AlegorĂa de la vertiente
-ÂżA dĂłnde quieres ir? – preguntĂł-. A algĂşn lugar pacĂfico, donde no haya otra voz que la del rĂo, eso serĂa perfecto –respondĂ- mientras las nubes se chocaban en el cielo. ÂżEstás cansado de aquello que elegiste? – añadiĂł la voz peculiar-. No lo sĂ©, todo esto de haber creĂdo que las escaleras pueden ser diferentes, pero en realidad no sabes cuándo subes, cuando bajas… en el mismo tiempo cuentas hasta tres antes de salir a buscar a los que se esconden. Me gustaba más cuando los nombres no existĂan, y las cosas simplemente “eran”, es difĂcil ver diversiĂłn entre tantas preguntas, mordisquean la vida y a veces te quitan pedazos. Por eso en la primera pregunta respondĂ con la metáfora del rĂo, si el hecho de pensar se tradujera a un cauce de agua que no deja lĂłgica, que simplemente fluye, el no saber su idioma te deja en paz, sin entenderlo, contemplas. Eso no quiere decir que su lenguaje estĂ© subordinado al intelecto, hemos creado el “intelecto” … y parece que no existe la posibilidad de satisfacerlo, sin embargo, el agua de una vertiente sacia un árbol y Ă©ste es feliz enterneciendo sus brotes.
Cuan complejo somos al lado de lo que deberĂa ser más simple, y cuan simple nos rendimos de lo que parece complejo de sentir.











