"Junio, 19, 2006"
Fue durante aquellas sesiones de limpieza del garaje familiar. Las cajas se habían ido acumulando a lo largo de los últimos años de una manera inabordable, sobretodo desde que habíamos perdido a mi padre.
No había razón para celebrar o festejar nada, las cosas que sobraban en casa, al final, acababan arrinconadas en el trastero sin más.
Mi madre con su determinación, la que nos había conducido a todos durante todos estos años, la llevó, y a mí con ella, a que ordenáramos el trastero del garaje.
La labor era titánica, pues las cajas, maletas y bolsas se amontonaban de tal manera que hasta impedían abrir la puerta de acceso que nos permitiera empezar a realizar siquiera una primera visual de lo que teniamos por delante.
Comenzamos haciendo espacio, arrimando las cajas y bolsas a la pared, para tener un sitio donde sentarnos.
Intentamos ponernos lo más cómodos posible para empezar a abrir cajas, bolsas y maletas e ir seleccionando aquello que íbamos a desechar o a conservar.
Pasaron semanas, casi diría que meses, hasta que empezamos a ver algo de espacio y hueco en el garaje.
Fueron varios los enfados, los momentos tristes por los recuerdos que nos fueron asaltando. Aunque también compartimos muchos momentos bonitos y alegres solo por el hecho de hacer algo juntos.
Nos ilusionábamos con la idea de dejar el trastero, después de limpiarlo y pintarlo, casi como el primer día que lo estrenamos, cuando mis padres compraron la propiedad.
Recuerdo un mueble blanco, que aún existe, junto al coche, en la zona del garaje, viene a mi mente perfectamente el momento justo en que mi padre lo compró y cómo lo montamos entre los dos.
En dicho armario guardaba los libros de texto de matemáticas, asi como también los libros y material del ayuntamiento. Era su armario personal.
El primer día que lo revisamos ya estaba allí.
Era una vieja caja con la publicidad de un suavizante, con una inscripción en un lateral. Nada nos hacía presagiar que fueran cosas importantes. Tan solo, una caja más.
Pero así era mi padre, tan discreto, que incluso sus posesiones más valiosas, aquellas que quería que estuvieran a buen recaudo, las guardaba humildemente en una simple caja de cartón.
Abrimos la caja la primera vez, pero estábamos tan cansados por haber mirado ya cientos de bolsas y embalajes que quizá no le dimos importancia, o al menos en ese instante no comprendimos la importancia de su contenido, no entendimos de qué se trataba.
Incluso durante mucho tiempo habíamos estado buscando por la casa uno de sus elementos, dándolo ya por perdido.
No fue hasta que terminamos de limpiar en profundidad la mayor parte del garaje cuando mi madre decidió sacar la caja de suavizante del armario de mi padre y examinar cada uno de los objetos que había dentro de la misma. Quizá hasta ese momento, inconscientemente, no nos habíamos sentido preparados.
Una bolsa marrón con la pipa de tabaco que había estado utilizando durante un tiempo hacia muchos años y yo recordaba haber visto en fotografías y en algún video antiguo de súper 8. Mi madre me lo confirmaba.
Un estuche, con el compás que utilizó durante la carrera, y que durante un tiempo yo también utilicé.
La calculadora científica, igualmente de la carrera.
La cámara de carrete con la que se hicieron todas sus fotografías de jóvenes, mi padre y mi madre, posando con el primer coche de mi madre. Un Mini Morris.
No faltaban los objetos musicales, por supuesto, la rudimentaria pastilla microfonada que utilizaba para la guitarra cuando estaba estudiando en Granada y que utilizaba en los conciertos de la tuna a la que pertenecía o al grupo musical con el que a veces ensayaba.
El metrónomo. Este era el recuperado objeto que durante muchísimo tiempo habíamos estado buscando por toda la casa y que al fin habíamos encontrado. Un tesoro.
Dos trabajos de plástica del dia del padre de sus dos hijas, Chelo y Cristina que guardaba celosamente.
