad de mirarte a los ojos.
Era tan diferente cuando te dejaba entrar en su mente de forma voluntaria, no dolía, no sentías como si te estuviera arrancando la columna. Era cálido, envolvente y un cielo estrellado sinfín. A veces te preguntabas, ¿qué veía él cuando entraba a la tuya? Sin embargo, no arriesgabas demasiado; Sage ya había mostrado hasta donde era capaz de llegar con una alumna irrespetuosa que se inmiscuye demasiado en su mente.
Honestamente ese odio que le tenías era más una costumbre que no abandonabas porque era parte de tu personalidad, una pequeña desventura de tus años formativos que te afectó en demasía.
Pero, no sabías que esta afloraría mucho más en el futuro.
Sage tenía sus dudas, fuiste un gran dolor de culo todo tu trayecto escolar. Pero, no entendía porque podía meterse en tu mente para hablar contigo.
Lo descubrió de inmediato, esa vez que te atrapó intentando hacer trampa en el examen final del programa de sanadores. Lo atribuyó a que no deshiciste bien el hechizo de lectura de mente cuando te fuiste a la enfermería, así que él mismo lo limpió de su sistema.
Pero no funcionó…
Se dio cuenta del lazo cuando tú también podías hablarle, sin ser consciente de aquello, claro. Lo notaba por… tus palabras poco contenidas.
“¡Muy bien, competentes en proceso!” Sage entró al aula con una enorme torre de pergaminos entre sus brazos que le cubrían el rostro, demasiado papel para solo siete alumnos. “Lápiz sobre sus escritorios, hechizos disueltos. Con estos exámenes entramos en la etapa final del año, ¡si creen que es demasiado para ustedes; la facultad de sanadores está cruzando el observatorio!”
Ignorando la mordaz burla, apretaste los puños y viste fijamente la torre de pergaminos que Sage con un ademán mandó a repartir entre ustedes. Claro que el más extenso era para ti.
Estabas lista, no cometerías el mismo error que el año anterior.
* “Vamos, bastardo. Esta vez no te tengo miedo.” *
Sage carraspeó un poco al oírte en la parte más profunda de su mente, tu no sabías por qué. Y simplemente le diste una razón para dedicarle días exclusivamente a evaluar tu examen. Diste procedimientos más complicados de lo necesario, diagramas extensos y perfectamente ramificados para dedicarles más de una hojeada, formulas innovadoras y en las partes que no se te daban bien intentabas colocar explicaciones detalladas de lo que podías para ver si eso podía sumarte décimas en el promedio final.
* “Hijo de perra, puso esto porque sabe que no se me da bien.” *
Sage no sabía exactamente en que momentos te escucharía hablarle sin querer, es por eso que; desconocía cuando podrías escucharlo. Así que simplemente ponía su mente en blanco cuando estaba cerca de ti para que no pudieras escuchar su flujo mental, bastante íntimo para él.
Aunque no pudo librarse de todos tus comentarios groseros y despectivos hacia su persona durante todo el año, al final se acostumbró un poco. Pero cuando pensabas en él descuartizado o siendo atropellado, aclaraba su garganta en medio de la clase y seguía con una sonrisa poco creíble.
* “Ojalá Sage se infartara… podría estudiar un poco más sobre los hechizos de cambio de cuerpo que no me dio tiempo.” *
“¡Querida! ¿Por qué no nos compartes el avance de tu hechizo?” Sage usualmente te instaba a participar cuando tus pensamientos hilaban demasiado en torno a él. La mayoría con tintes violentos, aunque no podía ignorar la informalidad con la que decías su nombre en la privacidad de tus aposentos mentales.
Te volviste la música de fondo que involucraba tenerte cerca, cada vez que te saludaba suavemente sin palabras al cruzarse en el pasillo. Ya sabía el coro que le golpearía la mente y poco a poco se difuminaría.
Tu jamás te diste cuenta, porque pensar en Sage, de buena o mala forma; siempre fue parte de tu vida. Y él disimulaba bastante bien, nunca lo tomabas por sorpresa.
A veces, en momentos de consciencia y autocritica; te disgustaba todo el espacio que él ocupaba en tu mente. Pero era más fácil ignorarlo como algo inherente a tu forma de ser.
Era mucho más fácil echarle la culpa a él, todo era culpa de Sage y no te arrepentías ni un poco. En dado caso, todo el tiempo que le dedicas a odiarlo simplemente es estar a mano con él; porque se lo merecía.
* “Ojalá se muera.” *
* “¿No ha pensado en suicidarse alguna vez? Muchos estaríamos muy felices.” *
¿Cómo podías pensar eso mientras le devolvías el saludo?
Esa era una de las pocas cosas que Sage no te podía reprender, no importa que tan horribles fueran hacia su persona. A él no le corresponde reprenderte por la intimidad de tu mente. El hecho de que él siga escuchando es un fallo suyo, debido a que aún no encuentra la razón de esto.
¡Claro, hay una opción, una explicación siempre ronda la mente de Sage!
Pero él se niega a esas razones, no porque carezcan de argumentos; sino porque no cree que seas tú la variante que resuelva el teorema que lleva buscando tantos siglos. Su fragmento de alma esperado. No puede creer que seas tú, ¿cómo alguien que lo odia tanto podría llegar a amar a un hombre como él?
Solo queda esperar unos cuantos años a que te vayas y descartarlo.
Tal vez hay remanentes de tu hechizo que no ha logrado disipar, ¡después de todo eres una encantadora prodigio, tu magia no es cualquier tontería! Tal vez son efectos secundarios por seguir practicando hechizos de control mental contigo después de ese incidente.
Pero Sage sabe que no es cierto, no queda rastro de tu magia en él porque él es muy minucioso de quitarse los restos antes de llegar a casa y ser castigado. Pero eso es algo que prefiere ignorar por el momento.
Aunque, no puede evitar notar el sutil cambio de tus comentarios con los meses. Son más puntuales cada vez, bien observadores diría él. Claro, siempre están acompañados de un insulto para equilibrar la formula.
Pero nunca había sido consciente del detalle con el que lo observabas.
* “Que pantalones tan apretados y de mal gusto, ¡cámbiate, ridículo!” * A veces te escuchaba decir mientras pasabas a su lado para entregar tus exámenes y tareas, ni siquiera lo veías. La agilidad mental con la que le encontrabas defectos y lo insultabas le parecía suficiente como para instar en otra área disciplinar de la menta.
* “El idiota olvidó su monóculo otra vez.” *
Pero también lo hacía pensar, ¿hacia cuanto te fijabas así en él? Bueno, realmente no creería que alguien que lo odia se fije en detalles… te creía más de insultos generales que de algo tan específico.
Pero solo hablabas y hablabas en lo profundo de tus pensamientos que creías que nadie estaba escuchando.
* “Que hombre tan imbécil, no sé porque las mujeres se le confiesan… espera, ¿siquiera es un hombre?” *
Pero, oh, él sí que escuchaba. Cada letra y palabra de odio y resentimiento.
Y, después de clases de sol a sol, estudio extenuante de inicio a fin de semana, lágrimas, secuelas en tu cerebro el cual obligaste a permanecer funcionando ininterrumpidamente durante semanas enteras, un tiro al blanco en tu habitación con una foto de la cara de Sage en el centro, foto agujereada de tantas veces que asestaste el dardo en sus ojos.
“¡Bien, criaturas agotadas! ¡Quiero verlos más emocionados y menos incompetentes el próximo semestre!” Sage se encontraba flotando levemente al centro del auditorio, hoy estaba particularmente de buenas. “Pueden consultar sus calificaciones y su retroalimentación esta tarde, sé que algunos de ustedes quieren irse cuanto antes. ¡No se asusten demasiado, si hubiesen reprobado el año; yo personalmente los echaría de la facultad hace mucho tiempo! ¿Por qué desperdiciar tiempo?”
Sage se carcajeó levemente, todos se tensaron.
Hace algunas semanas que uno de tus compañeros, aquél que comenzó a quedarse atrás, que falló en innumerables prácticas y se tensaba cada vez que había un examen; dejó de ir a clases.
Nadie preguntó, nadie dijo nada; pero con esto todos entendieron que ocurría, y la amenaza implícita de Sage. Él no tenía reparos ni compasión para sacarlos en el momento en que comiencen a tener resultados mediocres.
El programa de magia de la luna oscura estaba constituido por más años que los demás y eran mapas curriculares más extenuantes y deshumanizantes.
Sin embargo, Sage siempre fue creyente de que los grandes sacrificios merecían recompensas similares si se hacía bien el proceso. Los estudiantes aprobados como tu gozaban de más vacaciones que el resto, salían antes a descansar y regresaban después de los demás programas; a cambio de ocho años de su vida dentro de la institución.
Ustedes apenas sobrevivieron a uno de ocho.
“¡Sin embargo, eso no los exenta de la última clase de este semestre, tenemos todo un día para aprender!” Esta vez nadie se contuvo el quejido de frustración, algunos se jalaron el cabello del estrés, otros estrellaron la cabeza contra su mesa de trabajo y tu simplemente lo miraste con una mueca horrenda. Nadie había dormido en semanas después de finales y esos exámenes de doce horas. Estaban enterrando las uñas en la mesa de sus escritorios para poder deshacer esos hechizos que los tenían despiertos y funcionando. “Bueno, si no soportan otro día de clase; me alegra mucho saber que el programa de repostería mágica no se quedará sin vetados el próximo año.” Sage guiñó el ojo.
Tu torciste los ojos y sacaste tu libro.
“Oh, no no no no.” Sage negó efusivamente antes de que los demás te siguieran. “Lo que vamos a ver hoy no está en sus libros de este semestre… considérenlo una pequeña probada de lo que veremos los próximos semestres.”
Sage había tenido muchas formas a lo largo de su vida. Fue mujer, deidad, infante, anciano, rey, bestia y ahora profesor.
Nadie vivo recuerda su verdadera forma ni lo que solía ser, por lo que le pareció la idea más irónica y divertida. Un cambio radical pero profundamente familiar y nostálgico.
Así que antes de que alguno de ustedes pudiera preguntar, Sage levitó y extendió su cetro hacia arriba.
Su figura se tornó alquitrán negro profundo y sin dimensión, no fue una transformación gloriosa ni brillante. Fue espectral, seca como el polvo de anís y fría. Sumamente fría como para helar todo el auditorio, una pequeña fracción del poder que podía emanar y canalizar con su dominio experto de la magia de la luna oscura.
Del alquitrán brotó una cabellera larga del color del cielo en el observatorio cuando la noche estaba limpia y todavía no amanecía, suelta, sedosa y extensa más allá del suelo. Azul denso, satinado, ensuciado de reflejos fríos como si el firmamento estuviera cayendo en hebras. El negro tomó forma, el color de la piel; un azul más moreno y opaco.
La ropa de Sage cambió, su vulgar ropa ajustada ahora eran túnicas negras y largas sin dejar ver sus pies o manos. Un cuello alto y una capa cerrada con un candado de seis puntas. La gema que Sage solía usar en el cuello de su atuendo ahora estaba incrustada en su cetro. Latiendo con una luz pálida y fija, con un ojo mineral.
Tenía una corona tallada del mismo diamante blanco que no parecía pesarle a pesar de su tamaño y consistencia, nacía de él. Anillos de oro cruzándole el cuerpo. No sabías si lo que orbitaba alrededor suyo eran brillantes fragmentos residuales de magia o estrellas.
Brillante como el alba, majestuoso, vaporoso. Sin un límite claro de donde comenzaba y donde terminaba. No era benigno, era helado. Como si no existiera realidad lo suficiente fija como para soportar una visión completa de él, al menos no mortales como ustedes.
