sonrisa trepa suave sobre los labios al oírlo, comisuras se extienden apenitas, en gesto que intenta ocultar al desviar la mirada por un instante, porque elige considerar palabras masculinas cual si se tratasen de un halago. “somos dos.” devuelve un par de segundos después, justo cuando marrones vuelven a buscarlo —vagueza de comentario pareciera ser intencional, ¿son dos que llevan viviendo allí hace poco? sí / ¿son dos que si se hubieran visto antes, no se hubiesen olvidado? quizás. argentina disfruta mucho de la travesura inocente como para no hacer uso de ella cuando está allí, al alcance de la mano. respuesta inicial que recibe ante invitación desconcierta por un momento, y cuando labios se parten para indicar que si quiere dormir pueden dejar ofrecimiento para otro día, masculino vuelve a entonar palabras que, en dicha oportunidad, resultan mucho más satisfactorias. “¿y es acaso un buen presentimiento? ¿o malo?” si hay un deje de coquetería en timbre, podría ser accidental. llave encaja en cerradura y no tarda en abrir la puerta, ingresando para luego permitirle paso a más alto, cerrando la puerta detrás cuando ambos se encuentran dentro del departamento, que poco a poco iba adquiriendo un estilo muy propio. decoraciones en las paredes, muebles adornados con piezas artísticas, desde pinturas hasta cristales o piezas de cerámica, luces cálidas que enciende poco a poco a medida que se abre paso entre distintos rincones, prendiendo distintas lámparas. “la cocina está por aquí,” invita a seguirla, dejando su abrigo y bolso a un costado del sofá, antes de adentrarse en ambiente mencionado en búsqueda de copas y, por supuesto, el vino.