[Poetas Franceses][3] Paul Claudel 1868–1955
La Virgen en el mediodía Es mediodía. Veo la iglesia abierta. Es preciso entrar. Madre de Jesucristo yo no vengo a rezar. No tengo nada que ofrecer ni nada que pedir. Vengo solamente, madre, para mirarlos. Mirarlos, llorar de felicidad, saber esto, Que soy su hijo, y que aquí están. Sólo por un momento mientras todo se detiene. Mediodía. Estar con contigo, María, en el lugar en que estás. No decir nada, pero solamente cantar porque se tiene el corazón colmado, como el mirlo que sigue en idea en sus espacios de canciones repentinas. Porque eres bella, porque eres inmaculada, La mujer en la gracia al fin restituida. La criatura en su honor primero y en su final ensanchamiento, Tal como ha salido de Dios en la mañana de su esplendor original, intacta, inefablemente porque eres la madre de Jesucristo. Que es la verdad entre tus brazos y la sola esperanza y el sólo fruto. Porque eres la mujer, el Edén de la antigua ternura olvidada, Cuya mirada encuentra el corazón de súbito y hace brotar las lágrimas acumuladas. Porque me has salvado, porque has salvado a Francia, Porque ella también como yo, por ti, fue esta cosa en la que se piensa, Porque en la hora en que todo crujía, fue entonces que interviniste, Porque has salvado a la Francia, una vez más, Porque es mediodía, porque estamos en este día de hoy, Porque estás aquí para siempre, simplemente porque eres María, simplemente porque existes, Madre de Jesucristo, recibid nuestras gracias!
------------------------------------------------------------------------------------------------ El río ¡Para explicar el río con el agua, nada hay sino la inmensa pendiente irresistible! ¡Y, a modo de mapa y de concepto, nada sino, en seguida, esta devoración al instante de lo inmediato y de lo cosible! ¡Ningún otro programa más que el horizonte y el mar prodigiosamente a lo lejos! ¡Y esta complicidad del relieve con el deseo y con el peso! ¡Ninguna otra violencia más que la dulzura, ni otra paciencia que la continuidad, otra herramienta que la inteligencia, ni otra libertad. ¡Qué esta cita con el orden y la necesidad que sin cesar me precede! ¡Y no este pie que sigue al pie, sino una masa que aumenta y cobra peso y que camina, Un continente entero conmigo, la tierra que, tomada por un pensamiento, se despierta y se pone en marcha! En todos los puntos de su cuenca, que es el mundo, y a través de todas las venas de su territorio, El río, para encontrarlo, ha creado todo tipo de fuentes necesarias, Ya sea el torrente ruidoso bajo las rocas, ya ese hilo de lo alto de las montañas virginal que brilla a través de la sombra sagrada, O la profunda ciénaga olorosa de donde rezuma un líquido turbio, La idea esencial, hasta lo inalcanzable, enriquecida por la contradicción y el accidente Y la arteria en su curso magistral ajena a las fantasías del afluente. Hace girar eternamente los molinos, y una a una las ciudades, gracias a él, se vuelven interesantes y comprensibles. Arrastra con él y con su fuerza todo un mundo ilusorio y navegable. Y no hay duda de que, por voluntad de toda la tierra en marcha tras él, no logra superar la última barrera, Lo mismo que la primera y todas las que le siguieron. ¡Ah, tu Sabiduría antaño conocida! ¡Eres tú, pues, quien, sin que yo lo supiera, caminaba delante de mí en los días de mi infancia, Y quien, cuando yo tropezaba y me caía, esperaba por mí con tristeza e indulgencia, Para en seguida, poco a poco, retomar el camino con una autoridad invencible! ¡Eras tú en la hora de mi salvación, ese rostro, tú, digo, alta virgen, la primera que encontré en la Biblia! Eres tú como otro Azarías, que se hizo cargo de Tobías, Que nunca te hartaste de ese rebaño de una sola oveja. ¡Cuántas tierras recorrimos juntos! ¡Cuántos peligros, cuántos años! ¡Y tras una larga separación, qué alegría de este reencuentro inesperado! ¡Ahora el sol está tan bajo que podría tocarlo con la mano, Y la sombra que proyectas es tan larga que parece trazar un camino, Hasta perderse de vista detrás de ti, identificado con tu vestigio! Quien alza los ojos hacia ti no teme la duda o el vértigo. Ya sea el bosque o el mar, o incluso la niebla y la lluvia o el cambiante aspecto de la comarca, Todo al mirar tu rostro se vuelve conocible y dorado. Y por mi parte te seguí por doquier, como a una madre a la que se honra. -----------------------------------------------------------------------------------