Sabías que era él por sus ojos… pero estos lucían diferentes. No había rastro de tu profesor excitado y emocionado por poner retos casi imposibles o corregir hechizos. Eran ojos menos vivos, más sensatos… casi amorosos; no por ternura sino por el sentimiento de compasión remota y divina con la que los dioses observan criaturas demasiado tontas y pequeñas.
El aula entera había quedado en silencio.
Ni siquiera los más arrogantes se atrevieron a romperlo, ni siquiera tu.
Sage, o lo que antes era Sage, apenas bajó la cabeza contemplándolos a todos como si desde esa altura nueva ustedes le parecieran un suceso de mal gusto, pero hecho de todas formas. Te hizo sentir pequeña, había una presión en tu interior; una memoria de ancestros atrás que te pedía arrodillarte y no sabías por qué.
Ni un segundo, ni un solo movimiento te lo perdiste. Observabas la tela exquisita y elegante de su ropa, el oro solido en su ser que seguramente habría llevado minas enteras a la quiebra. Su piel azul moreno y el frio que te provocaba estar debajo de él.
Luego él levantó una mano o algo que debía ser una mano, debajo de sus túnicas y oro. El cetro giró lentamente entre sus dedos. Como si probara algo que llevaba eones sin tocar.
“La metamorfosis es una respuesta desesperada de la naturaleza para intentar mimetizar la magia del cambo de formas. Sin embargo, la magia siempre es más perfecta que la propia evolución.” Su voz ya no sonó como él. Sonó como una campana hundida en agua oscura, como si cada palabra tuviera que atravesar siglos antes de llegar a ustedes. Vieja, polvosa. “Un día, si no son lo suficientemente idiotas; ustedes podrán hacer esto también.”
Nadie levantó la mano, tampoco abrieron sus cuadernos. Mucho menos tú.
Porque lo estabas viendo demasiado. Y no lo mirabas con el asombro de una alumna en una práctica interesante, tampoco con curiosidad crítica.
Lo mirabas con algo mucho peor, algo que se te estaba formando muy abajo, muy adentro, sin permiso y sin respeto por tu orgullo ni por los años que habías invertido en odiarlo con disciplina.
Era como una verdad demasiado grande para ti, como un desastre natural, brillante como el sol y frío como el centro de los océanos. Te invadió la nostalgia, un sentimiento magnético que te hacía pensar que si te estirabas para tocarlo; encajarían de forma de una forma que rozaría el pecado del orgullo.
Lo sentiste, pero no sabías si todos lo sentían igual. Sentiste la energía y la magia descomunal que se desplegaba para traer esa forma en el mundo.
Estabas segura de que un hombre así no debería existir y porque ahora, no era nada más que un disfraz en el repertorio de Sage.
Era tan nostálgico, estaba tan grabado en la memoria genética de todos ahí, que los ojos se te hicieron agua.
* “Eres precioso…” *
No lo pensaste para que él lo escuchara. La frase salió de ti antes de que tu vergüenza tuviera tiempo de matarla. Estaba destinado a ser un pensamiento sin filtro que te guardarías por orgullo y por pudor al aula. No sabías que podía escuchar…
Hasta que Sage vaciló de inmediato.
Sage te sintió. Sintió algo, un escalofrío, no de frio; de calor. Como un latigazo de hielo recorrerle toda la columna desde abajo. La excitación se le trepó por la espalda y la piel cubierta de su cuello respondió a la energía de tu pensamiento.
No fue una pausa marcada ni escandalosa, solo reconocimiento sin permitir que terceros se metieran.
Desde arriba, su mirada bajó directo hacia ti. Te temblaron los labios, abriste la boca para jadear, pero no salió nada. Los fragmentos brillantes de su ser se suspendieron alrededor del aula. Sage había mantenido su pequeño secreto porque podía disimularlo bien, pero esta vez falló.
Vislumbraste a su semblante divino, no volverse una mirada acusatoria; sino de visión, personal. Su silenció duró un segundo en donde transcurrió toda su vida juntos.
Y luego Sage carraspeó, volviendo su vista hacia todo el auditorio.
“Es una apariencia preciosa, ¿no?” Abriste los ojos de sobremanera y te tensaste en tu asiento, haciéndote más pequeña. Bajaste la cabeza para que no se te viera el sonrojo que te calentó hasta las orejas. Un comentario dicho en alto para todo el grupo, pero tenía el propósito impío de darte un mensaje fuerte y claro.
* Te escuché. *
No sabías que podía escucharte sin un hechizo activo de por medio, no lo sabías… ¿Cuánto tiempo llevan así? ¿Cuánto ha escuchado de tu privacidad, de tu intimidad y secretos? Tu misma habrías sentido la manipulación de Sage en tu cerebro, buscaste con rapidez mientras sostenías tu cabeza y arañabas de vez en cuando tu cabello para mantenerte centrada; un pequeño cercioramiento de que tu mente estaba siendo intervenida, pero no. No había nada, ni rastro delator de la magia brillante de Sage.
Él seguía hablando, pero por minutos no escuchaste absolutamente nada de lo que él explicaba efusivamente a la clase, casi como si intentara evadir lo que ocurrió hace un rato. Como a un niño que se le atrapa robando algo de la cocina y luego te habla rápidamente de su día para disuadir.
Pero a ti no te estaba disuadiendo en lo absoluto.
* “¿Cuánto tiempo…?” *
Te temblaron las manos, te costaba respirar, la luz blanca de repente te mareaba. Te aferraste a tu mesa para tener algo en que sostenerte por si el sentimiento te ganaba.
Sage lo sabía, todo este tiempo lo supo. Como haberte dejado andar por ahí con la túnica levantada. Para que solo él viera lo que hay debajo de tu túnica.
* “¿Cuánto tiempo llevamos atados?” *
El horror, te sentiste desnuda.
La idea obscena de cuánto tiempo había podido oírte sin que lo supieras. Tus pensamientos, tus insultos, tus pequeñas fantasías violentas. Comentarios miserables sobre sus pantalones, sus manos, su sombrero, su respiración. Tus miedos, tu vergüenza y tus inseguridades. ¿Cuál era su alcance? Pensaste en las veces que regresaste a tu habitación creyendo estar sola y dejaste correr dentro de tu cabeza cosas que nadie, NADIE, tenía derecho a escuchar.
Las conversaciones indecorosas con tus amigos.
* “Profesor Sage…” *
¿Él sabía todo lo que cruzó por tu mente? Y te había dejado hacerlo, te había dejado continuar así por quien sabe cuánto tiempo.
Sage se interrumpió apenas para girar el cetro y mandarle a alguna tiza a realizar diagramas en la pizarra.
* “Contéstame.” * Cuando lo llamaste de forma tan informal, su mirada te rozó a penas. De reojo mientras hablaba. Confirmando que, no solo te escuchaba; sino que elegía no responderte.
El sonrojo de vergüenza y vértigo murió de golpe y fue reemplazado por el de la ira. Tus ojos se hundieron y lo miraste desde abajo, tu esclerótica blanca brillaba con brazas recién renovadas de odio. Respiraste rápido, con rabia. Pero no como cuando eras niña, no ibas a salir corriendo a llorar; ibas a arrancarle la garganta, reportarlo con el director y el consejo. Ibas a hacer que lo echaran de la academia.
Sage escuchó esa última idea y soltó una risita seca, desvergonzada y asquerosa que confundió a la mayoría de los alumnos que tenían levantada su mano para que él respondiera sus dudas.
Pobrecita.
Tu no sabías que ocurría realmente en la academia, era normal que quisieras defenderte con “el único apoyo que tenías”. Eras feroz, pero tristemente ignorante.
¿Los profesores en el consejo? Él los creó, de su carne y del cielo estrellado. ¿Él consejo de alumnos? Una broma para darle algo de democracia a los estudiantes.
Tú dependes únicamente del director, de ÉL.
Si acaso, una posibilidad sería que dejes la academia. Pero Sage sabe que no lo harás. No puedes hacer nada. No tienes nada.
Eres una tonta muy dramática.
Si quisiera saber que hay en tu mente, te hubiese leído de pies a cabezas cuando quisiera y nunca te darías cuenta. Lamentablemente esto también está lejos del control de Sage como tuyo. Así que fue tolerante contigo incluso con lo que dijiste después.
* “¿Cuánto escuchaste, hijo de perra?” * Ahí sí. Sage sintió el tic en el ojo regresar después de tanto tiempo, pero esta vez no volteó a ver. Sabía que tu mirada era lo suficientemente aterradora y sus demás estudiantes lo estaban escuchando con atención y sus miradas de asombro no ocurren a menudo.
La respuesta te llegó por dentro, tersa, lechosa, perfectamente modulada. Sin apuro, sin culpa y engreída.
* “Mucho.” *
Te quedaste inmóvil, el lápiz que apretabas con nerviosismo se te resbaló. Nadie volteó a verte excepto Sage, fue ahí donde sintió lo más cercano a un tirón en el interior de su cuerpo. Hablaba, más efusivo, más rápido, más motivado y excelente que antes.
* “No escuché todo.” * Dijo en un intento de reconfortarte, pero el alivio no llegó.
La rabia se ordenó dentro de ti.
Ah… ese sentimiento si lo entendías. Era un terreno conocido y fácil para regresar.
Siempre era él, siempre era Sage contigo. Haciéndote algo imperdonable, como una extensión natural de la posición de poder que tiene sobre ti.
* “Si me dejas terminar la clase, quizás te lo explique.” *
Quizás…
¿QUIZÁS?
Su insolencia casi te hizo reírte amargamente. Porque ahí estaba, intacto; el profesor insoportable. Un hombre que creía que cualquier revelación debía ocurrir en sus términos, a su ritmo, bajo sus condiciones. Su escenario puesto para su comodidad y tenerte bajo su control. Como si incluso una violación accidental y prolongada de tu intimidad debiera guardarle primero respeto. No osaras, tú, interrumpir su importante cátedra.
No, no, no. Él no iba a controlar el ritmo, él no iba a decidir cuándo terminar esto. No iba a hacerte lo mismo nunca más.
Así que te desquitaste de la única forma que sabías.
Levantaste la mano, y Sage cometió el error de darte la palabra, serio.
“Que enseñanza tan estúpida para nuestro último día de clases. Si es un arte que casi nadie domina, entonces es culpa del elitista que formuló los hechizos.” El aula entera se congeló.
Todos se callaron y bajaron las manos y todos compartieron una terrible sensación. Fue la resolución de un grupo de estudiantes entendiendo al mismo tiempo que acababan de presenciar un gesto que no tenía vuelta atrás. Las tizas siguieron escribiendo un par de segundos y luego se detuvieron.
No estabas preguntando, no jugabas, no estabas desafiándolo por deporte y tampoco estabas intentando parecer ingeniosa. Lo estabas atacando. A él, a la raíz misma de autoridad, al corazón de su dominio, delante de todo el curso.
Nadie se atrevió a mirar primero a Sage ni a ti, porque cualquiera con dos dedos de frente entendía que había una línea cruzada que no alcanzaban a ver del todo, pero sí a sentir.
Sage quedó quieto en el aire, inmutable, en esa forma magnifica con la que había estado fanfarroneando toda la mañana. No parecía sorprendido, no le era raro que siempre te salieras del sitio que ya había calculado y asignado para ti. ¿Su pupila, su tutorada? Tal parece que tiene que hacer mucho más para llegar a ese punto.
Ah… así que ibas a pelear.
Aun cuando no tenías nada con que defenderte, aun cuando gracias a él estás ahí, aun cuando te estás jugando una sanción con ello. Con la ira arrancándote la compostura de alumna ejemplar y respetuosa, la vergüenza y el horror de sentirte desnuda; elegías pelear de pie, en su clase, mirándolo a la cara.
¡Qué preciosa, qué orgullosa! Y qué estúpido de tu parte.
