$LAYYYTER
The Bowery Presents
trying on a metaphor
Noah Kahan

Andulka
h


★

#extradirty
"I'm Dorothy Gale from Kansas"
Claire Keane
noise dept.

Product Placement
EXPECTATIONS
𓃗
let's talk about Bridgerton tea, my ask is open
Jules of Nature
almost home
Cosimo Galluzzi
🩵 avery cochrane 🩵

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@mercuryretrcgrade

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Mi estadía en este lugar apenas y ha abarcado el segundo semestre del año, pero no por eso sé que ha sido menos agradable que el de cualquier otro… Seis meses. Sólo necesité seis. Seis meses donde conocí gente increíble en el lugar que escogí esconderme detrás de un “Robin” pues no me apetecía ni tenía intenciones de involucrarme más allá de lo que era necesario para acordar un tema y escribir. Seis meses donde poco a poco he ido cambiando de opinión y ahora gusto más de cuando usan mi nombre, Karen, que ese apodo fabricado de momento. Por ello me animé a hacer esto, un pequeño agradecimiento y recordatorio de que muchos de ustedes son increíbles personas que dejan bonitas huellas en los demás, aunque sea un asunto difícil de creer en ocasiones 💕. Así que va para ustedes…
…aquellos que veo en el inicio y me hacen sonreír, aquellos con los que desearía pronto escribir, aquellos con quienes en algún momento escribí y pasé muy buenos ratos, aquellos con los que sólo he hablado por tags, aquellos que día a día se ganan mi cariño rapidísimo y aquellos que espero pronto volver a ver.
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…y también para aquellos que han sido mi pilar, aquellos que me han conquistado con sus personajes y forma de escribir como ningún otro, aquellos que conozco desde hace años y aquellos que los conocí este y ya tienen un nido asegurado en mi corazón
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A todos ustedes les deseo un excelente año. Felicidades, porque han llegado lejos, pero no se les olvide no detenerse ni retroceder porque todavía hay mucho camino por recorrer. 💖
Uno, dos, tres. Kihyun inhala profundo mientras una presión encallaba en su pecho; sensación desencadenada al ver una de las prendas que más adoraba con un gran hoyo café en una de las mangas. Cuatro, cinco, seis. Se supone que podía controlar el impulso electrizante que le recorría las manos en una necesidad impetuosa por soltar preguntas envueltas en improperios para las que sabía muy bien las respuestas. Siete, ocho, nueve. Pero no podía. Quizá no podía.
“¡¡Jooheon!!” bramó a medida que abandonaba la habitación y serenidad de su dominio interno para cruzar el largo pasillo hasta la cocina. Allí no encontró el blanco (o quien creía él que era) de su frustración. “¿¿Jooheon?? ¿¡Dónde estás!?” giró sobre sus talones para, eventualmente, dejar que sus pies le llevaran a recorrer la sala, los baños y cada una de las demás habitaciones. No le importa si los demás le escuchan pues puede que así sea mejor, así todos se enterarían de lo mucho que le molesta que se metan con sus cosas y– y–. Kihyun se detuvo en el acto y exhaló con fuerza cuando, por el rabillo del ojo, por fin dio con la figura de uno de sus compañeros de vivienda en el patio. Para observarlo mejor se había asomado por la ventana y, aferrado al alfeizar, no tardó en vociferar. “¡¡TE HAS CARGADO MI CAMISA FAVORITA!!” puede que aquello lo hayan escuchado hasta sus vecinos, pero una vez más: no importaba. En cambio Kihyun se preocupa más en agitar la maltrecha prenda en el aire y, posteriormente, lanzarla. La propiedades aerodinámicas no ayudaron mucho, pues la tela fue cayendo sin la violencia que le hubiera gustado imprimirle su dueño. ( @mercuryretrcgrade )
