La historia de la princesa Hase y su madrastra Terute: Tercera parte
El deseo de Toyonari y Murasaki.
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Tras la trágica muerte de su único hijo, Terute se recluyó en sus aposentos y evitó contacto con toda persona, a excepción de su fiel sirviente Katoda, que acompañó a su ama en su dolor a pesar de saber que la muerte del pequeño niño fue una consecuencia de sus malas acciones. Toyonari estaba igual de deprimido, pero él prefería mantenerse lejos de su casa, lo que despertaba los celos de su afligida esposa. Por su parte, Hase escribió hermosas poesías en las que reflexionaba sobre la vida, la muerte y recordaba a su madre, cuya brillante imagen le daba consuelo.
No sólo la casa Fujiwara pasaba malos momentos; toda la provincia de Nara estaba siendo azotada por las inundaciones a causa del desbordamiento del río Tatsuta. Las casas estaban dañadas y muchos cultivos se habían perdido; incluso el palacio imperial tenía sus jardines sumergidos en el agua. El emperador no había podido conciliar el sueño desde que comenzó el desastre, constantemente sufría de crisis nerviosas y todos sus consejeros y ministros estaban muy preocupados por él, entre los que se encontraba Toyonari, que además estaba de luto.
Una mañana, todos los ministros se reunieron en el palacio para consolar al emperador y entre todos encontrar una manera de evitar más inundaciones. Finalmente, tanto el emperador como sus consejeros concluyeron que no había acción humana que no se haya hecho ya. Por tal motivo, se debía buscar la intervención divina. Alguien debía ser capaz de conmover al dios del río. Inmediatamente, todos miraron a Toyonari, pues recordaron que Hase era una gran poetisa y sus versos habían conmovido hasta las lágrimas a los hombres más crueles y a las mujeres más frías.
Toyonari no perdió más tiempo. Se dirigió a su palacio a toda velocidad y pidió a su hija que escribiera unos versos para el dios del río y lo acompañara a la ribera. Sin demorarse, Hase hizo lo ordenado y salieron juntos a toda velocidad. Con toda la calma y dulzura que la caracterizaba, Hase recitó estos versos:
Permite que se calmen; que su sonido se vuelva dulce,
Y se lleven las angustias de mi señor.
Inmediatamente la lluvia cesó. Las aguas que inundaban las calles de la provincia retrocedieron y el sol iluminó los caminos. El emperador estaba tan maravillado y agradecido con Hase que le dio un grado militar. Desde entonces, comenzaron a apodarle chujo - hime, princesa vicealmirante.
Terute se moría de celos. A los sentimientos de dolor y pérdida se le sumaron el odio y la envidia. Estaba desesperada y ansiaba poder deshacerse de una vez por todas de Hase. Ya había fallado en la primera ocasión, pero esta vez tenía una nueva estrategia: asesinarla a sangre fría.
Mientras llegaba el día en el que ejecutaría su venganza, se encargó de envenenar los oídos de Toyonari en contra de su hija. Le contó que salía del palacio cuando todos dormían para encontrarse con hombres, y que golpeaba y ofendía a los sirvientes utilizando irresponsablemente del poder que le había otorgado el emperador. Al principio, Toyonari no lo creyó, pero el evento siguiente le hizo creer las mentiras de su esposa.
Terute ordenó a Katoda que convenciera a Hase de acompañarlo al monte Hibari. Allí, él debía matarla. Katoda asintió y buscó a la muchacha, que no dudó en seguirlo sin imaginar lo que había detrás de tal acción. En la cima del monte, el abnegado sirviente que tanto había amado a su ama Terute no pudo cometer tan terrible acto; de sus manos cayó la espada que utilizaría en el asesinato y se echó a llorar a los pies de Hase. Entre lágrimas, confesó todo lo que había visto; de cómo Terute había envenenado accidentalmente a su propio hijo, y de todas las trampas que le había puesto a Hase para hacerla quedar en mal. Temiendo la ira de la mujer si se enteraba que vivía, Hase decidió quedarse a vivir en la montaña y Katoda quiso también acompañarla y protegerla.
Días después, Toyonari notó la ausencia de su hija. Pensando que estaba ya muerta, Terute aprovechó la oportunidad y contó a su esposo que la chica, de nueva cuenta, se hallaba seduciendo hombres y siendo abusiva con otros. Visiblemente molesto y decepcionado, Toyonari ordenó que no le permitieran la entrada al palacio a Hase en cuanto volviera, pero Terute intervino: "No te preocupes mi señor, ya ordené que la sacaran de aquí. Una mujer así no puede ser parte de la noble casa de Fujiwari".
Pasaron varios años desde aquellas desgracias en el palacio de Toyonari. Terute vivía cómodamente rodeada de todas las riquezas que su esposo era incapaz de negarle, pero su corazón no encontraba el consuelo suficiente, pues era tan envidiosa y ambiciosa que nada de lo que tenía en exceso la hacía realmente feliz. Toyonari sufría en silencio por la muerte de sus hijos; el pequeño que murió en cuerpo, y la amada hija que murió en presencia. La única actividad que le daba un poco de alegría era la caza.
Hase y Katoda se dedicaron a vender leña en la fría montaña. Se apreciaban y se trataban como un padre y una hija. Ambos se dedicaban a las labores domésticas con diligencia; las delicadas manos de la mujer que alguna vez tocó el koto en la corte imperial se volvieron ásperas y toscas, y la juventud de su rostro se tornó sombría y melancólica. A pesar de todo, Hase recordaba los cientos de sutras que había memorizado, y aún los cantaba dulcemente recordando a su madre Murasaki.
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