La idea volvió a clavarle los dientes detrás del esternón. Eras tan parecido a él…
¿Y si eras tu? ¿Si de verdad eras tu? Por un segundo odió el momento exacto en que su cuerpo decidió reaccionar a ti como si fueras una promesa en vez de una alumna problemática con un problema legítimo con él.
Porque una parte de Sage, la terrible y más sincera, se negaba a aceptar que el posible hallazgo de su última alma viniera envuelto en una alumna malcriada que lo insultaba mentalmente, que quería denunciarlo a instancias que eran él mismo, y que ahora, en vez de conmoverse o asustarse por el vínculo recién expuesto y su autoridad, parecía más bien dispuesta a hundirle un cuchillo dentro.
Pero… ¿y si eras tu? ¿Qué estaba haciendo entonces?
Qué problema tan ridículo.
Porque, incluso si era cierto, también lo era que seguías siendo su alumna.
Seguías dentro de su clase. Y acababas de darle la oportunidad de hacer lo que mejor sabía hacer contigo.
Sonrió, pero no de diversión, estaba irritado. Y, como siempre, eligió el camino más ruin; esconderlo dentro de la crueldad.
Ladeó apenas la cabeza. La corona de diamante atrapó la luz del aula.
“Qué observación tan valiente. Especialmente viniendo de alguien que apenas sobrevivió al examen de ingreso.”
Los alumnos bajaron la vista con una rapidez. Tú no.
Seguías mirándolo desde abajo y hubo algo en esa expresión que le resultó tan obscenamente satisfactoria que tuvo que apretar con más fuerza el cetro para no dejar que se le notara en la boca.
Sage descendió apenas. No lo suficiente para igualarte, sino para marcar diferencias. Ponerte en tu lugar.
Te pusiste de pie con un impulso violento que probablemente estaba escondiendo las ganas de abalanzarte encima de él y ahorcarlo.
Para que te viera más a su altura, más cerca de lo que había creado. La evolución de lo que él había producido al paso de los años.
Estabas tan metida en este problema y aun así decidiste seguir dando golpes.
“¿Por qué pareciera como si disfrutara más de vernos fallar que enseñar? ¿Cuál es el sentido de señalar nuestra indignidad a una magia que se nota que usted no aprendió en solo ocho años?”
Tú no sabías.
No sabías lo que significabas todavía en la teoría privada en la cabeza de Sage.
No sabías cuánto te había estado mirando, pesando, acomodando en el altar interior donde llevaba siglos juzgando señales como quien lava piedras esperando encontrar en alguna la forma exacta del destino en oro.
Y si seguía comportándose así; soberbio, insolente, abusivo, ¿de verdad pensaba corregir eso después? ¿De verdad iba a seguir tratándote como a cualquier otra alumna difícil si una parte de él ya te estaba viendo a través de su lente mucho más exaltado en la permanencia?
La respuesta más sincera fue, por desgracia: sí.
Por supuesto que sí.
Sage sabía muy bien cuándo estaba cruzando de maestro brillante a tirano intolerable. El problema era que esa frontera, cuando alguien le importaba demasiado, se volvía deliciosamente borrosa.
Además, tú misma habías elegido el aula, habías levantado la mano y lo habías provocado en su lenguaje favorito.
¿Y ahora querías que renunciara a responderte como respondía a todo lo que se le resistía?
Pobrecita… pobre mujer ignorante.
“Tienes una perspectiva bastante ególatra de la magia, querida. Un hechizo tan complejo y exquisito de conocimiento no tiene la obligación a bajar hasta donde ustedes se sientan cómodos solo porque no pueden hacerlo.”
Era una conversación estimulante, pero no era el momento. Quizás en otra situación menos tensa disfrutaría mucho de escucharte.
Tu siguiente frase lo sacó de esa idea con una bofetada.
“O tal vez disfruta formar alumnos limitados porque así nadie puede llegar a su nivel.”
* “Bájate de ese tono de una buena vez.” * Te advirtió, pero no escuchaste.
“Vi los anuarios de nuestros compañeros graduados, ¿por qué nadie lo ha superado a usted? Se supone que el dominio de la magia incrementa con cada generación. ¿Por qué cada vez somos menos alumnos?” Sage sabía la respuesta. Y si, era culpa suya. En el mundo no puede existir suficiente magia para satisfacer el flujo que reside en sus practicantes, mucho menos la magia del lado oscuro de la luna que es la fuente de la vitalidad y el poder de Sage. No existía persona sobre la faz de la tierra capaz de igualarlo; esa era su condena. “Me parece que, desde esa perspectiva, el problema no somos nosotros.”
El silencio fue absoluto y Sage ya no sonreía. No porque le hubieras ganado, sino porque estabas confundiendo las cosas.
Estabas mezclando dos cosas totalmente distintas, una cosa era el obvio favoritismo que te tiene y otra tu audacia para hablarle así. Sin embargo, también era una pelea complicada. Tenías razones para hablarle así en frente de sus estudiantes e incluso estabas siendo respetuosa. Si hubieras gritado algo sobre el lazo y como Sage podía leerte la mente sin querer; estarías arruinando su reputación.
Pero… ¿y luego qué? ¿Realmente serviría de algo? Sage no lucía asustado, demasiado confiado.
Sage bajó del todo al suelo, ya sin gracia. El sonido de sus tacones hizo eco ante el silencio incomodo de los alumnos que rogaban que esto terminara. Jamás te habías puesto así con Sage.
Pero era comprensible que no lo supiera, llevas un buen tiempo sin reaccionar así por él. Pero ahora lo tenía totalmente merecido.
“Mírame bien.” Te dijo, no como una petición sino como una orden. No era necesario, ya lo hacías; pero tus pupilas se hicieron rendijas finas, como los gatos cuando algo no les agrada y están a punto de arañarte la cara si osas acercarte. Y Sage, por supuesto que tuvo cuidado; su pequeña gata arisca había crecido mucho. Ya te jugaste la carrera una vez, sabe que lo harías de nuevo con tal de hacerlo sentir solo un poco de lo que él hizo contigo todos estos años.
“¿Eso crees? ¿Qué mi disciplina de enseñanza se basa en llevar incompetentes a la graduación por pura vanidad?”
“Creo que es bastante celoso con su conocimiento como para llamarse profesor.”
Todos los estudiantes te miraron, con horror; como si ellos pudieran llegar a experimentar también las consecuencias de tu insolencia.
Sage soltó una risita seca, pero sin gracia.
Una contención que no se permitía con ningún alumno insolente. Ni siquiera contigo en el pasado. Porque, si de verdad eras tú… esto formaba parte de la forma en que te estabas presentando para él y la cual él debía encontrar. Ya le pasó una vez y cometió el error de hacer cosas terribles por no darse cuenta a tiempo.
Pero la clase seguía existiendo, sus encantadores alumnos seguían viendo y escuchando. ¡Y por mucho que le encantaría seguir dándote cuerda y ver cuanto eras capaz de decirlo frente a todos…!
Sage seguía siendo un profesor, así que decidió cortar las cosas. Solo con la autoridad que alguien como él tendría en esta estructura de poder: con una palabra.
“Siéntate.”
La palabra cayó pesada sobre tus hombros, casi te hizo temblar las rodillas. Casi.
Porque no te moviste y Sage te sostuvo la mirada.
Debajo de todo, con el descaro de que ya no tenía nada que ocultar contigo; dejó entrar un poco de la fuerza real del vínculo. No para dañarte. No del todo. Lo justo para que sintieras el recordatorio insoportable de que ahí mandaba él.
* “Pórtate bien, querida. No queremos meter más quejas a tu expediente, ¿cierto?” *
“Siéntate.” Repitió. “Antes de que olvide toda la paciencia que he tenido contigo.”
Eso te dolió, pero te indignó aún más.
Te sentaste, no porque hayas tenido suficiente y él ganara.
Porque era una amenaza real.
* “¡Bien!” *
Sage alzó el cetro y reanudó la clase con una sonrisa desatada.
La pizarra volvió a llenarse y las tizas danzaban con crueldad una tras otra, solo para borrar su progreso celosamente y volviendo a escribir.
Tus compañeros reanudaron sus notas, mareados, la mayoría pálidos; nunca habían visto a su profesor así.
Pero tú si, así que dejaste perder los apuntes, simplemente lo miraste con desprecio el resto del día. No te preocupaba mucho perder el día, si Sage lo decía; usualmente había un libro en la biblioteca que tenía contenido similar.
Qué curioso…
* “Cobarde.” * La palabra volvió a deslizarse por el vínculo que compartían. Ya no era un accidente tuyo, era intencional.
Esta vez él sí respondió de inmediato.
* “Sigue y te restaré décimas el próximo año por la pésima conducta que tuviste hoy.” *
* “Lo que yo piense no le concierne a usted, concéntrese en su clase porque me estoy aburriendo.” *
Tu espalda se tensó, simplemente te cruzaste de brazos mientras te dedicabas a incomodarlo con tus pensamientos florecientes y tu mirada profundamente agria.
Sage fingía no escucharte y no notar tu mirada, estaba entretenido con su clase; pero también estaba meditando profundamente.
Al final, nadie se movió hasta que Sage dio permiso. Cuando lo hizo con un ademán desinteresado, el grupo huyó sin discreción. Todos tomaron sus cosas y salieron corriendo como los supervivientes al conflicto armado que tuviste con tu profesor. Tampoco querían arruinarse las vacaciones, se irían para no irritar más a Sage y vendrían por sus calificaciones por la tarde cuando estuviera más tranquilo y tú lejos de él.
Por eso no se levantaron rumores cuando se cerró la puerta detrás de ellos y tu no saliste, se imaginaron lo peor. Una reprimenda severa.
Tú recogiste tus cosas despacio, no tenías por qué huir.
Tu silla chirrió y te levantaste dispuesta a irte.
“Tú te quedas.” Levantaste tu mirada aburrida hacia Sage, quien te observa expectante desde la tarima del auditorio.
Detuviste tus pasos y volteaste hacia la puerta; ya no había alumnos, ni profesores rondando cerca de la puerta. Excelente.
“No.” Dijiste y de diste la vuelta, dispuesta a irte a dormir un rato. No te interesaba su retroalimentación o la calificación que haya decidido ponerte. Él mismo lo dijo; si estuvieras reprobada, ni siquiera podrías haber tomado esta clase.
Sage se echó hacia atrás extremadamente ofendido, podías jurara que incluso tenía el ceño fruncido. Y solo te reíste en tus adentros.
“¿Perdón?” Cuestionó incrédulo, pero no respondiste
Pero la puerta del aula se cerró frente a ti, no como un azotón, era una llamada de atención. No necesariamente severa.
Volteaste furiosa a verlo.
Sage ya había recuperado su forma original, los restos alquitranados de magia goteaban y se evaporaban de su cabello y las suelas de sus tacones; que horrible vista.
Hiciste una mueca de asco y Sage se sobresaltó mientras presionaba su cetro contra su pecho. Gesto extraño, casi protector, inocente.
Carraspeó e intentó de nuevo.
“Quédate.” Dijo, como si no te hubiese bloqueado la salida y no tuvieras opciones. “Quiero mostrarte tus calificaciones.”
Su voz salió diferente. Porque ese cambio de tono era evidente. Sospechoso. Antinatural en él. No era el profesor aprovechando para ajustar cuentas ahora que nadie estaba presente. Era… otra cosa.
Sage flotó levemente hacia ti al ver tu poca iniciativa de acercarte. No planeaba ser invasivo, pero si se sentía de esa manera. Tu apretaste tus apuntes contra tu pecho mientras lo veías deslizarse por el aire, haciendo aparecer de la nada unos pergaminos nuevos sobre su mano.
El papel lucía reciente, sin doblar ni maltratar. Probablemente eran los primeros registros de tu paso por el programa, con el tiempo irían adquiriendo dobleces y desgaste conforme Sage fuera asentando tu desempeño ahí.
