"Vaya a saber cómo hubiera podido acabar algo que ni siquiera tenía principio, que se dio en mitad y cesó sin contorno preciso, esfumándose al borde de otra niebla."
Estoy de vuelta, divagando como de costumbre, navegando como un barco de papel en los ríos de mi cabeza y tratando de meterme en la tuya. Pero esta vez es diferente. Estoy en calma. Últimamente, siento la urgencia de escribirlo todo, como si las palabras fueran pequeños insectos atrapados en mi garganta, esperando ser liberados sobre el papel. Me gusta soñar que algún día escribiré un libro, pero por ahora solo intento darle forma a este torbellino de pensamientos, este masacote que se retuerce en mi mente como una criatura que aún no ha aprendido a hablar.
Hace poco me pasó algo extraño: sentí que lo que estaba viviendo tenía el peso de lo irreal, como si la historia se estuviera escribiendo a sí misma y yo solo fuera la testigo. Quise convertirlo en texto, pero no pude. Así que dejé que el corazón ardiera y apagué la razón, esa que siempre intenta domesticar lo indomable.
Me pregunto: ¿por qué me escribes? ¿Por qué vuelves a escribirme? ¿Por qué siempre has vuelto de vez en cuando, como una ráfaga de viento que se cuela por una ventana entreabierta? ¿Qué quieres de mí? Trato de responderme y ponerme en tu piel, en tu sombra, en tu eco. Quizás, al final, estamos hechos de lo mismo: la necesidad de sentirse vivo. Y aquí te confieso que, cada vez que me escribes, mi corazón salta como un pez fuera del agua, sin entender si es por emoción o por miedo a ahogarse.
¿Será que te gusta la idea de que, en algún lugar del sur, hay una persona que te sueña sin haberte visto en años? Que te recuerda como si fueras una historia a medio escribir, una constelación apenas dibujada en el cielo de su memoria. Lo cierto es que esta vez que has vuelto, soy consciente de que alimento el fuego un poco más, quizás porque llegaste en este momento de incertidumbre, cuando todo parece tambalearse. Pero me siguen intrigando tus porqués.
Es evidente que no buscas una amistad. Que hemos tejido un lenguaje que solo nosotros entendemos, una lengua secreta de silencios y entrelíneas. Que no necesitamos respuestas concretas, que volvemos porque nos gusta estar ahí arriba, suspendidos en las nubes, flotando como hojas en un río sin cauce. Como si fuéramos personajes de una historia que se cuenta a sí misma, atrapados en un vaivén que no nos pertenece.
No necesito respuestas de tu parte. No necesito nada tangible de esto. Pero me da miedo que alguna vez tome forma, que adquiera peso y se ancle en la realidad. Porque hasta ahora hemos proyectado en el otro eso que queremos ser, preservando nuestra esencia, pero dejando fuera lo mundano, lo cotidiano, lo que nos hace terrenal. Este espacio que creamos es un portal, un refugio. Entramos y salimos cuando queremos, y en él flotamos, sin pasado ni futuro, sin tiempo.
Creo que, en el fondo, guardamos la caprichosa esperanza de volver a vernos, de tocarnos y sabernos reales. De comprobar si, al estar uno frente al otro, seguiríamos viéndonos con los mismos ojos o si la ilusión se rompería como un cristal demasiado frágil.
Pero ahora que estoy desatando nudos en mi propia realidad, no puedo. Ese deseo se dibuja con el contorno de una jaula, y yo necesito libertad. De repente, siento náuseas al pensar que podría enviarte esto, pero me calmo al recordar que esta es solo una carta que el viento leerá antes de que alguien más lo haga.
En algún momento me dijiste que querías venir, y ahí me descocí. Me quedé desnuda, sin piel, sin defensas. Me invadió el miedo de la razón. Me caí de las nubes y salí corriendo de nuestro lugar secreto, espantada por la idea de darle forma a esta fantasía... Pero la misma razón me hizo entender que es una locura. ¿Quién viaja tantos kilómetros para ver a un viejo amor?
Sobre todo porque—aunque no la conozco—puedo adivinar que tu realidad es pulida y controlada, tan meticulosamente ordenada como una colección de relojes antiguos. La mía, supongo, no es muy distinta. Nada parecida al caos hermoso que hemos creado aquí, en este rincón suspendido del tiempo. Y sé que estás bien allí.
Así que me calmé. Volví a entrar. Volví a tomar mis armas y seguí apuntando, como una cazadora que se sabe dueña del juego, directo a tu corazón:
"Amor mío, han pasado diez años desde que coincidimos. No nos conocemos y, al mismo tiempo, es como si hubiéramos sido cómplices de mil vidas."
Lo cierto es que me encanta pensarte. Me encanta escribirte, esculpirte con palabras sobre el papel hasta hacerte real, hasta que seas la sombra de lo que una vez fuiste en mi mente. Ya se me ha hecho costumbre. Un ritual agotador en el que busco entendimiento y lucidez.
Siempre hemos estado a destiempo. Ya lo hemos hablado.
Quizás, si es cierto que nos conocemos de otras vidas, en esta solo debemos mirarnos de lejos. Y está bien. Tu recuerdo me acompaña como un espectro amable, una promesa nunca cumplida.
Y quiero decirte algo:
Ya no pienso en lo que hubiera pasado si.
Solo quiero que sepas que te quise y que te quiero, aunque estemos destinados a no ser.