De tanto estar para los demás, un día desperté y no supe dónde me había dejado.
Me miré al espejo y me costó reconocerme.
¿Quién era esa persona que vivía resolviendo todo para todos,
pero no sabía ni cómo consolarse a sí misma?
Fui apoyo, hombro, escucha, casa, consuelo.
Y en esa entrega constante… me quedé sin voz.
Me aplaudieron por ser fuerte, por aguantar, por no rendirme.
Pero nadie preguntó si quería seguir.
A no contestar mensajes si mi mente está cansada.
Hoy aprendí a ausentarme.
A quedarme en silencio sin sentir culpa.
A decir “no puedo” sin tener que explicar por qué.
Porque al final del día, no se trata de ser indispensable para los demás,
sino de no desaparecer de uno mismo.