“Tus calificaciones fueron excelentes, casi perfectas.” Te indignaste y frunciste el ceño, Sage señalaba el concentrado de tu desempeño y tu prácticamente le arrancaste el pergamino de las manos.
“¿Casi?” Sabías que tus prácticas eran impecables, los puntajes lejos de la perfección en tus exámenes fueron el problema.
“Si, casi.” Esperó unos minutos a que terminaras de ver todos los parámetros de evaluación, sus resultados de las pruebas y prácticas en caso de alguna queja. Aunque nunca se equivocaba con esas cosas, jamás. Una vez terminaste, levantó el dedo índice y el pergamino regresó a él. “Lo hiciste muy bien.”
Un escalofrío se te trepó por la espalda y te subió hasta la garganta, emitiste un quejido de desagrado mientras temblabas brevemente. No, no, no… eso era mucho peor que la crueldad. Porque eso era que ya conocías en Sage y estabas entrenada para responder a eso.
Pero ahora se comportaba como si quisiera agradarte, como si se le hubiese licuado el cerebro hasta quedar suave y sin pensamientos.
“¿Qué le pasa?” Te quedaste mirándolo con asco.
“Nada.” Se encogió de hombros mientras enrollaba el pergamino de tus calificaciones y lo hacía desaparecer. Mandándolo directamente a su oficina.
¡MENTIRA!
Se le notaba muchísimo. No solo en ese comentario, para comenzar nunca se te había acercado tanto para asuntos tan triviales.
No te estaba partiendo por la mitad ni aprovechando que estaban solos para pasarse contigo y hacerte llorar.
Aunque, si eras franca; era bastante difícil que te hiciera llorar. En dado caso terminarían golpeándose uno al otro.
Pero estaba siendo cortés contigo. Que miedo y que asco.
“No me hable así.”
“¿Cómo?”
“Como si no fueras…” Te callaste, intentaste formular mientras dibujabas círculos con tu mano libre. Porque no sabías por donde comenzar sin echarte encima de él para acabar con su vida. Estabas hastiada, incluso querías llorar de la frustración. ¡querías quitarte el hechizo para mantenerte despierta e irte a dormir! ¡Lo odias tanto! Estúpido, estúpido… siempre tan engreído y ahora tenía la cara de un perro pateado. ¡CÓMO SI ÉL NO FUERA QUIEN TE HABÍA PATEADO PRIMERO!
Sage observó tu cara con un interés que te hacía empujar por dentro.
Porque sí, una parte de él se daba cuenta de que estaba haciendo el ridículo y estaba pasando a traer tu estado de ánimo con eso. Que esa tranquilidad y amabilidad no le quedaban. Que sonaba apresurada, sospechosa, casi grotesca. Lo sabía. Claro que lo sabía. Pero no lograba dejar de intentarlo, porque después de estarlo meditando durante toda la clase; incluso si hablaba a toda velocidad de otro tema; no podía evitar que su sentir fuera hacia la misma dirección.
La luz de la verdad había estado gritándole lo mismo una y otra vez. Ya no era una pregunta, era una afirmativa:
* Es ella. *
El vinculo que no se deshacía, todo el tiempo que seguías en su vida, la facilidad con la que entraste a su dominio y viste esa parte de él que hace mucho había sometido en sus adentros. Para que un hechizo tan fuerte se mantenga, necesita ser tirado de ambos extremos. Quizás tu no lo quieras, pero esto ya no parece depender de la voluntad de ustedes dos.
Pudiste haberte ido, hace mucho tiempo; pero la vida te puso ahí (y quizás un poco de su propia manipulación) donde él te recibió.
No lo querías, claro que no. Pero un vinculo puede albergar diferentes emociones.
Eso le correspondía cambiarlo a él y estuvo echando por el drenaje todas sus chances este año.
* Es ella. *
¿Cuántas veces Sage había creído esto antes?
Las suficientes como para saber que podía ser una trampa. Las suficientes como para seguir sosteniendo en el pecho una colección entera de errores que también hirieron a otra persona.
Personas hermosas, vividas, problemáticas, compatibles con él por momentos, pero catastróficamente insuficientes después. De innumerables de ellas. Hace décadas conoció a alguien, y creyó que quizás… se equivocó. Aún estaba receloso de ese acontecimiento que lo dejó mal parado frente a la academia y con el corazón destrozado.
Cada uno de ellos no fue nada más que una piedra en su camino, una pequeña desgracia en privado.
Pero, aún así; estabas enlazada a él. Te habías vinculado con él. La tarde en los ventanales arriba del auditorio parecía empujarlo con violencia a la misma conclusión
Y, entonces; si eras tu. Ya no podía seguir tratándote así.
“No quería que te enteraras así.” Eso hubiera sonado mejor si lo hubiera dicho serio, no con ese tono asqueroso.
“No me interesa lo que hayas querido.” Le levantaste la voz y Sage se sobresaltó. Maravilloso, lucía tan estúpido que no te la creías, ¿a qué iba ese cambio de actitud? Ibas a ahorcarlo.
“Voy a explicártelo.” Te dieron ganas de meterle los dedos en las cuencas y sacarle los ojos con la uña. “Nuestro vínculo…” Se te erizó la piel del cuello ante esa palabra, te dieron nauseas. “…no es un hechizo. No te lo puse yo, apareció después de que hicieras ese hechizo en la evaluación de sanadores. Creí que eran remanentes porque no habías hecho el hechizo bien, pero cuando eliminé los restos; no desapareció.”
“¿Lo sabías desde hace un año?” Preguntaste incrédula.
Sage podía mentirte, suavizar todo a su conveniencia. Pero no lo hizo.
“Sí.” Te estremeciste y pusiste las manos sobre tu cabeza, como si eso pudiera hacer una barrera para protegerte de eso. “¡No puedo escuchar todo!” Rápidamente intervino.
“¿Cuánto escuchaste?”
Pero Sage, nuevamente no respondió a esa pregunta. No quería enumerar tus intimidades frente a ti; incluso si justo eso querías.
Si, escuchó un par de cosas que no merecía escuchar. No todo se trataba de tus insultos y comentarios despectivos hacia él.
“Claro…” Escupiste mientras negabas con la cabeza, hablar con él solo era una pérdida de tiempo. Simplemente ibas a irte.
¡No, no!
Sage quería que te quedaras más tiempo, podría solucionarlo. Tal vez no podría deshacerlo; la primera y única vez (hasta ahora) que le ocurrió, jamás pudo deshacer el vínculo.
Pero podrían aprender a sobrellevarlo, quizás; ver que podrían hacer en consecuencia. Contrarrestarlo para que él no pudiera escuchar tus pensamientos privados, pero tal vez sí hablar un poco. Podrían entender su lazo, hablar mejor, en otro lado que no fuera esta aula llena de tensiones. Ustedes podrían…
Sage bajó al suelo de golpe, el paso de sus tacones hacía un eco escandaloso. Un paso, dos, la mano de Sage apenas alcanzó a rozar tu hombro.
No una caricia, tal vez una forma de retenerte. Sin gente y lejos del ambiente de las clases; creía que tocarte iba a ser la mejor forma de que lo escucharas.
Rápido, rápido. Algo le decía que tenía que hacerlo rápido. Ir a por ti o descartar esto de una vez.
“Puedo ayudarte.” Pero la verdad es que no era cierto, si lo que querías era deshacer el lazo; no se podía. No había manera, Sage lleva siglos intentando. No se podía. Pero podía experimentar un poco, podría ver hasta donde estaban enraizados, podía cambiar tu parecer acerca de él con el tiempo, podía hacer esta convivencia mejor. Su vinculo más ameno y tu y él… mejor que nunca. Él podría… “Si me dejas, quizá podría-.
Quizás…
Mentía. No del todo, aunque era lo suficientemente creíble.
Sí quería “ayudar”, quitarte la tensión y la inseguridad de ese lazo.
Pero también quería tocarte. Acercarte, ver qué ocurría si el contacto físico afinaba esa cicatriz mal cerrada entre ambos. Quería comprobar si la vibración que le recorría el cuerpo cada vez que pensaba en esto; se volvía más nítida al tenerte bajo la mano.
Qué animal.
Pero… ¿quizás? Siempre era un quizás.
La bofetada sonó limpia y seca, haciendo un ruido demasiado largo para la comodidad de ambos. El monóculo de Sage salió volando y se estrelló sobre el piso, dejando nada más que su marco dorado. Su cara apenas giró, era alto, pero no podrías adivinar que tendría tanta fuerza como para soportarte un golpe así de duro.
De lo único que no se salvó fue de la marca levemente morada en su mejilla que se formó con rapidez tras el golpe.
Sage no se movió, tu soltaste un quejido de dolor mientras rodeabas tu muñeca con la otra mano, aplastando tus apuntes contra ti para que no resbalaran.
No se movió, no digo nada autoritario o violento, no se te adelantó para someterte o dar otro sermón sobre lo problemática que eras.
Se quedó ahí, con la mano suspendida; incomodo de no saber que posición adoptar ahora. Una expresión de ojos bien abiertos, descolocado, fuera de lugar. Ni un gran sabio, ni un profesor cruel y tirano.
“Si no lograste solucionar este problema en un año, menos lo harás ahora.” Apretaste tu agarre contra tu muñeca, el golpe te había dolido a ti también por la fuerza desmedida contra la cara horrible de Sage que opuso una resistencia admirable.
Sage parpadeó un par de veces, lentamente. Se sentía como haber ofrecido un vaso de agua y que se lo hubieran azotado contra el suelo. La cortesía era el vaso. Su expresión era patética, todavía intentando no parecer lo que ya era: alguien desesperado por no perder una posibilidad que apenas acababa de mostrarse para él.
Por eso insistió.
“Yo no quería-.”
“No me toques.” Interrumpiste. Sage retiró su mano por completo y la encogió contra su pecho, como si pudiera molestarte aún la cercanía lejana.
“No fue mi intención…”
“Tus intenciones me tienen sin cuidado.” Te diste la vuelta, dispuesta a irte. “Voy a ir a hablar con el director.”
Sage abrió los ojos con resolución y tuvo que esconder una sonrisa tras su mano hasta que te fueras. No huiste, caminaste tranquila con la espalda recta y sacudiendo ocasionalmente la mano con la que lo habías golpeado, todavía te ardía.
No quería ser más un asqueroso de lo que ya lo era, pero no podías hacer nada contra él.
Sin importar cuanto te quejaras, incluso si tu denuncia contra él fuera tan lejos como para acabar en el consejo; él era el director. Estaba siendo indulgente si siquiera te recibía la queja. Pero, lamentablemente, siempre tenía que interpretar su papel a la perfección.
Para cuando llegaste para pedir una cita, el secretario ya no estaba. En su lugar, había una agenda improvisada con una libreta y una pluma con poca tinta.
Había varios nombres, muchos tachados, no sabías quien pasaría antes de ti; así que anotaste tu nombre en el último horario y tomaste asiento a esperar a que te llamaran.
Pasaron las horas y jamás viste a alguien entrar o salir. ¿Sage se te había adelantado? ¿Tu profesor ya le estaba contando al director su queja sobre ti para intentar voltear la situación? Lo dudas un poco, se supone que Sage estaría dándole sus calificaciones a tus compañeros justo ahora. La verdad era que ya sabías que esto no avanzaría tanto, no con Sage siendo el profesor más valioso en la academia. Querías creer que las estructuras funcionaban, por pura moral.
Pero comienzas a impacientarte un poco. Aunque, de haber horario lleno o un evento que requiera la presencia del director, él siempre tiene el cuidado de dejar los mensajes en pequeñas infografías pegadas a su puerta.
