Aún lo estoy procesando. Por él empecé a leer, a escribir, a leer a todos los clásicos que leyó y que luego fueron mis favoritos también: Stendhal, Sterne, Proust, Celine, Quevedo.
Estoy seguro que le gustaría que se le recuerde como el mismo Stendhal cuando escribió para su lápida el siguiente epitafio: ESCRIBIÓ, AMÓ Y VIVIÓ.
QEPD Alfredo. Estarás vivo en todos los personajes masculinos y femeninos de tu obra narravita. Has logrado pasar a la inmortalidad literaria.
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El 19 de febrero, el gran Alfredo Bryce Echenique cumplió 87 años. El escritor peruano vivo más importante, cuya maestría narrativa, a trancas y barrancas, no tiene igual en Hispanoamérica. Hace unos años celebré su cumpleaños con un artículo sobre mis 5 libros de Bryce. ¡Larga vida!
Tengo la imagen de aquel desembarco en el aeropuerto Charles de Gaulle, el tipo del control que se demora con el pasaporte y que debe metérselo al culo si tanto le gusta, de profesión escritor, sí, escritor, hablándole a Sophie, mientras, seguramente, Virginia lo observaba confundida, con el temor de continuar enamorada de Pedro, por lo que vivieron en Berkeley, y ese mismo avión que los trajo a París. Yo también hubiera muerto por Sophie, pero también hubiera muerto por Virginia, más aún por Claudine, un poco por Beatrice, aunque hubiera durado más de esos veintitrés días que fueron atroces…
Tantas veces Pedro es mi novela por excelencia de Bryce Echenique; pero desde luego no fue la primera novela que leí de él. Recuerdo que un viernes del año 97, luego de aquel tradicional partido de fulbito con mis amigos de colegio en la canchita de Santa Eulalia, en San Miguel, me compré el ejemplar más pirata que pudo haber existido de Un mundo para Julius –la carátula color morado sin ningún diseño más que el título de la novela con letras medios góticas, papel bulky, y tamaño bolsillo–; devoré la novela en pocos días y con una propina paterna me compré en seguida un ejemplar de Peisa, tercera edición, en la librería Época de la Av. Pardo, en Miraflores; ejemplar que ya no conservo, que aparentemente obsequié a una exnovia o lo vendí para complacer a otra chica. Semanas después, le volví a comprar otro libro pirata de Bryce al mismo señor ubicado en la calle Leoncio Prado, a cinco cuadras de mi colegio, en Magdalena del Mar; compré No me esperen en abril, y de inmediato me sentí Manongo Sterne, además y todavía, destrozado por una Tere Mancini, que en mi caso era una chica que no adoraba las caminatas y butifarras, sino el perro Odie, de Garfield.
En esa época Bryce me representaba casi fielmente, contaba mi historia en sus historias de amor y amistad; esta vez mi propina no alcanzó para adquirir la edición de Peisa. Releía y releía la vida adolescente de Manongo, que algunos críticos han catalogado como la continuación de Un mundo para Julius; es decir, Manongo es un Julius de grande, aunque en una parte de la novela, Julius es mencionado por Vilma, su niñera, quien se había metido con uno de los amigos de Manongo. Si mi hermano leía a Vargas Llosa, yo leía a Bryce Echenique; entonces mi madre empezó a regalarme más libros de Bryce. Por ese mismo año 97 Bryce publicaría Reo de nocturnidad, el cual disfruté de un modo diferente –un horrendo insomnio y una historia de amor que no se asemejaba a lo que había vivido durante ese tiempo– pero que con los años comprendí y definitivamente empaticé. A la espera de nuevas novelas, me compraron A trancas y barrancas, un conjunto de artículos periodísticos y crónicas, que apagó un poco mi entusiasmo. Dos años después leí Guía triste de París, donde me enamoré del cuento Deep in a dream of you, y La amigdalitis de Tarzán, donde las cartas empezaron a gustarme y quería ser correspondido por correspondencia. Llegué a la universidad siendo prácticamente un bryceano, y es por eso que uno que otro compañero me llamaba “Bryce”. Durante esos años hasta la actualidad he pretendido leer todas las obras de Bryce Echenique; creo que lo que conseguido; pese a las denuncias de plagio que presentaron en su contra hace algunos años, que ciertamente eclipsaron su obra y su investidura como escritor. Con todo, aún le tengo bastante afecto a sus obras que me acompañaron y me acompañan. Tantas veces Pedro es el único ejemplar que Bryce me ha firmado, pero me ha firmado al menos unas tres veces esa novela en ediciones diferentes, claro está. Cuando he tenido la oportunidad de entablar una breve conversación en dichas firmas de libro, me ha comentado que ese libro es el que más quiere y por ende le tiene un cariño especial. Para mí también.