No es secreto para nadie que Jooheon tiene problemas para controlar sus poderes, entre el rejunte de pócimas y brebajes encantados, nunca pueden hacer falta los ramilletes de manzanilla o el té de tilo. Incendiar las flores del jardín, chamuscar el kimchi siempre que es su turno en la cocina y abrir un agujero en la puerta de entrada no son más que pequeños accidentes del día a día. Cada vez que el muchacho sufre una emoción fuerte, algo ocurre, y esto es un secreto a voces del que sus compañeros de habitación han terminado acostumbrándose desde su primer año en la academia cuando solía quemar los bombillos del dormitorio siempre que discutía con Hyunwoo, porque eso de ser hermanos les obliga a sacarse los ojos de vez en cuando. El rey de la destrucción, solían llamarle sus profesores en la escuela de magia, y pese a que ha mejorado un montón con el paso de los años, siempre termina escapándosele alguna chispita que va a parar en sus libros de hechizos o las historietas que colecciona recelosamente al final del librero. Tampoco es como si pasara la vida volteando mesas cuando se le atraviesa el mal humor, estos no son más que pequeños accidentes que se le amontonan hasta que alguna de las victimas termina explotando, un par de veces al mes. Jooheon se encuentra en el patio de la casa, ha decidido colectar ingredientes para alguna poción de esas que aún no maneja en su totalidad y suelen explotarle en las narices, causando estragos y dejando una fea mancha en la pared. Kihyun es un muchachito de carácter fuerte, la mayor parte del tiempo está haciendo papel de madre y riñéndolos por equis motivo, pero los gritos que se escuchan desde el ventanal del segundo piso consiguen helar la sangre del menor. “Demonios”, brama el joven por lo bajo, declarándose culpable. Ni siquiera recuerda en qué momento incendió una de las prendas conocidas del muchacho, pero su molestia amenaza con perseguirlo hasta el fin de los días. “¡Lo lamento mucho, Kihyunnie!” se apresura a gritar, empleando un tono chillón y un tanto meloso, porque una de las debilidades del aquelarre son sus muecas y apodos almibarados, el aegyo y tomar el estandarte de hermano menor. “Prometo repararla, no te enojes” tomar la prenda que fue a parar cerca de sus pies, volando como una hoja seca de otoño, el muchacho intenta ignorar a la fiera mientras estudia la prenda de algodón entre sus manos.
⇀ [ @mercuryretrcgrade ] ჻ ☿ starter for a magical soulmate ☿
Se volteó a ver el reloj a un costado de su cama. Si su vidriosa vista no lo engañaba eran más de las tres de la mañana, ‘la hora sobrenatural’ como definían algunos humanos, desconociendo que todo minuto del día tenía su toque mágico. Volvió a girarse, esta vez en la dirección contraria, esperando encontrar la silueta de Jooheon en la cama contigua. Convivían en lo que parecía una habitación universitaria, con una pequeña biblioteca, y un mueble con cajones que rebalsaban de ropa, y dos camas individuales que habían juntado en un rincón del cuarto en un intento de cama matrimonial. Pero la distancia aún se sentía algunas noches y por eso Minhyuk siempre se preocupaba por cruzar la unión entre los colchones y apegarse más al cuerpo de Jooheon. No obstante en esta madrugada estaba solo, y ni la falta de calor humano ni sus ojos le mentían: él no estaba allí. Se paró de golpe, torpemente enredando sus pies entre alguna de las sábanas en el proceso. El corazón galopaba con furia, su mente optando por mostrarle los peores posibles escenarios, y la superposición de imágenes y sensaciones lo atosigaron hasta la asfixia, y por poco se hubiera llevado una mano al cuello para corroborar que nadie lo estuviera ahogando, si no fuera porque el chirrido de una silla lo trajo de vuelta a la realidad y le restauró la calma. Jooheon estaba todavía allí, sentado en el escritorio de la habitación, y desde donde estaba Minhyuk se preguntaba si estaría dormido o efectivamente haciendo algo. No era raro encontrar al menor haciendo algún truco nuevo, perfeccionando su magia – y Minhyuk se preguntaba si es porque de alguna forma buscaba cerciorarse de que podía controlar todo ese poder que tenía dentro. La cama cedió en cuanto la abandonó, y arrastró los pies hasta quedar detrás del joven, sin dudar ni un instante en arrojarse contra su espalda y abrazarlo con todas sus fuerzas. Lo embriagó la sensación de extrañarlo, y eso que no había hecho más que irse a dormir durante