Al final, la noche ya estaba asentada. La ira se había enfriado y terminaste sumida en tu cabeza. Las estrellas brillaban por los ventanales superiores. Esa noche había luna nueva. Ya era la hora en los que los más pequeños ya deberían estar, cenados, bañados y medio dormidos.
Pero tu seguías firme y esperando con paciencia, de vez en cuando te detenías a hojear la libreta del horario para comparar los tiempos.
Se supone que eras la siguiente…
Cuando escuchaste pasos, te pusiste de pie, la silla chirrió y te preparaste para desbocar contra el pobre director. Pero, cuando se abrió la puerta, no te recibió el director. Era otro hombre.
Era mucho más alto que la mayoría, incluso un poco más que el profesor Sage. Su presencia era suave pero profunda. Llevaba una túnica ceñida azul como el fondo del mar, bien puesta, como un traje ceremonial, una capa de cuello alto con patrones dorados por encima. Tenía el cabello en mechones rubios revueltos que parecían haber sido peinados en un principio, pero dejados a la suerte durante el resto del día. La barba le crecía apenas por no haberse afeitado en días y eso, lejos de darle un aspecto desaliñado; lo hacía lucir genuinamente guapo.
No interesante: guapo.
Pasaba su mano libre sobre su túnica para alisarla y arreglarla, un leve sonrojo que nunca notaste se terminaba de disipar por su rostro con un suspiro cansado. Tenía el ceño fruncido, pero parecía satisfecho por la forma en que sus labios iban relajados.
El hombre parecía no tener la mejor vista, el eco de sus tacones chocando con el piso era acompañado del eco hueco de su bastón de orquídea negra.
Sus ojos, desenfocados y lechosos por una capa de desgaste se parecían mucho a cierta persona molesta; dorado falso y azul desgastado.
Eso te enfureció un poco más, como si fueses un toro que se desboca al ver esos colores en particular.
Te vio antes de que pudieras hacerte la tonta y colarte a la oficina entre la lateral de la puerta y su brazo extendido que la sostenía abierta. No se notó sorprendido o extrañado a pesar de que era la primera vez que lo veías, esa era una mala señal.
“Así que eres tú.” No dio contexto, habló de más. Lo miraste con sospecha y recelo, pero no pudiste plantarle una cara tan mala como con Sage. Eso sería grosero.
“¿Nos conocemos?”
El hombre curvó sus labios levemente, no como burla, a la cual estabas acostumbrada. Como dulzura, de esa que a Sage le quedaba espantosa. Pero esta era de verdad.
“No personalmente.” Finalmente soltó la puerta y extendió la palma de su mano derecha sobre su pecho mientras cerraba los ojos y hacia una pequeña reverencia. Impecable y sereno. “Puedes llamarme Truthless Recluse.”
* Que apodo tan peculiar…*
No querías ser grosera, así que le diste tu nombre a cambio y un leve asentimiento de cabeza.
Recluse olía a agujas de pino fresco frescas, las bolsas cansadas bajo sus ojos lucían similares a las tuyas. ¿Era un alumno de la academia? No…
No era viejo, pero lucía como un adulto endurecido. ¿Un exalumno? Entonces no sería raro que haya pasado un buen rato hablando con el director.
“Esperaste mucho, lo lamento.” Truthless se deslizó para hacerte espacio, extendiendo su mano hacia la entrada de la oficina; indicándote que era tu turno de pasar.
Eso de inmediato avivó la razón y la ira del porque estabas ahí, le agradeciste y te despediste; entrando echa una furia a esa oficina exquisita y dando un portazo detrás de ti.
No sabes cuanto tiempo estuviste gritando y quejándote, contaste todo, se te salieron algunas lágrimas mientras te revictimizabas. Contaste lo del lazo, como habían discutido e incluso la amenaza de que sus quejas no procederían a nada.
No te importaba que tus gritos fueran escuchados por alguien más, Truthless seguramente ya se habría ido y esta ala solía estar vacía de noche.
Pero incluso en la candela de tus gritos y tus arrebatos por haber sido llevada al límite, tu subconsciente notó ciertas cosas cada vez que volteabas y dirigías la mirada a otro lado para reformular. El almizcle en el ambiente de la oficina, dos tazas sucias que aún olían al remanente del fuerte té rojo y un par de papeles regados por el suelo.
Para cuando te cansaste, porque calmada no estabas; el director te ayudó a redactar una queja formal que estaría anexa en el curriculum de Sage, dijo que lo reprendería severamente y haría lo que estuviera a su alcance para intentar deshacer el lazo.
Sage, en su farsa; incluso intentó deshacerlo en esa forma; pero para su nula sorpresa, no pudo.
Lamentablemente, te dijo con franqueza lo que temías; Sage era uno de los profesores más importantes de la academia. Valioso. Él solo enseñaba un programa entero, en el que tu estabas, y se dedicaba a las demás carreras a tiempo completo. Pero se aseguraría de cambiar su actitud.
Para cuando saliste, agotada, con las marcas saladas de lágrimas marcando tu pequeña puesta de color en tus mejillas; el edificio ya estaba cerrado. Por lo que tendrías que salir por la puerta trasera de emergencia, te sentías derrotada. Por Sage, por el director permisivo y por la estructura de este sistema el cual Sage ya te había advertido engreídamente que no haría nada al respecto.
Extraña fue tu sorpresa cuando abriste la puerta de la dirección y viste a TR de pie, apoyado sobre su bastón y con los ojos cerrados. No de sueño, sino de letargo, de espera.
¿Estuvo escuchando todo? ¿O se fue y regresó? Cualquiera de las dos ideas te hizo sonrojarte de la vergüenza. Gritaste, y mucho; pero estás segura de que escuchó la mayor parte de tus quejidos dirigidos. Y si era un exalumno como para tener la libertad de merodear por la academia; conocía a Sage.
Cerraste suavemente, esperando que no te hablara. Lástima.
“¿Ya está todo bien?” Gemiste profundo en tus adentros. Truthless enderezó su postura y finalmente abrió sus ojos cansados para verte.
No era curioso, era como si ya te conociera de tiempo; simplemente te dedicaba atención. Querías decir que todo estaba bien, quedar bien con el desconocido. Sin embargo, también querías desahogarte. No tenías a quien contarle ahora, ya era bien entrada la noche.
“No.” Respondiste seca, pero te hizo sentir bien ser sincera. No habías obtenido algo, no se había solucionado la situación y no estabas satisfecha con lo que el director te ofrecía. Por supuesto que todo está mal.
Recluse asintió, no preguntó de más y luego volteó levemente hacia los pasillos apagados y el acceso principal bloqueado.
Y en vista de que tu tampoco le preguntaste que hacía ahí, decidió que era una buena oportunidad.
“Es muy tarde, déjame acompañarte a tu habitación.”
* ¿Cómo sabía que vivías dentro de la academia? * Un pequeño error de dedo de TR al hablar. Apretó los dientes por su error. Para su suerte, la amabilidad después de todo un año con un profesor tan estúpido; concentró tu atención en otro lado.
“No hace falta, la academia es segura.” Ningún alumno lo sabía con certeza. Sage, cuando edificó la academia, destinó una pequeña parte del flujo de su magia en proteger la institución durante eones.
No era algo que tuviera méritos de por medio, sin embargo; como nunca han existido incidentes que pongan la integridad de los estudiantes en peligro. Todos asumen que es un lugar muy seguro.
“Insisto, hace demasiado frío a esta hora fuera de los edificios.” Volteaste a ver la oscilante oscuridad de la noche por los ventanales y luego a Truthless sosteniendo su bastón de orquídea. Asumías que estaba encantado para ayudarle a ver mejor, los ojos en la corona parpadeaban perezosamente en distintas direcciones.
No se veía como un delincuente, y si intentaba algo siempre podrías patearle el bastón para correr.
Pero eras sincera, la idea de caminar sola hasta tu habitación después de esta humillación era deprimente. En cambio, ser escoltada por un hombre guapo… no mejoraba nada.
Pero ayudaba a tu autoestima.
“Vámonos entonces.” Se apartó de la pared con elegancia y se acercó a tu derecha. Ofreciendo su brazo libre para ti. “Tendrás que guiarme, nunca he visitado la residencia de estudiantes.”
No te abrazaste a él, simplemente colocaste la palma de tu mano sobre su brazo y sostuviste tus cosas con tu antebrazo libre.
El camino fue silencioso, TR no preguntó nada y tu no querías hablar al respecto. Aunque las cosas no eran incomodas, era compañía dispuesta e inesperada. El hombre olía fresco, de esos que mantienen su aspecto impecable, pero parte del estilo era verse desaliñado; no lo lograba mucho. Se notaba el esmero que ponía en tener sus túnicas bien teñidas y planchadas, el esmalte negro de sus uñas, su cabello sin ninguna punta abierta. El labial oscuro retocado y la sombra de sus ojos sellada.
Con un suave desliz de dedos, el rubio abrió la puerta de la salida de emergencia. La humedad y la noche de verano era fría, probablemente llovería y después el sol de los días sería tortuoso y agobiador.
Truthless se disculpó y quitó tu mano, solo para protegerte con su capa. Las pequeñas gotas del rocío y el frío fueron mitigadas. No hablaste para agradecerle, solo asentiste y te pegaste más a su costado. Ojalá fuera de día, querías presumir.
Rodearon el edificio principal, pasaron por los jardines y auditorios de tu facultad. Las instalaciones eran inmensas, pero bien diseñadas para poder desplazarse en pocos minutos. Los edificios estaban dispuestos como fichas de dominó y la extensión de su inmensidad se desplegaba hacia el costado contrario. De esa forma se podría cruzar toda la academia fácilmente a través de los caminos de piedra crujiente.
Poco te atreviste a voltear a ver a Recluse, su facie era regia, serena. No te pedía indicaciones y sabía hacia donde girar. Tal vez era grosero no preguntar por él como lo hizo contigo. Pero tampoco tenías muchas ganas de hacerlo y él pareció notarlo. Entonces, tal vez ninguno estaba siendo descortés.
Bajaron las escaleras, dentro de las jardineras alrededor de las aulas de la media superior. El bastón de TR repiqueteaba a su paso, seco y amaderado; solido. Los ojos tallados en la corona de su orquídea brillaban, pero eran opacados por la iridiscencia de los arándanos en los arbustos que se removían, despertaban y abrían los ojos a su paso.
Una que otra fruta madura a veces flotaba cerca de ustedes, al nivel de sus rodillas para iluminar un poco el paso con luz amarilla e iridiscente. Solo para aburrirse poco después y acurrucarse en una jardinera.
Las que aún estaban pegadas a los tallos de los árboles, solo giraban su ojo perezoso hacia su caminar.
Las luciérnagas azules sobrevolaban con ustedes, el brillo opalescente trazaba el camino de su vuelo y luego desaparecía un rato.
Llegaron a los jardines de la básica, te la pasaste volteando hacia el lago. Como esa noche la luna no brillaba, los cúmulos de estrellas se reflejaban en el suave flujo del agua. Todo era tan silencioso, debido a que terminaste el año antes que todos; nadie se atrevía aún a desvelarse.
Los dormitorios estaban conformados por tres edificios, dos de ellos eran para los más pequeños y jóvenes; dividían niños y niñas respectivamente.
El ultimo edificio era mixto, hecho para los adultos en los programas superiores, hace ya dos años que te mudaste ahí. Te agradaba, podías recibir visitas y no había horario para apagar las luces. Prueba de esto, eran las múltiples ventanas iluminadas; a diferencia de los otros dos edificios que ya estaban totalmente en penumbra. Probablemente muchos se estaban preparando para los exámenes finales.
Cada edificio tenía su comedor en el primer piso respectivamente, incluso muchos profesores o personal de servicio también iban ahí.
Sales del cobijo de Truthless y avanzas por tu cuenta por el par de escaleras en la entrada, volteas un poco.