Ahora que Bryce está de cumpleaños –acaba de cumplir 75 años hoy 19 de febrero– me ha parecido oportuno hacer mi pequeña lista de sus obras que más aprecio, pues aparte de lo fabulosa o no que puede llegar a ser un libro en técnica, estructura, argumento, lenguaje, etc., el afecto por ellas contiene todo eso y más.
Aquí va:
1) Tantas veces Pedro
2) No me esperen en abril
3) Díptico Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire (La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz)
Pablo roba la novela inacabada de un amigo de su padre y, al reescribirla, construye su propia obra. Metaliteratura pop sobre identidad y fracaso.
Pablo es un escritor mediocre. No consigue tener el éxito que todo escritor aguarda o espera milagrosamente. Se enfrenta a bloqueos, a rechazos editoriales, y vivencias miserables. Hasta que encuentra una luz de repente: la novela inacabada, perdida, del amigo íntimo de su padre, Eduardo. La novela en mención es El contrabando ejemplar.
Este este el eje principal de la novela consagrada con el Premio Herralde de Novela 2025.
El contrabando ejemplar es en realidad el proyecto literario de Eduardo de la Puente, principal protagonista de esta historia. Un personaje exagerado: fumaba, bebía, en exceso, pese a sufrir de insuficiencia cardiaca, dedicado a la literatura, militante peronista, y homosexual.
El contrapunto que hace el narrador, Pablo funciona como metaliteratura. No es solo la re-elaboración de la novela de Eduardo, en un primer plano rescatada, sino la escritura de la suya. Mientras va en búsqueda de información concerniente al autor, como manuscritos, fotografías, entrevistas, va desarrollando y construyendo su novela, la apropiación, o el robo como lo llama.
Maurette lleva hasta los estribos la historia. El contrabando ejemplar es una novela pop, vertiginosa, laberíntica, en su relato y experimental en la trama. Un recorrido histórico por la Argentina buscando respuestas a los problemas capitales del país como la identidad, la corrupción, la desilusión.
Existe un elemento faltante en la prosa de Jeremías Gamboa: la profundidad. Desde Contarlo todo (2013), una novela de aprendizaje literario, intelectual, de «superación personal» como se la ha catalogado, en El principio del mundo (Alfaguara, 2025) el panorama no varía. Este elemento, aparentemente inapreciable, no solo funciona en las novelas catedrales, realistas o naturalistas, sino en aquellas donde la realidad se presenta sencilla, epidérmica.
Sin lugar a dudas El principio del mundo es una novela masiva por su extensión (976 páginas), pero ello debería ser solo el envoltorio, lo anecdótico, y no el núcleo o gancho comercial. El gancho debería ser la corpulencia de la trama, los músculos s vasos comunicantes, la dinámica estructural o la precisión del ritmo.
Flaubert decía lo siguiente: «Lo que yo entiendo por belleza, lo que quiero realizar, es un libro sobre nada, un libro sin ataduras externas, que se sostenga por sí mismo por la fuerza interna de su estilo.» Al respecto, en El principio del mundo la fuerza interna del estilo es débil, comparada con novelas de semejante volumen tanto en forma y contenido (La violencia del tiempo, País de Jauja, Conversación en la Catedral).