unas pocas horas. Pero su situación era así, quererlo era así. Constantemente quería pasar más tiempo con él, estar contra su cuerpo hasta sentir que se fundía en él, que ya no eran dos individuos por separado, sino un mismo ser. Esto por supuesto nunca lo compartió en voz alta, temeroso de sonar como un loco, y lo que menos quería –sobre todo con lo que le había costado aceptarlo en su vida– era perderlo por su insaciable necesidad. “Honey” murmuró contra su nuca, apreciando el aroma de su cabello, perdiéndose en la suavidad de su piel en lo que frotaba su mejilla contra esta. Una de sus manos deshizo el abrazo, optando por recorrer el camino del brazo contrario hasta terminar sobre el reverso de la mano del mago. Acarició con cuidado sus nudillos, y en cuanto le pareció suficiente terminó por filtrar los dedos entre la unión de los contrarios, entrelazando ambas manos. “¿Por qué no vienes a dormir conmigo?”
Jooheon tiene el mal de la vigía. Se pasa las noches en vela, con los ojitos abiertos de par en par. Desde la tragedia que sobrevino bajo su techo hace casi dos décadas, el joven hechicero ha decidido jugar a la atalaya, convirtiéndose en un guardián silencioso del aquelarre que le sabe a hogar. El muchacho tiene algo así como problemas para dormir, siendo víctima de tortuosas imágenes en bucle que se aparecen entre sueños cada cambio de luna. Pesadillas, fantasma que le ha perseguido toda una vida e inyecta en su sistema altas dosis de nerviosismo y paranoia. Hyunwoo le ha obsequiado un acervo de pócimas y polvos mágicos para hacerse la cura del sueño –siguiendo el legado de la maestra Son, quien solía tratar con algún dulcecillo, charlas entrañables y brebajes encantados los males de su inestable hijo adoptivo–, y él debería tomarlos, lo ha prometido con mano en el pecho y palabritas en lengua vetusta que se pinta de tradición entre los hermanos, pero eso de convivir con un demonio le pone los pelos de punta e impide amodorrarse. Estarse con la guardia en alto, velando por el sueño del muchacho que se sorprende arrullando entre brazos de vez en cuando no es más que una de las tantas manías que le han despertado los últimos días. Jooheon ha perdido demasiadas personas a lo largo de su vida, y aunque ha ganado una familia en el lugar menos esperado, no soporta la idea de arriesgarse a perder alguien más. Tomar asiento en la silla de escritorio, con todo y pescuezo engarrotado, para dar repaso por enésima vez a las memorias de la familia Lee y trabajar en aquél conjuro de protección que debiera servirles si cierto perro pulgoso decidiera traicionarlos. Encajar los dientes en la legua para ahogar un tosco bramido, Jooheon siente el corazón en la boca del estómago, y es que tan absorto se encontraba en sus libros que no se percató al instante que Minhyuk parecía haber despertado con sobresalto. Girar su anatomía al lecho improvisado que compartían cada noche, y fijar su mirada en los cabellos alborotados del chico hada. “Lamento si te desperté” murmura atontado, siguiendo la figura del muchacho casi sin pestañear. Jooheon es medio lerdo, y Minhyuk es su debilidad. Eso de congelarse cuando sus miradas se encuentran y quedar con la boca entreabierta sólo porque sí, como si estuviera defectuoso, no es más que el efecto Minhyuk incrustándose hasta el tuétano. Cuando el muchacho enreda sus brazos alrededor de su espalda y juega a rozar su nuca con una sarta de apodos melosos, nariz puntiaguda y la tersa piel de su mejilla, algo parece hacer clic finalmente dentro de su cabeza, obligándolo a apresar sus brazos casi con desespero, como si su vida o sanidad mental dependiera de ello. Jooheon teme por sus vidas más que por la propia, teme no ser lo suficientemente fuerte como para protegerlos, teme que sus poderes se disparaten y el fuego termine por consumir todo a su paso, frustrando su deseo de cuidar, porque su esencia lóbrega no sabe más que destruir. “No puedo dormir” confiesa apenitas, como si estuviera contando un secreto y temiera cargarse de problemas sólo por admitir el mal que le atormenta. “Por más que intento, no puedo dormir”. Aferrarse a sus dedos entrelazados y utilizar el pulgar para acariciar sus manos huesudas e inquietas, trazando un manojo de figuritas abstractas que seguro le sirven para grabar en sus memorias la extraña sensación que le invade siempre que se encuentra cerca del mayor. Jooheon se apoya en la preocupación ajena, y se alimenta del afecto que le nace ofrendarle junto a la cercanía corporal.