“Aquí está bien.”
“Todavía no llegamos a tu habitación.” Abres los ojos de más, pero te indigna más que lo haya dicho tan serio.
* ¡Eso sonó terrible! *
“No es necesario, ya me ayudaste lo suficiente.” Si, tus palabras eran sinceras, pero tampoco querías que un desconocido supiera exactamente dónde está la habitación donde te quedarías varios años. “Los dormitorios son seguros también.”
“No lo dudo.” Frunciste levemente el ceño ante la respuesta técnicamente correcta, pero si pauta a cerrar la conversación.
“Entonces buenas noches… y gracias por acompañarme.” Te diste la vuelta, empujando la puerta de cristal. Usualmente siempre había algunas velas flotando sobre su lato de plata por ahí para guiar a los estudiantes que llegaban tarde al edificio, tomarías una y te irías a dormir.
“¿En qué habitación estas?”
“¿Disculpa?” Volteaste hacia él, tus palmas contra el cristal grueso. El reflejo del lago ondulante se perdía a la altura de la capa oscura sobre sus hombros. No pudiste disimular la mueca en tu rostro, pero a Truthless no pareció molestarle. De hecho, ya la esperaba. No te sonreía con nerviosismo o para agradar, estaba serio, con los párpados pesados.
“Para no equivocarme cuando quiera encontrarte después.” El cansancio solo te hacía más suspicaz, que hombre tan peligroso. Aunque el peligro en si mismo había sido permitirle acompañarte tanto tiempo.
“Es una pregunta extraña…”
“Si.” Se encogió de hombros mientras cambiaba su bastón de mano. ¡Ni siquiera se estaba defendiendo! “Solo me gustaría saber donde encontrarte, pero puedo preguntar aquí por ti de igual forma.”
Volteaste tu vista hacia los solitarios jardines que acababan de recorrer, porque era una respuesta bastante buena en realidad. No encontrabas una forma para echarlo a patadas porque no había dicho o hecho algo mal. Estabas tan acostumbrada al trato áspero y hostil de tus compañeros en las clases; casi todos eran hombres.
Y al contrario de lo que alguien pudiera pensar por fuera, eso lo volvía un ambiente bastante centrista a ellos que te subestimaba en consecuencia. Para ellos, tu solo eras el lugar ocupado que otro hombre pudo haber usado.
Sin contar las acciones de el vómito, engullido y defecado que llamabas profesor Sage.
TR en cambio era respetuoso, no incomodaba, no intentaba otra cosa o decidía que merecía un premio por ser amable. Solo había decidido que quería verte otra vez, pero te daba el derecho de cerrarle la puerta si no lo querías.
Eso, de alguna forma; te resultó mucho más intimo que todas tus interacciones románticas en tu vida.
Así que le dejaste la puerta cerrada, con la posibilidad de que él pudiera tener una llave en el futuro. Además, una chica inteligente nunca llevaría a un hombre hasta su habitación la primera vez que se conocen, sin importar que tan guapo sea. ¡Podría ser un asesino por uno de esos del curso al que le caías mal!
“Puedes preguntar por mi al guardián del primer piso.” Dijiste y entraste rápidamente al edificio, pegándote a la puerta de cristal para ver la reacción de Truthless.
Él simplemente cerró los ojos para asentir.
“Que descanses.” La voz de TR a través del grueso cristal se volvió más suave.
“Buenas noches.” Murmuraste con los ojos entrecerrados, aún esperando a que hiciera algo.
Él implemente levantó su bastón para irse, esperabas que fuera en dirección a la entrada de la academia para cruzar el rio hacia la villa. Pero fue en la dirección por la que habían llegado. Levantando de su letargo nuevamente a los arándanos maduros que revoloteaban molestos por el dobladillo de la túnica de Recluse.
No te quedaste observándolo todo su trayecto, eso sería grosero; así que tomaste uno de los porta velas que flotaba cerca de ti y corriste escaleras arriba hasta tu habitación.
Odiabas las escaleras que necesitabas subir, normalmente utilizarías un hechizo de levitación o te lanzarías por el centro para frenar el impacto antes de estrellarte. Pero, esta noche simplemente te arrastrabas patéticamente hacia arriba. Dudabas de tener tanto aguante como para activar otro hechizo cuando el que te mantenía despierta te estaba robando energía constantemente justo ahora.
La vista era linda, sí. Pero a veces te cuestionabas que tanto valía la pena.
Para cuando llegaste, te diste una ducha y te colocaste ropa cómoda; ya con la premonición de lo que implicaba desactivar tu hechizo.
Te aventaste a la cama, te arropaste y con un simple ademán lo deshiciste.
Caíste inconsciente inmediatamente.
Nadie permitiría estos hechizos en estudiantes si requiriera recuperar todo el tiempo que se utilizó, solo le daba al cuerpo el suficiente tiempo para poder reaccionar por su cuenta. Sin embargo, no sanaba los daños que el cerebro y el sistema nervioso sufrían a causa de trabajo ininterrumpido por días o semanas.
Así que eso se arreglaba en una visita rápida en la enfermería.
Para cuando despertaste habían pasado dos días y medio, el hechizo se aseguraba de no matar de hambre al usuario maximizando la distribución y uso de energía y calorías. Pero aun así te despertabas con mucha hambre y sed.
Te diste otra ducha y te colocaste tu túnica, esta vez sin los cintos dorados.
La academia tenía estrictas visiones acerca de la ropa de sus estudiantes. Proveía a todos con ropa digna y acogedora para que ninguno tuviera que gastar dinero que no tiene en ropa del pueblo. Sin embargo, aquellos estudiantes que no estaban en servicio por vacaciones tenían que dejar las cintas de su grado académico en su habitación.
Cuando abriste la puerta para ir al comedor, viste con desagrado un montón de folletos colocados en tu puerta con algo de cinta que seguramente dañaría el barniz de la madera.
Eran panfletos acerca de los cursos de verano de Sage, por supuesto que los partiste a la mitad y los arrojaste al bote de basura.
Fue lo que había en el suelo frente a tus zapatos lo que te llamó la atención.
Habías escuchado de estos por los pretendientes que les hacían regalos a tus amigas, eran postres encantados dentro de cajita de cartón planchado. Una vez los abres, comienza su proceso normal de vida comestible. Este era un pastelito circular de varios pisos con crema y frutos rojos.
Luego te tomarías el tiempo emocional de valorar el detalle, por ahora lo devoraste de un solo bocado y lo que sobró de lo restregaste con la mano.
En el empaque tampoco había nota o mensaje, simplemente moviste los hombros y bajaste a tomar el almuerzo.
Te sentías mucho mejor, era la primera vez que usabas ese hechizo tanto tiempo; por lo que creías que te cobraría más días de descanso. Aunque, a juzgar por lo sediente que te sentías, asumías que el hechizo cobraba sus favores a cambio de otras cosas.
Los cocineros nunca racionaban la comida de los estudiantes, aunque esta si se dividía de acuerdo a los requerimientos nutricionales. Como una recomendación para una dieta saludable.
Tu simplemente pediste doble de todo, tomaste un vaso que podías rellenar cuantas veces quisieras y fuiste a sentarte.
Y mientras comías, escuchabas.
“¿Otra vez el profesor Sage?” Murmuraba un chico que creía no estar siendo escuchado. Parecía estar consolando a un par de chicas.
El comedor solía estar vacío a esta hora, aún no eran vacaciones oficiales para el resto de los alumnos, aun no terminaban las clases.
Por lo que las conversaciones eran fáciles de escuchar incluso si les dabas la espalda.
Escuchaste como una de las chicas sorbía sus lagrimas y se quejaba suavemente.
“Traté de hablar con él para poder presentar otro examen o entregar un trabajo extra y… simplemente dijo que yo ya estaba reprobada.” Al pronunciar esas ultimas palabras, se echó a berrear nuevamente.
“¿Por qué no intentas hablar con el director?” Casi te burlas de la sugerencia del chico y te llevaste otro bocado de sopa a la boca.
“Tengo miedo de que el profesor Sage tome represalias contra mí, él… él dijo que no podrían hacer nada al respecto.” Levantaste la ceja escéptica. “Además, también será mi profesor el siguiente año. Puede desquitarse aún más conmigo…”
Si bien es cierto que esos chicos tenían la suerte de estar en programas menos estrictos, no sabes que tan prudente es permitirle a un alumno rendir más exámenes o trabajos extra si reprobó todo el semestre del programa. Sobre todo, con un profesor tan pesado como Sage, tal vez otros profesores fueron flexibles con ellos y ahora se han topado con un muro enorme.
Lo que no te pareció en absoluto, fueron las palabras de Sage. Y te constaba, te lo había dicho a ti también. ¿Hasta que punto se le permitía a ese imbécil amenazar alumnos de esa forma? No te parecía para nada.
Seguiste escuchando los berridos de la chica, sobre Sage, sobre que siempre era lo mismo y tal parece que no son los únicos a quienes los amenaza implícitamente y rige sus aulas en base al miedo y las consecuencias de descontentarlo.
Te concentraste, tanto que no escuchaste el repiqueteo constante de un cetro de madera bastante pesado.
“¿Puedo sentarme?” Levantaste la vista bastante tarde al hombre que estaba de pie a tu lado, aunque tenías demasiada hambre como para ser cordial y no seguir masticando el bocado que tenías aún a medio moler.
Era Recluse, no tenía puesta la capa alta de cuello alto. Solo llevaba su túnica oscura, ceñida a la cintura con un fino laso; asumes que es por el calor que se está asentando rumbo al medio día. Incluso algunas velas flotantes estaban siendo reemplazadas por abanicos coloridos que planeaban por el comedor.
Y bajo su túnica, resaltaba en cuello delgado y ceñido de otra prenda.
Tu asentiste a su petición e inclinaste la cabeza hacia tu mesa.
“Veo que descansaste bien.” Asentiste. Truthless tomó asiento frente a ti y dejó su orquídea apoyada contra el filo de la mesa, sus ojos luminosos parpadeaban disparejos, pero observándote al final.
De no ser por su comentario, olvidarías que llevas metida días en tu cama, para ti se sintió como una noche de sueño reparador.
“Gracias por el pastelito.” Dijiste al final, mientras acababas con la fruta y los dátiles. No sabías con exactitud si había sido él, pero probaste. TR lució confundido, pero al final asintió.
“No sabía si te gustaría el sabor, hazme saber si tienes otras preferencias.” La verdad era que no, fue Sage quien te dejó esos papeles con el pastelito como una disculpa extra. Recluse había preguntado por ti los días que estuviste durmiendo, incluso hoy; pero nunca preguntaba por tu habitación en particular. Quería que fueras tu quien se lo dijera, por lo que aún no podía darte regalos. Simplemente iba al primer piso, si aún no salías del edificio; te esperaba en el comedor.
¿Y quién era él para no adjudicarse los esfuerzos de Sage? Seguramente no los querrías en absoluto de saber que vinieron de él y a Recluse no le agradaría que te quedaras con el antojo después de esforzarte tanto este año.
“Estuvo bueno, aunque prefiero que tengan mango y kiwi.” TR asintió con un leve canturreo, el próximo pastelito sería de ese sabor.
“¿Estás libre hoy?” Soltó, tu dejaste de lamer la cuchara y volteaste a verlo. Siempre tenía el ceño fruncido, como si estuviera eternamente molesto. La verdad no te ofendía, su mirada hacia ti no se sentía de esa manera. Pero te causaba curiosidad, si relajara el rostro más, podrías ver mejor las sombras oscuras en sus ojos, el delineador negro. Lo único que podías ver bien era el labial azul mar de sus labios.
“Bueno… tengo que estudiar mucho para el siguiente semestre.” No diste la cuerda a torcer para que el rubio revelara sus intenciones.