El protagonista, Manuel Flores Amaro, retorna a Lima después de seguir estudios de maestría de Literatura en Estados Unidos (aunque el narrador lo considera una «maestría sobre la cultura de Hispanoamérica»). Este regreso que lleva a cabo es disruptivo: los conflictos interiores sobre su vocación literaria colisionan con la realidad social, económica y política del país, que al paso del tiempo se vuelve agravante por los recuerdos que son huellas en su memoria.
Aquí la lectura sociológica puede ser interesante, tratándose de un tópico tan mentado como el racismo o la discriminación («mi piel era una de las más claras de la clase»), una característica que Manuel no supera, que lo afecta aunque trate de ocultarlo. Por momentos reniega de su condición, de toda esa masa contradictoria o heterogeneidad que es el Perú -«un país que no termina nunca de joderse»- y que lo persigue adonde vaya. Por ejemplo, el impase infame que sufre con la policía norteamericana cuando es detenido por sacar un carrito de compras del área permitida representa bien lo que en el fondo le conduele: ser discriminado por «hispano»; un pathos intermitente e imborrable.
Sin embargo, esta complejidad aparente no logra el soporte narrativo esperado. El autor lejos de presentarnos una roman-fleuve, un torrente orgánico y visceral, opta por una estructura fragmentaria, compartimentada, que termina por diluir la historia en una especie de mosaico de recuerdos, entre diálogos con la madre, sus trabajos sufridos de sirvienta, los ataques, los insultos (chola, serrana), calificativos despreciables lamentablemente cotidianos, la familia, sobre todo con la aparición de Marina Montemayor, un personaje crucial en la infancia de Manuel que le hará despertar diversos conocimientos y que ahondará en «lo andino, lo serrano, lo cholo».
La historia personal del narrador parece reducirse en sus propias palabras: «… eso que ahora empiezo a reconocer como mío o que empiezo a reconocer como lo que soy. Un cholo.» Una catarsis del yo en la orilla, manotazos sobre el agua, sin la sumersión debida.
El principio del mundo es una novela masiva con altibajos, aun con vacíos. Es cruda en la exposición de los tópicos que Gamboa aborda, aunque somera en su exploración. La sola exposición, eso así, nos compromete a todos; es como la novela, una herida que desde el principio no termina de cerrar y solo espera superar los nuevos desafíos.
Flaubert también decía: «Para que una cosa sea interesante, basta con mirarla mucho tiempo». La profundidad no está en lo que se mira, sino en cómo se mira.
«El viaje interior», de Iván Thays, 25 años después
En La disciplina de la vanidad, de Iván Thays (Fondo Editorial PUCP, 2000) el narrador escribe lo siguiente: “Los que jamás han leído el Retrato [del artista adolescente] de Joyce podrían aprender algo. Y los que lo han leído podrán descubrir, no sin sorpresa, que el furor místico de principios de siglo se ha transformado, poco a poco, en un nuevo furor: la disciplina de la vanidad”. (p. 36)
Al releer en su edición conmemorativa El viaje interior (Peisa, 2024), de Iván Thays, lo primero que pensé fue: quien jamás ha leído el Cuarteto de Durrell podría aprender algo, y los que ya lo leyeron podrán descubrir que el tema central del libro, una investigación del amor moderno, es hoy en día un pasado de anticuario, pero absolutamente bello, eso sí.
El viaje interior publicado inicialmente en 1999 venía antecedido de dos libros, una novela Escena de caza (1995) y un conjunto de cuentos Las fotografías de Frances Farmer (1992), que sorprendieron, no a la crítica porque es mucho decir, pero sí a los lectores —los happy few. Thays no era solo un escritor que escribía bien, un halago mediocre muy vigente en la literatura peruana, sino un narrador exageradamente sutil en el lenguaje, para encontrar la frase correcta, el párrafo preciso y la prosodia. Por esta razón Thays era considerado un escritor de atmósferas antes que de acciones.
