Empieza como un murmullo sordo, que nadie puede oír, ni tú, porque no se oye, no se ve ni se siente. Y de golpe, como un trueno, retumba tus interiores. Lo precioso es que el relámpago ya había impactado hacia rato, hacia años, sin avisar ni siquiera notarlo, el resultado es ese trueno, ese sonido ensordecedor que mueve entrañas. Sabes de qué hablo ¿verdad? Esa sensación de que solo una persona puede habitar en tus rincones llenos, y que nadie más puede hacerlo porque está su nombre por todas las paredes. Ese relámpago que parecía olvidado por su luz vertiginosa pero que su estruendo se queda, para un largo, eterno rato.
Tú conoces a ese relámpago, te ha partido más de una vez, te ha quemado hasta tu alma en menos de un segundo, alegremente. Sin quitar la sonrisa de la boca. Ese relámpago que al penetrar olía a rosas y algodón y te elevaba a su nube, de donde salía; esa era la magia, la magia que te enganchaba. Y solo cuando lo encontraba conveniente una de las dos, bajabas de la nube, errante, con ojeras, buscando a por más, queriendo que las presiones y los aires fuesen diferentes para provocar lo inevitable, para provocarte.
¡Y de qué seria capaz de que pasase!
Una provocadora de imágenes siempre tiene escenarios. Abrazaría lo peligroso, aunque me clave mil espinas y espadas ¿Que sangro? Te doy una copa, nútrete de mi. Te lo doy todo. Me tiraría en tus ondulaciones, nadaría hasta la sequedad, perdiéndome en tus tubos. Te enfadaría, haría explotar tus nubes, como una bala en un cuerpo ajeno, virgen, perdido en la calle mojada, anónimo. O te sujetaría tan fuerte la cara, yo con los lagrimales a rebosar, y gritaría lo más bajo que pueda que te quiero, que tú siempre serás mi relámpago y nunca podría reemplazarte. Tan fuerte que te podría partir tus pómulos, abrirte brechas en las mejillas. Aunque tú, como buen relámpago, te encanta esa sensación, la de estar en peligro, de no encontrar tu base. Que cuando estas en la nube conmigo te pierdes, y créeme, es mutuo, nos encanta perdernos. Hasta que empiezas a temblar, las presiones se desnivelan, necesitas tu base. Es rápido, me dices, lo sabes que lo es, y yo como siempre te miro con cara de boba, sonriendo, sabiendo lo que conlleva que vayas a la base, estando yo contigo en la nube.
Y bajas, tan rápido, tan bajo, desapareces, mucha luz ahí abajo, mucha oscuridad aquí arriba, quemándome, derritiéndome profundamente, notando cada vez más los calambres en toda mi piel, mi pelo, mis órganos. Y subes, otra vez, contenta como buen relámpago que ha explotado. Me encanta verte así, aunque yo quede desplomada, negra y carbonizada.
De eso soy capaz, y de mucho más. Pero ahora, que tu nube se ha desplazado, otras presiones han venido... ¿Ahora qué? Soy cobarde, tú más aún,¿tengo que vivir sabiendo que volverás o que tu nube se va a deshacer para siempre? Y dime que volverás, que harás a esta provocadora de imágenes la más feliz y carbonizada del universo.
Sabes bien que fuego y agua se dañan, pero al paso del viento, cambiamos transformamos nuestro interior haciendo que fuego sea llama y agua sea oxigeno, que el primero no podrá subsistir si del segundo se le priva.
Con esto, deseo que el viento vuelva y que se queda en espiral, te haré cambiar de presiones hasta que bajes y me beses y ahí te contaré lo mucho que te echado de menos, mientras subimos, pulverizándonos y desapareciendo, no para siempre, pero sí para siempre.