Octubre. En vano veo los árboles siempre verdes. Aunque una bruma fúnebre lo entierre, aunque la amplia serenidad del cielo lo eclipse, no por ello deja de estar el año más cerca del solsticio fatal. No me engañan ni este sol ni la opulencia del lugar a lo lejos; hay un no sé qué de excesiva quietud, un sosiego tal que el despertar queda excluido. El grillo detiene su canto apenas comenzado, por temor a destacar en medio de la plenitud que es únicamente carencia del derecho a hablar, y parece que sólo en la solemne seguridad de estos campos de oro estuviera permitido entrar descalzo. No, lo que queda detrás de mí en el inmenso campo segado no arroja ya la misma luz, y tanto si el camino me conduce entre la mies, como si doblo la esquina de una alberca, o si descubro un pueblo, alejándome del sol, vuelvo mi rostro hacia esta luna ancha y pálida que se ve durante el día. Fue en el momento de salir de los graves olivos, al ver abrirse ante mí la llanura radiante hasta los límites de la montaña, cuando la palabra inicial me vino a la mente. ¡Ah, últimos frutos de una estación maldita! En este ocaso del día, madurez suprema del año irrevocable. Se acabó. Las manos impacientes del invierno no vendrán a despojar la tierra con barbarie. Ni vientos que arranquen, ni heladas cortantes, ni aguas que ahoguen. Pero, con más ternura que en mayo, o cuando el insaciable junio se une a la fuente de la vida en la posesión de la duodécima hora, el Cielo sonríe a la Tierra con un amor inefable. ¡Como el corazón que cede ante un insistente consejo, esto es el consentimiento; el grano se separa de la espiga, el fruto cae del árbol, la Tierra poco a poco se abandona al invencible solicitador de todo, la muerte abre una mano demasiado llena! Esta palabra que oye ahora es más santa que la del día de sus bodas, más profunda, más tierna, más rica: ¡Se acabó! El pájaro duerme, el árbol se adormece en la sombra que lo alcanza, el sol a ras de suelo lo baña con un rayo igual, el día ha terminado, el año se ha consumido. A la interrogación celeste da amorosamente esta respuesta: ¡Se acabó! ------------------------------------------------------------------------------------------------
Frases para abanicos 1 Tú me llamas la Rosa dice la Rosa mas si supieses mi verdadero nombre me deshojaría de inmediato 2 En el corazón de la peonia blanca no hay un color sino el recuerdo de un color no hay una fragancia sino el recuerdo de una fragancia 3 Glicinas no habrá jamás bastantes flores para impedirnos
comprender ese
sólido nudo de serpientes 4 Yo he venido desde el fin del mundo para saber lo que se esconde de rosa en el fondo de las peonias blancas de Hacedera 5 ¡Viajero! acércate y respira por fin este olor que cura de todo movimiento 6 La rosa no es más que la forma por un instante en alto de lo que el corazón llama por lo bajo sus delicias 7 Una rosa de un rojo tan intenso que mancha el alma como el vino 8 La nieve en toda la tierra para la nieve extiende un tapiz de nieve 9 Cómo hablaros del otoño cuando tengo todavía en el oído esa agria flauta de la primavera que me llena la boca de agua 10 El incienso como este verso que escribo mitad ceniza y mitad humo 11 Ay es tan hermoso el mundo que hay que apostar aquí a alguien que de la mañana a la noche sea capaz de no moverse 12 No son mis espinas las que me defienden dice la Rosa es mi perfume 13 El viejo poeta siente poco a poco que un verso se apodera de él como un estornudo 14 La tela del mundo con tanto tiempo que hace que se usa qué curioso que no tenga agujeros 15 Shhhh si hacemos ruido el tiempo volverá a empezar 16 Alrededor del poema otros pequeños poemas a medio nacer de los que no salió más que un adjetivo o una mayúscula 17 Comprende esta palabra en el oído de tu alma que sólo resuena porque ha cesado