Otro punto por mencionar es que su trama no era realista ni naturalista. Sus cuentos ni su novela abordaban temas coyunturales, urbanos, marginales, que tuvieron cierto éxito en los noventa, sino todo lo contrario, el amor, el desamor, la búsqueda de la belleza física y de la perfección intelectual o reflexiva.
La historia podría resumirse histriónicamente como t0xica si nos ceñimos a los parámetros de los discursos y narrativas de autoayuda de hoy tan aburridos. Ese tipo de análisis es lesivo para la literatura, por lo tanto, desechable.
Lawrence Durrell en su libro Limones amargos decía lo siguiente: “Los viajes, como los artistas, nacen, no se hacen”. En El viaje interior de Thays el narrador, un joven historiador apasionado por las culturas anticuarias -una modernidad dedicada al estudio y aprecio de cosas antiguas-, realiza con su novia un viaje a una ciudad desconocida, Busardo, que no está en el mapa señalado ni planificado, sino es producto del azar, del destino.
Pero esta ciudad parece estar construida en el imaginario del narrador -Vía dolorosa, el hotel Normandía, el bar Zeta, el Reposo, las Ruinas, el Sofía- “la ciudad como un mapa de agujeros y trazos” (p. 181). Tanto así que se torna en su propio lagar para el amor a Kaas, su novia, sombra de Justine, de Clea, del Cuarteto, incluso de la Maga de Rayuela e Yvonne de Bajó el volcán.
“La disciplina histórica tiene mucho en común con la sentimental: compartes la magia de convertir cualquier escombro en una ruina añorable” (p.48). Una declaración que guarda relación con la teoría de la cristalización stendhaliana porque necesita de un objeto para llevarlo a cabo: “Jamás te perdonaría que quieras construir un museo a mi alrededor”, le dice Kaas (p. 71).
Este viaje agota todas las vías de comunicación entre la pareja. Lo que en un inicio prometió ser un enamoramiento natural, luego un compromiso sostenible, y hasta lógico, aderezado por las ciudades bellas europeas -el síndrome de Stendhal-, por el consumo elevado de literatura y la vida placentera de un flâneur moderno, el quiebre de todo se inicia con la muerte repentina del padre de Kaas.
Entre largas y breves discusiones, reflexiones eróticas y suspiros poéticos “el presente solo es la cúspide del pasado y el futuro no existe” (p.124), el narrador de El viaje interior sabe que su vida y el amor y desamor por Kaas lo sucumbirán en el más patético de los trabajos: olvidarla, no para reponerse, no para demostrar resiliencia, sino para cultivar ese pasado en la literatura.
Las aventuras con Agustín, las historias en el bar Zeta y finalmente la amistad entre el narrador y Salvador Dicent, el cazador de pájaros, el excéntrico pintor que eligió Busardo como el refugio perfecto para su arte, viviendo en una especie de palacio, un símbolo al ostracismo, a la repulsión de Europa y la historia, una amistad más para buscar respuestas que para vivir el ocio, es la vía de escape casi por obligación. Porque Busardo no ofrece más variantes, es un nudo pequeño pero detestable. “La ruina del amor sobre las ruinas de la historia” (p. 242).
Dicent es la contraparte a la historia de Kaas, un personaje basado en Nabokov, sobre todo en sus aficiones, como bien el autor señala en su Exorcismo público, pero que termina más pareciéndose al Quilty de L0-lita, un tipo al inicio enigmático pero luego tornado en un pobre artista decadente y p3rv3r-tid0 que desata la ira del narrador, y al igual que Quilty termina asesinado. Como colofón el desfile de situaciones exageradas de vicios y perversiones, un castigo al cuerpo y a la moral que el propio narrador abandonado está dispuesto a padecer con tal de liberar sus fantasmas.
