La fábula de la libélula y el escarabajo
¿Qué hacía la libélula aquel día, en aquel preciso momento, en aquella precisa porción de viento… justo en un camino que usualmente, no transitaba el escarabajo?
Nadie sabe, pero en aquella intersección de pensamiento, se cruzaron…
y ninguno fue capaz de ignorar al otro.
El escarabajo venía de estar preso, en una bolsa de plástico que por suerte había logrado romper. La libélula venía de un viaje que empezaba a desgastarle las fuerzas. Mundos distintos, realidades distintas, convergiendo en un diminuto espacio de tiempo.
Y fueron sabios, porque desde el instante cero, supieron que el futuro traía una posibilidad que le ganaba a todas las demás: la de perderse.
Y que probablemente se perderían en dos sentidos: por un momento juntos, sin que nadie pudiese encontrarlos. Por el resto de la vida separados, sin que ellos pudiesen volver a inventarse. Uno extraviaría el rastro del otro… y viceversa; cada uno se alejaría de quien llegara a ser - en aquel presente - un alma gemela.
Lo sabían y lo expresaban en medio de sus interminables charlas. Estaban consientes que aunque aquello pareciera eterno, no lo era. Y que una mezcla rara de sentimientos en ese micro mundo que habían creado, podía terminar generando una fuerza antagónica al magnetismo.
Lo sabían… y por eso cada estrella que vieron pasar, la vivieron habitando un universo paralelo.
¿Cuándo llegaría el final?
¿Cuánto duraría el inicio?
No estaban para entenderlo. Estaban, para que se les fueran los días.
Días volando alto. Días volando bajo.
Días - muchos - escondidos. Días - pocos - expuestos.
Días recorriendo la ciudad. Días sobrevolando el mar.
Días esquivando gente. Días zigzagueando entre los árboles.
Días de mucho hablar en aquel lenguaje extraño. Días de total silencio.
Días de gotas de ron, café y vino. Días de gotas de vino, café y ron.
Días de extender las alas y abrazar. Días de cerrarlas y rechazar.
Días de verse sin espacios. Días de observarse a la distancia.
Días de extrañarse, estando juntos. Días de sentirse, estando lejos.
Nunca notaron que el árbol más viejo de aquella realidad, les había observado todo el tiempo y cuenta - el sabio - que en un amanecer, la libélula emprendió un vuelo agresivo y alto, hasta que se alejó por completo, mientras que el escarabajo voló con una velocidad intensa y furiosa en la dirección contraria, hasta que se perdió en sus movimientos.
La sabiduría de aquel ser vivo no le deja asegurar nada acerca del final de la historia... “prefiero no pensar en un final” susurra. Solo se le ve de vez en cuando, danzando en aquella porción de viento, “agradecido por haber sido testigo”.