intro, jooheon: a worthy sacrifice
Golpetear con bravura y pizcas de aflicción su empuñadura resquebrajada contra la superficie de madera, un estruendoso toc-toc-toc que retumba un par de hectáreas a la redonda y alcanza amortiguar el chiflo de la caldera junto al verso nocturno de los grillos a orillas del camino. El pequeño Jooheon no ha parado de gritar desde que sobrevino el infortunio a las catacumbas hace unos tantos minutos, cuando el paladín de los Lee se juntaba con su padre para consumar aquel conjuro vetusto de invocación que venían ensayando hace tantas lunas. El chiquillo es un mar de lágrimas, barro y lumbre; trae las ropas achicharradas, apesta a humareda del infierno y tiene el rostro veteado con carbón, pintando garabatos abstractos que acentúan ese par de mejillas regordetas y las espesas gotas salinas que van cayendo en picada (esas que enjuga con las mangas calcinadas de un suéter amoratado de algodón). ㅡJooheon, cariño, ¿qué pasó?ㅡpregunta la abuela de Hyunwoo, con el pánico sembrado en el rostro y el corazón latiendo a mil por hora. La mujer lo observa estoica desde el umbral, envolviéndolo entre sus brazos como acto de reflejoㅡ. Calma, pequeño ㅡenredar sus dedos en el desastre de cabellos chamuscados que se le pegan con el sudor en la frente (mientras junta puntos sobre las íes). Blandas son las caricias de la hechicera, pues teme tan siquiera rozar las heridas que se pintan en la piel lechosa del muchacho. La abuela de Shownu sólo le hace lloriquear más fuerte. El niño de unos seis años pasa llorando unas tantas horas colgado al pecho de su mejor amigo, vecino y ahora hermano. Es un concierto de gimoteos e hipidos, el sabor amargo de una perdida y dedos que se encajan en las baldosas para poder avanzar. Jooheon provenía de una larga casta de hechiceros, siendo el menor y unigénito de la familia (pues su madre había perecido cuando él era muy chico). La cabecilla de los Son, amiga del sabbat y maestra del pequeño le había estado brindando algunas lecciones, asequibles encantamientos y hechizos de protección. El aquelarre en casa de los Lee se traía un bosquejo de más de una década bajo las mangas, empero la hechicera adepta a las pócimas no podía dejar a su discípulo desprotegido. Cuando su padre y abuelo entonaron las últimas sílabas del cántico, una llamarada carmesí se alzó desde las velas del pentagrama, arrasando con la carne e incendiando la antigua casucha de la familia. Jooheon había dado algunos pasos torpes hacia las escaleras del sótano cuando escuchó la explosión, él sólo había logrado escapar porque estaba cerca de la puerta trasera. El fuego lo había barrido, pero había sido encerrado en la burbuja del hechizo que la maestra Son le hubiera pintado en los antebrazos con ramilletes de eucalipto quién-sabe-cuándo. El desventurado sobreviviente traía la respiración entrecortada y el corazón latiendo a mil por hora, siendo que perdió la concentración en su camino hacia la puerta y el hechizo terminó por disolverse, permitiendo que las llamas lamieran su ropa y gran parte de la piel. Jooheon, en medio de su torpe huida desmañada, había inhalado una bocanada de humo antes de tropezar en el patio trasero (siendo que le sobrevino un vesánico ataque de tos que parecía querer arrancarle de a gajos los pulmones, troncharle las costillas y desbaratarle la tráquea), mientras se echaba a correr con piernas tembleques y ojitos llorosos al único lugar seguro que se le había ocurrido, la casa de la abuela de Hyunwoo. Presenciar el hórrido exterminio zanjó una herida que jamás sanaría

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