El viaje interior es una novela que explora las dimensiones del amor de la mano de la historia y la literatura. No ha envejecido, defiende aún su espacio en la narrativa peruana lejos de presiones y liviandades mediáticas y correctas.
Nota: reseña publicada en el portal Círculo de lectores
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Imagínate que acabás de comprar, haciendo un loable sacrificio, un ejemplar de Rayuela… tu mano izquierda sostiene el libro. Parte de la palma y la raíz de los dedos se apoyan en la carátula, es decir en la Tierra. Pero la parte más espiritual de tu mano, la punta de los dedos, la sed y la ansiedad que viven en la punta de los dedos, buscan del otro lado el Cielo, tal vez alcanzan a rozarlo, a entrar por un momento en él. ¿Sentís la cosa? Tu mano también lee el libro… ¿Simbología fácil? Puede ser.
En una carta fechada en abril de 1963 de Julio Cortázar a Porrúa, su editor.
Escribir se me había hecho tan difícil, que a menudo necesitaba un día entero para una sola frase, y apenas había escrito una frase así, pensada con el mayor esfuerzo, se me mostraba la penosa falsedad de mi construcción y lo inadecuado de todas las palabras por mí utilizadas.
Cuando, sin embargo, mediante una especie de autoengaño, conseguía a veces considerar que había hecho mi trabajo diario, a la mañana siguiente me miraban siempre, en cuanto echaba la primera ojeada al papel, los peores errores, inconsecuencias y deslices. Hubiera escrito poco o mucho, me parecía siempre al leerlo tan fundamentalmente equivocado, que, al punto, tenía que destruirlo y comenzar de nuevo. Pronto me resultó imposible aventurar el primer paso. Como un equilibrista en la cuerda floja que no sabe ya cómo poner un pie delante de otro, sentía sólo la oscilante plataforma debajo de mí y me daba cuenta con horror de que los extremos del balancín que centelleaban muy lejos, en los bordes de mi campo de visión, no eran ya, como antes, mis luces orientadoras, sino malignos señuelos que querían precipitarme en el vacío. (Austerlitz, W. G. Sebald)
Desde la hondonada 1, cartas a François Mujica (1965-1999). En una de las últimas misivas que Alfredo Bryce Echenique le escribe a su amigo François Mujica resume gran parte de su condición como hombre y a la vez como escritor: “Ahora volver al mercado, a cocinar solo y a lavar platos me abruma y me da una idea de lo harto que estoy de esta vida que nunca es del todo errante, pero tampoco del todo sedentaria, y de la intolerable soledad” (p.337).
Como lector de Bryce Echenique confieso haber siempre buscado pistas de los personajes femeninos, y de los ambientes literarios en la realidad. Hacer mi propia cartografía bryceana presencial (Lima) y digital (París), además una especie de álbum fotográfico de sus protagonistas. Por ejemplo el Country Club y el barrio Marconi descritos en No me esperen en abril o la Placita de la Contrescarpe en La vida exagerada de Martín Romaña, por solo citar un par. De alguna u otra manera para un lector perseguir e introducirse en el universo de una novela y por ende de los personajes y del mismo autor no es nada excepcional. Es más, es lo propio de un lector “comprometido”: que busca profundizar su lectura y relecturas.
Desde la hondonada 1 (Peisa, 2024) es el libro menos bryceano de todos pero es el más revelador por una simple razón: no hay ficción o esta es casi nula por tratarse de una correspondencia que da cuenta de la vida de Bryce Echenique a lo largo de más de tres décadas con algunos espacios prolongados conforme van pasando los años, eso sí. Esta publicación dista de la trilogía de Antimemorias puesto que aquí el trabajo del escritor no se plasma en capítulo tras capítulo como lo consta esta correspondencia.