“Quiero que me acompañes al pueblo.” Pero Recluse no compartía ese retorcido juego de tira y afloja que a Sage tanto le gustaba. Él te daba y decía cosas con las manos extendidas, tan honesto y dispuesto. Porque él ya lo sabía, por todo lo que había escuchado de ti a través de los años y por lo mucho que te vio.
“¿Para…?”
“¿A caso no soy merecedor de tu compañía?” Dejaste caer la cuchara y el repiqueteo contra la mesa hizo eco en el comedor vacío. TR viendo que aún no acababas tu postre, se levantó apoyando su peso en su cetro y fue por otra cuchara para ti.
“Eres muy amable, ¿qué quieres?”
“Tu compañía.”
Al final, dejaste una carta con el guardián para tus amigos. Por si… ¿te secuestraban?
El calor abrasador del verano comenzaba a robarle verde a las plantas de los jardines, no se podía mirar el rio directamente sin ser cegado por el reflejo del sol. Así que llevaste una sombrilla que Truthless se ofreció a sostener con la mano que no guiaba el bastón. Podías escuchar el leve bullicio y gritos de los más pequeños en los edificios de básica, probablemente estaban en su hora recreativa o un descanso libre.
Los arándanos se escondían dentro de los arbustos o reposaban somnolientos en el suelo frio a la sombra.
Cruzaron el rio, en la villa te compró un helado. Dijo que le traía recuerdos agradables, aunque ya no disfrutaba el sabor.
Se ofreció a abrir un portal para trasportarlos al pueblo, pero tu no salías mucho de la academia y tenías mucha energía. Así que caminaron. Pero le dijiste que tenía que enseñarte ese hechizo, todos tus compañeros hervirían de celos cuando lo aprendiera.
Te habló acerca de que era exalumno de la academia, no quiso decirte hace cuantos años… sería muy difícil explicarte que fue incluso antes de que tus descendientes nacieran.
Te habló acerca de su martirio por el programa de magia de la luna oscura, no dijo quien fue su profesor. Pero si que era prepotente, déspota y muy egocéntrico.
“Todos los profesores de ese programa son un enorme dolor de culo.” Soltó y luego se disculpó contigo por sus palabras. Tú te reíste y confesaste algunas cosas que pensabas acerca de Sage. Le hablaste de él y sobre lo estúpido que era.
Truthless lucía… complacido con tus palabras. Asintiendo a cada comentario cada vez peor.
En el pueblo la vida era ajetreada siempre, fueran vacaciones o no. Los mercados que bloqueaban las calles ofrecían un sinfín de objetos y alimentos locales o importados.
Truthless compró algo de fruta madura y un poco cara para tu gusto. Acomodada firmemente en una canasta de mimbre que le obsequiaron por su compra y sostenida por el antebrazo que aún te cubría con la sombrilla.
Te ofreciste a ayudarlo a cargar, pero se negó con insistencia.
Entraron al local de una modista, la pequeña campanita balanceándose ruidosamente. La mujer mayor ya parecía conocer a TR, pues tenía su pedido de tela listo y doblado para él.
La anciana te cayó mal cuando te miró con desaprobación y tu pateaste los enormes rollos de tela antes de correr delante de Recluse. No te reprendió, lucía más pensativo que otra cosa.
Para la merienda te invitó a una confitería en el centro, quiso mostrarte todos los postres y cosas dulces que le gustaban. Roles de canela, pastelitos de crema y fresas, macarrones de rosas y menta, café con leche y crema de higos.
Al final terminaron pidiendo demasiado, así que Truthless lo ordenó en cajitas de regalo con lazos para llevar. Esas las cargaste tu.
Para cuando saliste del local ya estabas bastante sonrojada, el rubio supuso que era por el sol; así que pegó más la sombrilla hacia ti.
La verdad es que te daba un poco de vergüenza en el mal sentido. No te habías ofrecido a pagar nada porque no traías oro contigo.
No sabías que acompañar requería que compraras cosas que podrían costarte la beca del mes.
Se sentaron a descansar en la fuente principal con vista a la aguja, un castillo inmenso de marfil construido inimaginablemente en la cima de la montaña más alta del continente. Cada noche, sin falta, la luna salía por ahí y se posaba en la punta de la cúpula de la torre más alta.
Truthless lo veía con particular gusto.
Cuando regresaron bien asentada la tarde, te dio la mitad de las cosas que compro a excepción de las telas. Te negaste efusivamente, diciendo que no necesitabas tanto (y no tenías para regresar el favor después). Y aún así, te lo dio.
“¿Te veré mañana?”
“Tengo que estudiar.” Esta vez no era una prueba, era sinceridad. Si bien las vacaciones mitigaban la presión de las clases y los exámenes. Tu carrera era un curso del que no tenías la libertad de dejar de pensar durante tus descansos. Al menos no si tu no querías quedar debajo de tus compañeros.
“Después entonces.” Asintió ante tu negativa y para tu sorpresa y horror en cantidades similares; extendió su mano para tomar la tuya. Tuviste que hacer malabares con la otra mano para no soltar la canasta y la cajita de postres. “Recházame cuando quieras.” Dijo antes de posar tu mano sobre la suya y besarte los nudillos castamente, pero asegurándose de dejar su labial bien imprimado en tu piel.
Ya ni siquiera protestaste por sus regalos, te metiste corriendo al edificio. En parte un resultado que TR quería para que te llevaras sus regalos, así que se rio por la nariz y condujo su camino adentro hacia la academia rebosante de arándanos recién despertados por el ocaso de la luz.
Esa noche tus amigos comieron contigo un poco de los pasteles y postres que el rubio te obsequió, jamás podrías acabártelos tu sola. La fruta la guardaste para hacer tus propias meriendas mientras estudiabas. La canasta de mimbre y los lazos le dieron un poco de vida a tu habitación.
El rubio respetaba tu tiempo, aunque aprovechaba la letra pequeña de eso. Te dejaba sola unos cuantos días para estudiar y después aparecía en las mañanas preguntando por ti para salir a algún lado.
No todo tenían que ser salidas costosas al pueblo, a veces merendaban juntos, otras veces iban a mojar los pies al lado o sentándose en las jardineras donde los arándanos tomaban por cama sus túnicas.
Cuando el calor era particularmente insoportable cruzaban a la villa por helado y colarse en algún local donde el hielo de los mostradores aminorara la temperatura.
Era agradable, demasiado… casi olvidabas…
Lo que no paraba de llegar cada día, eran aquellos folletos molestos, el pegamento de las cintas era difícil de retirar e incluso colocaste una capa de aceite para que ya no pegaran esos horribles panfletos; lograban hacerlo de alguna forma.
Ah, y tu pastelito al pie de la puerta siempre seguía apareciendo por las mañanas, siempre le agradecías a Recluse cada vez que lo mirabas y él simplemente asentía.
Y, tal vez era imaginación tuya. Pero los folletos eran cada vez más desesperados.
* ¡Gran curso de verano! *
* 11 de cada 10 estudiantes recomiendan los cursos de verano. * Con ese si hiciste una mueca.
* ¡Te divertirás! *
* ¡No pierdas el siguiente año! *
* ¡El profesor Sage te enseñará con gusto! * Bufaste, si…claro.
Siempre terminaban rotos y olvidados en el bote de basura.
Truthless Recluse no era ajeno a la postura que Sage tomó una vez ocurrido el incidente de la bofetada, le parecía patético honestamente.
Así que cuando Sage lo recibía lloriqueando y preguntando sobre los pastelitos que te dejaba todas las mañanas, Recluse simplemente le decía que no se los había comido.
Riéndose en sus adentros por el crédito que se estaba robando.
Porque a diferencia de las tácticas de perdedor (según TR) de Sage, Truthless no necesitaba de probarte, de hacerte pasar un mal rato o jugar a perseguirse y luego darte cortesía.
Tu eras su mujer y te va a tratar como tal, aunque tome tiempo para tu disposición.
Era tan obvio, el lazo, todo el tiempo que llevas aquí, la resonancia. Había escuchado de ti por años, * eras tu * y no necesitaba que terminaras odiándolo para descubrirlo.
Así que dejó de confiar en las tonterías del sabio para simplemente hacerlo a su modo.
La idea de que él ha creado más intimidad alrededor de ti que ese imbécil a lo largo de los años lo hace regocijarse.
Si, había sido daño colateral de las malas elecciones que Sage tomaba por ambos a lo largo de su vida. Todavía no olvida el incidente que casi termina con la reputación de Sage en la academia y esos cientos de errores que nunca terminaron de consolidarse, aparentemente destinados. Pero siempre una trampa para hacerlos sufrir.
Por eso, ahora TR tomaba sus propias decisiones y había decidido que eras tu. Y… puede que se tome algunas libertades y secretos al respecto.
Pasaron las semanas, ahora los estudiantes de básico rondaban durante sus paseos y tus amigos te esperaban restregados contra el cristal cada vez que tu y Truthless iban al pueblo, porque eso significaba más postres y regalos caros que compartirías con ellos. Al menos hasta que tuvieran que regresar a casa.
Las salidas se volvieron más apegadas, salían durante la noche al observatorio, sobre todo en noches de luna nueva y menguante; como cuando se conocieron. Esto porque las constelaciones solían verse mejor.
Nunca preguntaste como era que podía abrir el observatorio tan tarde, ¿quizás beneficios de graduados? Siempre escuchaste que la academia estaba abierta a la investigación de maestría y doctorados.
Truthless también se ofreció a enseñarte bases para hechizos adelantados a tu grado. Claro, siempre y cuando pudieras manejarlo.
Era extraño, los exalumnos del programa de magia de la luna oscura solían ser egoístas con su conocimiento y la práctica de hechizos.
Pero el rubio se tiraba contigo en las alfombras de la biblioteca vacía y te enseñaba, a veces si requerían ejercicios prácticos; salían al campo donde nadie pudiera verlos.
Tus vacaciones pasaron más rápido de lo que te hubiese gustado y más de lo lista que estabas para enfrentar el aula de tu carrera.
Truthless decidió llevarte al pueblo para festejar, no porque se acababan las vacaciones, sino porque oficialmente entrarías a tu segundo año de carrera.
Te llevó a la misma confitería, nunca se te quitaba la vergüenza de no poder pagar tus propias cosas caras.
“No quiero que pongas dinero.” TR siempre te tranquilizaba y luego pedía lo que sabía que te gustaba. Pagaba felizmente antes de pedir para llevar las cosas que sobraban.
Recluse siempre se aprovechaba del privilegio que sabía que Sage no tenía, él no era un profesor. No debía tener cuidado de sus interacciones contigo y tampoco tenía que estarse escondiendo.
Podía pasear por la academia contigo, llevarte al pueblo y sentarse a la orilla del lago sin ser mal visto; al menos por las personas que lo conocían a profundidad.
Y, como esa noche era especial. Se tomó el atrevimiento de no llevarte temprano a tu dormitorio y te llevó al teatro.
“No estoy vestida para el teatro.” Reprochaste sosteniendo las cajas habituales de postres, viendo a todas esas personas con vestidos pomposos, pelucas blancas y plumas en los abanicos que iban en dirección a la función de la noche
“El uniforme de la academia es suficiente para impresionar.” Y Recluse tenía razón.
Las personas exquisitas se inclinaban con gusto y sonreían al verte bajar las escaleras hasta tu lugar. Tal vez una estudiante dedicada después de un largo día de clases. Quizá porque pensaban que practicabas como sanadora o magia blanca, nada más lejos que la pretenciosa magia de la luna oscura.
Debido a que el plan fue improvisado, TR compró los boletos apresuradamente y entraron minutos antes de que comenzara la obra. No habías tenido tiempo de leer el programa ni la premisa, pero estabas emocionada. Nunca se te había cruzado por la mente ir al teatro del pueblo.
“¿De qué trata?”