El sello del ayuntamiento con su firma o el despertador que utilizó en su primer destino laboral, que era el mismo que tuvo durante la carrera.
El cable para conectar el equipo de radioaficionado al coche, durante la época en la que estuvo aficionado a este pasatiempo.
Se incluía también un trozo de papel continuo para impresora con el árbol genealógico de la familia.
Eran sus cosas, las que más le habían importado. La familia, la música, el trabajo, sus aficiones y costumbres que lo habían vinculado con su propia historla y con la de la gente que fue conociendo.
Su trabajo de docente, en el ayuntamiento, su música, sus aficiones, su familia, sus hijos.
Estaba claro que había salvado aquellas cosas que representaban lo más importante para él.
Imaginamos cómo habria tomado, en algún momento del proceso, la decisión de salvaguardar esa parte de su vida, llenando la caja con esos recuerdos, sus tesoros, bajándolos al garaje, sin darle más importancia, sin hacer ni el más mínimo ruido, sin explicaciones. Con la quietud y el temple que le caracterizaba. Pero así era él, humilde y sencillo.
Tengo recuerdos de mi madre, quizá imaginados o inventados, de pequeño en la cama, recuerdo colores blancos y dorados, ¿una puesta de sol?
Pero el primer recuerdo de mi padre es de un dia en el baño, mientras él se afeitaba con la máquina de afeitar yo lo contemplo desde la puerta del baño, aún medio dormido. Desde ese día, todos los días, cuando lo escuchaha desde la cama me levantaba para estar con él en el baño. Él hacía como que me afeitaba con la maquinilla pasándomela por la parte que no afeitaba, que no tenía cuchilla, sobre la cara. Yo acababa quedándome medio dormido. Él se reía mientras tanto.
Su mezcla de olor a tabaco y jabón tan característico, el olor a naranja de sus manos, después de comerlas en el almuerzo. Cómo bromeaba siempre, diciéndome que la cáscara de la naranja había que pelarla en una sola tira y que en caso contrario, si no conseguía hacerlo, nunca me casaría.
Esas bromas que siempre me gastaba y que yo siempre creía y que terminaba contando por ahí para sorpresa y chanza de amigos y conocidos. La cicatriz de la operación de apendicitis que me contaba que se la había hecho durante una corrida de toros producida por una cornada.
Los pases toreros por la noche con la toalla de baño.
Recuerdo también la forma en la que se lavaba las manos, tan peculiar, tan suya, la forma de frotarse una mano contra la otra y enjabonarse las manos.
De pequeño querria haber tenido un caballo de mascota, me decía.
La música que teniamos en común. Wilco, Low o Jeff Buckley, estaban entre sus favoritos.
Recuerdo cuando aún siendo pequeño me empezó a dejar su monedero para pagar en los bares como forma de demostrarme su confianza. Lo duro que fue sostenerlo por primera vez, entre mis manos, cuando ya no estaba con nosotros.
Hace mucho tiempo que deseaba poder escribir este texto en homenaje suyo. Este año se cumplen 20 años desde que nos dejó y no es que haya esperado a propósito todo este tiempo para conmemorar tan terrible fecha, es que no he sido emocionalmente capaz de afrontar la tarea.
Han pasado 20 años y aún me sigue pareciendo que fue ayer.
Ese maldito lunes, temprano de mañana, cuanto aún estaba intentando dormir algo en la habitación de mis padres, justo antes de que mi madre me comunicara por teléfono la fatal noticia, recuerdo cómo, en el mismo instante en que ellos estaban en un hospital de Córdoba, comencé a percibir por la habitación el ya familiar y tan añorado olor a tabaco y jabón, de cada mañana, que lo envolvía todo, que flotaba a mi alrededor, como un recuerdo que viene a a ti nítido y claro, como una campana lejana que vela por ti, con una bella melodía que resuena en tu interior, un sueño del que no quieres despertar, para abrazarlo siempre, una última vez, y otra y otra.