El autor de Dos señoras conversan da varios alcances de su formación como escritor y la navegación ascendente como uno de los narradores latinoamericanos indispensables postboom. Varios de esos alcances ya han sido novelados y contados, desde luego. Lo novedoso está en que todo lo contado tiene el sello manuscrito y mecanográfico del escritor. Un trozo de la vida de Bryce ha viajado de continente a continente y ha perdurado en el tiempo gracias a su amigo François Mujica. Desde su llegada a París en barco, su primer matrimonio, su primer libro de cuentos, sus apremios económicos, su entusiasmo por publicar Un mundo para Julius y el éxito repentino de este y de los libros que vendrán, hasta los viajes, las presentaciones, su prolongado y agotador divorcio con Maggie Revilla, los rompimientos futuros, sus enfermedades y operaciones, no paran hasta la última carta en que Bryce harto de Europa, de Madrid y de sus problemas financieros, decide volver al Perú[1], un país que solo ha visto por libros y cartas, y a una Lima prácticamente nueva, desconocida, de la mano de sus amigos, sobre todo de François Mujica, destinatario epistolar de este libro.
Aquí el tiempo, el momento, el instante son transmitidos sin filtros ni los aderezos de la ficción. Aquí el aura humorística del escritor no es indispensable, pero es nostálgica. Este trayecto, como sucede con sus héroes y antihéroes, está prensado su vida sentimental y amorosa, y podría conformar una divina comedia, ciertamente a lo Bryce. Por eso Desde la hondonada 1 termina siendo un documento valioso y complementario para su obra, ahora ya retirado de las letras, viviendo en el goce de sus lecturas y reuniones amicales.
Luego de haber escrito más de una veintena de libros entre cuentos, novelas, ensayos, artículos periodísticos y más, podríamos decir, como aquel legendario y desaparecido epitafio del célebre Stendhal, quien también tuvo una vasta y admirable correspondencia, además escritor al que Bryce tanto admira, que Alfredo Bryce Echenique escribió, vivió y amó.
Recordemos que este retorno no duró lo esperado y tras un regreso a España Bryce declaró: “En Perú no puedo escribir, porque cuando abro la ventana de mi casa sólo respiro mierda…” (2001, 6 de septiembre). Libertad Digital. https://www.libertaddigital.com/cultura/2001-09-06/bryce-echenique-dice-que-espana-recibe-con-cierto-desprecio-a-la-nueva-inmigracion-sudamericana-42351/
Nota: reseña publicada para el portal Círculo de lectores
Si eres escéptico de los resultados de algunas aplicaciones de escritura que emplean IA, Sudowrite te hará cambiar de opinión en definitiva. La escritora Amanda Caswell relata su propia experiencia utilizando esta herramienta. "Tu escritura tiene una narrativa similar a la humana impresionante".
Aquí la nota:
Cuando escuché por primera vez sobre Sudowrite, estaba intrigada pero escéptica. La plataforma de escritura de IA utiliza más de dos docenas de modelos de IA, incluidos GPT-3.5, GPT-4, Claude 2 de Anthropic, múltiples modelos abiertos y modelos de transformadores creados por OpenAI.
¿El resultado? Después de sumergirme, puedo decir con confianza que ha superado mis expectativas en muchos aspectos.
Al abrir Sudowrite, me recibió una interfaz limpia e intuitiva, lo que significaba que no tenía que pasar horas averiguando cómo usarlo. Después de ver un video rápido, en cuestión de minutos, estaba listo para explorar sus tres modos principales: Describir, Lluvia de ideas y Reescribir.
Comenzar un nuevo proyecto en Sudowrite es sencillo. Recomiendo habilitar la función Biblia de la historia, donde puede ingresar todos los detalles sobre su novela, incluido el esquema, la sinopsis y los personajes.
Una de mis características favoritas es el estilo. Simplemente ingrese un párrafo de muestra y la IA analizará y coincidirá con su estilo de escritura. Incluí un párrafo de mi propia escritura e incluso agregué que quería una estructura similar a la de Beverly Cleary. Sorpresa: ¡Sudowrite cumplido!