“Es la historia del rey que trajo la magia al mundo.” Truthless se acercó a susurrarte. Aunque tampoco pudo decir mucho antes de que dieran la ultima llamada para iniciar la obra.
Las luces se apagaron y de la oscuridad se elevó un hombre con una corona que fue iluminado por una profunda luz blanca.
“De la madre blanca me enviáis, de mi carne y cielo os engendro, hijos míos.”
La escenografía no buscaba imitar un lugar real. El escenario estaba construido como un cielo seccionado: plataformas negras, arcos altos, columnas parcialmente hundidas en penumbra y un sistema de luces que imitaba constelaciones suspendidas.
La música comenzó al son de las arpas y los laudes. Coreado.
La obra contaba la historia de la Fuente de todo Conocimiento, como bajó de más allá de los cielos y nació de un huevo que terminó convirtiéndose en la luna.
Como una osa lo amamantó cuando aún no existían los humanos y en tributo a esa madre, la subió al cielo y desde entonces portó su marca en la frente.
Viste como el actor tomaba pigmento blanco y se trazaba la constelación de la osa mayor en la frente.
La escena pasó a la Fuente usando su carne para crear a los primeros humanos, les dio fuego, techo y agua.
Y cuando prosperaron lo suficiente, les enseñó el arte de la magia. Para curar sus heridas, para cocinar platillos deliciosos, para entender la mente humana y para defenderse.
“Oh… humanidad tan divina, no deberéis codiciar lo que no está a vuestro alcance.”
Pronto llegaron las preguntas sin respuesta.
“Oh, Fuente de todo Conocimiento, oh, Fuente. ¿Cómo puedo adivinar mi futuro?”
“Oh, Fuente de todo Conocimiento, ¿cómo puedo ser correspondido en el amor?”
“Oh, Fuente, ¿por qué fuimos creados los humanos?”
Los actores que hacían de pueblerinos rodearon al rey y corearon su nombre al mismo tiempo, haciendo preguntas que serían imposibles de responder con el saber de este mundo.
“Oh, Fuente de todo Conocimiento. Si no os podéis responder a todas nuestras preguntas, ¿por qué os llamáis la Fuente de todo Conocimiento?”
“¡AGH…! ¡CALLAOS DE UNA VEZ, DESAGRADECIDOS INGRATOS!”
La siguiente escena mostraba al rey llorando a solas, sentiste un nudo en la garganta.
Seguido de una escena de una turba enfurecida mientras el rey respondía desde lo alto de su torre.
“¡La Fuente hizo que mis cosechas perecieran!”
“¡NO! ¡NO HABÍA FORMA DE CONTROLAR EL CLIMA!”
“¡La Fuente hizo que mi amada me dejara!”
“¡NO SE PUEDE CONTROLAR UN CORAZÓN QUE NO OS CORRESPONDE!”
“¡La Fuente me dijo que los humanos fuimos creados para morir!”
“¡NO!”
“¡MENTIROSO!” Gritaron todos al unísono.
El estruendoso sonido de un órgano te hizo sobresaltarte en tu asiento. Las luces se apagaron.
Se escucharon los pasos de todos corriendo por el escenario y el azote de algo muy pesado que fue dejado en medio del escenario.
Todos jadearon cuando se encendieron todos los reflectores en dirección hacia la brillante cuchilla de la alta gillotina.
Detrás de esta, estaba el rey de pie sobre una tarima. Tenía las manos y los pies atados, portaba un camisón blanco y sucio.
Tu estabas en shock, aún viendo la cuchilla de la guillotina que se suspendía en las alturas por una soga, lista para ser cortada. Por lo que no escuchaste parte de los diálogos.
“…y por sus pecados os condeno a morir.” Dos hombres obligaron al rey a hincarse y poner su cuello desnudo en el hueco donde la guillotina iba a impactar.
“¡LA FARSA MUERE HOY!”
“¡NUESTROS OJOS NUNCA MÁS SERÁN CUBIERTOS POR VUESTRAS MENTIRAS!”
Cortaron la soga de la guillotina y todos en el teatro gritaron, tu incluida.
Pero las luces se apagaron justo antes de poder ver algo, la música se detuvo y las luces volvieron a encenderse.
Todos los pueblerinos estaban desconcertados, pues la guillotina había bajado y en el suelo había una enorme mancha de sangre; pero el farsante no estaba.
La música del arpa reanudó y se cambió a una escena solitaria. La Fuente salió por un balcón del castillo, sin corona y con una horrenda cicatriz alrededor de su cuello.
Le dio una mirada de desdén al público y volvió a entrar al castillo.
El órgano y el arpa iniciaron un soneto acelerado y violento mientras se iban derribando partes de la estructura del castillo conforme las luces se apagaban y prendían; simulando el paso de los días; hasta que el lugar quedó hecho ruinas.
“Oh, Fuente de todo Conocimiento… Oh, Fuente ¿por qué nacimos los humanos?”
Pero nadie respondió.
Entonces las luces se apagaron, dejando una suave antesala de velas que emitían una cálida luz amarilla; anunciando que la obra había terminado.
Todos se levantaron a aplaudir, pero tu estabas tensa sobre tu asiento, enterrando los dedos en los reposabrazos.
No fue hasta que Truthless pasó un paño de seda por tus mejillas que te diste cuenta de que estabas llorando.
Soltaste un suspiro lastimero y volteaste a verlo, él lucía en parsimonia. Su maquillaje impecable y su mirada cansada, como si esperara esa reacción de ti.
Tomaste el paño entre tus manos y comenzaste a retirarte las lágrimas y el escurrimiento que te provocó la obra. Él no protestó.
Luego te diste cuenta de que no habías reconocido el talento de los actores y te uniste a los demás para aplaudirle a los actores que estaban en el escenario entrelazando sus manos y dando múltiples reverencias hacia el público. Incluso te levantaste para acompañar cada ovación, Recluse se levantó a tu lado, pero no eran tan efusivo como tú.
Salieron en silencio del teatro, te compró un recuerdito tejido que podías usar en tu bolso para que dejaras de llorar un poco.
Solo agradeciste y te sorbiste los mocos mientras seguías mojando su paño de seda.
Te calmaste un poco de camino a la academia, cuando las luces del pueblo se volvieron más alegres y muchos puestos les ofrecían ropa, comida o flores.
“Lo lamento, no quería arruinarte la noche.” Dijo Recluse mientras tomaba de entre tus brazos la caja de pastelitos para cargarla él.
Lo miraste confundida.
“Oh, no no no. Me gustó mucho.” Sorbiste más lágrimas. “Es solo que nunca había ido al teatro, no sabía que te hacía experimentar tantas emociones.” Se te quedó mirado un rato en silencio, pero simplemente se rio por la nariz y negó con la cabeza.
“Eso solo fue una representación dramática de lo que en realidad pasó.”
“¿Y qué pasó en realidad?”
“Nadie lo sabe, sucedió mucho antes de las primeras escuelas.”
No pudiste decir más, TR se detuvo en un puesto de flores. Ya llevaba un tiempo echándole el ojo a algunos puestos, pero tu asumías que era porque seguía pensando en la obra como tú.
Te quedaste de pie esperándolo mientras hablaba con la florista y señalaba algunas flores.
Ella gustosa tomaba las flores frescas de los baldes de agua que Recluse le pedía, las acomodaba de acuerdo a su conocimiento, recortó los tallos y al final las envolvió en tela. Se las entregó mientras él se hacía espacio entre la caja de postres y su cetro y le pagó unas cuantas monedas de oro a la mujer.
Luego volteó hacia ti y te tensaste.
“Lo único que deberías cargar hoy son flores.” Y te las entregó.
Debido a que TR no conocía tu gusto en flores, hizo lo mejor que pudo. No parecías de la que le gustaran los colores vibrantes, así que escogió coronas de leche, anemonas y lirios del valle.
Balbuceaste un poco y luego lo miraste desde abajo, abrazando tu ramo.
“¿Entonces… es una cita?” Preguntaste bajito, sorbiéndote los mocos.
“¿Te estoy haciendo sentir incomoda?” Ladeó la cabeza, genuinamente interesado en tu sentir.
“No… me gustaría que lo fuera.” Para evadir su mirada, abrazaste el ramo con un brazo y con el otro seguiste limpiándote las ocasionales lágrimas que te salían al rebobinar la obra una y otra vez.
“Entonces es una cita.” Truthless asintió y te ofreció su brazo para que lo tomaras y caminaran juntos por el flujo de gente, de regreso a la academia.
Comenzaron a caminar en silencio, esta vez te aferrabas más a él para no chocar entre la gente o ser llevada contra flujo.
“¿Aún te sientes mal por lo de la obra?”
“Un poco, no estoy acostumbrada.”
“¿Un beso lo haría mejor?” Te congelaste en medio de la calle, aún con la gente chocando y empujando entre los puestos. Haciendo que Truthless se detuviera en consecuencia también.
Lo miraste, pero también alternaste tu visión hacia la luna llena de arriba.
No estaba escandalizado o nervioso, no dudaba ni se sonrojaba como tú lo estabas.
Era una petición respetuosa, una sugerencia.
“Si, lo haría.” Fue la primera vez que lo viste sonreír más allá de sus labios ladeados.
Te temblaron las piernas y por miedo cerraste los ojos, pues eso era lo único que sabías hacer.
Pero el beso no vino de inmediato, no fue un golpe rápido y pasional como los libros de romance que a tus amigas les gustaba leer, en cambio lo sentiste inclinarse suavemente sobre ti.
“Recházame cuando quieras.” Dicho esto, sentiste su mano deslizar sus dedos por tu mejilla y tomarte suavemente, te inclinaste al toque; respirando rápido. Imaginando que su toque sería áspero contra la delicada piel de tu cara; pero no.
Fue un beso casto, pequeño, hecho para gente primeriza como tú. Sus labios eran suaves y cremosos por el lápiz labial, estabas segura de que tendrías rastros sobre tu piel.
Era paciente, su boca era tibia, no profundizaba hacia donde aún no era correcto. Casi dulce, pudiste percibir la esencia de vainilla cuando ambos lamieron la boca del otro, no con hambre; sino con el sentido de encontrarle razón a la emoción de la terracota caliente sobre el suelo frío de verano. Jurarías que incluso sabía un poco a alcohol, pero no lo habías visto beber jamás.
Cuando se separó, lo hizo apenas para verte mejor de cerca. Tu, por pena pusiste tu mano contra su pecho y lo presionaste lejos para tener aire frio circulante.
Se quedó con rastros de tu lápiz labial morado en los labios y este se mezcló con el suyo; dando una linda tonalidad azul purpúrea. No le desagradó y tampoco la limpió.
Lucía satisfecho, sereno como la noche y resolutivo. Como si hubiera encontrado mejor final que la obra de teatro de hace rato.
Si, parte de la satisfacción era por haberse llevado tu aliento y tu lápiz labial con él. Pero también lo era la sensación de que alguien los observaba desde algunos puestos más atrás.
Truthless simplemente volteó para mirar de reojo y no pudo evitar sonreír hasta que los colmillos sobresalieron sobre sus labios manchados de ti.
Tu no te diste cuenta y él fingió. Te ofreció el brazo nuevamente y siguieron caminando a través del bullicio de la gente mientras tu sorbías y te apoyabas levemente contra él.
La primera vez que fui al teatro lloré mucho.
A pesar que nosotros y Sage tienen un vinculo mental, ella no puede escuchar a la luz de la verdad porque es un ente a parte. Y por si preguntan, sí. Sage lleva milenios back shoteandose a los alumnos buscando al alma que le falta JAJAJAJAJA. Tremendo pirujo.
Por cierto, me da mucho cringe cuando añaden amigos npc a las historias para el protagonista, así que no profundizo mucho en ellos a pesar de que es obvio que todos tenemos amigos.
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