Le di un concepto básico, y Sudowrite me presentó una plétora de direcciones para llevar mi historia, que luego convertí en ritmos para cada capítulo.
Fue como tener una sesión de lluvia de ideas con un amigo muy imaginativo que nunca se queda sin ideas.
Finalmente, el modo de reescritura me ayudó a refinar mis borradores. Sugería frases y estructuras de oraciones alternativas, lo que hizo que mi escritura fluyera mejor y leyera con mayor fluidez. Este modo es perfecto para esos toques finales antes de pulsar "publicar" o enviar un manuscrito.
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Nunca nos rendiremos en nuevas lecturas de los libros de Julio Cortázar. A propósito de los 110 años del natalicio, sus libros continúan tan vigentes por lo experimental y lo lúdico de su literatura.
Entre algunos títulos que rompen ese equilibrio formal tenemos en primer lugar a Rayuela, una aventura mágica del amor, de la amistad, de la cultura total contemporánea. Infaltable también Historias de cronopios y famas, re-creación universal, donde lo fantástico opaca cualquier elemento de la realidad.
Manuel López Sampalo escribe para La Razón:
El gigantón Julio Cortázar llevó la novela y el relato hasta los límites de los experimental y lo lúdico. Se movió entre los géneros de ciencia ficción y el realismo mágico. Escribió con su característica prosa poética relatos realmente divertidos y originales en los que se permitía hacer probaturas con el género, descoserlo de sus corsés y, con una apariencia aparentemente naif, confeccionar cuentos de una importante carga metafísica y filosófica.
Hay relatos auténticamente deliciosos que quedan para los anales del género: es el caso del inquietante 'Casa tomada', lo que parece una alegoría política en el que dos hermanos ven como unos desconocidos van comiéndoles el terreno de su hogar hasta dejarlos fuera del mismo. También 'Axolotl' y 'Continuidad de los parques', recogidos ambos en 'Final de juego', juegan con el desasosiego, y ese cambio de plano del protagonista, con ese giro final tan cortazariano.
Su obra cumbre, el apogeo de su expresión, llegó en 1963 con la publicación de 'Rayuela', una de las más grandes novelas de la segunda mitad del siglo XX, que, como el propio juego de patio de colegio, puede leerse en un orden o en otro. La compleja historia de amor y literatura entre Horacio Oliveira y La Maga, entre París y Buenos Aires, es internacionalmente famosa, con merecimiento.
'Libro de Manuel', una de las últimas novelas del escritor nacionalizado francés es una obra más seria, quizás el reverso de 'Rayuela', donde el autor expresa su compromiso político. El jazz, estilo musical al que Cortázar era muy aficionado, también está presente en mucha de su narrativa.
No son pocos quienes coinciden en señalar las 'Historias de Cronopios y famas' como lo más representativo de la literatura cortazariana, donde el autor da mayor rienda suelta a su imaginación, su gamberrismo y sus ganas de juego, con esos simpáticos, simbólicos y misteriosos personajes, con su contrapunto adulto: los famas.
Recientemente, se publicaron transcritas las 'Clases de literatura' que el narrador argentino impartió en 1980 en la Universidad de Berkeley, y son una auténtica delicia para conocer el proceso creativo de este gigante de la literatura y qué hay detrás de sus obras más memorables.
En su libro Entre paréntesis, una recopilación de los trabajos críticos y periodísticos del autor de Los detectives salvajes, cobra relevancia su artículo Dos novelas de Mario Vargas Llosa en donde menciona sus cuatro novelas cortas "perfectas", "ácidas", "precisas".
Pablo Retamal en La Tercera:
¿Cuáles son estas 4 novelas cortas? Bolaño dice que son: El coronel no tiene quién le escriba, de Gabriel García Márquez; El perseguidor, de Julio Cortázar; El lugar sin límites, de José Donoso; y Los cachorros, de Mario Vargas Llosa. “Con estas cuatro novelas (si sus autores no hubieran escrito nada más, que no es el caso) sería suficiente para crear una literatura”, añadió con su estilo algo dado a las sentencias.
De esas novelas, solo profundiza en una, la de Vargas Llosa. “De las cuatro...es probablemente la más ácida, la que tiene el ritmo más endiablado y en donde las voces, la multiplicidad de hablas, está más viva. También es la más complicada al menos desde el punto de vista formal”.
Eso sí, con El perseguidor hay una especie de trampa. El notable relato de Julio Cortázar -basado en la vida del saxofonista Charlie Parker- fue incluido originalmente en el volumen de cuentos Las armas secretas (1959), por lo que no fue publicado como una novela en sí misma. Diferente a los otros casos citados.
Los diarios primeros de Rafael Chirbes –Diarios. A ratos perdidos 1 y 2 (Anagrama)– son esencialmente dolorosos y llenos de culpa. Hay una clara oposición entre lo carnal y lo espiritual.
Todas estas sensaciones contradictorias que el autor de En la orilla tiene como centro no es la felicidad sino la felicidad de la escritura, es decir, la literatura.
Chirbes es un lector empedernido con la única finalidad de ser escritor. Lee a Voltaire, Balzac, Kipling, Proust, entre otros disfrutando los placeres y los días con François, su amante francés, con el que mantiene una relación tóxica que termina en una arrastrada agonía entre separaciones y regresos.
"El amor es un sismógrafo muy sensible que detecta esos movimientos que nos parecen imperceptibles y probablemente lo son para todo el mundo, excepto para el enamorado."
Estos diarios que abarcan los años entre 1984 al 2005 están ciertamente llenos de lecturas, citas de libros a cada momento mientras el narrador resiste vivir en el caos en un cuartito en París o en un piso en Madrid.
"Pero si yo lo que he querido toda mi vida ha sido ser escritor: escribir novelas, cuentos, poesías, escribir lo que fuese pero ser escritor".
Esto es el trasfondo que logran transmitir los diarios de Chirbes, escritos con una navaja, sin guardarse nada, expulsando el hedor de unos cuerpos asfixiados después de los sexos hasta las lágrimas de un sujeto ad portas de cumplir los sesenta años que aun siente inseguridades y ve lejana y casi inestimable su producción literaria, ansioso demasiado por escribir algún día La Novela, como puede considerarse a la novela total o la novela cúspide de todo escritor, que pienso Chirbes logró al publicar Crematorio y En la orilla.
"La literatura, como criada que te ordena la casa."
Si tengo una novela que me cambió la vida, esa es Rojo y Negro, de Stendhal. La leí apenas cumplidos los dieciséis años y desde entonces quise leer todo de Stendhal y saber todo de Henry Beyle. Soy stendhaliano, practico el beylismo. Como diría José Ortega y Gaset, Stendhal es el archinarrador ante el Altísimo.
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Revisé varias carpetas y archivos de mi laptop y entre los numerosos documentos encontré este microrrelato escrito, tal vez, en el primer año en la universidad. El título sintetiza un poco el momento de los encuentros amoroso finales. Como los audiolibros siguen en auge, lo grabé para el pequeño y abandonado podcast del blog.
Pueden seguirlo en Spotify para escuchar uno que otro audiocuento que grabé hace algún tiempo.
Después de No me esperen en abril, esta es la mejor novela y la última que escribió Bryce. Obtuvo el premio Nacional de Narrativa en España en su momento. Una novela cruda en el sentido del tormento amoroso y en consecuencia el insomnio bíblico que padece el protagonista, Máx o Maximiliano Gutiérrez, un profesor de literatura peruano, radicado en la ciudad de Montpellier, al sur de Francia.
Todo esto se contrapone con la historia de su amistad con Claire, la panacea a todos sus males que Máx, aún en sus mejores momentos de humor e ironía y de noches de insomnio y onirismo no quiere admitir por amor trágico con Ornella.